IGLESIA 2.0
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La expresión 2.0 suele usarse en un sentido equivocado. Se piensa en un paso adelante. En un desarrollo o un avance significativo. Se piensa en algo mejor. El concepto, en realidad, es otro. En el mundo de las TIC’s, el 2.0 tiene que ver con la posibilidad de interactuar que se da entre personas. El 2.0 es un espacio de conversación, diálogo, crítica o polémica. Por ejemplo, un periódico electrónico levanta la opinión de un experto y ofrece a los lectores la posibilidad de reaccionar.
Francisco Papa da señales de hacer pasar a la institución eclesiástica al registro 2.0. Ha hecho gestos que le hacen sentir cercano. Toma el teléfono. Llama directamente con sus conocidos. Da la impresión de que quiere escuchar. Usa metáforas. No lee papeles. Se expresa como si no tuviera miedo a cometer errores. Será que cree que Dios nos deja equivocarnos.
Hasta ahora muchos opinan que los sacerdotes y la jerarquía de la Iglesia hablan pero no escuchan. Peor aun, que enseñan pero no aprenden. ¡Trágico! En la llamada sociedad de la ignorancia, en la cual los conocimientos aumentan a un grado y velocidad maltusiana; cuando aceleradamente sabemos cada vez menos de los conocimientos que la humanidad logra sobre sí misma, el saber religioso, por más que sea un saber que conjuga la eternidad, no puede pretender ser atemporal e inmutable. Los conocimientos teológicos solo son ortodoxos cuando se consiguen de acuerdo a la ley de la Encarnación. Dios se hizo hombre en Cristo, el dogma cristiano triunfa sobre dogmatismo herético cuando conjuga la revelación eterna con las épocas concretas de los seres humanos, siempre fugaces y cambiantes; cada vez que se lo hace en formulaciones que pueden ser mejores porque también pueden ser peores. El caso es que muchos católicos tienen la impresión de que el lenguaje eclesiástico oficial no se adapta a la realidad. Un saber que, por falta de interacción con los contemporáneos, va quedando progresivamente atrás. A esto probablemente se refería el Cardenal Martini, recientemente fallecido, al decir que la Iglesia está atrasada en doscientos años.
Llevemos las cosas al plano de los Medios de comunicación social. Hasta ahora constatamos que las autoridades eclesiales los valoran como instrumentos. Pero estos hoy han llegado a ser algo mucho más importante. Ha ocurrido con ellos algo antropológicamente sorprendente. Los Medios y las TIC’s son en la actualidad un nuevo modo de ser y de hacerse la humanidad a sí misma. Lo que está sucediendo es impresionante. Es una revolución. La globalización, posibilitada y replicada en redes infinitas de comunicación virtual, ha puesto a los seres humanos en una situación obligada de interacción, comunicación, crítica, polémica, inspiración recíproca y comunión, como no había ocurrido nunca en la historia.
La Iglesia, institucionalmente considerada, si quiere ser lo suficientemente humana para que en ella acontezca la encarnación del Verbo, debe “nacer” ella misma a este nuevo mundo. Los servicios eclesiásticos no pueden contentarse con abrir páginas web, twittear y manejar el celular de última generación. Urge interiorizar el nuevo modo de ser hombre para enseñar al hombre que el hombre es Cristo. Hoy la verdad, sin la cual la humanidad se deshumaniza, exige a quienes la aman y se deciden por ella que se expongan a la discusión con los demás sobre aquellos caminos que tenemos que desbrozar juntos, discutiendo, razonando, argumentando, en una palabra, interactuando, para construir un mundo compartido. De esta nueva configuración mundial de la verdad quedan al margen los pobres, que no pueden acceder a las nuevas tecnologías, y quienes creen que ya tienen la verdad.
La institución eclesiástica, a estos respectos, adolece de dos problemas. Primero, sus contemporáneos tienen la impresión de que no logra entrar al registro 2.0. Les parece que las autoridades en la Iglesia usan la tecnología, pero desprecian la cultura que la ha generado. Segundo, los contemporáneos, por esto mismo, tienen “sangre en el ojo” contra las autoridades eclesiásticas. Todo lo que venga de ellas les parece equivocado. No les creen, da lo mismo el asunto. Se comprende así que la institución eclesiástica a menudo quede en ridículo en los medios de prensa.
Llevemos las cosas al plano de la prédica del sacerdote el día domingo. ¿Qué podríamos esperar de él? Hay fieles que dicen “qué linda su prédica, padre”. Unos padres lo creen, otros no. Muchos son los fieles, en cambio, que lamentan a curas que no les aportan nada. Las quejas son de varios tipos: falta de recursos de retórica, repetición tal cual del evangelio, piadoserías sin fin, erudiciones desconectadas con la vida real de la gente, latas interminables…
Es este un campo decisivo para replantearse el tema de la comunicación. Para los fieles más comprometidos parte importante de su vida cristiana se juega en la misa dominical. Hoy el fiel que va a la eucaristía el fin de semana es el mismo que está participando activamente en todo tipo de redes de amistad, trabajo, diversión, cultura, a una velocidad impresionante, colgándose y descolgándose a cada rato, usando el skype, aprendiendo, enseñando, creando con otros nuevos universos… entretenido. Muy entretenido. ¿Cómo podría un sacerdote decirle algo interesante? ¿Algo que no encontrará en la www?
Por cierto, son pocas las iglesias en las cuales las personas tienen la oportunidad de interactuar con el sacerdote y los demás cristianos durante la eucaristía. Normalmente se participa en misas a las que asiste mucha gente. No es posible, en estos espacios, abrir diálogos. Se correría el riesgo, por de pronto, de que tome la palabra y no la suelte alguien más aburrido que el sacerdote.
El desafío del sacerdote en esta época es más grande que nunca. Más difícil, qué duda cabe. Pero si él entra en el registro del 2.0 ayudará a llevar a la Iglesia a un 2.0. Talvez nunca la humanidad, dispersa como está en una multiplicidad de oportunidades, saberes y contactos, tiene necesidad de alguien que le ayude a encontrarse consigo misma; de un coach que le asista en el viaje al centro personal de su propia constitución espiritual. La diversión, la extraversión es hoy tan grande, que las personas se alienan. Literalmente, se vuelven “ajenas” a sí mismas, esclavas de la opinión de las demás, quienes, en virtud de la dictadura del Mercado, solo las valoran como consumidores de tal o cual marca. El sacerdote, si entiende que este es el trabajo que en esta época se espera de él, encontrará un territorio casi inexplorado para prestar su servicio. La gente hoy cree que elige qué comprar, pero en realidad es víctima de lo que le quieren vender; es rehén de un consumismo que le absorbe la personalidad. Esta gente podría descubrir en el sacerdote alguien que le ayude a hacer contacto con Aquel que la ama como a un hijo o una hija, que la quiere gratuitamente y, por ende, que la hace libre de verdad. El sacerdote puede ofrecer en el Mercado ni más ni menos que la superación del Mercado. Su producto es gratis: capacitar a las personas para ser dueñas de sí mismas, señoras y señores capaces de darse sin condiciones a los demás, de interactuar con el prójimo por amor y sin temor.
Fácil y difícil. Fácil en teoría. Pero conseguir un sacerdote 2.0 es difícil. La formación sacerdotal tendría que capacitar a los seminaristas en cargar en el alma la interacción con los otros sin desarmarse. ¿Qué está ocurriendo en los seminarios? ¿Qué están haciendo los sacerdotes ya formados por actualizarse? ¿Leen? ¿Estudian? ¿Entran en la crisis de la época y salen de ella con la ayuda de Dios? El sacerdote tendrá algo importante que decir en la prédica dominical si está realmente conectado con sus contemporáneos. Su alma debiera ser un espacio de interconexión, un ámbito de diálogo, de crítica y de autocrítica, de emociones y de reacciones, de improvisaciones, de relativizaciones, de anhelos de verdad y de justicia, y de pasión por defenderlas. El sacerdote que se necesita en esta época de las redes virtuales, debiera ser un nodo relacionado a otros nodos; alguien que en el circuito de los conocimientos asume y transforma, recibe y entrega, sin atribuirse investidura privilegiada alguna, pues a lo más, y esto es lo suyo, debe sugerir síntesis de humanidad verdaderamente humanizadoras. Un sacerdote así es muy difícil de conseguir, pero es el único necesario. No es fácil vivir tan abierto a contactos y contagios múltiples. Ningún sacerdote, como tampoco una persona cualquiera, debiera tentar a la fortuna. Pero sin exponerse a la realidad, a la experiencia de los otros y a la experiencia honesta de sí mismo, no podrá hablar de Jesús. Y si de ser sacerdote se trata, solo es necesario uno parecido a Jesús: el hombre apasionado por la pasión del mundo.
La Iglesia siempre ha sido un espacio de libertad y de conversación. Desde antiguo, en los períodos y bajo regímenes más oscuros de la historia, ella fue ámbito de confianza para las voces acalladas. Pero en los últimos siglos, por razones de muy diverso orden, se ha acrecentado la distancia entre los fieles y la jerarquía. Hoy, para que la Iglesia sea realmente un lugar de diálogo, de crítica y de argumentación se necesita que la institución eclesiástica dé el paso al 2.0. La Iglesia lo necesita con urgencia. La esperanza en el Papa Francisco es grande.
El Papa, ¿rehabilita a Romero o reaviva el conflicto?
Francisco Papa ha desbloqueado el proceso de canonización de Oscar Arnulfo Romero. ¿Qué significa esta noticia? ¿Por qué se ha usado la palabra “desbloquear”?
Monseñor Romero fue obispo de San Salvador. El día 24 de marzo de 1980 un francotirador contratado por la extrema derecha, desde fuera de la iglesia, le metió un balazo en el corazón mientras celebraba la eucaristía. Esos años se desencadenaba en el país la guerra civil. Romero sabía que lo podían asesinar. Había solidarizado con los pobres, en especial los campesinos víctimas de la injusticia social y de la violencia militar. El pueblo salvadoreño le llamaba “la voz de los sin voz”. Lo amenazaron. No se calló. Continuó hasta el fin con sus homilías y sus transmisiones radiales. No paró de denunciar las atrocidades cometidas contra gente inocente. El fue uno más entre cientos de cristianos mártires, antes y después de esa fecha. En 1989 fue masacrada una comunidad jesuita completa. Seis profesores universitarios, la cocinera de la casa y su hija. Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA, fue eliminado por su rol clave en las negociaciones por la paz entre el gobierno y la guerrilla.
Monseñor Romero ha sido la figura más conflictiva de la Iglesia en América Latina. Unos niegan que su martirio haya sido martirio. Ser asesinado por motivos sociales no les parece martirio. Creen que la fe no tiene que ver con la política. Les impresiona que lo hayan matado mientras celebraba la misa. Pero no ven una conexión entre la eucaristía y la solidaridad del obispo con las víctimas de la violencia. El problema, dicen los partidarios del obispo, es qué se entiende por martirio. Estos, por su parte, hablan de él como de San Romero de América. Lo hacen provocativamente. Si la Santa Sede no quiere reconocer su cristianismo, ellos sí lo hacen. Si algún día la Santa Sede sí lo reconoce, será porque ellos lo hicieron primero. El catolicismo liberacionista latinoamericano ve a la jerarquía aliada con los católicos enemigos de Romero.
Ahora se avisa que el estudio de su santidad ha sido “desbloqueado”. ¿Qué pretende el Papa Francisco con rehabilitar a un hombre conflictivo? Talvez alguno de los cardenales electores piense que se lo escogió para reformar la Curia, pero no para reformar la Iglesia. Esta palabra “desbloquear” no se le escapa a un obispo de la Curia romana. No sería extraño que Francisco la haya usado antes que el obispo vocero. La causa de canonización de Romero no había podido avanzar. Había sido intencionalmente detenida. ¿Quién la bloqueó? Alguien no quiso reconocer al obispo de El Salvador el significado que su vida y su martirio tienen en América Latina.
Dejemos de lado esta hipótesis. Tal vez haber “bloqueado” la tramitación del proceso de Romero ha sido un acto bien intencionado. ¿Por qué no? La prudencia ha podido indicar a los papas anteriores, o a algún prefecto romano, que exaltar la figura de este mártir habría provocado agitaciones mayores entre la Iglesia y los gobiernos latinoamericanos, y al interior de ella misma. Pongámonos en este caso. La Iglesia jerárquica, testigo de las atrocidades padecidas por los cristianos de El Salvador, frenó la canonización de Romero. Ella perfectamente ha podido querer quitar fuego a circunstancias que habrían ocasionado todavía más crímenes de personas inocentes. ¿No pudo así actuar en conciencia? ¿Ser responsable?
¿Por qué entonces Francisco quiere ahora apurar la canonización de un mártir? ¿Para qué rehabilita a Romero? Se me ocurren dos cosas.
Francisco sabe que las injusticias sociales son hoy tan reales como lo fueron en América Latina durante el siglo XX. Lo han dicho los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil, 2007). Las injusticias han podido mutar, pero continúan. El sabe, además, que la misión de la Iglesia en el continente es el mismo continente. En esto y no otra cosa consiste su misión evangelizadora. La Iglesia en esta parte del mundo, especialmente después del Concilio Vaticano II, ha tomado conciencia de que a Cristo se le anuncia cuando se libera a los pobres de sus miserias y se les reconoce su dignidad eterna. La rehabilitación de un obispo, hasta ahora ninguneado por las élites católicas, es, además de un acto de justicia con la persona de Romero, un gesto simbólico favorable a la Iglesia que hizo suya la opción de Dios por los pobres. Francisco no es ingenuo. Al desbloquear la causa del mártir más popular de América Latina, pone de nuevo a la Iglesia en la senda de la lucha por la justicia sin la cual la fe cristiana se desvirtúa. La misión de la Iglesia es América Latina. Si en el continente se multiplican hoy los modos de ser pobre; si el nombre de la pobreza hoy es la “exclusión” que afecta no solamente a los explotados, sino a los “sobrantes” y los “desechables” (Aparecida, 65), la eventual canonización de Oscar Romero es un campanazo de alerta. ¿De reclutamiento?
Si Francisco quiere dar este campanazo, ¿es que desea que recrudezcan los conflictos ético-religiosos en el continente? No sé quién pudiera pensar algo así. Pero el Papa no ignora que un cristianismo enardecido contra la injusticia puede nuevamente originar mártires. En el caso de Francisco debe recordarse que él también tiene una poderosa razón para actuar en conciencia: Jesús es para los cristianos el primer mártir. Si a Jesús lo mataron por su amor a los marginados y sus gestos liberadores hacia víctimas inocentes, los cristianos hoy no pueden esconderse entre las polleras de la Santa Madre Iglesia por miedo al conflicto social.
Desbloquear la causa de Romero es un acto conflictivo. Bloquearla también lo ha sido. Hemos de creer que ni en este ni en aquel caso ha habido mala intención. Nadie nos obliga a pensar mal. Pero sí debemos reconocer que el conflicto es una realidad histórica. Y que lo decisivo es, en última instancia, con quién se está y contra qué se combate.
Francisco ante el desafío del pluralismo
No sabemos aún qué sentido tendrá la reforma de la Curia Romana. Está claro que esta es la tarea que los cardenales han dado al Papa Francisco. Pues hay dos maneras de entender los cambios que se deben hacer: se reformará la Curia para que mejore el cumplimiento de su misión o se cambiará su misión, para lo cual se requerirá una Curia muy distinta. En este caso y en aquel, la relación que quiera establecer el nuevo Papa entre la fe y la cultura será decisiva. Francisco se servirá de la Curia para continuar gobernando una Iglesia católica culturalmente occidental o procurará, a través de la misma Curia, que la fe sea inculturada en culturas plurales; se perfeccionará la organización de una institucionalidad eclesiástica mono-cultural o se creará una institucionalidad eclesiástica nueva, orientada a fomentar un catolicismo poli-cultural y poli-céntrico.
A mi juicio esta disyuntiva es decisiva. Tomo posición: en tiempos en que los cristianos descubrimos en el pluralismo un signo de los tiempos, esto es, un crecimiento en la valoración de las diferencias que Dios suscita en esta época, la Iglesia tiene que ser culturalmente plural y, en particular, debe serlo la institución eclesiástica. Esta debe indicar cómo Dios salva y se revela no solo a los católicos, sino en primer lugar a cada ser humano. Pero, ya que también es misión del obispo de Roma velar por la unidad de la Iglesia no será nada fácil, en este caso a Francisco, representar la unidad de las diferencias. ¿Qué hará si los cristianos de Asia, por ejemplo, no quieren un papado que los europeíce? El Papa puede tratar a los cristianos de Asia con simpatía y respeto. Pero, al momento de hilar más fino, pueden surgir diferencias considerables que él no logre integrar a la Tradición de la Iglesia, más aún cuando esta Tradición también debe avanzar con los aportes de las iglesias de los demás continentes.
Benedicto XVI - y ya antes como el Cardenal Ratzinger-, embistió en contra de la “dictadura del relativismo”. El vio en la fragmentación de la verdad de la cultura actual una amenaza fatal para la humanidad. Si lo verdadero de una persona es relativo a lo verdadero de otra persona, a la larga nadie tendrá la razón; pues si todos creen tener la verdad, y todos sostienen verdades distintas, nadie en definitiva la tendrá. ¡Será la guerra! El Papa emérito vio subyacente a un pluralismo ilimitado la pérdida de Dios, a saber, el principio de la unidad en torno a una única verdad. Cuando el pluralismo oculta tras un respeto a los demás una indiferencia hacia ellos, un dar lo mismo lo que los demás piensen, la convivencia tiene los días contados. Benedicto sostuvo, en contra del pensamiento relativista, la convicción de una convergencia en la “verdad”, como la condición básica de entendimiento entre los seres humanos.
Esto explica que durante su pontificado haya pesado tanto el factor doctrinal. Por un parte afirmó con claridad las “verdaderas” consecuencias del Evangelio; por otra, controló a quienes pudieran haberse apartarse de la enseñanza oficial. Los pontificados de Juan Pablo y de Benedicto tuvieron un marcado talante teológico. El reclamo papal por “la verdad” cumplió una función gubernativa. Mediante ella los papas obligaron a la institucionalidad eclesiástica a cerrar filas, arriesgando, por otra parte, un distanciamiento con el Pueblo de Dios necesitado de orientación, pero también de libertad, de confianza y de protagonismo. Los candidatos a obispos fueron examinados con sumo cuidado. Muchos teólogos sufrieron las consecuencias.
¿Habrá cambio de Curia o cambios en la Curia? ¿Bajará Francisco el énfasis doctrinal a los dicasterios romanos o lo mantendrá? ¿Invertirá la relación de la institución eclesiástica con las iglesias locales o la mantendrá? ¿Aligerará los controles a los intelectuales o los mantendrá?
Estas preguntas son decisivas. Ellas se reducen a una: ¿se abrirá la institución eclesiástica a la diversidad de la Iglesia? La Iglesia dispersa en el mundo es mundana. No puede no serlo. Ella experimenta cambios y transformaciones de los más diversos tipos según se encuentre acá o acullá; a veces avanza y a veces involuciona con la humanidad. Quien lo niega miente o se engaña. Si la institución eclesiástica, por tanto, no se abre a lo que está ocurriendo en el Pueblo de Dios, incluidos los sacerdotes y obispos, no atinará con el anuncio del Evangelio. En vez de ser pertinente será impertinente. Lo cual es muy grave. Así no atinará con el quehacer original e irrepetible de Cristo en la historia a través de su Espíritu. Pero, además, hará daño. Porque forzar la realidad es nocivo. El riesgo de una apertura indiscreta a los cambios acarrea peligros. Pero una cerrazón a los mismos es suicida.
El Papa Francisco ha dicho que prefiere una Iglesia “accidentada” a una Iglesia “enferma”. Escribe a los obispos argentinos: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencia; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio”.
Si esta metáfora vale para la institución eclesiástica, es muy preocupante que esta cierre a los católicos a la realidad y los concentre en sí mismos. El obispo de Roma prefiere, no obstante los riesgos, una Iglesia que se exponga al mundo real. ¿Prefiere una Iglesia más dispuesta a buscar la verdad que a proclamarla? ¿Una Iglesia que aprenda a una que enseñe? Hemos de suponer que quiere ambas cosas. Según parece, Francisco no teme tanto al peligro del relativismo como al del fundamentalismo de quienes se creen poseedores de la verdad. Si esto es realmente así, el obispo de Roma tendrá que mediar en el conflicto de las interpretaciones en vez de tratar de suprimirlas.
El pluralismo es un enorme desafío. Los obispos chilenos han apostado por un tipo de pluralismo altamente necesario. Vale la pena recordar sus palabras: “Ni el simple consenso ni las estadísticas dan fundamento suficiente a lo que estimamos valioso. El pluralismo es inmensamente positivo porque nos ayuda a convivir y nos permite asumir diversos puntos de vista, comprendiendo la complejidad de la vida y ensanchando nuestra limitada visión de ella. Ese pluralismo, hecho de respeto y no de silencios, debe ser fomentado porque nos permite buscar con otros la verdad, complementándonos. Es un modo solidario de buscar y profundizar la verdad sin relativizarla. El pluralismo agudiza nuestra razón para llegar al fundamento que hace más razonables para todos lo que proponemos como un valor, sin relativismos y sin fundamentalismos” (Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile, 2012).
Auguramos a Francisco éxito en su tarea de unir sin uniformar, de acoger la diversidad y trabajar por la comunión entre iglesias que puedan legítimamente intentar variadas formas de ser católicas. El Papa latinoamericano representa la apertura. El sabe que si la Iglesia no cambia con los tiempos, se asfixia. El ha leído la parábola de los talentos: es consciente de que la Iglesia no puede ser presa del temor. Prefiere una Iglesia “accidentada” a una parapetada en “verdades” que no reflejan sino miedo a la verdad.
¿Qué tipo de reforma de Curia intentará hacer? Esperamos que el obispo de Roma, acertando en los fines, acierte también en los medios. Si quiere abrir la Iglesia a los cambios y a la diversidad de las culturas, esta Curia, tal como está, ni aun mejorada, sirve. Se necesitará una Curia que se reestructure de acuerdo a una nueva misión.
Francisco y el desafío de una Iglesia policéntrica
Del Papa Francisco se espera mucho. Él simboliza la posibilidad de numerosos cambios. El mayor de todos es la inauguración de un catolicismo policéntrico: una Iglesia Católica en la cual el sucesor de Pedro sea más obispo de Roma que gobernante de la Iglesia mundial. Esto se dio durante el primer milenio del cristianismo. Bien pudiera, en el tercer milenio, reeditarse el pluralismo de los antiguos patriarcados. Entonces, el Papa, el Patriarca de Occidente, era el primus inter pares que velaba por la unidad y la comunión entre Alejandría, Constantinopla, Antioquía y Jerusalén. Aquella Iglesia no tuvo uno, sino varios centros de articulación.
Francisco representa a una Iglesia menos centrada en el Papa (él ha querido llamarse “obispo de Roma”) y a un Papa tercermundista (uno que viene del “fin del mundo” y del “mundo de los pobres”). Si esta combinación de factores converge en un cambio, este pudiera ser el de una Iglesia Católica más “católica”, más universal, más abierta a las diversidades y, quién sabe, policéntrica. Para que algo así se cumpla –esperamos que se cumpla- tendría que ser correcta la tesis de Rahner, por una parte, y que Francisco, por otra, suelte el freno al surgimiento de un catolicismo realmente plural.
Según Karl Rahner, con ocasión del Concilio Vaticano II, por primera vez en la historia de la Iglesia se dio una colegialidad episcopal realmente mundial; con lo cual se estaría entrando en la tercera gran etapa de la historia del cristianismo (tras el breve judeo-cristianismo; tras, luego, el largo cristianismo greco, latino y germánico). Es decir, se estaría abriendo la posibilidad de una inculturación de la Iglesia en catolicismos culturalmente diversos: asiático, latinoamericano, africano, etc. A nuestro parece, si Rahner tiene razón, lo que hoy debe estar dándose es una presión sobre “el centro” (la iglesia romana occidental) por una mayor autonomía de parte de las iglesias regionales y locales. Los africanos, por ejemplo, pudieran estar pensando que no es indispensable ser europeos para ser cristianos. Lo cual les hará probablemente resistir la uniformación que ejerce sobre ellos la curia vaticana. ¿Existe una tensión real y creciente entre la iglesia vaticana y las otras iglesias repartidas en el planeta?
La elección de un papa sudamericano es significativa en caso que la respuesta a la pregunta anterior sea afirmativa. Si no lo es, la consagración de Jorge Mario Bergoglio, un argentino, será un hecho simpático. Una especie de gesto condescendiente con América Latina, y nada más. Pero, si Francisco interpreta que los reclamos de una inculturación plural de la Iglesia son reales y son legítimos, esto será decisivo para una eventual constitución policéntrica de la Iglesia. Si el Papa actual, en vez de forzar la unidad, promueve la comunión; si en vez de ejercer como gobernante de la Iglesia mundial, restringe su gobierno a Roma y reconoce autonomía a las diócesis y a las regiones eclesiásticas, surgirá, a largo plazo, una Iglesia muy distinta a la que hemos conocido. Las innovaciones dispararán en todas las direcciones.
Al efecto, Francisco no necesitará tanto de una “mejor” curia (buenos nombramientos de colaboradores y reorganización administrativa), como de una curia “menor” (una curia que disminuya su importancia para que las otras iglesias crezcan en libertad y creatividad teológica, litúrgica y organizacional). Es arriesgado vaticinar algo así. Pero seguramente un pontífice latinoamericano que conoce las humillaciones de la curia romana a su iglesia local entreve un modo más colegial, si se quiere más “horizontal” o “democrático” de relacionarse el obispo de Roma con los otros obispos del mundo. (Las humillaciones sufridas en las conferencias episcopales de Santo Domingo y de Aparecida fueron especialmente vergonzosas para los obispos de América Latina).
Desde un punto de vista teológico, un cambio de esta envergadura no ofrece dificultad alguna. Navega con todo el viento a favor. Pues lo que se ha vuelto muy problemático, especialmente en tiempos en que arrecia el pluralismo y la valoración de las diferencias, es algo así como un reclamo monopólico de la autoridad del Espíritu Santo. La crisis de la Iglesia es patente. En palabras del Cardenal Hummes, “la Iglesia ya no funciona más; es necesario que se lleve a cabo una reforma estructural”. Hay problemas de gobierno. Hay, sobre todo, una gravísima desconfianza entre la jerarquía y los fieles y, peor aún, una aguda y acelerada ruptura entre fe y cultura en los católicos por parejo.
El Papa ha empatizado con la inmensa mayoría de los católicos. Gusta mucho su llaneza. Está por verse si este feliz punto de partida tendrá, en lo que sigue, un despliegue en relaciones libres, fraternales y respetuosas entre las diversas iglesias que constituyen la única Iglesia. Se esperan cambios. Cambios mayores.
Francisco, Papa todopoderoso
El Papa Francisco ha acumulado poder como para realizar importantes cambios en la Iglesia. En estos momentos es casi todopoderoso. Tener poder, sin embargo, es inquietante. El poder se puede usar para imponerse a los demás o para exponerse a los demás, para oírlos, para interpretarlos, para representarlos y dejarse vencer por sus legítimos anhelos.
Francisco ha sido elegido con una inmensa cantidad de votos. Los cardenales lo respaldan. Le han confiado la reforma la Curia romana. Habrán visto en él un hombre libre y capaz para emprender esta compleja tarea.
Además, Francisco ha ganado la simpatía de la mayoría de los católicos. Sus gestos de humildad y cercanía a la gente le han valido un apoyo multitudinario. Su predilección por los pobres, sus ansias de una iglesia pobre y sus comportamientos de persona común y corriente, expresan infinitamente mejor el sentido del Evangelio que los salones, los oros y los inciensos. Hay esperanzas de cambio, quién lo duda. No esperanza de seguridades. De cambios y no de vueltas al pasado. El Papa ha ganado poder popular para hacer las transformaciones que la mayoría de los católicos quiere.
Francisco, por último, desencadena las expectativas de respeto y de autonomía de las iglesias locales y regionales, humilladas por el trato que les ha dado la Curia romana. Humilladas, pero sobre todo impedidas de inculturar la Iglesia Católica en sus propias culturas. Muchos obispos y presidentes de conferencias episcopales deben ver con muy buenos ojos que el Papa establezca con ellos relaciones como las que el Vaticano II propuso y no logró. El Concilio apostó por un funcionamiento colegial del episcopado mundial. El Vaticano II apostó por la horizontalidad y la comunión entre los obispos, por el diálogo y la colaboración. Lamentablemente los últimos papas no pudieron revertir el poder del monocentrismo y el verticalismo pre-conciliar. Benedicto no tuvo fuerzas para doblarle la mano a la Curia. Sucumbió a sus malas artes. Pero Benedicto sí tuvo sensatez e inteligencia para despejarle el camino al sucesor que tendrá que reformarla.
Los obispos latinoamericanos, y los demás católicos latinoamericanos representados por ellos, hemos sido víctimas de la prepotencia de la Curia. El último gran bochorno fue la adulteración que se hizo de los documentos de la Conferencia episcopal reunida en Aparecida (2007). Unos fueron los textos que los obispos redactaron, aprobaron y enviaron a Roma; otros los que volvieron de Roma, con alteraciones leves y graves. Pero, ¿cuánto más han debido soportar nuestros pastores? No lo sabemos. ¿Cuántas acusaciones anónimas? ¿Robos de papeles, espionajes, delaciones y zancadillas…? Todas las malas prácticas de que fue víctima Benedicto XVI, perfectamente han podido ser sufridas por los episcopados y conferencias de las distintas partes del mundo.
El Papa Francisco tiene en este momento un enorme poder. Lo tiene para cambiar la Curia, pero talvez también para hacer cambios muchísimo mayores. Levantemos la mirada. Francisco simboliza los cambios que reclama la Iglesia desde el Tercer Mundo. La Iglesia tercermundista tiene ansias de ser una iglesia digna y pobre. No basta con ser católicos en países periféricos e insignificantes. También en estos países hay sectores de fieles que más querrían ser occidentales y pertenecer a una iglesia de tradiciones culturales europeas. Pero los católicos animados por los impulsos renovadores del Concilio Vaticano II, especialmente los latinoamericanos convencidos de la necesidad de inculturar el Evangelio en las culturas locales del continente y hacerlo de acuerdo a la “opción de Dios por los pobres”, tienen hoy puesta su mirada en un Papa que los puede sacar de la humillación de ser tratados como cristianos de segunda categoría.
¿Cómo podría ocurrir algo así? ¿Cómo podría este Papa empezar a hacer cambios mucho más importantes que reestructurar la Curia? Lo principal será volver al Evangelio. Lo cual requerirá, en este caso, de mucha inteligencia, creatividad, paciencia y espíritu de lucha. Habrá enemigos. Los hay.
Hemos dicho que Francisco tiene en estos momentos tres grandes poderes. Es casi todopoderoso: los numerosos votos, la popularidad y el favor muy probable de los obispos locales. Lo decisivo será –no hay que engañarse- ejercer estos poderes en la clave del “poder” de la cruz. Francisco conoce el poder de la pobreza. La pobreza, la cruz y el despojo de la voluntad de poder, paradojalmente, no solo son los medios a través de los cuales aquellos tres poderes podrían ser puestos al servicio de un anuncio del Evangelio auténticamente cristiano. Pues no basta juntar fuerzas y aplicarla contra viento y marea para cambiar la Iglesia. La Iglesia de Cristo realmente cambiará cuando ella anticipe el Reino de Dios en comunidades en las cuales los más pobres, con su cultura y su dignidad, sean efectivamente protagonistas y dueños de la Iglesia como de su casa.
Pues bien, para que algo así ocurra se ofrece, precisamente en estos momentos, una vía de gobierno que Francisco podría tomar. Si el Papa más que gobernante de la Iglesia mundial opta por ser “obispo de Roma”; si en vez de arreglar la Curia para controlar mejor a las iglesias regionales y locales; si continúa por la senda de la humildad y evita la tentación de la papolatría, las demás iglesias podrán respirar y sacar personalidad propia. Hasta ahora las demás iglesias han sido presas del miedo. Sus representantes suelen ser vigilados y acusados. El miedo impide a muchos obispos y sacerdotes correr riesgos, inventar alternativas pastorales, prescindir de benefactores que les quitan libertad… Si Roma cambia el modo de relación con las demás iglesias, si confía en ellas, si les da libertad para inculturar su fe en categorías y símbolos propios, llegaremos a tener una Iglesia verdaderamente católica, es decir, universal y plural.
¿Qué Curia se necesita para que algo así suceda? Una Curia que renuncie definitivamente a la Cristiandad (recurso a los Estados, ánimo hegemónico y doctrinas uniformantes) y al estilo cortesano (liturgias pomposas, tradicionalismos hueros, protocolos complicados, palabras acaracoladas); una Curia que fomente el surgimiento y fortalecimiento de diversas maneras de ser católicos. Esto ocurrirá, podría ocurrir, si el Papa Francisco devuelve dignidad y libertad a la Iglesia dispersa en el planeta. Si las iglesia locales y regionales de América Latina, Asia, Europa, Africa y Oceanía se convierten en protagonistas en pleno derecho de ejercer su bautismo, de pensar con autonomía, de elegir sus autoridades, se realizarán cambios realmente importantes. Cambios mayores.
De la Sagrada Familia a la familia humana
Es asombroso que Dios haya entrado en la vida humana mediante una familia como las nuestras. Llama la atención la normalidad de Dios. ¿De qué normalidad se trata? La familia escogida fue tan pobre, tan común, como la inmensa mayoría de las familias del planeta. Pero, en realidad, la normalidad de la familia de María, José y Jesús consistió en ser tan anormal como muchas de nuestras propias familias e incluso más. Lo más sorprendente es que Dios, en vez de intentarlo todo de nuevo y de la nada, haya contado con la desintegración de la sagrada familia, con los restos de Israel, para levantar la Iglesia, la comunidad que inaugura la familiaridad de toda la humanidad.
Es difícil decir qué sea una familia “ideal”, aunque una buena idea de familia ayuda a buscarla, a encontrarla y, por cierto, a disfrutar de tantos bienes que ella facilita. Pero la familia ha cambiado mucho a lo largo de la historia. A veces pudo ser la tribu. Otras, un familión que incluía a primos, tíos y abuelos. Ahora último parece legítimo excluir a los ancianos. Los cambios que se avizoran para el futuro próximo son preocupantes. En lo inmediato, vistas las cosas de cerca advertimos que en las familias hay problemas: discordia entre los esposos, violencia con los hijos, un adolescente drogadicto, una soltera embarazada, el marido cesante, la madre estresada, más de un abuso sexual, etc. Los roles cambian. Una mujer suele hacer de pater familias de un grupo humano considerable. Tantos que viven en soledad, en cambio, consideran familiares a sus animales… ¿Cuánto dura una familia? ¿Cómo hay que considerar a los separados vueltos a casar o los que nunca se han casado y viven juntos? Aunque se diga que tales irregularidades no constituyen “familia”, a ellos la sagrada familia abre otra oportunidad.
La sagrada familia tuvo un comienzo crítico y un final dramático. Hagamos memoria. Dios mismo hizo las cosas difíciles al pedir a María ser madre virgen de Jesús. El castigo para una novia que quedara esperando de otro hombre era morir apedreada. María se arriesgó. Antes de tomarla como esposa, José pudo denunciarla, estaba en su derecho, quién sabe si quiso hacerlo. El parto fue a lo pobre. Los primeros años transcurrieron en el exilio. Dice la tradición que José murió poco después. La familia quedó trunca. Posiblemente la Virgen y el niño partieron a vivir de allegados con otros parientes, arrinconados, pidiendo permiso y perdón por cada respiro. Por último, el mismo Jesús, la luz de los ojos de María y la esperanza de liberación de su pueblo, murió condenado a muerte con la peor de las penas. A los pies de la cruz, la Virgen contempló el fracaso final de su familia. María supo en carne propia lo que significa perderlo todo, marido e hijo.
La sagrada familia compartió la suerte de nuestras familias, incluso la suerte de las familias más golpeadas. Pero en algo fue muy distinta. En ella Dios predominó de principio a fin. Por la fe de María predominó en María. Por la justicia de José prevaleció en José. Por la dedicación completa de Jesús a las cosas de su Padre, nunca antes ni tampoco después el amor de Dios estuvo tan a la mano. Pero fue a través del fracaso de la sagrada familia, así de increíble, que supimos de la familiaridad de Dios con toda la humanidad. El día que Jesús dijo a María, señalando desde la cruz a su discípulo más joven: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y a Juan: “Ahí tienes a tu madre”, la Iglesia despuntó como la nueva familia humana. Comprendieron entonces los demás discípulos, muchos de los cuales habían dejado padres, esposas e hijos por el reino, que también ellos tenían a la Virgen por madre y por Abbá al Padre de Jesús, y que su misión no era otra que anunciar al mundo su hermandad más profunda. La Iglesia representa la superioridad de la familia humana sobre la familia sanguínea. La Iglesia es la humanidad que pone en práctica la vocación de toda comunidad, grande como el entero género humano o pequeña como un piño de mendigos, a comenzar de nuevo pero no de cero, sino con los que somos, mediante la acogida y el perdón.
Para los que han tenido una familia más anormal de lo normal, para las familias quebradas y para los quebrados por su familia, la Iglesia es el Evangelio puesto al día, la mejor de las noticias. Con lo que quedó de la sagrada familia, María y el hijo muerto en sus brazos, Dios comenzó de nuevo. En Pentecostés, por la efusión del Espíritu de Jesús resucitado sobre los apóstoles reunidos otra vez con María, Dios inauguró la Iglesia para que extendiera su paternidad a todas las razas de la tierra. Partos, medos, elamitas, mesopotámicos, judíos y capadocios, habitantes del Ponto, de Asia, de Frigia, de Panfilia y de Egipto, venidos de Libia, forasteros romanos, cretenses y árabes, fueron invitados a integrarse a la comunidad naciente, la nueva sagrada familia, abierta a todos, principiando por los pobres, los predilectos del reino. Este fue y éste es el Evangelio: buena nueva también para los extraños. La Iglesia anuncia el Evangelio cuando en ella encuentran un hogar los que nunca han tenido un hogar o lo perdieron, las viudas, los huérfanos, los solteros, las temporeras, las “nanas”, los allegados, los divorciados, los exilados, los inmigrantes y los refugiados, lleguen solos o tomados de la mano, con o sin los papeles al día, creyendo ojalá o queriendo creer al menos que Dios es Padre e incluso Madre.
Una mano para los “segundos matrimonios”
Si se compara los “segundos matrimonios” con los matrimonios que duran para toda la vida, no hay duda que estos parecen más valiosos. ¿Razones? Varias: la perseverancia en la unidad es medio y fin de la felicidad de las parejas; la estabilidad es condición importante para la crianza de los hijos; una sola “empresa” familiar puede afrontar mejor los desafíos económicos que se multiplican con los años; la entera sociedad se beneficia con las familias sólidas. Pero esta ventaja general de los “primeros matrimonios” no impide que también los “segundos”, después de un fracaso conyugal irreversible, vuelvan a intentar los mismos fines de cualquier matrimonio serio. La vida continúa. Lo sorprendente es que, después de rupturas traumáticas, haya parejas que levanten de nuevo un hogar, cargando con responsabilidades de su primera unión e inspirando en hijos incluso ajenos la ilusión de una familia.
Aunque los “segundos matrimonios” no están libres de terminar en otro fracaso, es indispensable reconocer la posibilidad de que también ellos sean matrimonios de “primera”. Indispensable, porque probablemente necesitarán aún más ayuda. ¿Ayudémosles? Sugiero dos ideas. Primero: que se creen o se refuercen las instituciones públicas, privadas y religiosas que ofrezcan a las parejas realizar bien el duelo que implica un fracaso matrimonial. Una relación mal terminada impide aprender de una experiencia negativa y, cuando se han cometido errores, estos suelen repetirse. Segundo: los establecimientos educacionales pudieran otorgar una atención privilegiada a los hijos de estas familias. Hermoso testimonio darían los colegios católicos si la condición de hijos de “segundas familias” se considerara un punto a favor, y no en contra, al momento de las postulaciones a matrículas de admisión.
Los “segundos matrimonios” necesitan ser ayudados tanto o más que los primeros. Pero también ellos son una ayuda para la sociedad. Estos matrimonios dan esperanza a los que la vida se les hace cuesta arriba. Su lucha por reunir bajo un solo techo a personas que, habiendo sufrido mucho, aun quieren caminar juntas y compartir lo que tienen, nos devuelve la fe en el amor humano. En la medida que con justicia y responsabilidad los “segundos matrimonios” han puesto en orden las cuentas pendientes con el pasado, su esfuerzo por salir adelante con su nueva familia constituye un tesoro moral para la sociedad.
Ansias de una Iglesia que acompañe
Late en la emocionalidad de los católicos la urgencia de ajustes que revitalicen su pertenencia eclesial. Es patente un malestar por un desempeño pastoral que es percibido cada vez más alejado de la vida ordinaria de los fieles. Pero esta constatación puede impedirnos ver como germina la semilla de mostaza de la que nos habló Jesús. Se da entre los católicos un hondo deseo de una Iglesia que acompañe. Se dan, por cierto, experiencias de acompañamiento cercano, comprensivo, paciente, dialogante y efectivamente orientador. Germina y brota algo nuevo.
Apartando los escándalos por los abusos que nos estremecen, dejando por un momento de lado las lamentaciones habituales acerca de la Iglesia, debemos reconocer que todos por parejo, independientemente de las creencias propias, experimentamos transformaciones culturales gigantescas que no hemos podido integrar bien. Las mutaciones de la religiosidad son equivalentes a las del tiempo eje, esos siglos antes y después de Cristo en que surgieron las grandes religiones monoteístas. Hoy los creyentes buscan por su cuenta, quieren ser protagonistas de sus vidas, necesitan argumentos, consejos, compañía cálida y comprensiva para salir adelante, pero no quieren ser adoctrinados.
Hay desorientación sin duda, y no servirá cualquier enseñanza. No porque un aprendizaje haya sido útil en el pasado, lo será tal cual en el presente. Pero también se advierten señales de esperanza. Estamos en camino. Lo antiguo convive con lo nuevo, van juntos cristianos tradicionales y progresistas, y dentro de cada uno de ellos se dan procesos de cierre y de apertura. Una religión milenaria vivida por pueblos concretos toma tiempo en adaptarse a las épocas y en nutrir de humanidad las culturas. La Iglesia “acompañante” recibió un espaldarazo en el Vaticano II, hace 45 años. Es grande la tentación de volver a antes de uno de los concilios más innovadores de la historia de la Iglesia. No faltan los ejemplos lamentables de involución. Pero, paralelamente, se va fortaleciendo un catolicismo más humano, horizontal, integrador… una Iglesia que acompaña.
Vemos señales de esperanza. Menciono dos: en la espiritualidad y en la moral. Un avance considerable es el reemplazo de la “dirección” espiritual por el “acompañamiento”. En la dirección espiritual es el director quien desempeña un rol activo. El dirigido, en cambio, se comporta como un infante. Necesita que le digan qué hacer. La dependencia que se crea entre ellos dificulta al dirigido llegar a ser adulto en la fe y, en el peor de los casos, lo deja expuesto a los caprichos de su director. En el régimen del acompañamiento, por el contrario, el protagonista es el acompañado y el acompañante juega un rol auxiliar. Este debe capacitar a su acompañado para introducirse personalmente en el Misterio de un Dios que le hará cada vez más libre, más adulto y menos dependiente.
En el campo moral ocurre parecido. En materia de moral social la Iglesia enseña principios, pero deja espacio a la libertad. Esta manera de proponer la moral, desarrollada extraordinariamente por el catolicismo social desde León XIII hasta Benedicto XVI, ha hecho respetable al magisterio en esta área. En este campo se plantea a los católicos la antiquísima obligación de observar la norma mediante un cumplimiento en conciencia. En materia de moral sexual, en cambio, la mayoría de los fieles tiene la impresión de que el Magisterio impone ajustarse a lo establecido sin necesidad de discernir nada. Es señal de esperanza, por esto mismo, que muchos católicos se den hoy el trabajo de discernir las vías -tremendamente complejas- del mejor ejercicio de su sexualidad, en conciencia y con suma responsabilidad. Es muy prometedor que haya padres y madres, educadores, sacerdotes y religiosas que, para enseñar el bien y el mal, adiestren a los niños en el arte de tomar decisiones, les transmitan los criterios del Evangelio, de la tradición de la Iglesia, de la cultura a la que pertenecen y de las ciencias modernas, y sobre todo, que los acompañen en su aprendizaje, que no se escandalicen con sus caídas y que los animen a seguir probando sin temor a equivocarse.
Las ansias de cambio en la Iglesia son muchas y puede que tomen años en concretarse. Pero lo que ha comenzado, el acompañamiento, el caminar con, junto a quien de veras se quiere, es el horizonte que debe animar las transformaciones. Hay razones para la movilización. Y esperanza de cambios importantes.
La catolicidad del 13
¿Qué será de la línea editorial del canal católico de Chile? Inevitablemente, tras su venta, otra vez la contribución cultural del canal entrará en conflicto con los intereses económicos en juego. La tensión es antigua y no se la podrá superar. Pero la búsqueda de rentabilidad económica que sustentará la nueva operación de este medio, bien debiera admitir la libertad de prensa. En algún caso, ésta será materia de ley. La Iglesia, propietaria del 33%, tendrá que juzgar más allá de lo que diga la ley, si, en razón de esta misma libertad de prensa, vende o no su parte so pena de comenzar a ganar dinero a costa de su misión.
En medio de esta tensión el canal tendrá que definir su identidad católica. La cultura chilena ha recibido una impronta católica neta. El 13 ha sido la televisión de la Universidad Católica. ¿Cambiará de nombre el canal? No es este un asunto menor, pero la cuestión de fondo importa más. Veo dos posibilidades: una, que se excluya de la línea editorial toda referencia a la misión evangelizadora de la Iglesia y, por tanto, ninguna autoridad eclesial podrá exigir su cumplimiento; otra, que se incluya, y en este caso, tendrá que resolverse qué papel jugará en él la jerarquía eclesial.
En este último caso, aun cuando la Iglesia se abstenga de incidir directamente en las decisiones del canal, y si “lo católico” pudiera tener algún significado real (y no meramente publicitario) en la línea editorial, el nuevo 13 tendrá que aclarar su comprensión de la presencia de la Iglesia en la cultura contemporánea. Mi deseo es que no coopere con la involución eclesial que progresivamente va dando la espalda al Concilio Vaticano II, sino que, haciendo la contra a esta tendencia, contribuya decididamente con la puesta en práctica de uno de los concilios más extraordinarios de la historia de la Iglesia.
Si algún lugar pudiera tener “lo católico” en el nuevo 13, desearía que:
(1) Ayude a los católicos a entender que Dios no los ama a ellos más que a los demás, que Cristo murió por todos y que todos, en consecuencia, pueden acceder a eso que los cristianos llamamos “salvación”. Este supuesto teológico constituye la condición básica del pluralismo y de la elaboración de una verdad que nadie posee, sino que es fruto de una búsqueda honesta, de una crítica y de un diálogo. Tanta importancia tiene esta conclusión conciliar que de ella depende nada menos que la razón misma de ser de la Iglesia.
(2) Que extraiga del acervo de humanidad del cristianismo la dignidad inalienable de la persona humana. Por esta vía el canal ofrecerá a su audiencia “libertad” y “comunidad”. Hoy nuestra cultura está cargada del lado de la libertad, lo cual debe considerarse un progreso en humanidad. Pero, como reverso de la moneda, el individualismo que acompaña a la libertad como a su sombra, socava las comunidades que acogen a las personas, acompañan a los abandonados, incluyen a los estigmatizados y contribuyen decisivamente a la felicidad de la gente. Nuestro país necesita canales televisivos que salvaguarden la libertad y el valor de la conciencia y que, al mismo tiempo, combatan todo tipo de exclusiones; canales que aporten contenidos éticos pero que, sobre todo, que enseñen a discernir, a elegir y a optar en bien propio, pero también de los otros.
(3) Que, por último, el nuevo 13 ayude a la Iglesia a continuar nutriendo la cultura del país tal como lo ha hecho hace bastante más de doscientos años. A este fin, me gustaría, lo digo abiertamente, un canal que ayudara a la Iglesia a dar cumplimiento al Vaticano II. Creo que solo bajo esta inspiración la Iglesia será un aporte real al bien común en Chile. Conforme al concilio, quiero un canal que nos ayude a los católicos a entender que en Chile hay otras tradiciones religiosas, étnicas y filosóficas que enriquecen la patria, y encauce la contribución que estas deseen hacer; que muestre en las pantallas la dignidad de los rostros de los que no tienen rostro y sea voz de los que no tienen voz; que nos enseñe a todos que los medios de comunicación no son un mero instrumento de evangelización o de proselitismo, sino el nuevo espacio en el que la humanidad conversa consigo misma, discute, se equivoca y entiende el punto de vista de los que no creen ni piensan lo mismo, lo cual, sin duda, expresa exactamente lo mejor del Evangelio.
Cristo: Pasión de Dios y nuestra pasión
Si el día de mañana se inventara una “píldora del olvido”, una pastilla para borrar los hechos más dolorosos de nuestra vida, para suprimir de la memoria aquellos golpes que nos marcaron para siempre: ¿quién la tomaría?
Cualquier interesado debería primero sacar las cuentas. Si pudiéramos recordar sólo los buenos momentos, ciertamente no seríamos los mismos. A futuro, no pudiendo entender el sufrimiento de los demás, su pena nos parecería una estupidez. Creeríamos que se merecen lo que sufren. Los culparíamos de su tormento. Y, así, juzgándolos aumentaríamos su desgracia, evitando de paso que su infortunio nos toque.
Pero, además, sin esos hechos traumáticos nuestra identidad sería irreal. Nada hay más nuestra que esa historia de padecimientos que solamente podemos contar en privado, sin apuros y no a cualquiera. ¿Acaso no fue en aquellos momentos de dolor que tuvimos la impresión de ser distintos de los demás? “¿Por qué a mí?”, dijimos, “¿Por qué ahora? ¿por qué de esta manera?”. Nos sentimos solos. Nos supimos únicos en el mundo. El placer, el amor no han cincelado nuestro “yo” más que la frustración, el fracaso y la impotencia de no haber sido amados como lo quisimos. Un hombre, una mujer sin memoria de su pasión, serían unos eternos turistas sobre la tierra. Su convivencia parecería una especie de show de irrealidad: escenografía, drama sonso, risas falsas, aplausos falsos…
Sin embargo, ¿podríamos nosotros juzgar a las personas que, habiendo padecido mucho en su vida, decidieran tomar la píldora para olvidar su dolor? De ninguna manera. Pero probablemente sería esta misma gente la menos interesada en tomarla, pues ella sabe que su pasión es exactamente lo que tendría que contarnos. Estas personas, nos consta, aportan a nuestra vida en sociedad una cuota de verdad cruda que nos delata y nos sana al mismo tiempo. Nadie como ellas desarrollan un olfato finísimo para detectar a la mujer mentirosa, al nuevo rico, al predicador que habla sin decir nada… Sin la memoria de las víctimas una sociedad avanza sin rumbo.
Jesús no habría tomado jamás la “píldora del olvido”. De haberlo hecho se habría incapacitado para representar a las víctimas ante Dios. Los seguidores de Jesús tampoco la habrían tomado. Pues compartiendo el dolor de los demás, amándolos con el amor de Jesús, los cristianos prueban lo imposible: que Dios no es apático, que a Dios no le da lo mismo la pasión del mundo.
1. La historia de nuestro sufrimiento
a) Cristo nos representa ante Dios a todos los que sufrimos
La experiencia de Jesús en Getsemaní es tan nuestra (Mc 14, 32-42). Ante su muerte inminente, Jesús sufre lo indecible. Por cierto su caso es distinto del nuestro. El dolor de Jesús es más amplio. No tiene miedo solo a que lo maten. Su sufrimiento expresa el rechazo de su pueblo al amor de Dios. No es cuestión de amor propio, aunque probablemente Jesús es consciente que tendrá un final vergonzoso. Sucede que en la pasión Jesús nunca fue tan grande la distancia entre el amor ofrecido y el amor rechazado.
Ninguno ser humano ha sufrido lo mismo, pero muchos hemos experimentado situaciones de dolor y de oración parecidas. ¿Cuántas veces en la vida nos topamos con un muro? Se nos cerró el futuro por completo. Se nos vino el mundo encima. No hubo nada que hacer o lo que podíamos hacer no habría revertido una desgracia inevitable. Incluso cuando no hemos llegado a estos límites en cosa de sufrimientos -tal vez a ninguno de nosotros nos ha tocado arriesgar la vida por alguien -, igual Jesús nos representa. “No hay pena chica”. No la hay para nosotros, tampoco Dios, el Señor del universo, considera insignificante las penas que para nosotros sí importan. En Getsemaní Jesús, orando a su Padre, nos representa a todos los que clamamos ayuda a Dios.
Ha podido ser que nuestra oración fuera un poco egoísta. No sólo necesitamos de Dios, solemos usar a Dios. Pero cuando el sufrimiento nos toca hondo, qué legítimo ha sido clamar: “por qué a mí”, “por qué ahora”, “por qué de esta manera”. Para el sufrimiento, en definitiva, no parece haber justificación posible. Otras preguntas apuntan directamente a Dios: “¿Hice algo mal?”, “¿le da a Dios lo mismo lo que me pasa?”, “¿me escucha?”, “¿sirve de algo rezar?”.
Los acompañantes dejan solo a Jesús, más tarde uno de ellos lo traicionará. No es raro que, cuando sufrimos, los que quisiéramos que estuvieran con nosotros no están…. Peor aún, suele ocurrir que nuestro dolor los espanta. Y, alguna vez, alguien nos juzga o nos da la espalda en el momento que más necesitábamos su comprensión. Puede también ocurrir que en el dolor experimentemos la compañía de Dios y la de otros. Incluso así, podemos tener la impresión de una gran soledad. No despreciamos estas compañías, la necesitamos, mitigan nuestro dolor. El sufrimiento, además de hacernos sentir solos, nos hace sentirnos únicos: nadie puede saber exactamente cómo y por qué nos duelen tanto las cosas. Jesús mismo terminará gritando “Dios mío, por qué me has abandonado”.
En Getsemaní Jesús nos representa ante Dios a todos los que sufrimos y clamamos auxilio. Pero, además, nos enseña cómo hacerlo. La oración del Huerto de los Olivos constituye una de las reglas de la oración cristiana: “Que se haga tú voluntad y no la mía”. Desde entonces los cristianos pedimos a Dios lo que queremos y, al mismo tiempo, aceptamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios.
b) Cristo crucificado representa a Dios que sufre por nosotros
En la cruz Jesús resume la donación de Dios a nosotros. Toda una vida de entrega. No todos lo advierten. Sí el Centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39).
¿Cómo es que el Salvador necesita ser salvado? Jesús salva desde la cruz. ¿Un Dios crucificado? ¿Un Mesías (supuestamente omnipotente) que no hace nada? No pudiendo hacer nada, Jesús manifiesta que su exposición a nuestro dolor es completa. Haciendo suyo nuestro dolor, nos salva.
¿Y su Padre? Tampoco hace nada. ¿Un Dios indolente? No, todo lo contrario. Un Dios sensible ante el sufrimiento humano, un Dios de veras “com-pasivo”, es quien deja que el dolor de quien más quiere, su Hijo, verdaderamente lo toque. Para salvar, el Padre necesita padecer con el hombre solidario con la humanidad fracasada. Jesús revela a un “Dios al revés”: un Dios cuya omnipotencia se manifiesta al máximo en su capacidad de sufrir por sus criaturas. Un Dios a-pático no podría amar. Y el Dios de Jesús es amor com-pasivo.
Entre nosotros a veces sucede algo parecido. Es común que debamos ocuparnos de los demás justo cuando nos faltan las fuerzas para tenernos a nosotros mismos en pie. Otras veces nada podemos hacer por ellos, más que estar allí a su lado, escuchándolos, haciendo nuestro su sufrimiento, impotentes ante su desgracia. Parte importante del trabajo del sacerdote consiste en “chupar” dolor ajeno sin poder hacer nada por cambiar la vida de la gente que le desahoga sus penas. Y, a menudo, si poder él mismo descargar en otros los pesos que le cargan. Entonces nos queda el consuelo de la fe. Nuestra esperanza consiste en que Dios nos saque de la cruz como sacó a Jesús. Pero la vida es en serio y no en serie. Para que seamos libres, Dios se retira. No nos “programa”. No nos ahorra la carga.
Si nos atenemos al hecho del juicio y condena de Jesús, resulta que no lo mataron los esenios, ni los zelotes, ni las mujeres, ni sus discípulos, ni las mayorías pobres que lo seguían, sino los romanos instigados por los saduceos y los fariseos. Pero, en un sentido más profundo, sabemos que su muerte es la consecuencia última del pecado de la humanidad. El pecado mata. Jesús muerto en cruz también representa a las víctimas de nuestros propios pecados. Desde que el mismo Jesús ha exigido ser identificado con los últimos, inocentes o culpables, todo lo que hagamos a ellos o dejemos de hacer por ellos, a él se lo hacemos o no se lo hacemos (Mt 25, 31-46).
En otras palabras, Jesús no sólo se identifica con nosotros, sino también con “los otros”, con nuestro prójimo en general. A este, en tanto víctima nuestra, también Jesús lo representa. En la medida que Jesús se identifica con nuestras víctimas, nos juzga. Para Jesús, la obtención de la vida eterna no depende de nuestra religiosidad (la observancia de la Ley o de la “doctrina cristiana”) o de la pertenencia a un pueblo o raza determinada (judíos u otros). He aquí que la salvación misma que Cristo ofrece a todos por igual proviene exactamente de la actitud que se tenga ante quienes normalmente todos huyen, los que pueden contagiarnos una desgracia que a menudo es culpa nuestra, aquellos que, como víctimas, hacen presente al Señor y su amor.
d) Jesús es Dios que nos perdona
San Juan nos refiere el caso de la defensa de Jesús de una mujer sorprendida en adulterio (cf. Jn 8, 1-11). De este episodio podemos retener lo siguiente.
En primer lugar, parece lógico contrarrestar el origen del mal, poner coto a la causa del sufrimiento, imponer un castigo ejemplarizador a los pecadores… La Ley representa el orden que regula las conductas que aseguran la convivencia justa. Su invocación para castigar un delito se ajusta a derecho. Pero la aplicación de la Ley no erradica la violencia, sólo la contiene o la administra. Pongámonos en el caso de los que juzgan a la mujer. Apedrear a la pecadora no los libera de sus propios pecados. Como ellos, también nosotros quedamos encerrados en un círculo vicioso. Necesitamos algo más que la Ley y la justicia.
Jesús interviene rompiendo el esquema de la Ley. Jesús, inocente, no hace nada. El, que de acuerdo a la lógica religiosa tendría el derecho a arrojar la primera piedra, no la arroja. ¿Qué derecho pueden tener los demás, si todos son igualmente pecadores? La universalidad del pecado no se rompe con la perpetuación de la violencia, los pecadores solemos ser despiadados con los pecadores; ella se rompe exactamente con la abstención de su uso. Nada asegura que el comportamiento de Jesús instaure por sí mismo una nueva convivencia. La historia queda abierta. Pero Jesús ha introducido en ella una nueva lógica.
Pongámonos, sobre todo, en el caso de la mujer absuelta de su pecado. Ella nos representa a todos, comenzando por los más viejos. A ella Jesús le dice: “¿Nadie te ha condenado?… Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. Si hubiera que ser precisos, Jesús no perdona sus pecados. No la condena. Su pecado sigue siendo un pecado. No condenándola, es que se abre para la mujer la posibilidad que Jesús le muestra de “no pecar más”.
3. La historia de una pasión compartida
Jesús ha revelado que Dios no es “a-pático”, sino “a-pasionado”; que es “Amor apasionado” por la humanidad (Jn 3, 17: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito…”).
La entera humanidad es la “pasión” de Cristo y de Dios. No somos la pasión de Cristo sólo porque somos la causa de su sufrimiento, sino ante todo porque somos el objeto de su amor. La Providencia cristiana en un sentido preciso consiste en que Dios “lleva nuestra vida”, “conduce nuestra historia”, “carga con nosotros”. Dios es un Padre providente que nos conduce hacia sí mediante el Hijo y el Espíritu. A nosotros nos toca “dejarnos cargar”, confiar en Él absolutamente.
e) Nosotros somos la pasión de Cristo
“No anden preocupados por su vida…” (Mt 6, 25-35), nos recuerda Jesús. Nuestra vida está en las manos de Dios: no queramos ser más responsables que Dios.
Esto, a veces, cuesta mucho. Traigamos a la memoria el caso del padre cesante. Pasan los días, los meses, los años… Se crea una situación desesperante. Mientras más tiempo pasa peor. La misma ansiedad espanta los trabajos. Otro caso: los papás de un niño minusválido mental que comienzan a preguntarse: “después de nosotros quién cargará con él/ella…”.
¡Cuidado!, nos diría el Señor. ¿No estaremos poniendo a Dios al servicio de nuestro proyecto en vez de ponernos nosotros al servicio del proyecto de Dios? “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso…”. No queda otra posibilidad que pedirle al Señor que nos enseñe a creer en El, a “creerle”. Rogarle que regenere nuestra esperanza. ¿Acaso Dios no sabe lo que necesitamos? ¿Cabe la posibilidad de que nuestra mayor necesidad sea Dios mismo? ¿Hay alguna necesidad que pueda competir con la necesidad que tenemos de Dios?
No se trata de ser negligentes, indolentes, de despreocuparnos de la carga que nos ha tocado. Pero no la soportaremos si no nos “dejamos cargar” por el Señor. “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso…”. ¿Entonces qué? Remata Jesús: “Buscad el reino y su justicia, y todo se les dará por añadidura” (cf. Mt 6, 25-34). Es decir, debemos dejar que Dios gobierne nuestra vida, abandonarnos confiadamente a Él, creer que de veras nos ama, en otras palabras, que nuestras preocupaciones nunca pueden ser mayores de la que Dios tiene por nosotros.
f) Cristo es nuestra pasión
Como dice Pablo: “El que se preocupa por los días, lo hace por el Señor; el que come, lo hace por el Señor, pues da gracias a Dios: y el que no come, lo hace por el Señor, y da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rom 14, 6-9).
En contra de otras pasiones como suele ser el dinero, la comodidad, la fama, el consumo e incluso algunas muy loables como la familia y el trabajo, la pasión de los cristianos es el Señor. La pasión por Cristo es superior a todas porque supera el carácter finito de nuestras pasiones mundanas. Cristo ha superado la muerte. La pasión por Cristo depende de la esperanza en su resurrección y de nuestra propia resurrección. Se trata de una pasión inmarcesible.
La vida cristiana se nutre de la experiencia de Cristo resucitado de entre los muertos. Recordemos el caso de los discípulos de Emaús (cf., Lc 24, 13-35). Los discípulos tenían una buena razón para volver tristes. La muerte de Jesús les confirmaba que habían seguido a un charlatán. La alternativa de vida propuesta por Jesús, la confianza absoluta en el Dios del reino, amar y perdonar a los demás, etc., fracasaba por completo. Había que volver a vivir como siempre, “asegurándose la vida”, “prevaleciendo sobre los otros”, buscando “congraciarse religiosamente con Dios” mediante la observancia ciega de la Ley y de las prescripciones rituales del Templo.
Pero la experiencia del resucitado hace que Cristo se convierta para ellos en la pasión de su vida. Vuelven a Jerusalén para sumarse a la misión de anunciar al resucitado. ¿Qué tienen ellos que aportar? Su propio cuento: el Señor hizo el camino con ellos, mientras caminaban les explicó las Escrituras y, habiéndose quedado en su casa, compartieron con él el pan. En lo sucesivo, estas serán las señales para que los que nunca lo conocieron, puedan reconocerlo vivo en la historia de sus propias vidas. Tres señales que, a la luz de la memoria de las palabras y hechos de Jesús, están preñadas de simbolismo. Y, entre la ignorancia y el reconocimiento de Jesús, una cuarta señal: “les ardía el corazón”.
¿Por qué los cristianos besan la cruz?
Cualquiera razón meramente histórica de la muerte de Cristo es insuficiente para explicar el misterio de la salvación. Sabemos que su muerte ha sido bastante más que un divertimento cruel de los que abusaban del poder. Consta que tampoco fue un error judicial de quienes lo habrían confundido con un revolucionario. Otras informaciones sobre su pasión pueden ser muy interesantes, pero a nadie le harán cambiar de vida. Esta muerte nos toca porque tiene un lugar central en el designio de Dios.
Pero, inevitablemente nos preguntamos: ¿cómo ha podido Dios querer la muerte de su Hijo? La única manera de zafarse de la posibilidad de entender la cruz como un acto macabro del Padre es, sin embargo, volver a tomar en serio la historia: habiendo sido Jesús eliminado por anunciar el reino de Dios a los pobres, Dios ha inaugurado este reino mediante la muerte y resurrección de Jesús. Es muy complejo explicar la articulación de la razón “eterna” con las razones “históricas” de la cruz. Toda interpretación queda expuesta a debate. Pero lo que no está en discusión es que la peor de la explicaciones es la que sirve para justificar las cruces humanas de cada día y la miseria del mundo, en el entendido que Dios tendría algún secreto derecho para castigar o hacer sufrir a sus criaturas.
Vistas las cosas “desde la historia”, no cabe duda que a Jesús lo crucificaron por lo que dijo y por lo que hizo. Haber proclamado el reino de Dios a los miserables, a los endemoniados, a los cojos, a los ciegos, a los leprosos, a las mujeres; haber compartido la mesa con gente de mala vida, publicanos y prostitutas, constituyó una provocación abierta a los que, procurando la santidad de la nación, marginaban exactamente a estos que Jesús acogía, sanaba y declaraba bienaventurados (cf., Lc 6, 20). Con cada gesto, con cada palabra que Jesús pretendió reintegrar a la comunidad a los que los fariseos y saduceos consideraban pecadores -porque no cumplían las centenares de prescripciones legales y rituales para observar la Ley-, disputó a ellos el poder para hablar y salvar en nombre de Dios. Siempre será posible debatir sobre tal o cual elemento de la trama histórica que condujo a Jesús a la muerte, pero sin duda su opción por los pobres debió ser vista por los “justos”, los ricos y las autoridades como un peligro para la estabilidad religiosa y política de Israel.
Vistas las cosas “desde la eternidad”, la muerte de Jesús es la consecuencia necesaria de la Encarnación del Hijo de Dios en un mundo injusto (porque margina) e hipócrita (porque usa de la religión para marginar). La salvación que a través de la resurrección de Cristo Dios ofrece a toda la humanidad (cf., 1 Tim 2, 4-6), presupone y es el efecto último de que en María el Verbo no sólo “se hizo carne” (Jn 1, 14), sino que más precisamente “se hizo pobre” (2 Cor 8, 9). Identificándose con las víctimas del pecado, solidarizando con la humanidad atormentada antes y después de él, Jesús ha sido constituido, de modo incipiente en esta historia y definitivamente en la vida eterna, principio de rehabilitación para los despreciados por pecadores y de perdón para los considerados justos. ¿Quiénes? Todos, aunque diversamente: el Padre de Jesús no excluye a nadie, pero incluye al revés, a partir de los últimos y no de los primeros. En esta óptica se evita entender en términos de revancha las palabras de María: “a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc 1, 53) y otras expresiones parecidas, abundantes en la Sagrada Escritura.
La vida cristiana consiste en reproducir la vida de Cristo, en responder con hechos a preguntas como “qué haría Cristo en mí lugar” (P. Hurtado). Como hijos que proceden del Padre y retornan al Padre por el camino abierto por Jesús y la inspiración del Espíritu Santo, poniendo en juego la propia humanidad mediante un empobrecimiento que enriquece a los demás, los cristianos testimonian hoy en un mundo materialista y egoísta que su “historia” de generosidad tiene un valor “eterno”. Jesús reveló que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). En Semana Santa los cristianos besan la cruz porque creen que el Amor es divino cuando, para impedir el sufrimiento humano y su justificación, nos hace humanos con la humanidad y pobres con los pobres.
Fe en un hombre crucificado
¿Por qué un teólogo pregunta a los filósofos?
Los cristianos creemos que Jesús resucitó. Pero esta afirmación sería completamente desorbitada o simplemente divertida, si no nos preguntáramos qué puede significar creer en un crucificado. Sería desorbitada, porque nos confronta con la necesidad de explicar en qué sentido un ser humano puede resucitar. Sería divertida, por ser fabulosa, como son las fábulas para niños.
Pero podría tratarse de algo muy serio, en el caso que creer en un resucitado pudiera afectar y cambiar nuestra vida, la de los demás y la de la sociedad en su conjunto. Porque si se trata de “fe”, y no de un supuesto conocimiento, estamos hablando de una convicción personal que orienta o norma la vida. Y la vida, sabemos, puede hacerse en las direcciones más raras, para bien y para mal, propio y ajeno.
Como teólogo pregunto a los filósofos, porque creo que Jesús, “el hombre crucificado”, representante de todos los “hombres crucificados”, es el Hijo del Creador del universo. Le pregunto en primer lugar al Creador del universo por qué lo crucificaron. El Creador me responde fundamentalmente a través de la praxis de los cristianos: la Iglesia cree en el crucificado y trata de practicar lo que él practicó. Los cristianos viven como si él hubiera triunfado, es decir, como si su praxis tuviera un valor eterno. Pero, en segundo lugar, el Creador también me responde por medio de los filósofos, porque la humanidad, en el sentido amplio del género humano histórico, no cree tan fácilmente que un crucificado sea para ella una “buena noticia”. El filósofo no menos que el teólogo, es guardián de la humanidad. El caso es que también el cristianismo merece ser vigilado. Una cosa es el Misterio de Cristo y otra su configuración histórica. Esta, a veces, ha andado muy lejos de Cristo. El cristianismo es una religión de difícil de comprender y de vivir. El mismo cuidado de la humanidad exige desentrañar su peculiaridad. Pues de lo contrario, nuestro amor por la cruz nos puede hacer mal. Los cristianos, de hecho, especialmente en el Occidente cristiano, hemos sido expansivos y, con la cruz en alto, hemos crucificado a muchos inocentes.
Pregunto a los filósofos porque ellos, autorizados ante mí por la razón que el Creador les dio para pensar, y pensar a favor de todos los hombres sin exclusión, podrían controlar una posible orientación desorbitada o divertida de la fe en un Cristo resucitado. Controlarla, hasta donde sea posible hablar del acontecimiento mayor de la historia, el misterio pascual, cuyo significado último se revelará al fin de los tiempos. Pero, sobre todo, los filósofos pueden controlar una orientación ideológica, malsana y macabra del cristianismo. Pregunto a los filósofos porque ellos, autorizados ante mí por el Creador de la razón humana, no como creyentes, pueden tal vez decirnos qué no puede de ninguna manera significar que un hombre “resucite” o que un “crucificado” tenga un valor sagrado.
Hago una distinción que no podemos pasar por alto. Lo más punzante no es qué pueda significar la muerte de un hombre. Este asunto ciertamente tiene valor tanto para los filósofos como para los teólogos. Se trata de una pregunta clave para cualquier antropología. Mi pregunta a los filósofos es por el significado de la crucifixión de un hombre, de un hombre como fue Jesús, lo cual implica la pregunta por la muerte de cualquier ser humano, pero va todavía más lejos, ya que en el caso de un crucificado hablamos de un hombre asesinado cruelmente por otros hombres. Esto agrega una nota de dramaticidad que obliga a pensar en un fracaso todavía mayor. La muerte es un fracaso, así parece, al menos en muchos casos. Pero la muerte por crucifixión tiene visos de tratarse del fracaso por excelencia, fracaso para asesinados y asesinos. Vistas las cosas desde la eternidad, la resurrección que esperan los creyentes no sería una especie de revivificación de un cadáver, si no de algo que tiene que ver con una persona determinada y un proyecto determinado, el reino de Dios, que es asesinada por personas que tuvieron motivaciones determinadas.
Como teólogo necesito preguntar a los filósofos sobre la maldad. La fe sirve a los creyentes para afrontar la maldad, pero poco para explicarla. ¿Pueden los filósofos decirnos algo acerca de la maldad? Probablemente teólogos y filósofos encontremos dificultades muy semejantes para hablar de algo así. Desde el campo teológico alguien nos dirá que ella constituye un mal inescrutable. Una respuesta así, sin embargo, es insatisfactoria. Hay, por cierto, un mysterium iniquitatis, pero a veces deja huellas visibles. Creo y pienso, que debemos seguir estas huellas. No hay que perder la esperanza de atacar las consecuencias en sus causas. En el siglo XX, por ejemplo, llegamos a saber que la pobreza no solo era un mal, sino también una maldad. Hasta ahora no faltarán quienes piensen que la pobreza sea una fatalidad, pero a partir del siglo pasado sabemos que ella se debe a una injusticia social. El teólogo, que lleva dentro de sí a un filósofo, debe preguntar acerca de la naturaleza de la maldad, y, en definitiva de la cruz, porque de lo contrario sería imposible entender de qué se trata eso que llamamos “salvación” y que, según creemos, comienza con la resurrección. El filósofo, el sociólogo, el psicólogo, los cientistas sociales en general, ayudan al teólogo a distinguir entre mal y maldad y, en la medida que lo hacen, lo capacitan para hablar de la “salvación” de un modo relevante. Si el teólogo, por su parte, no atiende estas voces peca contra su propio oficio. Su pecado sería algo así como creer en el Salvador, pero no en el Creador, el Dios que sustenta el esfuerzo de la razón y el desarrollo de las ciencias.
El teólogo pregunta a los filósofos sobre el sentido de la cruz porque, en última instancia, necesita comprender la resurrección. La resurrección de Cristo revela el sentido de la historia. Esta misma resurrección los cristianos la comprobamos como real en nosotros mismos, toda vez que confesamos haber sido “salvados”. Nuestros hermanos evangélicos tienen mucho que enseñarnos a los católicos en esta materia. Tantos de ellos vivieron crucificados por esto o aquello, conocieron a Jesús, y el crucificado “los resucitó”. El teólogo pregunta al filósofo, en definitiva, por la resurrección. El filósofo puede precaver a los creyentes de discursos sobre el más allá que en vez de ayudarles a encontrar a Cristo en la cruz, solo sirven para “sacralizar” y “eternizar” el sufrimiento de las víctimas, o para vivir como virtud aquello que merece indignación y rebelión.
Con la ayuda de su propia “razón” el teólogo debiera adentrarse en comprender la cruz, sin lo cual no podrá desarrollar discurso sensato alguno sobre la salvación. Con la ayuda de los filósofos, el teólogo puede sortear las innumerables maneras de engañarse a sí mismo, confundiendo opiniones y saberes piadosos, con los datos de la fe auténtica.
Por estas razones yo como teólogo pregunto a los filósofos. Ya habrá ocasión para escuchar sus respuestas. Por ahora, queremos oír a los filósofos, así simplemente. ¿Cómo ven ustedes que haya gente que crea en un hombre crucificado? Les dejo la palabra.
Catolicidad de las universidades católicas
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“Lo católico” acarrea problemas en el ámbito universitario. Cuando se confunde la misión de una universidad con las exigencias de la religiosidad cristiana, es la propia catolicidad de las universidades la que termina desprestigiándose. Pero “lo católico” puede contribuir efectivamente a la búsqueda de la verdad, objetivo y sentido de todas las universidades. Puede, cuando en “las católicas” se articulan debidamente la fe y la razón.
Cuando se hace depender la catolicidad de una universidad de la adscripción o devoción religiosa de sus alumnos y, sobre todo, de sus profesores, la universidad se enferma. Menciono tres patologías. Dos típicas: la simulación y la exclusión. En lo inmediato, la invocación religiosa de “lo católico” puede generar exclusión. Esto comentan en las universidades los académicos que temen ser mal mirados, o efectivamente lo son, porque no creen en Dios, no son cristianos, tienen otro credo o no están a la altura de la doctrina de la institución. Por ejemplo, hay personas que temen no obtener la titularidad si se separan y, peor aún, si se casan de nuevo. En las “católicas” ocurre también que académicos lucen su catolicismo para congraciarse con el establishment. Esta simulación es penosa, pero además enrarece las relaciones entre las personas, crea sospechas, genera odiosidades.
A mi juicio estas enfermedades afectan la catolicidad de las universidades católicas porque contaminan su misión. Una universidad no puede ser católica si no estimula el ejercicio libre de la razón sin el cual se hace imposible llegar a la justicia y la paz social, objetivo último del quehacer universitario en la sociedad.
Los principales documentos eclesiales sobre el tema destacan que la misión de toda universidad es la búsqueda de la verdad. Las universidades católicas, a este respecto, no debieran invocar título privilegiado alguno. De hacerlo, atentarían contra su propia certeza teológica: la Iglesia cree que el Padre de Jesucristo es el Creador de la razón humana, razón de la que todas las personas gozan independientemente de su credo. De aquí que las universidades católicas debieran entender que, de acuerdo a la misma fe cristiana, su búsqueda de la verdad no es mejor ni peor que la de los demás, sino que se caracteriza por subrayar la necesidad del diálogo y del amor de la humanidad consigo misma, lo cual se consigue con aprecio de la diversidad cultural y sujeción a los métodos que sin daño de nadie la ciencia se da a sí misma. Las universidades cristianas, por esta razón, debieran ser espacios para aquella libertad de pensamiento que es posibilitada por una neta distinción de los planos de la fe y la razón que, paradójicamente, despeja el camino para una convergencia entre ambas. En estas universidades, los católicos no debieran pretender encontrar la verdad sin los no católicos. Se incurriría en un “pecado” en contra del Creador de unos y otros.
Donde hay falta de libertad, se estudia, se piensa, se dialoga y se enseña con dificultad. Por esta razón, el respecto a la conciencia y a la indagación científica, sobre todo mediante una institucionalidad capaz de corregir los posibles abusos, es condición para encontrar esa verdad que solo es tal cuando, por lo mismo, libera las potencialidades de todos y urge un compromiso con todos, especialmente con aquellos que no tienen quién investigue por ellos.
Menciono, por esto, una tercera enfermedad. La peor de todas. En nuestro medio la alianza entre la academia y la empresa privada debiera abrirse a una comprensión de la verdad humanamente más amplia, más humanizadora, que aquella que solo sirve para alimentar el capitalismo. Cuando, por el contrario, esta alianza es sellada con la colaboración de un catolicismo pío y estrecho, la injusticia social se vuelve incontrarrestable. Entonces prevalecen los intereses particulares sobre la búsqueda del bien común, y la opción por los pobres que debiera distinguir a las “católicas” cede a favor de la formación de los privilegiados de siempre.
Una universidad es verdaderamente católica cuando en ella la fe cristiana favorece la libertad de pensamiento y el compromiso por incluir a los excluidos o a los estigmatizados por su credo o por su vida.
Unas palabras a toda carrera, sin correcciones…
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Lo que aprende la Iglesia con el caso Karadima
Los abusos sexuales, psicológicos y espirituales por miembros del clero en Chile y otros países, han estremecido a la Iglesia Católica. Los católicos tendremos que abordar esta grave crisis con máxima responsabilidad. Habremos de evaluar muchas cosas. Este domingo Mons. Ezzati nos ha pedido “revisar estilos de acogida y acompañamiento, de liderazgo y autoridad”.
En este momento con justa razón arrecian las críticas a la jerarquía y a los sacerdotes por parejo. Críticas a veces destempladas, incluso desalmadas, pero útiles para despertar a quienes esperan que todo vuelva a la calma. ¿Cómo es posible no ser remecido por las declaraciones de James Hamilton o Juan Carlos Cruz al juez Armendáriz? ¿Cómo no conmoverse e indignarse?
Pienso, por lo mismo, que la inquietud debe continuar. No es tiempo para calmas. La única manera de que la Iglesia institucional no vuelva a cometer las faltas y delitos que se le enrostran, es que “muerda el polvo” de su miseria.
El caso del P. Karadima es especialmente grave. Un abuso sexual contra un niño o un adolescente es un crimen. Cuando el abusador es un sacerdote, el crimen es atroz. Cuando el abusador es un sacerdote que se ha erigido en formador de la conciencia de las personas, la gravedad del crimen llega al tope de lo posible. Sería un error, sin embargo, concentrar las culpas en Karadima, demonizarlo, decir: “el líder era malo, pero hizo tanto bien”. No es poco que la Santa Sede haya declarado inaceptables sus actos. Pero la matriz que ha facilitado este caso está intacta y habría que desmontarla. A saber, las relaciones infantiles e infantilizantes entre los laicos y el clero, y del clero entre sí.
Comparto algunas conclusiones a este propósito:
1.- El Evangelio es para los desamparados. Si no es para ellos, no es para nadie. Es cosa de atender a las bienaventuranzas de Jesús. La Iglesia institucional debiera oír siempre el reclamo de los abusados como si fuera esta su primera responsabilidad. Ella se debe a las personas, en especial a quienes no tienen influencias y son inermes. Lo mínimo que se puede pedir de las autoridades eclesiásticas es que observen el derecho canónico. Pero lo mínimo no basta. El Evangelio de Jesús se comprende cuando la Iglesia “se la juega” por quienes corren el riesgo de ser tratados de culpables siendo inocentes. Ella tiene como paradigma al hombre que incluyó a los excluidos, sacó la cara por las víctimas y el mismo fue víctima de una sociedad y de una religiosidad piramidal.
2.- Toda institución que asume la responsabilidad en la formación espiritual y psicológica de personas está obligada a considerar el peligro de la manipulación de las conciencias o de las dependencias malsanas establecidas por sus representantes. Son riesgos que la Iglesia tendrá que seguir corriendo porque su misión es acoger, escuchar, acompañar, aconsejar y animar a cualquiera que se acerque a sus ministros o encargados. Sin embargo, lo que hemos visto este tiempo es espeluznante ya que ha habido sacerdotes que han hecho exactamente lo contrario. Masiel y Karadima se han servido del sacramento de la confesión y de la dirección espiritual para apoderarse y aprovecharse de la libertad de personas que buscaron en ellas a un maestro en la fe, y fueron engañadas. Se las atrapó en su inocencia y se las mantuvo en una piedad infantil. Este catolicismo no tiene futuro. En verdad nunca ha debido tenerlo. Lo único auténticamente cristiano ha sido siempre hallar en un ayudante espiritual alguien que acompañe el proceso de convertirnos en personas autónomas, capaces de descubrir por nosotros mismos qué nos pide Dios en la vida y de decidir en conciencia.
3.- Los católicos, laicos y sacerdotes, hemos de convencernos que si algún aporte podremos hacer al país lo haremos en cuanto adultos en la fe. Es así obligatorio que la Iglesia forme ciudadanos libres, responsables del bien común, capaces de indignarse contra la injusticia y de buscar la reconciliación social. Ha de formar, como condición de esto mismo, sacerdotes adultos. Para laicos adultos, se necesitan sacerdotes adultos. ¿Será posible? Ciertos católicos se han alzado públicamente por el desempeño de la jerarquía. Algunos incluso se han sublevado. Sus descargos, también su furia, merecen respeto porque equivalen a los corcoveos de los adolescentes por no ser tratados como párvulos. Las autoridades de la Iglesia recuperarán su autoridad si el Pueblo de Dios se las reconoce. Difícilmente bastará la investidura sacramental. En lo inmediato debe quedar atrás el espíritu pre-conciliar que ha conducido a la involución eclesial acerca de la concepción del sacerdocio. El Concilio Vaticano II mandó subordinar el ministerio sacerdotal a la actualización del sacerdocio de todos los bautizados. El conservadurismo católico, sin embargo, ha re-sacralizado al clero.
4. La Iglesia tiene una deuda con los MCS. Ella debe reconocer el rol decisivo de periodistas, críticos y creadores de opinión en el caso de los abusos del P. Karadima. La Iglesia probablemente no lo habría sancionado si los medios de comunicación no hubieran hecho su trabajo. El asunto habría sido atascado para que no llegara al Vaticano. Casi se lo logra. De no haberse hecho una indagación y comunicación periodísticas, las poderosas redes de protección habrían predominado sobre las investigaciones civiles y eclesiásticas. Una Iglesia de adultos tendrá que entrar de lleno en el ruedo de la crítica y de la argumentación que los MCS ofrecen para la elaboración pluralista de la verdad.
¿Seremos los católicos capaces de volver a la discusión pública con alguna autoridad? ¿Seremos los sacerdotes capaces de sacudirnos el autoritarismo? ¿El clericalismo? No lo vamos a conseguir si entre nosotros seguimos tratándonos como niños. En este caso, la prevención del abuso de menores no habrá removido un obstáculo decisivo.
¿Surgirá un nuevo modo de ser Iglesia? No sé. Lo espero. Me da esperanza el llamado de Mons. Ezzati a dialogar abiertamente sobre esta crisis “a fin de que los fieles tomen mayor conciencia de sus derechos y deberes”.
El Mostrador, 4 de abril 2011
*** El Mercurio, 29 de marzo, 2011
Sr. Director,
Estos días, con ocasión de los abusos sexuales, psicológicos y espirituales del P. Karadima, se ha cuestionado el valor de la guía espiritual y del sacramento de la confesión. Hoy nos es patente que estos instrumentos milenarios de pedagogía del cristianismo pueden ser usados de un modo que lo desvía de sus fines. Sin embargo, es necesario hacer unas distinciones que ayuden a evitar este peligro.
En el ámbito de la espiritualidad cristiana se ha dado un paso importante a tener en cuenta. La llamada “dirección” espiritual va siendo reemplazada por el “acompañamiento” espiritual. En la “dirección” espiritual el protagonismo lo tiene el director. Este dice al dirigido qué debe hacer. En el “acompañamiento”, en cambio, el protagonista es el acompañado. Es este quien, con el consejo del acompañante, saca las conclusiones y toma las decisiones. Puede ser que aún se conserve el término de “dirección” para referirse a lo segundo. Pero se trata de tipos de relación diametralmente opuestos entre uno que ayuda y otro que es ayudado.
En el primer caso el dirigido queda expuesto a abusos y dependencias. Pero, aunque ello no ocurra, la relación es infantilizante porque en algún grado el dirigido hipoteca su libertad. El caso del acompañamiento no excluye que en algunas ocasiones el acompañante incida en las decisiones del acompañado, pero todo apunta a hacer de él un adulto en la fe. Algún día este adulto no tendrá que pedirle consejo a nadie. Le bastará haber adquirido la gramática que le ofrece la Iglesia para leer la voluntad de Dios.
Jesús fue sin duda un guía espiritual que formó conciencias, que liberó a sus discípulos de miedos y pecados, y los instó a liberarse de la opresión de una religiosidad de cumplimientos y ritos hueros, exigiendo de ellos decisiones de mayores de edad.
Jorge Costadoat S.J.
APOCALIPSIS DE NUEVO
Los diarios vuelven a hablar de apocalipsis. Japón. Se viven momentos de una tensión impresionante. ¿Se nos escapó el planeta de las manos? Momentos apocalípticos, sí, en cuanto el desastre tiene visos de fin de mundo. ¡Y por cierto es fin de mundo para muchos japoneses que han muerto, morirán o serán carcomidos a lo largo de unos años por los efectos de la radiación atómica. Acabo mundo ya ahora, aunque no para todos. Miles de personas experimentan en este momento la tragedia más grande de sus vidas. Merecen nuestra atención y oración.
Y así, empatizando con la pasión del pueblo japonés pasamos del hablar de “apocalipsis” en sentido corriente al sentido teológico originario. Habrá un fin de mundo. Entonces se revelará (apocaliptein) el sentido de la historia. Habrá un juicio. El juicio de Dios. El juicio final que los cristianos esperamos y que tendrá a Cristo por juez. El, el Cordero del Apocalipsis, juzgará amorosamente a una humanidad inocente unas veces y culpable otras. Entonces se verá lo que a lo largo de la historia no es evidente. A saber, que el sentido de esta historia es el Amor. La historia no es neutra, Jesús no le fue, no lo será nunca el Creador del universo. Amor sí, odio no. Perdón sí, venganza no. No da todo lo mismo. El amor va ganando, aunque parezca gana el odio, la violencia, la muerte. Vamos ganando, dicen los cristianos, debieran decirlo y vivirlo a diario.
Hoy ganar, en medio del Apocalipsis del pueblo japonés, nos exige a los cristianos compartir su pasión. Ganará Japón, en alguna medida, si empatizamos con él y nos compadecemos con su catástrofe.
El Apocalipsis no es simplemente un hecho crudo de desastre material e histórico. Es este mismo desastre, hoy el de Japón, en cuanto nos involucra por completo cara a Dios; en cuanto nos hace vivir el Amor en clave cósmica y universal.
VIENEN TIEMPOS MEJORES
No podemos volver a la calma. La inquietud debe continuar. La Iglesia católica está en el ojo del huracán. La Iglesia chilena, estremecida, no debiera volver a ser la que ha sido. Se necesitan cambios grandes.
Pero las cosas no ocurren automáticamente. Nada se conseguirá con alejarse. Tampoco servirá observar que otros “se mojen el potito”. Habrá que reclamar, arriesgar y convertirse. Convertirse, pero de la flojera y del infantilismo.
EL SENTIDO DEL TIEMPO DE JESÚS
Impresiona en Jesús su sentido del tiempo: “el tiempo se ha cumplido, conviértanse y crean en el Evangelio”. Si hay algo que distingue a Jesús de los otros profetas de Israel, es que estos han podido anunciar un reino futuro y Jesús habla de una reino que llega “ya”, “ahora”, con él. Toda su predicación tiene una perentoriedad que impide escabullirse. “Decídete”, estás por el reino o contra el reino. Para Jesús el fin del mundo es inminente.
¿Falló Jesús? ¿Mal agorero? Murió él. Para él el mundo se acabó. Pero para los demás no. Han pasado dos mil años y la humanidad sigue así, más o menos con los mismos problemas, siempre saliendo adelante, como las aguas, por las partes menos pensadas. Llama la atención, por lo mismo, que cada vez que se avizoran tragedias y señales apocalípticas surgen predicadores que nos aterran con castigos divinos para que nos convirtamos.
No sabremos nunca qué hubo realmente en la mente de Jesús. ¿Qué idea tuvo sobre el fin de la historia? ¿Cómo se la representó? Pero sí sabemos que urgió a sus contemporáneos a tomar decisiones decisivas. Los confrontó con lo fundamental. “¿Para qué, para quién vives? ¿Qué realmente quieres? ¿Hasta cuándo te engañas y engañas a los demás? ¿Cuándo vas a creer que Dios te ama y te perdona?”, etc. Las parábolas de Jesús muy claramente son dirigidas al centro del corazón de las personas. “Como quien no quiere la cosa…”, así a la pasada, con una bonita historia, de repente, en el momento menos pensado, el auditor de la parábola se ve exigido a una toma de postura total, actual.
¿Y si nosotros viviéramos como si todo se jugara este día? Así lo han vivido personas con una enfermedad grave que, sin embargo, se han repuesto: “otra oportunidad”. Después de un accidente, un sobreviviente….: “otra vida”. “Ahora, hoy, voy a vivir como si me quedaran 24 horas de vida”.
Creo que Jesús ha vivido con esta urgencia. Para Jesús el tiempo es fundamentalmente presente. No queda fijo en el pasado. No posterga sus decisiones para el futuro. El cristiano podría vivir así. Al modo de Cristo. ¿Cómo sería? En los santos uno descubre esta impaciencia. Por eso a veces son intolerantes. O insoportables. Pero está de moda ser simpáticos, pluralistas, tolerantes… Y hay que serlo. Hay que ser, en realidad, una buena mezcla de paciencia y de impaciencia.
El mundo acabará. Terminará. Esto hemos pensado, al menos por un segundo, los que en el último año hemos pasado por un terremoto como el del 27F o el del 11M. Pero son ya tantos los temblores, tsunamis y cataclismos que no podemos descartar que la Tierra entre en un ciclo terminal.
Que el planeta tierra tiene los días contados, es un hecho. Tuvo un comienzo y tendrá un final. No recuerdo cuantos millones de años durará. Pero no será eterna. Así lo dice la ciencia, y habrá que creerle. La misma ciencia nos dirá que estos terremotos no los últimos. Habrá más. Habrá muchísimos más. Millones.
Pero no podemos descartar uno realmente grande. ¿Cómo será un grado 12 Richter? Dudo que ciudades como Santiago pudieran soportarlo. Uno así no lo soportaría probablemente ninguna ciudad de la Tierra. No hay que esperar the big one, sin embargo, para inquietarnos. Las poblaciones costeras corren riesgos verdaderos hoy mismo. Y las víctimas del 27F sí saben lo que es un Acabo Mundi. El mundo para muchas de ellas sí terminó y, para algunos, de un modo atroz.
¿Juicio de Dios? No. La naturaleza es así. Somos mortales. Cualquier enfermedad grave es una suerte de terremoto. La muerte de la que nadie escapará, es el fin de todo. ¡Un Apocalipsis a escala personal!
¿Y habrá un Apocalipsis a escala universal? Como castigo del pecado de la humanidad, no. Teológicamente sería insostenible. Así lo creo. Dios no castiga. No necesita castigar ni amedrentar para salvar.
Pero sí podemos hoy mismo vivir la vida en clave apocalíptica, y no estaría mal. Me explico. La mala apocalíptica aterra con la furia de Dios. La buena apocalíptica nos aterra con el amor de Dios. El amor de Dios debiera estremecernos. Hoy, mañana, pero especialmente cuando tienen lugar estos cataclismos humanos en los cuales cunde el terror en la humanidad, el amor de Dios debiera inquietarnos, sacudirnos… No se trata de vivir, sino de vivir para alguien.
El Acabo Mundi o Apocalíptica cristiana es un terremoto con tsunamis y réplicas en el corazón de cada ser humano y de la entera humanidad, al modo de irrupción del amor de Dios. Una conversión de 180 grados, consistente en el reconocimiento de Dios como creador y de nosotros como criaturas.
Porque esto somos. Esto nos recuerdan los cataclismos: somos criaturas ni más pero tampoco menos.
Hay algo nuevo que está ocurriendo en los católicos. Advierto algo así como un hondo deseo de verdad. La gente no está más para cuentos. El caso Karadima ha sacado de quicio a muchos católicos practicantes. Masiel primero, y ahora Karadima, el modo como a estas personas se las ha ocultado, ha exasperado a los fieles. En esta voluntad de verdad, de sinceridad, de transparencia y de rendición de cuentas, advierto algo muy necesario para la Iglesia. Nadie quiere seguir siendo tratado como niño (!!!) .
¿Cómo no va a ser un signo del Espíritu que a los sacerdotes se nos interrogue sobre lo que ha ocurrido? A las autoridades se les exige explicaciones. Hay aún explicaciones al más alto nivel que no han sido dadas. Pero además se les llama la atención, se las reprende y hasta se las insulta. Los insultos sirven poco. Pero los insultos y los excesos son propios de los jóvenes que van sacando pecho.
Un amigo mío dijo “es la hora de las víctimas”. Yo agregaría: “y de los jóvenes”. La Iglesia necesita una juventud católica que la remeza.
Hay tiempos y tiempos. Distingo tres tiempos. Uno que podríamos llamar “cronológico”. Cronos, el transcurrir de los minutos, horas, días, meses. Es decir, puro transcurrir temporal, en suma, del nacer al morir. Podríamos hablar de un tiempo secular. Lo que puede dar origen a un modo “pagano” de vivir. Vivir como si Dios no existiera y todo se encaminar inexorablemente a la muerte. Solemos vivir como si este fuera el único “tiempo”. Procuramos pasarlo bien, sacarle el jugo a la vida. Y lamentamos no poder hacerlo.
Pero el cristianismo tiene otros tiempos: uno es el tiempo “escatológico”. Palabra rara, pero que significa que el “tiempo” se ha cumplido con Jesús y llegará a su plenitud total con la parusía del Señor (aquella “segunda venida” de Jesús). Nosotros vivimos en el tiempo “escatológico”, aunque existencialmente a veces más parece que lo hacemos como paganos. Vivir en el tiempo escatológico es vivir en el Espíritu del Cristo resucitado. Vivir como si fuéramos “ganando”, aunque apariencias digan que vamos perdiendo. Por nuestra fe sabemos que ganaremos. “Cristo venció, nosotros venceremos”, dice la canción. Esto. Los cristianos viven “conectados” con el transcurrir crítico de la historia. Viven, pudieran, debieran vivir en Cristo crucificado y resucitado, llenos de esperanza. Etc.
El otro tiempo cristiano es el tiempo “litúrgico”. ¡Qué insignificante sería la vida si no hubiera feriados; si los domingos solo sirvieran para descansar. Tampoco bastaría que fueran para divertirse. Necesitamos fiestas. Necesitamos tiempos “plenos”: cumpleaños, batallas, etc. La Iglesia inventa tiempos que le ponen un toque mágico a la existencia. No todo es transcurrir cronológico: dentro del cronos la Iglesia descubre un transcurrir mucho más profundo. El transcurrir de Cristo y, como somos seres humanos que entendemos las cosas corporalmente, nos hacen vivir este misterio en tiempos litúrgicos que separan, por así decirlo, la riqueza de nuestras vidas: hay un tiempo para esperar (el Adviento); un tiempo para renacer (la Navidad); un tiempo para ser críticos con nosotros mismos (la Cuaresma) y un tiempo para agradecer la nueva vida del resucitado (la Pascua). La Iglesia, así, da profundidad a una vida personal y social que sería aburrida (si fuera puro trabajar y descansar) o superficial (si consistiera solo en celebrar la Independencia, el año nuevo, etc.).
La Cuaresma es un tiempo “potente”. Un tiempo para gente valerosa: personas que reconocen sus errores, dotadas de conciencia crítica, capaces de abominar su propia flojera y de indignarse contra la injusticia. Los cristianos en Cuaresma se atreven a llamar los cosas por su nombre. Si no supieran que Dios los ama como amó a Jesús, les costaría llamarse pecadores.
Tal vez la palabra “pecador” se haya desprestigiado porque nos parecemos cada vez más a un cronómetro, a un reloj… Y menos a una campana que nos recuerda que algo está pasando, que las cosas no pueden seguir igual, que hay que convertirse o tal vez sublevarse!!!
La Iglesia Post-Karadima
Tiene lugar en Chile en este momento un fenómeno inaudito: el levantamiento del laicado católico. También otros que no son católicos pero que llegaron a valorar la acción humanitaria de la Iglesia, se sienten defraudados y reclaman airados. Hace ya tiempo para muchos la Iglesia institucional se volvió “odiosa” al atribuirse una cierta supremacía moral. No pocos católicos entraron en lo que se ha llamado “cisma emocional”: no se han ido de la Iglesia por cariño y fidelidad a ella, pero lo que ella les propone no los interpreta o les es invivible. Lo nuevo que sucede ahora es una especie de indignación abierta y masiva, la expresión a voz en cuello de la rabia, la pena y la desafección con las autoridades de la Iglesia. Es probable que lo que comenzó por el escándalo de pedofilia de algunos consagrados y la actitud errática de la Jerarquía, deje de ser “el tema”. En algún momento los abusos sexuales que lamentamos dejarán de hacer el ruido ensordecedor de ahora. Tal vez la tarea de aireamiento se desplace a otras actividades y profesiones, deje de salpicar solo a los religiosos y llegue a desestabilizar incluso a las familias. Pero dejado todo esto aparte, con el caso Karadima, pienso, la crisis de la Iglesia ha alcanzado un punto de no retorno. La Iglesia en Chile no volverá a ser la misma.
Habrá un Post-Karadima con mayúscula. ¿Cómo será? Es muy difícil preverlo. Porque, a decir verdad, se relaciona con un giro histórico, con tremendas mutaciones culturales. Me atrevo a mencionar un par de grandes problemas que la misión evangelizadora deberá superar.
Ante todo, el sacerdote está “trizado”. Hablo en términos generales. Hay sacerdotes fuertes y débiles. Pero el sacerdote común está puesto en una situación histórico-cultural muy difícil de soportar. Me permito hablar claro. La jerarquía, el laicado y la sociedad le están exigiendo al sacerdote más de lo que una persona normal puede dar. El magisterio de la Iglesia le pide que enseñe una doctrina sobre temas de enorme importancia que, sin embargo, la inmensa mayoría del pueblo de Dios considera inadecuada. Los matrimonios tienen otra idea de la fertilidad. Los divorciados vueltos a casar tienen otra idea de la vida. Los jóvenes, en su mayoría, adhieren a Jesús pero no a la Iglesia… Un sacerdote que no se complica con esta situación no es un sacerdote cristiano. Un sacerdote no “conectado” con la vida real de sus contemporáneos no representa al Verbo encarnado.
Pero también hay un punto doctrinal crítico: la jerarquía de la Iglesia no ha cumplido suficientemente el mandato de un concilio ecuménico. El Vaticano II mandó subordinar el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común de los fieles. Si se hubiera acatado el concilio, habríamos tenido muchos más sacerdotes atentos a los signos de los tiempos, cercanos y compresivos de la dureza de la existencia. Por el contrario, en el post concilio se ha re-sacralizado al clero, poniéndose a los sacerdotes del lado de lo sacro, protegiéndoselos de la cultura actual, y haciéndoseles reproducir interiormente en ellos el movimiento de distanciamiento de la Iglesia respecto del mundo moderno, cuando no de abierta condena. Esta división sociológica Iglesia-mundo se ha replicado psicológicamente en el sacerdote, disociando a muchos de ellos respecto de sí mismos y convirtiéndose estas fisuras en una fuente de conflictos de todo tipo.
Como si esto fuera poco, el mismo sacerdote ha comenzado a dudar de la viabilidad de su celibato. La cultura ya no agradece su sacrificio. Ahora lo crítica y sospecha de él. Le refriega en la cara sus fracasos. A los seminaristas se les grita por la calle “pedófilos”. Pero también a los sacerdotes mayores se les doblan las rodillas. Los que trabajan en colegios y parroquias están agotados de probar día a día su inocencia.
El sacerdote está trizado. No es nuevo que un sacerdote pueda quebrarse. Lo nuevo es que nunca antes el sacerdocio había sido tan cuestionado.
Un segundo problema: crece la desconfianza en la jerarquía. La Iglesia reconoce la investidura sacramental de los obispos, pero la confianza en ella de gran parte del pueblo de Dios sí se quebró. Las autoridades, a los ojos de muchísimos católicos, están desautorizadas y con ello los sacerdotes se encuentran a la intemperie. Esto es lo nuevo. Una desconfianza hacia la autoridad de tal profundidad no parece tener antecedentes en la historia de la Iglesia en Chile.
¿Augura esta crisis el paso a un catolicismo mejor, más responsable, más adulto? Dudo que se llegue a un crecimiento en la fe si los católicos no son también capaces de gritar “abuso” contra el abuso y “abandono” al desamparo no sólo de las víctimas sino también al de los mismos fieles. Pienso que solo una Iglesia de adultos no será una Iglesia abusadora.
Sin embargo, ninguna institución opera sin su autoridad. La Iglesia necesita una jerarquía en quien confiar. Pero nuestros propios obispos están atrapados. La recuperación de la confianza no depende simplemente de ellos. La crisis aqueja a la Iglesia universal. Solos no podrán cambiar nada de lo que urge cambiar. Si los obispos del mundo, con el Papa a la cabeza, no obedece al mandato conciliar de una Iglesia de comunión, no vertical, no clerical, dialogante y atenta a los signos de los tiempos, predominará la desconfianza y el “cisma emocional” y el éxodo sin más.
El problema no se agota en los “Karadimas”. Ni en las responsabilidades de Mons. Errázuriz. Ahora somos los católicos el problema. Somos una Iglesia que cerró las puertas por dentro y no encuentra la llave.
Mons. Ezzati nos ha llamado a un diálogo. ¡Entonces conversemos! Pero que hablen todos. Que también hablen los no católicos. Los no creyentes. Pues dudo que la salida la encontremos solos. Tengo una sola idea clara: la “nueva Iglesia” provendrá de una conversación sincera, sin amagos o palabras acaracoladas.
Espero que los católicos estemos a punto de tener una experiencia espiritual auténtica. Cuando se topa con lo imposible, todo es posible para el que cree. No pierdo la esperanza. Si la vida, como las aguas, siempre se abre un curso nuevo por donde seguir, a la Iglesia, como a la vida, Dios le abrirá el suyo.
Tiempos de cambios…
¿Un Concilio Vaticano III? Se habla de esta posibilidad. Las opiniones están divididas. Unos dicen que se necesita hacer cambios importantes. El Concilio Vaticano II no habría solucionado algunos asuntos y, por otra parte, han surgido problemas nuevos que enfrentar. Hay quienes piensan, por el contrario, que sería inconveniente hacerlo porque la mayoría del episcopado es conservador y se corre el riesgo de una corrección involutiva de uno de los concilios más innovadores en la historia de la Iglesia.
Despejada esta duda, se me ocurre que un nuevo concilio tendría que atender algunos asuntos que necesitan ser considerados para un anuncio actualizado del Evangelio:
- Que la Iglesia no quede a la zaga, sino que pase a la delantera en la supresión de todas las exclusiones que menoscaban la dignidad humana.
- Que la Iglesia no quede a la zaga, sino que pase a la delantera en la lucha por la igualidad de los mujeres.
- Que la Iglesia no quede a la zaga, sino que pase a la delantera en representar a quienes aspiran a participar más activamente en las instituciones y foros públicos.
- Que la Iglesia no quede a la zaga, sino que pase a la delantera en encausar los grandes procesos de metamorfosis de la la religiosidad, constituyendo comunidades que acojan personas desamparadas y estigmatizadas independientemente de sus posiciones sociales, económicas, credos y situaciones morales.
¿Se necesita un Vaticano III? ¿Mejor no…?
Jesús creyó, pero le costó. Compartió las dificultades que todos tenemos para creer en Dios. Su condición de Hijo de Dios no le ahorró la experiencia de la tentación. Su estrecha e inseparable unión con su Padre fue la razón exacta de su grito en la cruz. Si no hubiera creído en Dios, este grito se habría confundido sin más con las quejas de los afligidos por dolores físicos o con el simple aullar de las fieras. Este grito es estremecedor porque es “su” grito. El del hombre que creyó en Dios. Fue el clamar auténtico de un creyente de verdad. Jesús no supo por adelantado en qué terminaría su vida. A un cierto punto habrá podido intuir que la resistencia creciente a sus palabras le costaría la vida. Pero su divinidad no fue para él una ayuda extra que lo hubiera capacitado para avanzar sin tropiezos. Jesús, como todos, tuvo que discernir la voluntad de su Padre. No se libró de las agitaciones, de los engaños y tormentos que nos turban, y nos pueden hacer fracasar.
La fe de la Iglesia en el creyente Jesús
Suele llamar la atención que se diga que Jesús tuvo fe en Dios. Supuesto que como “Hijo de Dios” y “Dios” debió saberlo todo por anticipado, se piensa que no pudo haber experimentado la ignorancia y el sufrimiento inherentes a nuestra fe. Por el contrario, la opinión de prácticamente todos los cristólogos del siglo XX subraya la importancia de reconocer que Jesús, también en este aspecto, ha sido igual a nosotros. Se nos dice que Jesús no solo creyó en Dios, sino que es un ejemplo de creyente.
Si comparamos la fe de Jesús en Dios con la fe los cristianos en Dios, debemos decir que son distintas, pero no tanto. La diferencia es que los cristianos, la Iglesia, creen en el Padre de Jesús y creen también en Jesús, el Hijo de Dios. Jesús creyó en Dios al que consideraba su Padre. La Iglesia creyó en el creyente Jesús, e hizo suya su modo filial de creer en Dios. La fe de la Iglesia, por decirlo así, contiene la experiencia espiritual de Jesús, pues se nutre del mismo Espíritu que inspiró a Jesús. En este sentido, entre la fe de la Iglesia y la fe de Jesús hay también una gran semejanza.
Por esto la Iglesia enseña a creer correctamente. Es precisamente cuando ella se aparta de la confianza y entrega total de Cristo a la voluntad de su Padre, que frustra su misión. La Iglesia trasmite la fe en Dios y en Cristo, porque Jesús le enseñó que Dios es amor, que merece por esto fe y, para no olvidarlo, ha escrito evangelios, cartas y crónicas. Durante dos mil años la Iglesia ha leído y releído las Escrituras, y con estas y nuevas experiencias ha aprendido de su propia humanidad. Así ha trasmitido a las siguientes generaciones cómo se cree. Lo ha hecho porque está convencida que esta fe, la fe en el creyente Jesús, humaniza.
Miramos el horizonte con seriedad. Nosotros mismos hemos de entender que perder el camino, es parte del camino. El dolor nos dolerá. No podremos controlar el proceso de conversión, se nos escapará de las manos, nos enredaremos, experimentaremos los desgarros propios de quienes están aferrados a seguridades que no quieren abandonar. La conversión es siempre fatigosa. Las reformas de las instituciones no lo son menos. Esto que viviremos personalmente, será además un recorrido eclesial. Ha ocurrido otras veces en otras crisis de la Iglesia. Es triste recordar los daños que en otras épocas nos hicimos entre cristianos. Hay heridas que todavía supuran. Para nuestra generación, por tanto, será muy importante preguntarnos como discernir, tomar decisiones aunque sean dolorosas y conservar la comunión. Pues no podremos avanzar con irenismos. Jesús no lo hizo. Solo resucitado ha podido apagar la fogata que encendió con su radicalidad.
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¿Dirección espiritual o acompañamiento espiritual?
Estos días, con ocasión de los abusos sexuales, psicológicos y espirituales del P. Karadima, se ha cuestionado el valor de la guía espiritual y del sacramento de la confesión. Hoy nos es patente que estos instrumentos milenarios de pedagogía del cristianismo pueden ser usados de un modo que lo desvía de sus fines. Sin embargo, es necesario hacer unas distinciones que ayuden a evitar este peligro.
En el ámbito de la espiritualidad cristiana se ha dado un paso importante a tener en cuenta. La llamada “dirección” espiritual va siendo reemplazada por el “acompañamiento” espiritual. En la “dirección” espiritual el protagonismo lo tiene el director. Este dice al dirigido qué debe hacer. En el “acompañamiento”, en cambio, el protagonista es el acompañado. Es este quien, con el consejo del acompañante, saca las conclusiones y toma las decisiones. Puede ser que aún se conserve el término de “dirección” para referirse a lo segundo. Pero se trata de tipos de relación diametralmente opuestos entre uno que ayuda y otro que es ayudado.
En el primer caso el dirigido queda expuesto a abusos y dependencias. Pero, aunque ello no ocurra, la relación es infantilizante porque en algún grado el dirigido hipoteca su libertad. El caso del acompañamiento no excluye que en algunas ocasiones el acompañante incida en las decisiones del acompañado, pero todo apunta a hacer de él un adulto en la fe. Algún día este adulto no tendrá que pedirle consejo a nadie. Le bastará haber adquirido la gramática que le ofrece la Iglesia para leer la voluntad de Dios.
Jesús fue sin duda un guía espiritual que formó conciencias, que liberó a sus discípulos de miedos y pecados, y los instó a liberarse de la opresión de una religiosidad de cumplimientos y ritos hueros, exigiendo de ellos decisiones de mayores de edad.
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Vivimos tiempos turbulentos, pero no fatales. Las agitaciones del presente también auguran que el futuro puede ser todavía mejor. ¿Quién pudiera decir que no? Si lo que en toda época toca a los cristianos es vivir el Evangelio, lo más probable es que la experiencia evangélica de nuestra generación habrá de caracterizarse por la esperanza. Habremos de creer que algo nuevo se está gestando y nacerá. Los cristianos hemos de convencernos, contra todo pesimismo, que Dios crea y recrea, que modela la historia como hace con la arcilla un alfarero, justo allí, justo las veces que la humanidad se convierte al amor o es convertida por el amor. Pero hoy no sabemos qué comienza. Solo presentimos, con pena, con gozo o con inseguridad, que muchas cosas que amamos terminan y que tienen que terminar.
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El clero está asustado. Los laicos le apuntan con el dedo. Lo encañonan. No por nada. El clericalismo agoniza pero no acaba de morir y en el intertanto pega unos zarpazos terribles. Se nos dice “es la hora de los laicos”. Pero, este planteamiento tampoco irá lejos. Choca contra la realidad y teológicamente hace agua muy luego. No es cosa de “dar vuelta la tortilla”. Lo que debiéramos hacer valer con toda la fuerza es el BAUSTIMO! Es este el sacramento principal, no el de la ordenación sacerdotal. El sacerdote ministro debiera ayudar a todos, él incluido, a vivir del misterio del Cristo que se sumergió en la muerte y emergió para la vida eterna. Curas y laicos codo a codo, hermanos y hermanas, acabarán con pirámides y privilegios. No serán necesarias las pistolas. Bastará el bautismo. ¿Será necesario seguir llamado “padres” a los sacerdotes? Puede ser hermoso que sí. A mí me gustaría que me llamaran solo por el nombre. Habrá que ver.
Tengo la impresión que la fe cristiana enfrentará cambios gigantes, tal vez incluso mayores que la primera generación de judeo-cristianos que poco a poco empezaron a inculturar el Evangelio en cultura griega.
A nosotros nos tocará romper con un catolicismo que culturalmente se a haciendo obsoleto y vertir nuestra fe en una cultura que está experimentando cambios que nadie sospecha adónde nos llevarán.
¿Seremos capaces de una nueva inculturación del Evangelio? Nosotros no. Dios sí.
Me quedan pocas páginas para terminar de leer el libro de Mönckeberg sobre Karadima. Estoy muy sorprendido por la gravedad del caso.
Me faltan explicaciones. ¿Son suficientes los reconocimientos del círculo cercano a la determinación del Vaticano? ¿No falta aquí un accountability a la altura de las exigencias culturales modernas? Me gustaría ver a personas importantes dando un paso al lado. No puede ser que al más alto nivel de la Iglesia chilena se haya instalado un secta, y todo siga prácticamente igual.
Nadie debiera suicidarse. Por esto es tan doloroso el intento de suicidio de Luis Eugenio Silva, sacerdote. Es doloroso porque el suicidio es un acto de desesperación que nadie debiera llegar a experimentar. La pregunta es qué podemos hacer para impedir que una persona se encuentre tan angustiada y sin salida como para querer desaparecer de la tierra y de la vista de los demás. Muchos de sus amigos habrán querido estar cerca de Luis Eugenio antes que todo ocurriera. Seguramente lo estén ahora, acompañándolo, consolándolo, haciéndole sentir que no hay vergüenza que no será disipada por el amor de Dios. Los amigos le harán sentir que su cercanía es incondicional. Así le darán la luz de esperanza que le faltó en el momento que estuvo demasiado solo.
¡Que nadie esté solo! De esto se trata, que nadie desespere. Que todos tengan una mano a mano, un amigo que nos ame y sonría cuando hayamos perdido esa brújula que cualquiera puede perder.
La lectura del libro de María Olivia Mönckeberg Karadima, el señor de los infiernos, es impactante. Nunca imaginé que la tiranía espiritual del párroco de El Bosque fuera tan grave. La sentencia del Vaticano me había parecido muy dura. Me faltaban antecedentes para entenderla. Ahora sí la entiendo.
Uno como sacerdote nunca escucha que otro sacerdote traicione el secreto de la confesión. Alguna vez oí de un cura en Napoles que se había ido de lengua en contra de unos mafiosos. En ninguna otra ocasión he oido en los ambientes que me muevo que un sacerdote haya faltado en esto. Sé que han faltado en muchas cosas. En traicionar el sigilo del sacramento, nunca.
Por esto el abuso que Karadima ha hecho de la confesión no tiene nombre. El daño que hizo con el uso de este sacramento es enorme. Recomiendo el libro de Mönckeberg. La verdad hay que saberla, para que duela…
“Cristo sí, Iglesia no”, se repite. El problema, en realidad, es: “Esta Iglesia sí, esta Iglesia no”. Estoy seguro que esta alternativa tiene más partidarios que la anterior. Pero, además, es más real. Separar a Cristo de la Iglesia es imposible. ¿Dónde está Cristo sino en los creyentes que, como Iglesia, lo han trasmitido desde hace 2.000 años? Claro que no hay que identificar a ambos como si nada. Hay diferencias. Pero si hilamos más fino tendremos que reconocer que todo, absolutamente todo lo que sabemos de Cristo lo sabemos gracias a la Iglesia. Es cosa de tomar el Nuevo Testamento. Ninguno de los Evangelios los escribió Jesús. Ninguna de las cartas. Los Evangelios y las cartas las escribió la Iglesia para contar a las siguientes generaciones lo que le había pasado con un Jesús que ella había experimentado resucitado.
El asunto es qué Iglesia es la que mejor representa a este Cristo: ¿La del Jesús que anuncia el advenimiento inmediato de un reino para los más pobres (los “excluidos” ha dicho recientemente Aparecida), que por esta razón lo matan y por esta razón Dios lo resucita¿ ¿O la Iglesia hierática, distante, poseedora de la verdad?
Me siento a gusto en la Iglesia de los pobres, la Iglesia de Juan XXIII, la Iglesia de las comunidades eclesiales de base… Esta me parece ser la Iglesia de Cristo. No digo que las otras modalidades de Iglesia no sean cristianas. Las cosas no son blanco o negro. Pero me siento pésimo en la Iglesia pre-conciliar. El Vaticano II pidió un cambio radical: quiso una Iglesia dialogante y abierta a las transformaciones sociales y culturales, que en la liturgia abre espacio a la participación de los fieles, que entiende que el amor es el único sacrificio digno de agradar a Dios. El Concilio nos recordó que el único sacerdotes es Cristo, que todos los bautizados constituimos un pueblo sacerdotal y que los ministros-sacerdotes deben estar al servicio del Pueblo de Dios y no centrar todo en su índole sacra. No le hemos hecho caso.
No podemos separar a Cristo de la Iglesia, pero hay “Iglesias” e “Iglesias”.
En este tiempo pascual podemos concentrarnos en el triunfo de Cristo. El Señor resucitado no se fue. Sigue con nosotros, desde los tiempos de sus primeros discípulos hasta los de nuestros días, mediante su Espíritu. El Espíritu hace real a Cristo allí donde Jesús quiso ser reconocido: los gestos de amor, las señales de esperanza, la lucha contra la injusticia… ¿Dónde? ¿Dónde hoy? Allí mismo. Han cambiado muchas cosas, pero lo fundamental no cambia para nada. Lo fundamental, en realidad, esto todavía más fundamental que antes. La resurrección de Cristo es el triunfo del amor de Dios, presente donde el Espíritu incide amorosamente en nuestro hábitat humano y social. “Vamos ganando”. ¿Sí? ¿No parece que vamos perdiendo? La Iglesia se estremece. ¡No hay que engañarse! Esta agitación puede ser perfectamente obra de Cristo que ha querido intervenir decididamente contra los abusadores, en favor de los inocentes, obligando incluso a una revisión profunda de una serie de asuntos que merecen cambiarse y no se cambian. Lo que parece pura pérdida tal vez sea el revés de la trama, los dolores de parto de una nueva presencia de la Iglesia en nuestra época. “Vamos ganando”, no hay que olvidarlo. Si no lo vemos, el problema somos nosotros. Habrá que pedir el Espíritu para reconocer al Espíritu.
No tendría ningún sentido creer que Jesús resucitó si no lo experimentáramos resucitado, hoy, ahora, resucitándonos, sacándonos de la fosa de la culpa, del miedo y de la descomposición física y moral. Los primeros cristianos proclamaron lo que experimentaron: Cristo les cambió la vida, los hermanó, les dio su misma valentía para insistir en la llegada del reino de un Dios diferente. La Iglesia naciente creyó en el Dios diferente que Jesús les mostró: el Dios de los pobres y de los pecadores, de los excluido por una u otra razón, de los que nunca merecieron nada de nadie.
No tendría ningún sentido creer en la resurrección de Cristo si no creyéramos que murió “por mí”. La resurrección no es cosa de espectadores. Solo podemos presenciarla en sus testigos, quienes llegaron a ser cristianos porque el Señor los liberó, perdonó, sanó o llevó a la plenitud de sus posibilidades. Nadie nunca vio directamente cómo resucitó Jesús. De él nos quedan solo sus huellas, en las Escrituras, los textos que la Iglesia escribió para anunciar a otros lo que a ella le había pasado con el resucitado; las huellas en la vida de los cristianos, vidas transformadas que trasparentan al Señor e indican un “más” inexplicable. Estas son, las personas que han podido decir “por mí” (San Pablo, San Ignacio…).
Mientras no podamos decir “por mí” seremos solo espectadores ávidos de apariciones y víctimas de predicadores moralizantes. Todavía no seremos cristianos…, hijos del amor, de la libertad y el compromiso.
La dimensión incluyente de la espiritualidad cristiana
La espiritualidad cristiana, en cuanto expresión en Cristo de la salvación de Dios, es necesariamente incluyente de quienes el pecado del mundo excluye.
El hecho de que Dios salve al mundo a través de su Hijo excluido entre los excluidos, es un dato esencial (no accidental) del cristianismo, ya que no hay salvación sin cruz y la exclusión es uno de los nombres de la “cruz” (Aparecida, 65). Jesús murió a las afueras de la ciudad, murió expulsado y desamparado. Vale aquí recordar el salmo que registró proféticamente el acontecimiento: “La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en la piedra angular…” (Sal 117, 22).
Conflicto de las espiritualidades
El cristianismo busca la paz, pero no rehúye el conflicto, cuando es necesario enfrentarlo. En su impulso por incluirlos a todos, “excluye” a los excluyentes. De aquí que entre las diversas espiritualidades cristianas puedan darse conflictos. La raíz más profunda del conflicto que atraviesa a todas las espiritualidades cristianas hay que hallarlo en la historia del mismo Jesús.
Mi opinión es que en el cristianismo se replica la antigua dialéctica de la fe israelita entre quienes se creen puros, porque tienen los instrumentos de su purificación, y los que son marginados como impuros. Jesús fue víctima del celo por la pureza de los fariseos y saduceos. Estos la obtenían principalmente mediante el templo y aquellos mediante un cumplimiento obsesivo de una infinidad de prescripciones que habían extendido las reglas de pureza del templo a la vida cotidiana. Jesús, al ofrecer tan fácilmente el reino a los pobres y a los pecadores, entró en conflicto con las autoridades legítimamente investidas para administrar la santidad de Dios, siendo entonces eliminado.
Mi hipótesis es que esta dialéctica es inherente al cristianismo. Los cristianos recaemos incesantemente en la tentación de diseñar procedimientos de purificación para alcanzar la santidad, con lo cual nos separamos del común de los mortales y terminamos por excluirlos de la salvación. Pero Cristo, que recurrentemente nos recuerda la gratuidad de la salvación, suscita testigos y profetas que rompen los muros de la exclusión.
El caso es que la Encarnación supera la separación entre lo sagrado y lo profano. El misterio de Cristo tiene un dinamismo incluyente e integrador extraordinario. La Encarnación que termina en la cruz constituye el acto mayor de superación de toda separación del hombre y de Dios. Dios no necesita sacrificios para salvar. Salva gratis. En vez, como muestra el evangelio, aborrece a los hipócritas que se auto-canonizan mediante interesados sacrificios de sí mismos y de los demás. Pues hay que notar que Dios no pide incendiar el mundo para su mayor gloria, sino amarlo como creación suya que es y hacerlo con su misma gratuidad.
La Encarnación es el movimiento de inclusión, de implicación y de imbricación con el mundo que Dios realiza en sí mismo y para siempre. Después de ella Dios ha llegado a ser humano de un modo irreversible. Así, el cristiano que obra en contrario peca contra su credo.
Espiritualidades de la “santidad”
La larga historia del cristianismo acarrea de todo. Las contradicciones han sido numerosas. ¿Desde cuándo la religión de los cristianos cultivó el sectarismo, la intolerancia y la exclusión? Probablemente los primeros cristianos en su proceso de dejar de ser judíos, formaron especies de sectas, agrupaciones depositarias de una revelación que les hizo sentir privilegiados. Pero seguramente su sectarismo fue más bien defensivo. El mundo les fue tremendamente adverso.
Ha habido, creo, otro factor de sectarismo endógeno al cristianismo. El cristianismo, una religión judía, en algún momento tuvo que re-configurar el sacerdocio, y lo hizo, desgraciadamente, como si el sacrificio de Cristo fuera el mejor de los sacrificios y no el término de todos ellos. El sacerdocio tuvo un surgimiento paulatino, y tal vez irritante, entre los primeros cristianos. Los sacerdotes habían condenado a muerte al Maestro. Jesús había socavado la importancia del Templo, lo que no pudieron permitir. Según opinión de los historiadores, tomó tiempo que los presbíteros que presidían la eucaristía fueran llamados sacerdotes.
Con el paso de los años el cristianismo dejó de ser sociológicamente una secta. Una vez convertido en Imperio, pasó de la intolerancia pasiva a la intolerancia activa. La Iglesia, gracias al imperio, en muchas ocasiones arrasó con el paganismo. A menudo, el monoteísmo cristiano ha sido, hasta hoy, sumamente excluyente.
En el plano de los ritos y de las espiritualidades asociadas a ellos, se da en los sacerdotes la tendencia a regular desmedidamente la pureza del pueblo de Dios y la propia, en virtud de la celebración de la eucaristía y las otras formas de consecución de la pureza como, por ejemplo, la confesión de los pecados. Por siglos, hasta hoy, esta tendencia se nutre de una interpretación del sacerdocio de Cristo que se aleja del misterio de la Encarnación. En virtud de esta, Dios suprime para siempre la separación entre lo “sagrado” y lo “profano”, pues el Hijo de Dios supedita su éxito a su propia “secularización”. Solo el amor, en toda su profanidad, salva. El verdadero sacrificio de Cristo consiste en su amor al mismo mundo que Dios ama hasta las últimas consecuencias. Desde entonces la fe en Cristo no ha de vivirse fundamentalmente en espacios y tiempos “separados”, administrados por un ministro de la pureza que incluye y excluye, sino puertas afuera del templo, allí donde se incorpora a los que no merecen nada ni por sus obras (pecadores) ni por su condición social (los pobres).
De aquí que la vertiente sacerdotal-ministerial del cristianismo corre el riesgo, incesantemente, de arruinarlo todo. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el sacrificio eucarístico suplanta el amor e invierte el sentido de la cruz, de modo que en misa comulgan solo las personas en “regla”. Bernard Sesboüé habla de una “desconversión” en la historia de la comprensión del sacrificio en el cristianismo. El dogma pasa por acentuar la gratuidad del amor de Dios por “todos” (como afirma el Concilio Vaticano II). Y la desviación, en subrayar la índole penitencial del sacrificio de Cristo; como si Dios necesitara castigar para salvar, como si la sangre de su Hijo y la sangre de las flagelaciones fueran gratas e indispensables para reconciliarnos con él.
Cuando la espiritualidad sacerdotal empalma con el narcisismo psicológico del sacerdote, la separación entre lo sagrado y lo profano lo aleja aún más del mundo. El “escogido” se vuelve sobre sí mismo. En su caso, su cercanía a los demás tiene algo de amenaza a su integridad y, por lo mismo, puede convertirse en un riesgo para su función. Él se identifica con su rol a un grado tal que frena la necesidad de asomarse a su propia humanidad y, así, deshumanizándose, difícilmente podrá humanizar a los otros. Pero esto cuenta poco. Él se debe al Misterio. No está para contaminarse con las vicisitudes de la historia corriente. Su oficio no pasa por la empatía ni por una auténtica compasión con su prójimo. Estas valen, pero en cuanto nutren su avidez de santidad; es decir, de su separación del resto; es decir, de su ego; es decir, de su auto-canonización.
Espiritualidades de la inclusión
En el otro extremo de las posibilidades, pero como su filón sano, se desarrolla en la Iglesia un cristianismo que extrae su fuerza de la imitación y seguimiento del Cristo del reino ofrecido a pobres y pecadores. Si ponemos atención al reino comenzado con Jesús, con su predicación y misterio pascual, este no se deja circunscribir a tiempos y espacios sacralizados. Por tanto, no se juega en mantener o recuperar una pureza actual. A este reino ha sido llamado un pueblo sacerdotal. Todos los bautizados son sacerdotes en virtud de Cristo, sacerdote del sacrificio del amor al prójimo. Este reino, en consecuencia, se deja comprobar en espiritualidades inclusivas, empáticas y amistosas, hondamente eclesiales y sociales.
La fe cristiana es propiamente inclusiva. En el Nuevo Testamento se ilustran unos a otros los episodios de inclusión de los excluidos, tanto de Jesús como de la Iglesia primitiva. La celebración de la eucaristía de las primeras comunidades fue antecedida por las comidas de Jesús con los pecadores. Jesús incorporó a quienes correspondía apartar, por ejemplo, los leprosos, de un modo semejante al día de Pentecostés en que pasaron a formar parte de la Iglesia personas originarias de los pueblos más distintos.
A lo largo de la historia, tal vez nunca ha sido más transparente el testimonio de Cristo que cuando hubo hombres y mujeres que optaron por los más pobres como si ellos fueran realmente Cristo, y no oportunidades para congraciarse con él. Los verdaderos santos no han estado centrados en sí mismos, sino en su prójimo y en la suerte de un mundo que amaron como propio.
Hoy, cuando el “signo de los tiempos” en clave sociológica es la inclusión-exclusión, la espiritualidad cristiana tiene una oportunidad única de comunicar que el Cristo, en cuanto da la vida “por todos”, es el signo perenne de los tiempos. En estas circunstancias no es la “santidad” de los cristianos la que importa, sino la reconciliación del mundo.
La espiritualidad cristiana auténtica participa en la obra de Cristo. Se articula trinitaria y pascualmente. Ella deriva su relevancia de la amplitud del amor del Padre por toda su creación y por su conducción de esta creación a la unidad en sí mismo; obra que se inicia con el misterio pascual de Jesucristo y que terminará de cumplirse gracias a la acción del Espíritu. En este sentido, las espiritualidades de la inclusión tematizan el conflicto y pueden aun expresarse como espiritualidades “políticas”. El mundo que Dios ama está en disputa. Los cristianos entran en el conflicto escatológico, a la escala que sea, o no son cristianos. ¿Cuáles son hoy los frentes de la exclusión? Allí han de estar los cristianos, acortando las distancias, tendiendo puentes o entrando derechamente a la pelea con las armas de la fe, la esperanza y la caridad.
El problema de la espiritualidad cristiana ni hoy ni antes ha sido la pureza, sino la reconciliación: la superación de todas las separaciones, divisiones, odiosidades y privilegios que los hombres levantan, a veces incluso en “nombre de Dios”. La participación en la exclusión, en la cruz del excluido, es condición de posibilidad de la inclusión anhelada. Pablo habla de esto en términos de gracia y de tarea: “Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios!” (2 Cor 5, 18-20).
La espiritualidad cristiana es inclusiva por ser necesariamente compasiva. En vez de separarse del prójimo nos pide comprometernos con él (pobre o culpable). Y cuando nada podemos hacer por los demás o por nosotros mismos, esta espiritualidad nos enseña que el dolor del mundo tiene para Dios un valor eterno. No porque sea Él un monstruo sádico y deban las víctimas practicar el masoquismo para aquietarlo, sino porque no tiene otro modo de ser fiel a su creación por toda la eternidad que cargar por amor con el sufrimiento que la desgarra.
Académicos PUC: por cambios en la Educación
En el fragor de la crisis universitaria a muchos, no sin razón, parecerá que la P. Universidad Católica de Chile no tiene títulos para participar en la discusión con legitimidad. A sus alumnos y académicos el asunto no los perjudica. La PUC está asegurada. Es más, nosotros mismos, los académicos de la PUC debemos reconocer que miramos la realidad a través de un velo. Nuestro habitat intelectual actual fraguó en la dictadura militar. En la PUC todavía hay miedo. ¿Por qué? Identifico dos factores: la apoliticidad que la distingue, y un catolicismo pomposo y muy controlador. Nos cuesta entender los problemas políticos. Tenemos una falla en la empatía.
Esto, afortunadamente, no es toda la realidad de la PUC. En ella siempre se ha dado también una fuerte conciencia de pertenencia a una institución con sentido social, con vocación se servicio público y “católica” en el sentido ortodoxo del término. Católica, es decir, universal; capaz de ir más allá de sus intereses inmediatos; pluralista y abierta a todos los problemas que nos puedan aquejar como personas y como sociedad.
El caso es que un grupo significativos de académicos de la PUC nos estamos reuniendo, impactados por la injusticia de la educación chilena. Han sido necesaria enormes manifestaciones, y desgraciadamente actos de fuerza y de violencia, para caer en la cuenta de lo tremendo que puede ser para una familia pobre lograr que un hijo entre a la universidad, pero que egresado de ella tenga que pagar una deuda que gravará su futuro por años. El grupo de académicos de la PUC nos hemos reunido en torno a una Declaración frente a la crisis de la educación (cf. El Mostrador).
Hablo por mí mismo, tras escuchar muchas y muy diversas opiniones. Veo que se necesitan cambios a tres niveles.
Urge legislar. Se necesita una ley justa. Comparto la Declaración: “…la búsqueda de propuestas claras y abordables de definición de objetivos precisos para el mejoramiento de la convivencia social a través del mejoramiento de la educación, nos llevan a proponer derechamente el reemplazo de la normativa universitaria vigente desde la imposición de la ley de 1981, que muchos consideramos espuria, en muchos sentidos abusiva y carente de legitimidad democrática”. En lo inmediato, necesitamos una ley que se haga cargo del incremento de los universitarios de los últimos 20 años y tenga cuenta de los sueldos misérrimos de las familias chilenas.
A mediano plazo parece que necesitamos un cambio institucional mayor. El problema de Chile es político. Las inquietudes políticas no están pasando suficientemente por los políticos. Pero no por mala voluntad de estos. La institucionalidad no contiene la realidad. Necesitamos una Constitución que encauce las demandas reales de participación de una sociedad nueva bajo muchos respectos. ¿Cuánto aguantará la actual Constitución? Parece un cántaro agrietado.
A largo plazo, o mejor, en perspectiva de gran angular, debemos discutir acerca de la persona y la sociedad que queremos formar. Existe en Chile un malestar clamoroso en contra de la mercantilización de la vida. A los mapuches les dividieron las tierras y las plantaciones de pinos les secaron las napas; a los enfermos, de noche, les subieron los precios de los remedios; a los consumidores les repactaron las deudas unilateralmente… ¡Alguna universidad, tiempo atrás, compró a otra la cartera de estudiantes!
¿Qué es lo que realmente queremos? ¿Qué país? Me hago esta pregunta como académico de la PUC. No tengo la respuesta, solo un puñado de ideas. Hago mías, por esto, las palabras de la Declaración de mis colegas: “Mantener el silencio que hemos guardado por tantos años nos hace cómplices de una situación en la cual se entrega a las leyes del mercado lo que debe ser, en cambio, un territorio custodiado por los criterios de la excelencia, la solidaridad, el servicio y la voluntad de actuar enfrentando desafíos que son propios del Chile del siglo XXI”.
Ayer por la mañana el Rector de la PUC se reunió con un grupo numeroso de profesores preocupados por la agitación universitaria. Por mi parte, asistí a la reunión con la intención de oír y formarme una opinión en un tema que reconozco que me queda grande, pero que debo conocer. Temía que el Rector pudiera tomar la palabra para sofocar nuestra inquietud. Por el contrario, agradezco ahora su llaneza para escuchar las numerosas intervenciones de los colegas y su apertura para seguir pensando.
Tengo ahora una primera opinión que quiero compartir con los que participamos en la reunión, y con otros que no asistieron pero que debieran interesarse. Me la he formado releyendo los apuntes que tomé. Lo hago con franqueza, pero no quiero herir a nadie.
Nuestra universidad entra en el debate universitario con los “pantalones rotos”: carece de credibilidad. No la tiene porque los “otros” no le reconocen legitimidad; y porque “nosotros” adolecemos de un vicio epistemológico que todavía no hemos podido superar: estamos cegados ante un problema que deseamos arreglar, sin antes darnos cuenta que somos sus causantes.
El síntoma de la ceguera epistemológica es, lo dijeron varios, el miedo. En la PUC aun hay miedo. Los factores de miedo, a mí entender, son dos: la apoliticidad y un tipo de catolicismo no-católico. Ambos, aliados o por separado, se hicieron fuertes en la PUC en los años de la dictadura militar y, no obstante el paso de los años, resisten y nos impiden hacer lo que nuestras mejores voluntades quieren hacer.
¿Cómo podemos pretender contribuir a una reforma justa de la educación, en vista a la edificación de un país compartido, si no reconocemos que el problema es político? ¿Que la educación tiene que ver con “todos” los asuntos sociales? Aparentemente el gremialismo despolitizó la PUC. El país estaba dividido a un grado insoportable. Pero, en realidad, el gremialismo politizó la universidad anulando su pluralismo. La “apoliticidad” de la PUC hoy inspira miedo entre los académicos, desvía la investigación, inhibe la creatividad. ¿Cómo se sale de esto? Los jóvenes sortearon esta dificultad hace muchos años. Habrá que pedirles consejo a ellos. Hay que reconocer que se necesita abrir un espacio a un pluralismo político en la PUC y que es difícil hacerlo. Lo primero que hay que reconocer es que el miedo a una re-politización de la PUC, por sí mismo, genera miedo.
El otro factor de miedo es la consolidación de un catolicismo-no-católico en la PUC, que tiene variadas fuentes, que se ha instalado a un alto nivel y que logra penetrar sinuosamente en las conciencias, en particular en las de los académicos de las ciencias humanas. El Rector, sin referirse a esto, apuntó en la dirección exacta: la posibilidad de confundir la catolicidad de una universidad (= búsqueda apasionada de la verdad, verdad que no se agota en la pluralidad de accesos que permite el Cristo poliédrico) y la piedad de las personas particulares. Fatal. Consecuencias: exclusión (de los que no están a la altura de la doctrina o vida cristiana) y simulación (de ortodoxia). Esta confusión, mezclada aún con la apolitidad mencionada, nos ha incapacitado para ver con honestidad los problemas del país y nos deslegitima ante las otras universidades y ante el país. La Iglesia es católica cuando es universal: abierta a todas las voces. La Iglesia Católica es el antónimo preciso de la secta, la agrupación que se cree poseedora de la verdad absoluta. Por lo mismo, un catolicismo-no-político es equivalente a una política-no-católica.
¿Seremos los integrantes de la PUC capaces de modificar el marco educacional de Chile fraguado en 1981? Por qué no. Eso sí, la universidad tendrá que reconocer que es un actor social que, como tal, solo puede participar en el debate político con sentido de autocrítica política. Tendrá que reconocer con dolor y vergüenza que ella fue la universidad por excelencia de la dictadura y en concreto de la implantación en Chile del neo-liberalismo que ha medido todo en dinero y ha convertido a los ciudadanos en consumidores.
Necesitamos hacer cambios. No podemos esperar que otros lo hagan por nosotros. Sea que tomemos la iniciativa sea que nos toque colaborar en ellos, los cambios deben ser “nuestros”. Pero la tradición de la Iglesia desconfía del monje que quiere reformar el convento y no quiere reformarse a sí mismo. Los cambios que haya que hacer deben comenzar con nuestra conversión.
También el diálogo para ser sincero y la misericordia para ser realmente desinteresada, necesitan un cambio en nosotros mismos. El diálogo se desprestigia cuando las partes no están dispuestas a entender la posición contraria. La misericordia también puede arruinarse cuando hace de la caridad con el prójimo un medio publicitario.
El diálogo y la misericordia, como otras virtudes, piden de nosotros hoy “recomenzar de Cristo” (Aparecida, 12). Hemos de descender muy al fondo de nosotros mismos hasta encontrar al Señor ante quien podemos reconocer sin temor que somos míseros y que nuestra Iglesia sea miserable (Benedicto XVI). Somos pecadores. Debemos convertirnos. La conciencia de pecado es una gracia que debemos pedir para sanar nuestras heridas, corregir nuestras actitudes, enderezar nuestras inclinaciones y reorientar la vida por donde el Señor quiera llevarla.
En las circunstancias actuales, hemos de reconocer, por ejemplo, que hemos mirado a la Iglesia desde fuera. La hemos criticado con facilidad. La hemos visto solo como una institución que necesita ajustes estructurales. No hemos recordado con ternura que ella es la Esposa de Cristo. No la hemos defendido como lo haríamos con nuestra madre.
El individualismo ambiental nos atrapa. Nos hace pensar que es cosa de elegir la Iglesia, siendo que ella nos eligió a nosotros primero. ¿No fue por el bautismo que recibimos la libertad de los hijos de Dios? ¿Podemos decir tan sueltamente a la Iglesia “no intervengas en mi vida”? Hemos de reconocer que muchas veces supeditamos nuestra pertenencia a la eternidad a nuestra conveniencia inmediata. Regateamos con ella. Nos aprovechamos de ella, como quien explota una mina, la abandona cuando se agota el mineral y parte a buscar otros piques.
La conversión que necesitamos nos exigirá mucha contemplación. Será el Espíritu del Cristo resucitado quien nos cambie. Un trabajo de conversión requiere inquirir muy atentamente qué quiere Dios de nosotros. Tendremos que leer correctamente los textos. Los textos de la Sagrada Escritura en primer lugar. Cristo, el hombre del Espíritu, representa para nosotros el criterio máximo de cómo se vive en sintonía con Dios.
Pero hay otros dos textos que también tendrán que ser leídos e interpretados. Uno es el texto de la historia personal: a cada uno el Señor le ha dicho algo único, que a nadie más le ha dicho. Todos somos originales ante el Padre. Cada cual debe descubrir en su propia historia el camino que Dios va haciendo, identificar el pecado propio, sufrir la imposibilidad que es uno para sí mismo y abrirse a la nueva vida que nos será dada. San Pablo lo expresó muy bien al decir “por mí” el Señor murió en la cruz. Por otra parte, de la experiencia de haber sido resucitados en Cristo dependerá la construcción de un país y un mundo de hermanos, y de una Iglesia capaz de contribuir a esta causa.
El otro texto es la historia colectiva. Son los acontecimientos de nuestra época, en los cuales hemos de auscultar los “signos de los tiempos”. Estos solo se descubren a la mirada contemplativa, a las mentes vigilantes, a las personas empáticas y conectadas con la vibración espiritual de su generación. El Espíritu que habilita a ver más adentro, es el mismo Espíritu que va gestando cambios colectivos significativos que representan un progreso en humanidad y que la Iglesia va reconociendo como el Evangelio a la medida de la época.
A través de un ir y venir triangular entre estos tres textos, nuestra conversión podrá ser honda y responder a la pregunta por la Iglesia que el país necesita. Por medio de este trabajo contemplativo, podremos incorporar en nuestra conversión la posibilidad de que se desmorone lo que no da para más y, sin llorar, nos pleguemos a la acción del Espíritu que reforma y reconstruye la Iglesia a través de trabajadores espirituales.
Las señales de una conversión a la altura de los cambios históricos serán la humildad y la creatividad. Ella consistirá en sumarse a la acción del Creador. No podrá ser nunca una obra voluntarística y menos un título que engrandezca el ego. Un quehacer que se aparte de la empresa recreadora de Dios, solo retardará la Iglesia que andamos buscando.
Cambio santidad por humanidad. Los esfuerzos por alcanzar la santidad de personas muy bien intencionadas, pero que las veo cada día más estereotipadas, ha comenzado a darme alergia. ¿Son tan buenas como quieren parecer? Ellas saben que no lo son. Esto me consuela. Se arrepienten de sus pecados como muchos no lo hacemos. Bien. Este es su aporte. Pero la vida cristiana consiste en algo más profundo. Cambio santos por personas profundamente humanas. Prefiero decididamente personas “humanas” en los dos sentidos del término: humanas porque se consideran pecadores y humanas por ser misericordiosas con los pecadores. Por aquí creo que va lo de Jesús. No porque haya sido él un pecador. No lo fue. Su máxima humanidad excluyó una posible inhumanidad. Su humanidad, por el contrario, consistió en su misericordia. Esto es lo que no veo claramente en las personas obsesionadas con la “santidad”. Estas, por el contrario, suelen apartarse y terminar incluso considerándose superiores a los que juzgan rezagados en el camino de la perfección, si no perdidos. Me hiere su hipocresía. La hipocresía, adivino, es la plataforma de despegue de la separación de lo sagrado y lo profano, separación que da la espalda al misterio de la Encarnación.
El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…
En la Iglesia también se da una relación entre “pertenencia” y “representación”. El bautismo nos da pertenencia. La pertenencia es una necesidad humana básica. Necesitamos pertenecer. El parto nos da una pertenencia al género humano. El bautismo hace que esta pertenencia a la humanidad quede “atornillada” en nuestra pertenencia a la eternidad. No somos simplemente hijos de tal o cual papá o mamá, nativos de este pueblo o aquel, pertenecemos a la creación, Dios nos creó, a él pertenecemos, somos hijos e hijas de Dios, y hermanos y responsables de unos y otros. Pertenecer a la Iglesia es un modo más profundo de pertenecer a la humanidad. Así debiera ser. Los cristianos, en virtud del bautismo, por formar el Cuerpo de Cristo, tendríamos que vivir nuestra espiritualidad como una suerte de empatía cósmica, consistente en un co-pertenecer nosotros a las estrellas y las estrellas a nosotros. ¿En qué otra cosa pudiera consistir vivir el amor de Dios que amar el mundo como “cosa propia”, como una madre a la que le debemos todo, y que nos pertenece como ninguna…?
Esto tan hermoso se complica cuando se trata de organizarlo para que resulte. No es fácil pertenecer a los demás y que los demás nos pertenezcan, si los cristianos, nosotros al menos, no nos ponemos de acuerdo en cómo hacerlo. La Iglesia nos recibe, nos da un nombre y un pan para el camino, y también ella depende de que nosotros hagamos lo mismo con los demás, porque nosotros somos la Iglesia. Pero hay más: alguien tiene que representar este quehacer tan importante. Los cristianos necesitamos pertenecer a la Iglesia y que la Iglesia nos pertenezca, y necesitamos también que alguien nos represente, que dé la cara y saque la voz por esta manera nuestra de vivir la humanidad. Este es el sentido, dicho en cierto modo, de las autoridades eclesiales. Ellas nos representan en esta necesidad humana profunda de ser, pero también de llegar a ser hermanos y hermanas de cada persona nacida de una mujer. ¡Cosa para nada fácil!, como claramente se ve hoy, cuando los cristianos caemos en la cuenta de que nuestra condición de creyentes se aleja y aleja de la cultura contemporánea. ¿Cómo pueden nuestros obispos representarnos ante quienes no son cristianos y no nos entienden, pero además ante el contemporáneo que es cada uno de nosotros mismos, si cada vez nos cuesta más comprender el Evangelio en el único lenguaje comprensible, el de nuestra cultura, cultura en cambio progresivo y acelerado?
Tenemos la impresión de que nuestros representantes no representan esta pertenencia nuestra a la humanidad que somos hoy. Vivimos tironeados. ¿Quién nos representa? No lo hacen los políticos… O lo hacen mal. Otro tanto ocurre con los representantes que la Iglesia tiene para decirnos “así se es hombre”, “así se es verdaderamente mujer”. Porque esto y aquello debe adaptarse a cada época para que sea realmente evangélico, ¡y no cambia nada! Nuestra crisis, bajo este respecto, es crisis de “representación”.
Pero hay más. También cada uno de nosotros bautizados, que pertenecemos radicalmente al género humano, somos representantes de la Iglesia. Los obispos y el Papa tienen una autoridad especial en esta materia, pero ellos y los demás participantes del Cuerpo de Cristo somos responsables en algún grado de asegurar a las demás criaturas el cuidado que Dios quiere darles. A nosotros cristianos nos toca pertenecer a la humanidad, nutrirnos de ella, aprender de ella, dejarnos querer por ella, y hacer esto mismo especialmente por aquellos que no tienen a nadie a quien puedan decir “te pertenezco”, “gracias por amarme”… Porque no podremos hacernos cargo del mundo, como Cristo lo hace, si no dejamos que la humanidad nos preceda en el amor, como el don mismo de Dios que ella es para nosotros. Así, dependiendo nosotros del mundo, el mundo podrá depender de nosotros. Lo cuidaremos, como lo hacen los hijos con sus padres ancianos, por puro agradecimiento y desinterés.
Así tal vez, representando nosotros a esta humanidad tan necesitada de co-pertenencia podremos los cristianos abrir un camino a los representantes oficiales de nuestra Iglesia, a veces más preocupados de defenderla o de evitar su colapso, que de anunciar esta Buena Noticia a los huérfanos, a las viudas, a quienes deambulan entre las estrellas buscando un pan aunque sea duro y una tumba que puedan llamar suya.
He llegado a la convicción que las “penitencias” no son buenas. Me refiero a un modo de ofrecer un auto-castigo a Dios que no tiene nada que ver con el Padre de Jesús que nos amó y liberó gratuitamente de toda violencia. Dios no necesita intercambiar la violencia que generan nuestros pecados con la violencia que supuestamente merecerían nuestros pecados, y que hipotéticamente es necesario que sean descargados en Cristo para redimirnos. El esquema violencia contra violencia no es cristiano. El esquema castigo contra castigo no es cristiano. Dios salva amorosamente en Jesús. Es verdad que él es víctima, en última instancia, de la agresión de nuestros pecados. Pero ver su muerte como un castigo grato al Padre equivale, en realidad, a corromper el concepto de la salvación cristiana. Quizás otras religiones puede recurrir a sacrificios humanos para calmar a una divinidad implacable. Para nosotros cristianos Dios no es implacable ni aplacable, sino puro amor que llora nuestra miseria, pero que también toma en cuenta nuestra miseria para liberarnos de ella.
¿Penitencias…? La vida no es una penitenciería. ¿Golpearse el pecho? ¿Autolastimarse? ¿Autoflagelarse? ¿Llegar a tener una relación con Dios sado-masoquista? ¡De locos! Es no entender nada de la bondad inaudita del Padre de Jesús. ¿Penitencias para el perdón de los pecados, tras la confesión? Entendidas así, jamás! El perdón es perdón. Si algo quedara después del sacramento de la confesión no es una “pena penal”, sino hacer lo posible por reconciliarnos con quien herimos, reparar lo que aún tiene arreglo o la oración por quienes no tuvimos otra manera de amarlos que encomendárselos a Quien mejor puede cuidarlos.
Confiamos que esta crisis no nos tragará, porque nuestra esperanza radica en Cristo: el vino, viene y vendrá. Jesús nos prometió volver. Volverá. Sabemos que un día el amor triunfará. A todos les quedará claro que la historia tiene sentido, solo un sentido: el amor. Este amor, creemos, es la plenitud que deseamos y el cepillo que raspará lo que nos deshumaniza. Cristo, el hijo y el hermano, terminará de formar la familia que tanto ha querido. En el banquete del reino habrá sillas para cada uno. Lloraremos las pérdidas, nos reiremos de nosotros mismos, conversaremos sin preocuparnos del reloj.
Tendremos además que recordar que Cristo ya vino. Olvidarlo, equivale a menospreciar la tradición que nos orienta. No comenzamos de cero. Sabemos que la promesa de su venida se cumplirá porque también en otra época Dios prometió y cumplió. Israel esperó un mesías. La Iglesia lo reconoció en Jesucristo. En dos mil años de cristianismo la Iglesia ha recibido y dado un nombre en el bautismo de generaciones y generaciones de hombres y mujeres que han debido confiar en sus padres, madres, abuelos y abuelas, pues necesitaban sabiduría y testimonios para seguir caminando. De la recuperación de nuestra tradición depende el reconocimiento de nuestra identidad y vocación. Por esto encaramos el futuro con agradecimiento. Nuestra Iglesia cumple dos milenios de humanidad. La historia podrá sucumbir pero nadie nos quitará el encanto que la Iglesia ha dado a nuestra vida. Encanto, hondura y sentido. En ella hemos experimentado a fondo que no hay pecado que Dios no pueda perdonar, porque ella, consciente de su propia infidelidad y alegre de la reconciliación, nos ha esperado de vuelta tantas veces y, como el padre del hijo pródigo, no se cansará de hacerlo de nuevo. La medida de nuestra esperanza es también nuestra propia Iglesia, su amor antiguo y probado, su tolerancia con nuestra intolerancia.
Porque esto también ya es una realidad. La paz, la justicia, la misericordia y la reconciliación de Cristo las experimentamos ahora en nuestra Iglesia. El Señor está con nosotros cuando dos o más nos reunimos en su nombre, en nuestras familias y capillas. Cristo vino y vendrá, pero también viene, está cerca y entra a nuestra casa cada vez que le abrimos la puerta. Cristo resucitado está hoy presente en lo más interior de la creación, luchando contra la desesperanza y la injusticia, acompañándonos en el camino de la vida como lo hizo con los discípulos de Emaús, explicándonos las Escrituras y compartiendo con nosotros el pan. Cristo viene, ahora está viniendo. No estamos desamparados. Su presencia íntima nos hace intuir que ganaremos. No hay obstáculo insalvable. Mañana o pasado mañana saldremos adelante. Sabemos que sanaremos, que encontraremos un buen trabajo, porque la muerte tiene los días contados. El Espíritu de Cristo resucitado nos fortalece e impide que desfallezcamos.
Hoy, con todo derecho podemos preguntarnos: ¿no es acaso la hermandad practicada entre los hombres, sean cristianos, judíos, budistas o musulmanes, el camino para comprender qué significa que Dios es el Padre de Jesús? ¿No tendríamos los cristianos que “creer con otros” para creer verdaderamente en Dios? El solo cristianismo parece que no basta para creer correctamente. El cristianismo apunta más allá del mismo cristianismo. Aquí está su grandeza, en su humildad. Es la fe cristiana la que nos lleva a pensar que las distintas maneras de practicar y de entender la humanidad, en vez de restarse unas a otras, cooperan en la revelación del único Dios verdadero.
Necesitamos reflexionar sobre lo ocurrido. En esta sucesión de escándalos, no podemos cerrar los ojos hasta que todo vuelva a la calma. Tenemos que atacar los efectos en sus causas. ¿Por qué personas investidas del sacerdocio han abusado de menores? ¿Por qué sus autoridades jerárquicas han resuelto tan malamente estas situaciones? Necesitamos reflexionar, meditar y estudiar sobre lo que ha pasado para que nunca más una víctima sea desoída.
Pero esto no basta. Las aguas de la Iglesia están agitadas desde hace tiempo por otros motivos. No podemos quedarnos pegados en el tema de los escándalos sexuales. Una reflexión a fondo sobre todos los temas difíciles exige un diálogo muy amplio. La Iglesia quiere ser significativa para Chile. Todos los chilenos, por tanto, tienen algo que decir de la Iglesia. El diálogo debe darse “entre nosotros” y “con los otros”. El diálogo, para que sea franco y sincero, debe darse no solo entre sacerdotes, no solo entre sacerdotes y religiosas, o entre sacerdotes, religiosas y laicos; ha de ser un diálogo entre compatriotas creyentes y no creyentes, con un origen y un desafío común: la patria compartida es anticipo de la patria eterna que los cristianos esperamos.
Nuestra generación ha topado en cierto sentido con lo imposible. Tenemos que reconocer que como Iglesia enfrentamos dificultades superiores a nuestra fuerzas. Pero todo es posible para Dios, nos recuerda la Virgen. Es hermoso que como Iglesia, y no solo individualmente, nos veamos llamados a tener una experiencia de Cristo en común. Pero no se entra en el Misterio Pascual sin la ayuda del Espíritu. Ninguno de nosotros querrá tan fácilmente acompañar al Señor en Getsemaní, compartir su confusión y no poder salir de ella hasta sudar sangre.
Miramos el horizonte con seriedad. Nosotros mismos hemos de entender que perder el camino, es parte del camino. El dolor nos dolerá. No podremos controlar el proceso de conversión, se nos escapará de las manos, nos enredaremos, experimentaremos los desgarros propios de quienes están aferrados a seguridades que no quieren abandonar. La conversión es siempre fatigosa. Las reformas de las instituciones no lo son menos. Esto que viviremos personalmente, será además un recorrido eclesial. Ha ocurrido otras veces en otras crisis de la Iglesia. Es triste recordar los daños que en otras épocas nos hicimos entre cristianos. Hay heridas que todavía supuran. Para nuestra generación, por tanto, será muy importante preguntarnos como discernir, tomar decisiones aunque sean dolorosas y conservar la comunión. Pues no podremos avanzar con pacifismos. Jesús no lo hizo. Solo resucitado ha podido apagar la fogata que encendió con su radicalidad.
El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, se involucró con los pecadores, comió y tomó con ellos hasta comprender su vergüenza.
Qué pasa, qué nos pasa
Una cosa es qué pasa. Otra, qué nos pasa. Hay asuntos que pueden pasar y da lo mismo. Otros, en cambio, no debieran pasar sin que “nos pasen”. Si pasaran así no más, sin afectarnos, sería una mala señal. A veces somos requeridos por personas o acontecimientos que nos exigen definirnos, tomar un decisión, jugarnos la piel.
El cristianismo tiene que ver con lo que pasa y con lo que nos pasa. En realidad tiene que ver con todo. Todo puede ser captado a la luz de Cristo. Pero, en realidad, no es posible comprender cristianamente la realidad si en algún sentido no nos involucramos con ella. La empatía que hace que lo que “pasa nos pase”, permite que, en cierto modo, las cosas “pasen” de esta u otra manera.
¿Será así? ¿Son así las cosas? Creo que una mirada mística de la realidad es posible en estos términos. Ve más quien más se involucra. El Espíritu da a conocer la creación a quienes participan apasionadamente de ella, amándola como Dios la ama.
Educación para la integración
Tengo la impresión de que las demandas estudiantiles en favor de una reforma general de la educación chilena son hondamente evangélicas. Habrá que estar atentos a cómo se consiguen las cosas. Hay maneras y maneras. Y no toda demanda se podrá satisfacer. Pero si partimos por lo principal, los cambios serán para mejor.
Los jóvenes universitarios nos han abierto los ojos. Nos han despertado del sopor del neo-liberalismo que ha convertido en dogma indiscutible modos de entender la vida muy inhumanos. ¿Cómo fue posible que no nos diéramos cuenta de que el endeudamiento de los universitarios constituia una fuente de angustia insoportable para jóvenes pobres? Por dar un solo ejemplo, aunque clave. Son tantos los problemas que los jóvenes han puesto al descubierto.
En todo esto, la punta evangélica más aguda es reclamar una educación integradora de alumnos de distintas condiciones económicas, sociales y culturales. ¡Machucha! La gran película de Wood me vuelve a la memoria una y otra vez. Los curas del Saint George apostaron por un colegio de integración de ricos y pobres. El golpe militar terminó con esta utopía maravillosa. ¿Estiraron los curas demasiado el elástico? La integración intentada por el Colegio San Ignacio el Bosque, del que procedo, y que me acogió cuando más lo necesitaba, dura hasta hoy. Hace exactamente 40 años los jesuitas piden a los padres y apoderados que ganan más, que paguen más, para que los que ganan menos, paguen menos. Tal vez no se han elegido familias pobres muy pobres. Se ha buscado un equilibrio. Pero las tensiones por mantener el sistema han cumplido ya muchos años, y la matricula diferenciada ha aguantado.
Esto es central al Evangelio. El movimiento estudiantil tiene al Señor de su parte.
Una Iglesia más amorosa
La Palabra de Dios es sabrosa, gusta a los niños como la leche. Con ella la Iglesia amamanta a sus hijos. El cristianismo es cosa de pequeños, es religión de humildes de corazón, es credo de franciscanos más que de jesuitas. Por cierto a algunos cristianos les toca aguantar en las trincheras del debate de las ideas. La obligación que tiene todo bautizado de pensar su vida a la luz de la fe en algunos casos constituye una profesión. Para la transmisión de la fe se ha vuelto imperioso contar con gente que pueda participar en el ágora de los medios de comunicación social y que se implementen pastorales que conviertan a los fieles en adultos en la fe, verdaderos iniciados en el arte de comprender las profundas transformaciones culturales con los ojos de Dios.
Pero la Iglesia sabe que la mayoría de los fieles vive su fe con sencillez y cuida al niño que pregunta cuando no sabe, que no puede aprender las cosas de golpe, que junta las manos al acostarse para abandonarse cada noche a la Divina Providencia. En virtud de la Palabra ella acoge a los fieles como madre, los acurruca, les garantiza un espacio a su ignorancia. Pero por lo mismo los puede infantilizar y apollerar. En ella no falta el bobo que de flojo no quiere oír ni entender la Palabra. Tampoco el cura modoso que enriela a los fieles con tareas de kindergarten.
La Iglesia en su expresión más madura convoca a adultos capaces de conversar, de discutir y de indagar con otros una verdad que, por tratarse de Dios mismo, solo se revela a los que no la tienen y que la conquistarán cuando termine la historia, porque ya ahora son poseídos por ella. Una Iglesia de adultos quiso el Vaticano II (años 1962-1965), uno de los tres o cuatro concilios más importantes en la historia del cristianismo. En esta oportunidad, a diferencia de los concilios anteriores, la Iglesia no condenó a nadie. El buen Papa Juan quiso conversar con todos, reconoció que se podía aprender del mundo, de otras culturas y tradiciones religiosas. La Palabra de Dios no se entiende si no sirve para dialogar con los otros. Si solo pudieran comprenderla “los nuestros” no sería Palabra de Dios. La Iglesia tiene la obligación de anunciar el Evangelio de la hermandad a los pueblos sin exclusión, promover una fraternidad entre todos, porque sabe que Jesús murió por todos. El Concilio nos hizo bajar la guardia, exponernos a la crítica, fomentar lo que nos une, no desesperar con lo que nos separa…
¿Qué está pasando?
Me pregunto de nuevo: ¿Qué está pasando?
Desde hace ya bastantes semanas los estudiantes se han sublevado contra la injusticia de la educación chilena. La población, en su gran mayoría, los apoya. El gobierno, por su parte, va cayendo en la cuenta de que sus demandas son razonables. No puede acogerlas todas, pero va ofreciendo soluciones. Los estudiantes estiman que estas no son suficientes, porque no van a la raíz del problema. El gobierno no entiende cuál es verdaderamente el problema. La “derecha”, en particular, no tiene la empatía para entender un problema típico de izquierdas. El gobierno debe resolver el problema, lo esperamos. Pero probablemente no llegue a entender nunca que lo que está operando aquí es un cambio de paradigma, un nuevo modo de comprender, es decir, de sentir y de entender lo que el país debe ser.
¿Qué hay en el fondo? No se trata de una molestia contra este gobierno en particular. La molestia se dirige contra los políticos de todos los sectores. El modelo en cuestión tiene 30 años (ley de 1981). Durante tres décadas este modelo se ha desarrollado en todas las direcciones de sus posibles abusos. Los estudiantes han perdido la paciencia en contra del abuso neoliberal en el plano que más afecta su presente y su futuro: la educación. La queja se centra en el “lucro”. ¿Qué se entiende por tal? Algunos estudiantes pueden distinguir entre “cobrar” y “lucrar”, distinción básica para avanzar en la solución del problema. En lo que sí todos concuerdan, es que nadie puede ganar dinero a costa de ellos. Esto es visto como una tremenda injusticia. No la van a dejar pasar.
También se considera injusticia que no haya educación pública gratuita para los más pobres. ¿Cómo no puede haber universidades públicas que garanticen posibilidades gratuitas a quienes no pueden pagar? ¿Que les eviten endeudarse gravemente ellos y sus familias, comprometiendo su futuro?
Tercera injusticia: si en el ámbito universitario la posibilidad de gratuidad no existe, en el ámbito de las escuelas y colegios de básica y media la gratuidad tiene visos de catástrofe. Los niños pobres que no pagan en las instituciones municipales reciben una pésima educación. Tendrían mejor educación si no hubiera colegios subvencionados, en los cuales “se salvan” los niños cuyos papás puede pagar algo para que tengan mejor educación y mejores amistades.
En fin, en los tres casos el factor económico es decisivo. Por ende, el reclamo por un “derecho constitucional” a una educación igualitaria y de calidad será letra muerta sino no se termina con la educación como “negocio”.
¿Qué hay todavía más al fondo? Aquí ya entramos al terreno de las hipótesis: a) Estamos ante el ocaso del neo-liberalismo, es decir, el término de la desregulación de la educación que ha hecho de ella un “bien de consumo”, permitiendo gigantescas inversiones y pingües negocios. Los estudiantes y la sociedad han reaccionado furibundos contra la mercantilización de la vida: esto de poner precio a todo y vender cualquier cosa. Lo que ha llevado a estafar con los precios de los remedios, los créditos de consumo, los recursos naturales… La crítica al signo peso ($$$) aparece por todos lados. En este caso, se advierte también un hecho notablemente positivo: una re-politización de la juventud. Toda una generación que reacciona políticamente contra la clase política. Jóvenes que dejan atrás el individualismo y comienzan a pensar en términos de país. Y, poco a poco, van trenzando alianzas con quienes, en situaciones semejantes, han debido aguantar abusos parecidos bajos otros conceptos (Mapuches, trabajadores, etc.).
La otra hipótesis: b) Estamos ante el mayor de los éxitos del mismo neoliberalismo: lo que estaría ocurriendo es un reclamo “individualista” y “materialista” de un sector de la población que ha logrado juntar fuerzas para darle una tajada a la torta sin importarle que otros más pobres salgan perdiendo e incluso arriesgando la viabilidad del desarrollo del país. Lo cual coopta la amargura social de quienes han visto a los demás ganar dinero y comprar a destajo, y hoy quieren resarcirse de un país que tiene plata y un Estado rico. Ocasión propicia para el festín del lumpen, que si no logra robar algo puede al menos destruir un semáforo.
Mi opinión es que en este fenómeno social hay de ambas cosas. Creo que estamos ante un cambio de paradigma extraordinariamente positivo. Desgraciadamente los cambios grandes suelen acarrear desmanes. Pero, independientemente de lo que sea, sumo mi fuerza a la primera posibilidad. Apuesto a los jóvenes y a los viejos que reaccionan contra la sociedad mercantilista que nos consume.
Hoy estuve en un panel en el College de la UC y me hice esta pregunta: ¿qué está pasando?:
Esto es lo que pienso:
1.- Observo un movimiento de jóvenes, estudiantes, que se ha levantado exigiendo justicia para la educación en Chile. Este movimiento ha captado la simpatía de una enorme cantidad de chilenos porque, según parece, tiene la razón. Los ciudadanos no entienden bien los detalles del problema ni saben cómo se podría solucionar. Pero han captado intuitivamente que la demanda por una educación de calidad y gratuita para la mayoría, es justa y debe conseguirse.
2.- Observo, además, que está teniendo lugar una cambio de paradigma en la comprensión de la educación, es decir, se está dando otro modo de pensar y de sentir lo que debe ser la educación en Chile, especialmente en cuanto a su responsabilidad y financiamiento. Estamos pasando del paradigma neo-liberal instalado hace 30 años (ley 1981), de acuerdo al cual la educación ha debido ser preferentemente “pagada”, a la idea de que debe ser ojalá “gratuita”; de ser responsabilidad de las “familias” a ser responsabilidad del “país”; de ser “desregulada”, entregada fundamentalmente las leyes del mercado, de la competencia feroz y del lucro, a ser “regulada” por el Estado.
3.- Veo, en suma, algo extraordinario: el surgimiento de una generación política de jóvenes. Sí, una re-politización de Chile, en el mejor sentido de la palabra, pues estos estudiantes están pensando y luchando por una causa colectiva, común, solidaria. Algo muy distinto al individualismo, al consumismo y a la mercantilización de la vida de las últimas décadas y que nos está comiendo con zapatos. La fricción se nota precisamente en el choque entre esta nueva y la antigua manera de ver la política. El gobierno está descolocado. No entiende el nuevo paradigma. Hace esfuerzos y ojalá logre llegar a un acuerdo en favor de una educación inclusiva e integradora. Pero no tiene ni la sensibilidad ni las categorías mentales que tienen los jóvenes, y según parece la oposición política, la concertación, tampoco entiende mucho, aunque trata de sacar partido de las circunstancias.
En vez de estar inquietos y aterrados, habría que estar llenos de esperanza. Vamos ganando. Este país sí tiene futuro. Apuesto a Giorgio J, la Camila y al resto de los dirigentes. Apuesto también a mis colegas académicos de la UC (cf. declaracionuc@gmail.com).
Vivimos un gran momento. Algo realmente nuevo puede surgir. Parece despertar una generación que cambiará el paradigma materialista e individualista del neo-liberalismo predominante en Chile desde hace 30 años, por un paradigma de vida social hondamente humano y solidario. Los jóvenes se han alzado no solo por conseguir algo para ellos. Luchan contra la desigualdad del modelo económico-social imperante, piensan en los otros y no solo en sus legítimos intereses personales y tienen una inquietud política en el más noble sentido de la expresión. Ellos quieren otro país del que han recibido y que, en buena medida, se les ha impuesto cultural y constitucionalmente.
Gran momento: las universidades tendrán que revisar su misión. Ya no bastará con universidades que formen profesionales si estos no tienen una visión de bien común. Especialmente las grandes universidades debieran replantear y reorientar su investigación y su docencia. ¿Cuál podrá ser el perfil de sus egresados? Ciertamente la universidad “negocio” que le ha chupado la sangre a los estudiantes no debe continuar. Universidades que para ganar alumnos gastan fortunas en publicidad que, por cierto, terminan pagándola los mismos estudiantes a 5, 10 ó más años plazo.
Estamos apunto, como país, de sacudirnos la mentalidad mercantilista que nos ha lleva a medirlo todo en plata. ¡Nada es gratis!, se nos dice. ¡Este es exactamente el problema! No se quiere reconocer que hay cosas que todavía son gratis, aunque en las escuelas de economía (incluso de las universidades católicas) hayan enseñado a ponerlo todo en cifras. Tal vez no estemos tan cerca de liberarnos de la cultura de los precios, las ofertas, las demandas y de los cálculos en moneda. Quizás el mordisco de Mamón, lo llamaría Jesús, ha sido muy profundo. El Dios-dinero parece invencible. Pero talvez aprenderemos a reconocerlo y a conjurarlo en ámbitos de nuestra vida en los cuales no se debiera comerciar.
MOMENTO DE CREACIÓN
Los chilenos vivimos un momento delicado. Las justas demandas por una educación de calidad e integradora de parte de los estudiantes universitarios y secundarios, han puesto, no solo al gobierno, sino al Estado y a Chile en una situación de entrampamiento. No son ellos los responsables de este cuello de botella. Por supuesto que aquí y allá han podido equivocarse en las maneras de pedir las cosas. Pero la clase política y el país, todos nosotros, tenemos una responsabilidad aun mayor. La situación es preocupante. Las tomas son la negación misma del diálogo. Peor aún fue el abuso de la fuerza del gobierno contra los estudiantes el 4 de agosto. La impresión de naufragio crece. Sería muy triste que prosperara porque, si algo hay que hacer, es no impacientarse y desesperar. Suele ser lo peor.
Pienso que hay tomar las cosas en la óptica totalmente contraria. Los tiempos de creación, como el actual, son inéditos. Toda construcción histórica de algo nuevo y mejor, pasa por momentos de duda, de incertidumbre, de conflicto y de riesgos que correr. Lo que ocurre a las personas también puede ocurrirle a las sociedades. A esta hora nuestro futuro como país, a propósito de este alzamiento por una educación justa, no está asegurado. La crisis siempre puede terminar en lisis. La salida no es automática. Pero habrá que concentrar todas las fuerzas para encontrarla. Chile hoy está llamado a la creatividad. Los chilenos debemos mantener la calma, recurrir a nuestra gente más sabia y experimentada, y a los espíritus más libres e ingeniosos. No podemos olvidar que tenemos una historia que nos indica una dirección. No vamos a cualquier parte. En 20 años hemos prosperado mucho. No podemos involucionar. Tenemos que recordar que somos un pueblo de poetas, que juegan con lo imposible.
En estas circunstancias me parece necesario recurrir a los materiales e instrumentos que más nos servirán para ejecutar la obra:
* En vez de sacarnos los ojos unos a otros atribuyéndonos las culpas, las que probablemente estén bien atribuidas, es el momento de cuidar a los representantes que harán de interlocutores autorizados para el diálogo. Tendríamos que evitar desautorizar a las autoridades gubernamentales y estudiantiles, y a cualquier otra persona o institución que colabore a llegar a un entendimiento.
* Bien podríamos disponernos a perder algo para ganar algo. Las diversas partes deben empatizar y entender la razonabilidad que hay en el argumento contrario, y desearle el máximo éxito dentro de lo posible. Ninguna parte puede perderlo todo. Todas las partes deben salir triunfantes, contentas de haber conseguido, no sin los adversarios, crear algo nuevo gracias al diálogo y la buena voluntad. Ojalá nos persuadamos que de ésta todos saldremos ganando, y nos dispongamos a lograrlo con los demás aunque sea arduo obtenerlo.
* Los medios de comunicación tienen una responsabilidad enorme en lo anterior. En vez de darle voz y prestarle micrófono a las fuerzas anárquicas y a la violencia, deben hacerlo con los espíritus más constructivos. Urge detectar autoridades y respaldarlas. Estas pueden surgir de los lugares menos pensados de la población. Esta, por lo mismo, merece estar mejor informada de lo que está ocurriendo. Necesita información más completa y más verdadera. Los medios de comunicación tienen que abrir un espacio amplio a la información y a la libre circulación de las opiniones, y superar con generosidad la estrechez de sus líneas editoriales.
* Hay que mirar todavía más al fondo del asunto: ha surgido una generación de jóvenes capaz de reaccionar contra la injusticia y de pensar en la suerte del país en su conjunto. Ellos están remando en contra de la sociedad de consumidores en la que nos hemos convertidos. Lo que despunta es una nueva sociedad de ciudadanos. ¿Despunta? ¿Podrá esta generación barrer con el neo-liberalismo que le ha puesto precio a todo? No sé si es exactamente esto lo que está en juego. Me gustaría que lo fuera.
Estamos en un momento de creación. Invoquemos a nuestros poetas. Confiemos que estamos haciendo algo importante.
La educación católica desafiada
La educación católica tiene la obligación de revisar sus propósitos y los medios para conseguirlos. No puede ser que en medio de cuestionamientos tan profundos a la educación chilena, ella se exima de replantearse su necesidad. ¿En qué colegios se vive el Evangelio y se da testimonio del amor cristiano? Esta es la pregunta que los colegios católicos debieran hacerse hoy.
A mi entender resulta básico considerar:
* Que la exclusión/inclusión es el signo de los tiempos sociológico que predomina por doquier (Profesor UC: Patricio Miranda).
* Que la Conferencia de Aparecida identifica a los pobres con los “excluidos”, es decir, los sobrantes y los desechables (DA 65), lo cual constituiría, sub contrario, uno de los signos de los tiempos teológicos que merece ser atendido con prioridad.
* Que la sociedad chilena es clasista; al punto que mundos sociales desiguales prácticamente no se encuentran, no interaccionan y suelen menospreciarse; lo cual conspira a la paz y a la comunión cívica.
* Que los reclamos de las nuevas generaciones en favor de educación gratuita, de calidad e integradora, obligan a los colegios católicos a revisar si su oferta educacional se ajusta a este anhelo de justicia o simplemente reproduce el tipo de organización de la educación que se deplora.
* Que no convence el argumento de educar a pobres y a ricos separadamente; tampoco convence que haya que educar a las elites para que ellas hagan del país una nación más justa: la elite tiene la primera responsabilidad en haber acostumbrado al país a la injusticia. La exclusión, cuando se practica, se aprende y se enseña.
* Que la competencia del mercado educacional ha obligado a los colegios a elevar los estándares de calidad, en perjucio de su capacidad para incluir a los excluidos. Los “mejores” colegios han pasado a ser aquellos que seleccionan a sus alumnos de acuerdo a las posibilidades de pago de los padres.
* Que el Estado sí anuncia el Evangelio cuando recibe a cualquier niño, a los “peores” alumnos: los más pobres, los enfermos, los ”malandras”, los fleites, los hijos de papás separados o de madres solas, etc. También la Iglesia recibe a estos alumnos. El 26% de los colegios católicos son gratuitos. Pero, ¿basta esto para quedarnos tranquilos? No creo.
En vista de estas consideraciones, propongo que los colegios católicos revisen a fondo sus criterios de SELECCIÓN de alumnos y adopten la INTEGRACIÓN económica, social y cultural, como el objetivo principal para hacer de Chile un país cristiano.
Hubo un film llamado Machuca. El colegio Saint George de los años setenta, debiera indicar el norte de la educación católica. La integración que intentó fue extrema. Los curas del Saint George hicieron de un colegio una “parábola”. Exageraron, como lo hacía Jesús. Tarde o temprano ese experimento fracasaría. Pero dieron una señal clara en la dirección correcta: el Evangelio. Integraciones pueden darse a grados distintos. ¡No hay excusas!
Buenos días a todos
El país está consternado. Cayó el avión que iba a Juan Fernández con 21 personas, entre ellas el equipo del programa de televisión “Buenos días a todos”. ¿Murieron todos? Lo más probable.
La noticia duele mucho. Este programa anima las mañanas de tantas familias y personas que salen del sueño, tomán desayuno y se apuran a partir al colegio y al trabajo. Sus animadores nos acompañan día a día en ese momento difícil en que cualquier mal rato nos puede echar a perder la jornada. Su propósito ha sido siempre animarnos, llenarnos de alegría y buenas vibras. Incluso cuando nos informan de algo tristísimo, saben acompañarnos y ayudarnos a entender lo sucedido.
Felipe Camiroaga los representa a todos. Temprano por la mañana lo hemos visto bromear, coquetear, empatizar con la audiencia en el mero hecho de querer vivir contentos. Un hombre empático, que ha sabido sacar fuera un de los aspectos más amables de nosotros mismos.
¿Qué haremos en la Iglesia…?
Los cristianos nunca hemos tenido una respuesta acerca de cómo será el futuro. Tenemos una esperanza. Pero no somos adivinos ni creemos que los haya.
Nuestra esperanza es el triunfo del Evangelio. Los cristianos, en momentos de grandes sufrimientos y sombras, practicamos la esperanza. Así anunciamos a los demás la Buena Noticia de Jesucristo.
Nuestra esperanza no es salvar la Iglesia. La Iglesia se salva cuando los cristianos aman el mundo. Ella renació todas las veces que hubo cristianos que amaron el mundo como Dios lo ama. Es necesario, por tanto, levantar la mirada. Observemos el país. Contactémonos hondamente con sus necesidades. Preguntémonos con audacia: ¿qué Iglesia necesita hoy nuestra patria? ¿El mundo actual? Reconozcamos que es difícil responder. Dejemos por un tiempo la respuesta entre paréntesis. Centrémonos en lo que los cristianos sabemos que es fundamental y que siempre, con la gracia de Dios, podremos practicar. En este recodo del camino en el que estamos, tres trabajos nos parecen importantes.
Un trabajo de diálogo
Necesitamos reflexionar sobre lo ocurrido. En esta sucesión de escándalos, no podemos cerrar los ojos hasta que todo vuelva a la calma. Tenemos que atacar los efectos en sus causas. ¿Por qué personas investidas del sacerdocio han abusado de menores? ¿Por qué sus autoridades jerárquicas han resuelto tan malamente estas situaciones? Necesitamos reflexionar, meditar y estudiar sobre lo que ha pasado para que nunca más una víctima sea desoída.
Pero esto no basta. Las aguas de la Iglesia están agitadas desde hace tiempo por otros motivos. No podemos quedarnos atrapados en el tema de los escándalos sexuales. Una reflexión a fondo sobre todos los temas difíciles exige un diálogo muy amplio. La Iglesia quiere ser significativa para Chile. Todos los chilenos, por tanto, tienen algo que decir de la misma Iglesia. El diálogo debe darse “entre nosotros” y “con los otros”. El diálogo, para que sea franco y sincero, debe darse no solo entre sacerdotes, no solo entre sacerdotes y religiosas, o entre sacerdotes, religiosas y laicos; ha de ser un diálogo entre compatriotas creyentes y no creyentes, con un origen y un desafío común: la patria compartida es anticipo de la patria eterna que los cristianos esperamos.
El diálogo “entre nosotros” no será fácil. Tenemos trabas, visiones distintas y posiciones tomadas. Talvez los obispos no pueden hacer los cambios que quisieran porque entre ellos no hay acuerdo en todo y dependen, además, de la comunión con la Iglesia universal, el Papa y los demás obispos. Es normal que así sea. Hacer avanzar una tradición de dos mil años requiere mucho esfuerzo y tiempo. Los sacerdotes nos vemos sometidos a fuertes tensiones, la principal de todas es tener una autoridad que progresivamente es desconocida por fieles que no siempre comparten la doctrina, la disciplina y un modo de organización eclesial que no les permite participar en las decisiones. El clero no puede expresar fácilmente su opinión sobre estos temas. Las religiosas sufren la falta de reconocimiento que nuestra sociedad hace rato sí está dando a las mujeres. No pueden incidir en las decisiones eclesiales en igualdad de condiciones que los sacerdotes. Son muchos los laicos que viven la frustración de no ser considerados. Experimentan la desafección, la desconfianza o tienen miedo de opinar. Muchos se sienten atropellados, algunos cierran filas y se radicalizan en posturas rígidas al ver cuestionada su fe. Otros están gravemente heridos por haber sido excluidos de la comunión eucarística dada una nueva relación de pareja tras un fracaso matrimonial. No pocos de ellos se perciben defraudados por la formación que recibieron al alero de la Iglesia y se ven tentados de desistir de todo intento de marcar la diferencia en un mundo hostil y que va dejando de ser cristiano.
Para que este diálogo “entre nosotros” sea posible, bien parece necesario oír primero a “los otros”, los no creyentes, los no católicos y nosotros mismos los católicos en cuanto no nos sentimos representados por la autoridad eclesial. El imperativo de anunciar el Evangelio a quienes no creen en él, raya la cancha de cualquier diálogo honesto sobre el país. Puesto que el Evangelio es para todos, nadie debiera quedar al margen o ser descartado por su opinión. Así creemos que se cumplirá el anhelo de una opinión pública en la Iglesia, reconocida como indispensable por los papas desde Pío XII en adelante. En la medida que el diálogo “entre nosotros” se dé encuadrado en el diálogo “entre todos”, el aporte de la Iglesia será relevante.
Para que este diálogo opere será necesario, en consecuencia, que los católicos participemos con libertad en el foro público abierto por los Medios de Comunicación Social, y que lo hagamos en las claves de comunicación que estos utilizan. Tendremos que procurar decir siempre la verdad, hablar sin recovecos, claro, pero con respeto. Tendremos que exponernos a la crítica y, por lo mismo, expresarnos de un modo autocrítico. Hemos de caer en la cuenta que no es mala voluntad que muchos no creyentes perciben a la Iglesia como algo completamente ajeno. La importancia del catolicismo dejó de ser obvio en la sociedad y la cultura.
Muchos católicos, además, tienen un duelo pendiente no reconocido y doloroso, después de haber sido parte activa de ella en otros tiempos. Pero también ha de recordarse que algunos se acercaron a Dios cuando la Iglesia, por una solicitud evangélica, salió en defensa de los perseguidos, independientemente de sus credos e ideologías. Fue hermoso, y puede volver a serlo; que haya gente que, aunque no crea en Dios, sí crea en la Iglesia.
Un trabajo de misericordia
La Iglesia habrá podido equivocarse muchas veces, pero ha sido infalible cuando ha amado a los pobres. Ella jamás ha fallado cuando ha atendido a los que lloran antes que a los que ríen, a los que no tienen que comer antes que a los que se cuidan para no engordar, a los que viven de fiado antes que a los que prestan con usura. Ella no debiera desentenderse de los usureros ni de quienes olvidan que hay familias que duermen entre tablas y cartones. Su misión es abrir las puertas del reino a todos, culpables e inocentes. A los inocentes, porque Jesús los representa. A los culpables, porque Jesús les ofrece el perdón de Dios. La Iglesia acierta con su misión cuando se pone del lado, saca la voz o sufre simplemente junto a las víctimas. Pero también cuando reconcilia a inocentes y pecadores.
En medio de esta crisis, debemos recordar que en América Latina nuestra Iglesia ha descubierto que en el corazón del Evangelio hay una opción de Dios por el pobre. Nos lo confirmó Benedicto XVI en Aparecida: esta opción es inherente a la fe en Cristo. No se puede ser cristiano si no se opta por el pobre.
Por esto, en estas circunstancias tan difíciles nos preguntamos: ¿quiénes son los pobres? ¿A quiénes afecta más la crisis de nuestra época? ¿Quiénes son los pobres en nuestra Iglesia?
Nuestra respuesta a estas preguntas es una sola: debiéramos ir a buscar a quienes sienten vergüenza de su pobreza, de su inadecuación social o moral en la sociedad o en la Iglesia. Mientras estas personas no encuentren un lugar en la Iglesia, el problema lo tenemos quienes nos hemos asegurado un puesto en ella. Hemos de ser nosotros quienes se avergüencen de no haber hecho lo suficiente por incluir a los primeros que Jesús incluiría.
También hemos de preguntarnos qué tienen los excluidos que aportar a la Iglesia. Si ellos entienden mejor que nadie qué significa el menosprecio, nadie como que ellos pueden indicarnos las vías de su propia dignificación. Ellos, que como víctimas o como culpables han pasado por la cruz del Señor, que han conocido su amor liberador, aprenden el Evangelio por sí mismos y no solo por un proceso pedagógico de transmisión de la fe. ¿No es exactamente esto, experiencias hondas de la propia miseria y del amor de Dios, lo que necesitamos para que nuestra Iglesia rebrote con fervor? Su voz debe ser oída con atención. Ellos tendrán mucho que decirnos a quienes talvez no hemos experimentado al Señor con tanto dolor. Quizás quieran también hacer descargos contra nosotros… Jesús reconoció autoridad a los excluidos: los oyó y obligó a los demás a escucharlos.
La fuerza misionera de la Iglesia Católica se comprueba cuando llega a los últimos. Mientras no vayamos a ellos, habrá que comenzar de nuevo. El camino inverso de ir a quienes acumulan privilegios para, por su medio, extender una obra extensa de evangelización, no debe descuidarse. Pero hay que ser conscientes de que, por esta vía, se suele olvidar lo principal, se limpia la imagen de los más ricos y se incrementa su poder. Nada nos alejará más de la vocación a la universalidad de la Iglesia Católica, que el catolicismo burgués, máximamente cuando se da en grupos sectarios que se creen mejores y desprecian a los demás. Juan XXIII nos diría que la nuestra tendría que ser reconocida como “Iglesia de los pobres”.
Es un enorme motivo de esperanza que nuestra Iglesia no solo es misericordiosa con los pobres sino que ella misma, en la mayoría de los casos, es efectivamente pobre. El catolicismo es una religión que deja un amplio espacio a la devoción popular. Las comunidades cristianas de base han encarnado como pocas las directrices principales del Concilio Vaticano II y de las Conferencias episcopales latinoamericanas. El mismo clero chileno es modesto: carece de seguridades, rebusca los pesos, vive bastante solo y veces desamparado.
La tarea de la misericordia es decisiva y perenne. Una Iglesia pobre que ama a los pobres, que defiende a los perseguidos, que se indigna contra la injusticia, que saca la cara por los que esconden la cara y que parte el pan con los que fracasaron, es infalible. Todo lo demás es secundario.
Trabajo de conversión
Necesitamos hacer cambios. No podemos esperar que otros lo hagan por nosotros. Sea que tomemos la iniciativa sea que nos toque colaborar en ellos, los cambios deben ser “nuestros”. Pero la tradición de la Iglesia desconfía del monje que quiere reformar el convento y no quiere reformarse a sí mismo. Los cambios que haya que hacer deben comenzar con nuestra conversión.
También el diálogo para ser sincero y la misericordia para ser realmente desinteresada, necesitan un cambio en nosotros mismos. El diálogo se desprestigia cuando las partes no están dispuestas a entender la posición contraria. La misericordia también puede arruinarse cuando hace de la caridad con el prójimo un medio publicitario.
El diálogo y la misericordia, como otras virtudes, piden de nosotros hoy “recomenzar de Cristo” (Aparecida, 12). Hemos de descender muy al fondo de nosotros mismos hasta encontrar al Señor ante quien podemos reconocer sin temor que somos míseros y que nuestra Iglesia sea miserable (Benedicto XVI). Somos pecadores. Debemos convertirnos. La conciencia de pecado es una gracia que debemos pedir para sanar nuestras heridas, corregir nuestras actitudes, enderezar nuestras inclinaciones y reorientar la vida por donde el Señor quiera llevarla.
En las circunstancias actuales, hemos de reconocer, por ejemplo, que hemos mirado a la Iglesia desde fuera. La hemos criticado con facilidad. La hemos visto solo como una institución que necesita ajustes estructurales. No hemos recordado con ternura que ella es la Esposa de Cristo. No la hemos defendido como lo haríamos con nuestra madre.
El individualismo ambiental nos atrapa. Nos hace pensar que es cosa de elegir la Iglesia, siendo que ella nos eligió a nosotros primero. ¿No fue por el bautismo que recibimos la libertad de los hijos de Dios? ¿Podemos decir tan sueltamente a la Iglesia “no intervengas en mi vida”? Hemos de reconocer que muchas veces supeditamos nuestra pertenencia a la eternidad a nuestra conveniencia inmediata. Regateamos con ella. Nos aprovechamos de ella, como quien explota una mina, la abandona cuando se agota el mineral y parte a buscar otros piques.
La conversión que necesitamos nos exigirá mucha contemplación. Será el Espíritu del Cristo resucitado quien nos cambie. Un trabajo de conversión requiere inquirir muy atentamente qué quiere Dios de nosotros. Tendremos que leer correctamente los textos. Los textos de la Sagrada Escritura en primer lugar. Cristo, el hombre del Espíritu, representa para nosotros el criterio máximo de cómo se vive en sintonía con Dios.
Pero hay otros dos textos que también tendrán que ser leídos e interpretados. Uno es el texto de la historia personal: a cada uno el Señor le ha dicho algo único, que a nadie más le ha dicho. Todos somos originales ante el Padre. Cada cual debe descubrir en su propia historia el camino que Dios va haciendo, identificar el pecado propio, sufrir la imposibilidad que es uno para sí mismo y abrirse a la nueva vida que nos será dada. San Pablo lo expresó muy bien al decir “por mí” el Señor murió en la cruz. Por otra parte, de la experiencia de haber sido resucitados en Cristo dependerá la construcción de un país y un mundo de hermanos, y de una Iglesia capaz de contribuir a esta causa.
El otro texto es la historia colectiva. Son los acontecimientos de nuestra época, en los cuales hemos de auscultar los “signos de los tiempos”. Estos solo se descubren a la mirada contemplativa, a las mentes vigilantes, a las personas empáticas y conectadas con la vibración espiritual de su generación. El Espíritu que habilita a ver más adentro, es el mismo Espíritu que va gestando cambios colectivos significativos que representan un progreso en humanidad y que la Iglesia va reconociendo como el Evangelio a la medida de la época.
A través de un ir y venir triangular entre estos tres textos, nuestra conversión podrá ser honda y responder a la pregunta por la Iglesia que el país necesita. Por medio de este trabajo contemplativo, podremos incorporar en nuestra conversión la posibilidad de que se desmorone lo que no da para más y, sin llorar, nos pleguemos a la acción del Espíritu que reforma y reconstruye la Iglesia a través de trabajadores espirituales.
Las señales de una conversión a la altura de los cambios históricos serán la humildad y la creatividad. Ella consistirá en sumarse a la acción del Creador. No podrá ser nunca una obra voluntarística y menos un título que engrandezca el ego. Un quehacer que se aparte de la empresa recreadora de Dios, solo retardará la Iglesia que andamos buscando.
¿Son “católicas” las universidades católicas?
Son “católicas” las universidades católicas? Difícil decirlo. En realidad, esta pregunta solo puede responderla el Padre Eterno. Si no fueran cristianas, no serían católicas. Pero solo Dios sabe qué es cristiano y qué no. Sin embargo, la pregunta nos sirve para orientarnos en lo que buscamos. Esto es, una universidad al servicio de la misión de la Iglesia.
El marco más amplio en el que se ubica el tema, es el de la relación de la Iglesia con la sociedad. La universidad católica hace real este vínculo. La universidad depende del vínculo que la Iglesia establezca con la sociedad. Pero también la Iglesia depende del vínculo que la universidad establezca con la sociedad. En este ir y venir de la Iglesia a la universidad, en la sociedad, depende el cumplimiento de la misión de la Iglesia, cual es la civilización del amor (Pablo VI).
La relación de la Iglesia con la sociedad puede darse en diversos esquemas eclesiológicos. Hasta el Concilio Vaticano II ha podido prevalecer un esquema decimonónico de confrontación y de condena de la Iglesia a la modernidad. Este planteamiento ha caracterizado una discordia estéril y nociva. Muchos de nuestros contemporáneos se han alejado de la Iglesia. Pero, por otra parte, nuestras sociedades no han llegado a conocer suficientemente el Evangelio y sacar de él todas sus consecuencias humanizadoras y socializadoras.
En el Vaticano II se hicieron presentes otros dos esquemas eclesiológicos, ambos positivos. Entonces la Iglesia se planteó en términos amistosos ante la época. En uno de ellos, todavía se acentuó la diferencia entre Iglesia y mundo: se supuso que ambos eran los interlocutores de un diálogo a favor de mayores niveles de humanidad. Pero la representación ha sido la de una realidad frente a la otra; la de un diálogo de la Iglesia “con” el mundo, en el entendido de que la Iglesia enseña y, a veces, aprende del mundo.
En un segundo esquema, también conciliar, se entendió que la Iglesia es una realidad “mundana” en el mejor sentido de la palabra. En este caso la Iglesia está “en” el mundo y el mundo “en” la Iglesia. Todo lo que ella tiene que aportar como evangelización puede hacerlo solo de un modo “mundano”. En otros términos, de un modo empático y autorreflexivo. Esto es patente en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes:
Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia (GS 1).
En este esquema la Iglesia no se impone a la cultura contemporánea (esquema preconciliar) ni dialoga simplemente con ella (primer esquema conciliar), sino que discierne en ella –en su propia mundanidad– los signos de los tiempos y anuncia el Evangelio en clave verdaderamente civilizadora.
Este último esquema fue posible elucidarlo en la medida que prevaleció en el Concilio la convicción teológica de la salvación universal. Lo fundamental, absolutamente esencial, pasó a ser el amor de Dios por todos los hombres y el de éstos entre sí (LG 14). El concilió reconoció explícitamente que Dios encuentra a cada uno y a cada pueblo el camino de su salvación, por vías que la Iglesia puede desconocer (AG 7). La verdad de la salvación pasó a ser un dato antropológico cumplido ya en toda la humanidad gracias al acontecimiento Jesucristo. Esto no hace superflua a la Iglesia, pero la obliga a redescubrir su ubicación en la historia y a redefinir su servicio de la humanidad.
¿Qué podrá significar este modo de entender las relaciones de la Iglesia con la sociedad y la cultura, para las universidades católicas? Por lo menos dos cosas:
- La universidad encuentra la verdad “en” la sociedad. Ella no tiene ninguna verdad que enseñar a nadie que haya podido ser descubierta sin los demás o por vías divinas pero no humanas. (Como ocurre con la Encarnación: a Dios lo encontramos completamente en el hombre Jesús).
- La universidad católica constituye un lugar de arraigo de la Iglesia en un mundo en el que la verdad, incluso la verdad de Cristo, se encuentra gracias al diálogo y la discusión, a la crítica y a la autocrítica.
La universidad católica, en realidad, no dialoga “con” la sociedad, sino “en” la sociedad. En el tejido de lo humano, social, cultural e históricamente en desarrollo, pasándolo todo sin excepción por la criba de la razón, la universidad católica destila la verdad eterna en verdades temporales civilizadoras y, por esto mismo, preserva a la Iglesia del fideísmo, del fanatismo y de múltiples equivocaciones.
¿Son “católicas” las universidades católicas? Sí, cuando buscan la verdad que Dios nos revela humano modo, esto es, a través de todos los hombres, en la pluralidad de lo humano y en el incesante cambiar de los tiempos.
Los jóvenes “la llevan”
Lo que ha está ocurriendo es impresionante. Presentimos que lo es. Porque en buena medida no sabemos qué está sucediendo. Pero, como todo hecho histórico extraordinario, no se sabe dónde irá a parar. La historia chilena a estas alturas puede dar un gran salto adelante, pero también puede atascarse o involucionar a niveles penosos de deshumanización. Se ha dado. Así son las crisis importantes, en las vidas de las personas y en las de los pueblos. Los que han podido vivir a fondo una crisis, podrán ver estos acontecimientos con cautela, incluso con preocupación, pero sobre todo con serenidad y esperanza. El movimiento estudiantil, lo confieso, me llena de esperanza.
Sin ser experto en análisis socio-políticos advierto que son los jóvenes quienes predominan y, vaticino, prevalecerán. El futuro de Chile, en estos momentos, depende sobre todo de ellos. No solo de ellos. Pero contra ellos no se hará nada. Se traspasó el punto del “no retorno”. Los mayores, las personas más experimentadas de nuestra sociedad y nuestra clase política ayudarán a encauzar el futuro, queremos que lo hagan, pero el entusiasmo, la rabia y la porfía le pertenecen a la nueva generación. Ella, y no el gobierno, no la institucionalidad que contuvo por años un consenso social que nadie debiera fácilmente despreciar, ella es la que tiene la “sartén por el mango”. Son los jóvenes quienes han logrado catalizar las fuerzas políticas vivas del país, gozan de enorme simpatía en la ciudadanía y no aceptarán imposiciones de derecho o de hecho. Es una generación formidable. Brilla por su autenticidad. ¿O es esta un espejismo? ¿Un Wishful thinking?
Puede ser que las apariencias engañen. Puede ser que, a fin de cuentas, termine primando la lógica que en esta época atribuye dignidad y respeto a las personas: el consumo. El mercado ha hecho de todos nosotros “consumidores”. Lo que hoy da identidad, es poder comprar, ganar para comprar, encalillarse para comprar. Consumir. Es fácil engañarse. Puede ser que esta generación no sea, en realidad, lo generosa e idealista que quiere hacernos creer que es. Puede ser que se trate de consumidores de educación agobiados por la deuda contraída. ¿Y sus padres? ¿Están los papás pensando en la educación chilena o solo en “su hijo/a”? Esta puede muy bien ser una “revolución de los consumidores”. ¿De los aprovechadores…? Sería lamentable. Sería muy triste que los estudiantes fueran, al fin y al cabo, una generación individualista y oportunista. ¿No pudiera ser su demanda de educación universitaria gratuita un reclamo sectorial, que ellos estarían dispuestos a sostener aun a costa de recursos que debieran, en primer lugar, ir a la educación básica y secundaria? ¿No querrán perder la oportunidad de convertirse en el 10% de la capa social más rica del país, los profesionales, a costa de recaudaciones de impuestos que podrían financiar escuelas y liceos miserables?
Pero no hay que atacar al consumo así no más. El consumo también es cauce de expectativas muy legítimas. ¿Quién no quisiera adquirir un refrigerador? ¿Una lavadora? Es legítimo comprar un auto. ¿Lo es cobrar por educación? No es ilegítimo querer pagar por ella. ¡Salvar a un hijo de la educación municipal mediante el co-pago…! Aun en el caso que fuera legítimo que haya instituciones que cobren por educar, hay poderosas razones para pensar que la causa de los jóvenes es justa. En la “selva” de la educación universitaria chilena -diversidad de calidad y de precios, intereses bajos para los más ricos y altos para los más pobres, inversiones gigantes de universidades piratas, altísima inversión en marketing para encarar la feroz competencia por alumnos (marketing que termina siendo pagado por los mismos alumnos), instituciones tradicionales (no tradicionales), locales (no locales), estatales (con negocios privados), privadas con o sin investigación, y con o sin sentido de bien común, etc.-, los estudiantes piden fin al lucro, piden calidad y piden gratuidad. Piden igualdad de posibilidades, tras años de discursos políticos pro crecimiento. Crecimiento, crecimiento…, la igualdad se conseguiría por rebalse. Voces disidentes lo advirtieron: la desigualdad sostenida a lo largo de los años se convertiría en una bomba de tiempo. Los jóvenes claman contra un modelo de desarrollo cuya injusticia se manifiesta en otros ámbitos (trato a los mapuches, negocios del retail, colusión de farmacias, pesqueras y productoras de pollos, estragos en el medio-ambiente…). El problema no es propiamente el consumo. Es una institucionalidad que ha interiorizado una mentalidad mercantil en el plano de la educación, y también en otros planos, provocando una reacción alérgica y una enorme desconfianza contra los representantes del mercado.
Esto es lo que el gobierno no ha podido entender, poniendo en juego la gobernabilidad del país. El gobierno negocia, gobierna poco. Va de pirueta en pirueta. No comprende. Carece de las skills emotivas, vitales y circunstanciales para darse cuenta de lo que ocurre. Acusa a la dirigencia estudiantil de ultra, sin darse cuenta de que ha perdido autoridad y puede perder el poder. No percibe que lo que tiene delante de los ojos puede no ser una mera revolución de consumidores, sino también un cambio de mentalidad política y, no hay que descartar, una revolución a secas.
Creo que la demanda estudiantil es justa. Se dirá que es desmesurada. Se dirá que a los jóvenes también los anima el consumismo, el oportunismo, el revanchismo social, la irresponsabilidad adolescente o el ánimo de divertimento. No sería raro que estemos ante una mixtura. Las cosas humanas son así. El asunto hoy es sumarse al curso más noble del proceso. Entenderá, el que se comprometa con él. Si se crea una institucionalidad justa, y prospera la justicia, los demás asuntos que nos inquietan terminarán por ordenarse solos.
Somos ciudadanos y somos consumistas. ¿Qué ha de primar? Si me preguntan, quisiera que los chilenos fueran ciudadanos, personas capaces de pensar en clave de “país”, sensibles a las legítimas expectativas de todos. Este es el asunto principal: una re-politización de Chile, pues la política, la institucionalidad, los partidos y nuestros políticos, en estos momentos, no son capaces de contener demandas justas de participación en los bienes que nos pertenecen a todos. Este es, creo, el asunto. No hay que perderse. No hay que distraerse con los episodios de violencia, los encapuchados o los semáforos arrancados de cuajo.
El asunto –quisiera que fuera así, lo reconozco- es algo notable: despunta una generación joven de ciudadanos, una nueva generación política. Estos jóvenes luchan por “causas”. ¿Puede haber algo más extraordinario? ¿Puede el país tener una alegría mayor que saber que su descendencia está a la altura de la historia? ¿Que siendo meros estudiantes se embarcan en la ciudadanía y, remos que van, remos que vienen, aprenden a navegar?
Hasta hace poco el chileno medio y bien nacido lamentaba que las nuevas generaciones no quisieran inscribirse en los registros electorales para votar. ¡Gran tristeza para un país que tiene orgullo político! ¿A qué nos conduciría una generación abúlica, individualista, egoísta y hedonista? A la desintegración, sin dudarlo. Pero, ¿no era este desgano total de los jóvenes con lo electoral el antecedente exacto de un despertar arrolladoramente político? He oído de los líderes estudiantiles que luchan ya no por ellos (a punto de egresar), sino por “sus hijos”. Les creo. Creo, quiero creer, que la indiferencia política juvenil de hace poco es la contratara del extraordinario compromiso con el futuro de Chile y la alegría en la que hoy los jóvenes se reconocen a sí mismos. Espero que los jóvenes voten en las próximas elecciones. ¡Voten lo que crean en conciencia que es lo mejor para el país! Voten, y no se dejen llevar por los sectores anarcos que prefieren hacer saltar el sistema. Los “monos” ciertamente no votarán. Los “monos” y los papás que con su voto solo piensan en el bien de “su hijo/a”, pueden erosionan la democracia.
Lo que tenemos delante de los ojos es el dramático surgimiento de una nueva generación política. No sabemos si tendrá suficiente fuerza para prevalecer. Si se abrirá paso en la maraña de una clase política que ha perdido el norte ético, el individualismo consumista de alumnos y apoderados, el ánimo de vendetta social de los sectores anarquistas, o sucumbirá en el camino. Mucho dependerá de la sensatez de los mismos jóvenes para buscar las mejores ayudas para su propia organización y del diálogo, comenzando por la ayuda de los mayores que han terminado por encontrarles la razón. Casi todo dependerá de los jóvenes. Los vientos soplan en favor de sus velas.
Espero que los partidos, las coaliciones y el gobierno tengan la inteligencia para entenderlo, y hagan lo que les corresponde. El 2012 viene muy difícil.
Entrevista de Adviento
María, primeriza de la humanidad
Navidad. Nace Jesús. El Hijo de Dios nace como hijo de María.
Nunca hemos tenido a Dios tan cerca que cuando un niño fue más nuestro. Jesús. Este, Jesús, es el nombre más humano de Dios. El misterio de este niño no es un enigma oscuro, indescifrable, amenazante. El único Dios verdadero se abstiene infinitamente de sí mismo, para que prospere el hombre, crezca y se agigante. En Jesús no encontramos a un gran hombre, si no al mejor de todos. En Jesús no encontramos al mejor de los dioses, sino al único Dios. El único Dios puede solo lo que él puede: hacernos más humanos, simple y radicalmente humanos. Jesús, su extraordinaria humanidad, trasparenta su origen eterno. La honda humanidad de Jesús, por otra parte, desvirtúa esas divinizaciones que nos desorientan y deshumanizan. Para reconocer dónde Dios es Dios, hay que concentrar la mirada en el pesebre, en la humildad de sus huéspedes, en el niño inerme y en la primeriza. La primeriza de la humanidad auténtica.
La “anormalidad” de la Sagrada Familia:
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=vKVyK_Qrl8g#!
Año Nuevo
Año nuevo. Año viejo… Los viejos siempre tienen algo nuevo que decir. ¿Sí? Los viejos que han hecho historia, sí. No hablo de epopeyas, sino de haber vivido a fondo. Los viejos que vivieron a fondo, que no desesperaron, que confiaron en el traspaso del hombre de generación y generación, que estuvieron a la altura del homo sapiens que sabe porque muere y que muere para saber aun más, esos viejos inmortales, sencillo talvez pero imperecederos siempre tienen algo nuevo que decir. Ellos sacan aguas frescas de sus propios pozos, aguas que sacian la sed de esos jóvenes que alguna vez tendrán también algo nuevo que decir.
El riesgo es repetir. “¿Un año más?”, “Son veinte, son treinta, cuarenta…”, dice la cumbia. El “Año nuevo” tiene mucho de vano: el reloj, los segundos, los fuegos artificiales… Hasta la champagne puede ser superficial cuando se espera pasar al otro año como si el que muere fuera siempre peor. El nuevo puede ser mejor, por cierto. Pero, ¿es necesariamente malo el que se fue? ¿Fue? ¿Fue vivido realmente? ¿Cuándo termina de ser vivido un año: el 2011, el 2005, el 2007…? Nadie puede decir que el 2007 haya terminado antes de probar un vino de esta cosecha.
La celebración del Año Nuevo es ocasión de vivir, de celebrar, de alegrarse por lo que viene, porque queremos vivir y vivir mejor. Esto será posible, empero, si no sacamos tan rápidamente la cuenta. Es necesario mirar con amor el año que termina y “darle tiempo” para que lo que en algún momento pareció un fracaso dé los frutos que entonces eran impensables.
La persona humana no ha sido creada simplemente para el futuro. Lo suyo es la eternidad. Su vocación es que toda su vida, todos sus momentos, adquieran un valor trascendente.
La virgen María, nana
Han causado molestia estas líneas mías sobre María. Fueron fuertes, lo reconozco. Pido que se distinga al menos a dos destinatarios: uno, el cristiano privilegiado que maltrata a la nana; otro, el cristiano privilegiado que trata bien a la nana. De estos conozco montones. Conozco nanas que no se cansan de elogiarlos. Esto lo digo con conocimiento de causa. Soy el sacerdote de una comunidad cristiana en la cual muchas de las mujeres participantes son asesoras del hogar (como les gusta que se les llame). Ellas mismas dirigen la comunidad.
Hecha esta distinción, no entiendo porque pueda sentirse aludida una persona que, porque es cristiana, exige respecto a estas mujeres. Sí debieran sentir vergüenza y dolor quienes, siendo cristianas, miran en menos y tratan mal a las personas que les sirven.
Esto dicho, pido que se lea de nuevo lo que he escrito. Una lectura atenta tendría que concluir que el Mediador de la salvación es Cristo, el Verbo hecho hombre en la humildad de la carne (como ha podido serlo el hijo de una nana). Todo rezo a María -Ave María o rosario- que implique esta convicción clave de la Iglesia (Concilio Vaticano) merece el máximo respecto. Está bien encaminado y cumple su objetivo: llegar a Cristo por su madre. Pero una piedad mariana que no conduzca al Cristo que se identifica con los pobres…
En estos términos, creo, es posible entender las palabras del Magnificat. María nos estremece. La Virgen alaba a Dios diciendo:
“Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc 1, 51-53)
El trato a las nanas en Chicureo y otras partes da que pensar. Da más que pensar cuando el mal-trato a las nanas es ejercido por sectores sociales cristianos. ¿Cristianos? No, anti-cristianos. El cristianismo verdadero pone las cosas patas para arriba. Es normal que los privilegiados en una sociedad consideren en menos a los demás. En la óptica de Jesús, en cambio, los despreciados son los predilectos de Dios.
¿Pudo la virgen María ser nana? Perfectamente sí. Habiendo huido a Egipto, ella, José y el niño, no sería extraño que ella haya debido trabajar. ¿Por qué no? Eran pobres. ¿Habrá cuidado niños egipcios? Si lo hizo, probablemente los amó con el mismo amor con que amó a Jesús. ¿O los amó menos porque no eran suyos? María es madre de Jesús y madre nuestra gracias al Espíritu Santo que es el amor mismo de Dios en su corazón, y el nuestro, que nos hace trascender los lazos de la carne para amar al prójimo sin discriminaciones.
Digo esto porque los cristianos que tratan a las nanas como las servidoras que ellos merecen para distinguirse entre los distinguidos, no saben que han entendido todo al revés. No los “salvarán” sus ave marías y sus rosarios, sino un hombre que no podemos descartar que haya sido hijo de una nana. Una mujer que tal vez no pudo cuidarlo varias horas en el día, porque debió cuidar niños ajenos.
Cristo hoy
Me preguntaron por Cristo hoy. Interesante tema. Se lo podría abordar por muchos lados. Escojo uno. Imaginémonos tres fronteras. Tres espacios en los que se debate el concepto de Cristo.
La primera frontera es la externa. La podríamos llamar también la frontera asiática. El cristianismo en el contexto del pluralismo religioso tiene dificultades para hacer creer en el amplio mundo que Jesús es el salvador único y universal. Lo es. A esto los cristianos no podemos renunciar. Pero hemos de encontrar la manera de explicar que Cristo está estrecha e inseparablemente vinculado a las otras tradiciones religiosas de la humanidad, tan respetables como el propio cristianismo. Hoy los mismos cristianos son tentados a considerar a Jesús como un hombre extraordinario pero nada más. Como si considerarlo “Dios” fuera un insulto a los otros credos.
La segunda frontera es interna. A muchos cristianos les cuesta creer que Jesús fue un ser humano. El monofisismo, que la Iglesia rechazó porque propagaba la idea de un Jesús imperfectamente humano, una especie de “super-man”, sigue presente en muchas mentes. La adhesión a un Cristo de este tipo impide entender que a más divinidad más humanidad. En otras palabras, que la salvación es un progreso incesante en niveles de humanidad. En la eternidad no dejaremos de ser hombres, sino que lo llegaremos a ser cada vez más.
La tercera frontera no sé bien cómo llamarla: ¿misionera? ¿liberacionista? ¿calcedónica?. Hay un cristianismo que procura la salvación de todos a partir de los últimos, los marginados, los discriminados…. En este caso Cristo, es el Jesús que optó por los pobres y que ofreció el reino a pobres y pobres de espíritu (los que optan por los pobres). Es, a la vez, el caso de Cristo resucitado que experimenta en sí mismo la justicia y, rehabilitado por Dios como inocente, ofrece el perdón sin excluir a nadie. Por ser Dios, este Cristo puede ser hondamente humano y liberador. Por ser hombre como nadie lo ha sido, revela que Dios puede lo que el hombre no puede: amar a los inocentes (que suelen ser tenidos por culpables) y morir por los pecadores (que muchas veces parecen inocentes o “normales”).
Digo frontera calcedónica, porque en el gran concilio de Calcedonia la Iglesia enseñó que Dios no compite “contra” el hombre, sino “con” el hombre. Es decir, que la plena divinidad del Hijo de Dios se manifiesta en la perfecta humanidad de Jesús; y, por extensión, que Cristo es la medida de lo humano doquiera lo humano se dé. Calcedonia no lo dijo, pero estaba implícito: Cristo resucitado alcanza a toda la humanidad a través del Espíritu, a todas las tradiciones religiosas y culturales, y activa en todas ellas las búsquedas de la justicia y de la paz.
Este es el espíritu que predominó en Asís, recién el año pasado. Veinticinco años después que Juan Pablo II se reuniera a orar con los líderes de las principales religiones, Benedicto XVI ha hecho lo mismo.
Jóvenes en partidos políticos
Video:
http://peregrinos-robertoyruth.blogspot.com/search?q=costadoat
Me parece de máxima importancia que los jóvenes estén creando un nuevo partido político. Jackson, Crispi, no sé quién más. “Revolución democrática”, creo que se llama. Ojalá muchos otros se inscriban. Camila ya participaba en el Partido Comunista. ¡Gran cosa! A la DC, no hace mucho, entraron varios. ¿Quién más? No sé. Me produce alegría, cualquiera sea el caso.
No hay democracia sin partidos. Los pasos de estos jóvenes a una participación formal en partidos políticos son pasos de una generación magnífica. No digo que la generación que ha gobernado después de la dictadura, que ha hecho próspero a Chile como nunca en su historia, no dé para más. No lo creo. Habría que distinguir. Tampoco hay que descartar que en la derecha haya gente que esté haciendo bien su pega. Estoy seguro que el gobierno está haciendo muchas cosas buenas. Pero el futuro del país estaba gravemente comprometido con jóvenes que no querían participar en las elecciones. Aun está por verse si lo harán…
Los partidos son clave. La democracia se termina cuando el país le entrega el destino a los caudillos, los iluminados, los matones, los dictadores… Entonces comienza la involución en humanidad que siempre está a la puerta esperándonos con toda suerte de tragedias.
No me inscribiré en ningún partido. Pero si me toca votar, lo haré por uno que tenga hartos jóvenes.
Centro Teológico Manuel Larraín
http://peregrinos-
Prólogo a libro de Antonio Bentué
Este es el Prólogo al libro del Profesor Antonio Bentué Jesucristo en el pluralismo religioso. ¿Un único salvador universal?, que será lanzado el martes 8 a las 19,30 en la Casa Central de la P. Universidad Católica (sala Manuel José Irarrázabal).
La pretensión de un único salvador del mundo, Cristo, es para los cristianos tan irrenunciable como problemática.
Los cristianos creen que Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado para su salvación y la salvación del mundo. Esta convicción les obliga a salir de sí mismos y anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra. La misión cristiana, en principio, comprueba a los mismos cristianos que cumplen con su identidad de hijos e hijas de Dios en la medida que proclaman que todos los seres humanos somos hermanos y hermanas, llamados a vivir en justicia y paz en virtud del amor del Padre.
Esta convicción, sin embargo, ha sido practicada, desde los mismos comienzos de la religión cristiana, de un modo complejo o traumático. Los cristianos, arraigados en el mundo, no siempre han sido conscientes de que sus mejores intenciones evangelizadoras han escondido poderosos intereses narcisistas, dirá Antonio Bentué, intenciones de manipulación y de conquista universal. En otros casos, la confesión de la absolutez del cristianismo les ha servido para la defensa, también violenta, de territorios y empresas muy mundanas.
Hoy, en tiempos de plena globalización, cuando el mundo se interrelaciona multiplicando los contactos y a una velocidad vertiginosa, la unidad de la humanidad y, por ende, la necesidad imperiosa de justicia, se acrecienta. En Europa y en América Latina, así como en otras partes del globo, las religiones pueden ser factores de paz o de intolerancia, de concordia o de conflictos. El ataque a las Torres Gemelas, corazón del imperio norteamericano, ha sido justificado con razones religiosas. No se puede decir que el Islam haya entrado en conflicto con el cristianismo, pero muchas personas pertenecientes al mundo no-cristiano, e islámico en particular, han simpatizado con el derrumbe simbólico de una nación que, a menudo, ha hecho del cristianismo el aliento de su expansionismo. Deben recordarse, por otra parte, las innumerables iniciativas de búsquedas de unidad (ecuménica) y de diálogo (interreligioso) que, aquí y allá, a veces pequeñas, ayudan a tejer un mundo compartido y más pacífico. El encuentro de oración en Asís de 1986 entre líderes de diversas religiones, por ejemplo, ha representado un anhelo hondamente querido por millares de seres humanos de nuestra era e indica la senda por donde seguir.
No han sido las guerras de religión europeas o las cruzadas para rescatar el santo sepulcro intentos legítimos de defensa de la verdad del cristianismo o de la religión verdadera. Hoy, avergonzados, podemos decir que aquella obsesión por la verdad doctrinal, que también puede percibirse en nuestros días en determinados ambientes del catolicismo, se tradujo precisamente en un formidable antitestimonio de la verdad del Evangelio. Este, creemos hoy, no necesita prosperar a la fuerza ni por coacción. Es más, muchos pensamos que la violencia sacra es la peor de todas, pues nada causa más daño que invocar el nombre de Dios para imponerse a los demás. El Dios de Jesucristo se expone al rechazo libre del ser humano y respeta la autonomía de las conciencias.
En estas aguas navega esta obra de Antonio Bentué, maestro y amigo. En ella aborda uno de los temas centrales del quehacer teológico internacional. Pocos temas son tan urgentemente actuales. La Iglesia posconciliar tiende a ser cada vez más universal y, por lo mismo, experimenta una enorme tensión para construir la unidad. Surgen posibilidades de varios “cristianismos”: asiático, negro, latinoamericano, feminista, del primer mundo… Todos ellos descubren, poco a poco, esos “caminos por Dios conocidos” (GS 22) por los cuales otras personas, que no comparten la fe cristiana, pueden llegar a reconocer que Cristo es su Salvador y el Salvador universal. ¿Cuánto tendría que ceder el magisterio de la Iglesia Católica en formulaciones de doctrina, de moral y de liturgia para que estos “cristianismos” alcancen la unidad que el Padre de Jesucristo quiere para sus más diversos hijos e hijas?
Antonio Bentué, de la mano del Concilio Vaticano II y de la mejor teología del siglo XX, avanza distinguiendo entre el Misterio de Cristo y su verificación histórica, la cual se ha dado explícitamente en la Iglesia y el cristianismo tradicional, pero que también es preciso reconocer en la animación de las demás tradiciones religiosas. Bentué apunta a lo fundamental: la misericordia. Allí donde se ha dado un trascender los mezquinos intereses religiosos, la religión autojustificatoria o pretendidamente superior a las demás; allí donde el amor samaritano por el ser humano ha sido practicado por cristianos, por creyentes de otras denominaciones religiosas o por personas “de buena voluntad”; allí Jesucristo, el Salvador, ha operado a través de su Espíritu.
La tarea es compleja. El cumplimiento de semejante misión universal de misericordia aún necesita clarificaciones teóricas. La justicia no se consigue sin superar formulaciones de fe inadecuadas. El “frente” latinoamericano ha apostado a la universalidad de Cristo desde “el reverso de la historia”: la teología de la liberación ha relativizado la necesidad de la Iglesia, toda vez que ha procurado reconstituirla a partir de la solidaridad con todas las víctimas del mundo y de la opción preferencial por los pobres. La identificación del Cristo, el Mesías, con Jesús de Nazaret, que anunció el reino a los pobres y por ello fue asesinado, resulta decisiva. El “frente” asiático, por el contrario, reclama que una identificación completa entre el Verbo de Dios y Jesús de Nazaret, de lo cual se sigue en los hechos un cristianismo estrechamente vinculado al mundo occidental, dificulta una inculturación del Evangelio entre los asiáticos. Jesús no tendría por qué agotar la virtud salvadora de Dios o del Logos.
Es mérito de esta obra, también, el recorrer algunos tramos significativos de la Iglesia en Latinoamérica donde se perciben luces y sombras. Si es verdad que no faltan ejemplos de una evangelización acompañada de violencia, como muestra el autor, también puede comprobarse el esfuerzo de otros que hicieron avanzar la reflexión creyente en la dirección adecuada, conforme al Evangelio y a la dignidad humana
Autorizados por el trabajo de nuestro autor, recordamos que cuando en Chile los obispos fueron capaces de amparar, proteger y defender a las víctimas de la persecución y la tortura independientemente de sus ideas religiosas, hubo incluso quienes no creyendo en Dios, sí llegaron a creer en la Iglesia. Entonces entendimos que la confesión de Cristo como Mediador absoluto de la salvación tiene sentido cuando rehabilita al ser humano en la dignidad de su conciencia y de su libertad, cuando promueve la concordia y la justicia de las que la paz depende.
Jorge Costadoat
¿En qué están las universidades católicas?
¿Son las universidades católicas una contribución a una sociedad justa? Debieran serlo. ¿Pero lo son realmente? Difícil saberlo. ¿Es posible saberlo? Sí, a condición de revisar si el “perfil de egreso” de sus estudiantes hace posible su contribución a la justicia. Habría que examinar ciertamente caso a caso. Lo que no se debería decir es que, por ser “católicas”, estas universidades son elitistas, forman meros profesionales, promueven la intolerancia religiosa en la sociedad, responden a la demanda de ideología del capitalismo… Cuando todo esto ocurre, estas universidades defraudan su misión. La inclusión, la integración, la justicia y la fraternidad social son algunas de las exigencias políticas del cristianismo y, por ende, fines irrenunciables de la educación católica.
El tema puede abordarse desde muchos ángulos. Desde la óptica curricular, hay mucho que hacer. En varios casos, por cierto, no se parte de cero. Hay universidades cuyos currículos contemplan medios de contacto social. Pero, en general, se acusan muchas carencias. Aristóteles nos recordaría que hay dos tipos de conocimientos, el genérico, propio de las ciencias, y el singular, del que no puede haber ciencia. El mismo Aristóteles nos enseña que, en cualquier caso, “el conocimiento comienza por los sentidos” El conocimiento científico, en mi opinión, debiera ser amalgama de ambos saberes. Tratándose de las universidades católicas, el mayor desafío se sitúa en este plano. El plano epistemológico. La formación cristiana de los universitarios debiera intentar algo muy difícil de conseguir. A saber, una síntesis “personal” –que ha de comenzar ya durante la formación de los estudiantes- entre ciencia para una sociedad más justa y experiencia de una sociedad penosamente injusta. El problema que aqueja a las universidades latinoamericanas en general, y no solo a las católicas, es que no han generado –tal vez porque no han tenido bastante autonomía intelectual respecto de las universidades americanas que ponen los estándares- los mecanismos que capaciten a sus estudiantes para exponerse a la realidad del prójimo personal, social y políticamente considerado; ese “otro” que puede criticar sus modos de ver el mundo y enseñarles a criticar el estatuto científico de la enseñanza que reciben. Pues, la ciencia universitaria, desarrollada dando las espaldas al conocimiento del prójimo singular y de sociedades singulares, es ciencia de “los grandes del mundo” (diría Jesús), la herramienta más útil para apoderarse de él.
La catolicidad de la formación de las universidades católicas en su dimensión social se juega a nivel epistemológico: estas han de formar personas intelectualmente capaces de incrementar la ciencia, pero no cualquier ciencia. Solo aquella ciencia que efectivamente sirve para edificar sociedades compartidas. La ciencia que ha de interesar a estas universidades debiera alcanzar conocimientos de excelencia en un diálogo con la comunidad científica internacional, pero echadas a la vez las raíces en la realidad de los más necesitados. Esta ciencia se desarrolla –esta es la clave- en la fragua de la “mística”. Aunque suene raro, ¡mística! Esta es, la experiencia de reconocimiento de Cristo mediada por un “contacto” con las víctimas: la experiencia decisiva de “tocar” a los crucificados y de “dejarse tocar” por los crucificados, contacto que para el cristianismo tiene un valor absoluto (Mt 25, 31-46). Las universidades católicas tendrían que capacitar a sus estudiantes para fundir los conocimientos del aula con los conocimientos de la vida humana real; y, en particular, el conocimiento que una persona puede macerar en el ir y venir del aula a los hospitales, a los campamentos, a las cárceles…. Así los estudiantes abrirán los ojos a un mundo mucho más amplio del que les vio nacer. Así aprenderán a cuestionar los conocimientos recibidos y, sobre todo, a cuestionarse a ellos mismos. Esta es la crítica universitaria decisiva, y no las notas con que se califica los aprendizajes.
De aquí que, si se trata de examinar si las universidades católicas están cumpliendo con su misión, es preciso revisar si el currículo considera que los estudiantes tengan experiencias de encuentro directo con personas pobres (pobres, digo, en términos generales, ya que hay muchas maneras de serlo). En estas experiencias los universitarios no debieran ir a “dar” si no están dispuestos a “recibir”. El “otro”, cualquier ser humano, tiene algo que decir sobre sí mismo y también sobre la sociedad en que vive. Los universitarios tendrían que experimentar la impotencia de los pobres. Pero también aprender de ellos como se lucha por la vida. Aun más, tendrían que ingresar al quinto cielo de la mística auténtica –porque existe también la falsa mística-: la experiencia de comprender la inocencia de unos seres humanos que, como Cristo, se nos hace creer son culpables. Esta es la mayor perversidad del clasismo: convencernos de que los pobres merecen su miseria. Si los egresados de las universidades católicas llegan a darse cuenta que la maldad también configura la cultura, tendrían que desear rectificarla en la raíz. ¿Hay algún currículo universitario capaz de ofrecer a los estudiantes experiencias que les hagan juntar amor y rabia como para desarrollar una pasión por la justicia para cambiar las cosas? Las universidades católicas que no ayuden a sus estudiantes a soñar un mundo mejor compartido, dense por fracasadas como católicas. Tampoco son universidades.
Pero el asunto toca también, aun antes, a la carrera académica. ¿Qué académicos, qué intelectuales se están formando? ¿Quién financia la investigación? ¿Qué investigación premian las facultades? Nada puede ser más desequilibrante que la investigación pagada por las grandes corporaciones, bancos y empresas. Las mismas donaciones de los particulares, queriéndolo directamente o no, pueden servir para cambiar el statu quo o para consolidarlo. Por de pronto, las universidades católicas tendrían que someter a examen los criterios con los cuales se evalúa el progreso académico. En estos criterios se evidencia hacia dónde se orienta realmente la ciencia que los investigadores cultivan o plagian. Porque es plagio transmitir conocimientos que no son verificados como justicia para el mundo sufriente. Mucha de la investigación, ¡la locura por publicar en revistas ISI!, parece haber perdido completamente el norte. Bien podrían las facultades estimular la investigación destinada a generar la cultura del bien común. No basta con que las universidades católicas admitan alumnos de sectores populares, lo cual ya es un gran mérito. Si ellas no atacan el fuego en la base, solo podrán desclasarlos y uncirlos de nuevo a la carreta del clasismo. Es necesario ir al fondo del asunto. Las universidades católicas deben revisar qué entienden por ciencia, para quiénes realmente la hacen y, talvez, rediseñar por completo el perfil de acceso a profesor titular.
La eucaristía, sacramento de misericordia
La Eucaristía ha sido llamada el “sacrificio”. La referencia es obvia a la muerte de Jesús en la cruz. Lo que no es tan evidente es el significado correcto que ha de darse al “sacrificio” de Jesús como para que la Iglesia, al celebrar la Eucaristía, no festeje un asesinato. La crucifixión de Jesús, hechas las debidas precisiones, es el “sacrificio” del amor y la Eucaristía, por ende, constituye el sacramento del amor por excelencia. Esta ha de revivir el camino de Jesús a la cruz, como el de un hombre que reclama contra una injusticia y representa a todos quienes son estigmatizados como culpables siendo inocentes.
A continuación me centraré solo en un punto de este delicado tema: la actitud de Jesús ante su muerte inminente. Después de lo cual sacaré algunas conclusiones para entender mejor la Eucaristía.
La muerte de Jesús: ¿sacrificio o asesinato?
El sacrificio de Cristo, si no se entiende correctamente, puede terminar significando lo contrario[1]. Si no se entiende que el sacrificio de Cristo consiste en la entrega de amor de Jesús a la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias, puede terminar significando un acto ciego, indiferente a las razones históricas que lo han provocado; puede ser considerado un acto compensatorio para reparar el dolor con dolor; puede hacernos pensar que lo único cuenta es que el Hijo haya muerto en la cruz (lo cual resta sentido a la predicación que Jesús hizo del Reino); puede, en definitiva, inducir a pensar en un “pacto secreto” o una “connivencia” de orden providencial entre Caifás y el Padre de Jesús. Dado que Caifás recomendaba la muerte de uno, Jesús, para salvar a la nación (de la amenaza de los romanos), Dios habría agradecido este gesto como sacrificio de un ser humano inocente, su Hijo, para otorgar el perdón de los pecados. Pero, ¿necesitaba Dios de una víctima de la violencia para salvar? Si en algún sentido la Eucaristía celebrara el crimen de Caifás, estaría celebrando exactamente lo contrario. Pues Cristo en cruz desenmascara la crueldad de las autoridades contra los “chivos expiatorios”[2], los inocentes que las agrupaciones humanas (sociedades, familias, escuelas, etc.) neutralizan para conservar la paz. (El bulling es hoy el caso más nítido).
Mal que nos pese, en el Antiguo Testamento muchas veces la violencia tiene un valor sacro. Allí, el mismo Señor de Israel puede ser violento. Tomo el caso de un texto maravilloso, pero peligroso: el Siervo Sufriente de Isaías 53. Esta figura ha sido aplicada a Cristo para entender su sacrificio (cf., Hch 8, 32-35). El problema es que, como toda aplicación metafórica, en parte acierta y en parte no. A mi juicio, Isaías 53 es útil para referirse a la inocencia de Jesús. Él es el Hijo que cumple a la perfección la voluntad del Padre. Es el Siervo que acata la voluntad de Dios aunque le cueste la vida. El carga con los efectos mortales de los pecados de la humanidad, en vez de traspasar los males a terceros. El Siervo no se venga ni se desquita contra los que lo hieren cruelmente. Pero, a mi parecer, es obligatorio apartarse del otro aspecto de la metáfora: el texto nos dice que Dios hace pedazos al Siervo para el perdón de los pecados. Se afirma:
“Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco que él abrió la boca” (Is 53, 6-7).
“Mas plugo al Señor quebrantarle con dolencias. Si se da asimismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca al Señor se cumplirá por su mano” (Is 53, 10).
La imagen de Dios que surge de este texto es la de alguien que, para salvar, castiga. En este caso el Señor castiga a su Siervo que carga con la culpa de los demás. La aplicación de este tipo bíblico a Jesús se ha comprendido apresuradamente. ¿Encaró Jesús la muerte como un borrego humillado por Dios y por los hombres, sin quejarse ni abrir la boca como nos dice Isaías 53? Una lectura desatenta de la Escritura induce a reconocer en Jesús la pusilanimidad del Siervo; y, por otra pare, a pasar por alto las aristas de la real actitud de Jesús ante la cruz inminente.
Pues bien, en la historia del cristianismo este y otros textos del Antiguo y Nuevo Testamento han sido utilizados para sustentar teologías aberrantes sobre el sacrificio de Cristo. Las teorías expiatorias han marcado la teología cristiana especialmente durante el segundo milenio con penosas consecuencias. Roberto Daly, uno de los expertos en el tema, distingue cuatro pasos que se repiten en estas teorías: (1) el honor de Dios fue dañado por el pecado humano; (2) Dios demandó una víctima sangrienta inocente / culpable que pagara por el pecado humano; (3) Dios fue persuadido de cambiar el veredicto divino contra la humanidad cuando el hijo de Dios ofreció cargar con el castigo de la humanidad y; (4) la muerte del Hijo funcionó de este modo como un pago; la salvación fue comprada. Daly concluye: “detrás de esto hay un imagen de Dios que es fundamentalmente incompatible con lo central de la autorrevelación del Dios de la Biblia amoroso y compasivo”[3].
Bien vale detenerse en extenso en textos evangélicos que nos hablan de una actitud muy distinta de Jesús ante su muerte inminente. Ellos cierran absolutamente las puertas a justificar/sacralizar la violencia que se ejerce en contra suyo. Por el contrario, su actitud desenmascara el intento de hacer pasar su crimen como una necesidad salvífica metafísica. Jesús no va al patíbulo como oveja al matadero. Lo humillan, pero el no interioriza la humillación a modo de virtud. No se autocompadece.
Dice Lucas:
“Entonces Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los oficiales del templo y a los ancianos que habían venido contra Él: ¿Habéis salido con espadas y garrotes como contra un ladrón? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas ésta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas” (Lc, 22, 52).
“Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al consejo, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy” (Lc 22, 66).
“Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices” (Lc 23, 3).
“Cuando le llevaban, tomaron a un cierto Simón de Cirene que venía del campo y le pusieron la cruz encima para que la llevara detrás de Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí, vienen días en que dirán: ‘Dichosas las estériles, y los vientres que nunca concibieron, y los senos que nunca criaron’. Entonces comenzarán a decir a los montes: ‘caed sobre nosotros’; y a los collados: ‘cubridnos”. Porque si en el árbol verde hacen esto, ¿qué sucederá en el seco?” (Lc 23, 26).
”Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y echaron suertes, repartiéndose entre sí sus vestidos” (Lc 23, 33).
Dice el Evangelio de Juan:
“Entonces Judas, tomando la cohorte romana, y a varios alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allá con linternas, antorchas y armas. Jesús, pues, sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Ellos le respondieron: A Jesús el Nazareno. Él les dijo: Yo soy. Y Judas, el que le entregaba, estaba con ellos. Y cuando Él les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús entonces volvió a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús el Nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; por tanto, si me buscáis a mí, dejad ir a éstos” (Jn 18, 3).
“Entonces el sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas. Jesús le respondió: Yo he hablado al mundo abiertamente; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. Cuando dijo esto, uno de los alguaciles que estaba cerca, dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal; pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?” (Juan 18, 19).
“Entonces Pilato volvió a entrar al Pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús respondió: ¿Esto lo dices por tu cuenta, o porque otros te lo han dicho de mí?” (Jn 18, 33).
“Pilato entonces le dijo: ¿Así que tú eres rey? Jesús respondió: Tú dices que soy rey. Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37).
“Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, se atemorizó aún más. Entró de nuevo al Pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato entonces le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte? Jesús respondió: Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba; por eso el que me entregó a ti tiene mayor pecado” Jn 19, 8).
Estos textos nos hablan de algo muy distinto de lo que se nos dice en Is 53. Jesús no va a la muerte como quien acata la voluntad de un Dios que necesita un “sacrificio humano” para perdonar los pecados. No se dice que Dios lo sacrifique. Dan más bien la impresión de un Jesús sustentado globalmente por su Padre. Jesús habla, no va mudo. Se queja, argumenta, increpa, se muestra desafiante, casi altivo. Le pegan por insolente. Trata de igual a igual a cualquiera. No lo llevan como a un explotado, sino como a un “Señor”. Él es siervo porque cumple la voluntad de Dios, no porque soporte que abusen de su dignidad. No cede al poder despótico. Su virtud no está en aguantar las ofensas, sino en la valentía para enfrentar a las máximas autoridades religiosas y políticas, y a sus policías y soldados. Va a la muerte como alguien consciente de su inocencia, encarando a sus adversarios por la injusticia que están cometiendo contra él. ¿Se podría inferir de estos textos que Jesús creyó ser la mejor de las víctimas ofrecidas a una Divinidad que –como en el film de Mel Gibson- necesita sangre para vengar la sangre?
De hecho la solución de Caifás es política. El Sumo Sacerdote había dicho “es mejor que muera uno a que perezca toda la nación” (Jn 11,50; cf. 18,14). Que los cristianos hayan visto en esta misma muerte la salvación de Dios debe entenderse solamente en el sentido contrario. El evangelista Juan ironiza de Caifás. Este, para salvar a Israel, quiere matar a Jesús. Jesús, para que el reino de Dios llegue, reclama su inocencia. René Girard dirá que Caifás hace de Jesús el “chivo expiatorio”, a saber, el inocente clásico en contra de quien personas y multitudes descargan la violencia que amenaza destruir el cuerpo social. Esto no se habría sabido, dirá Girard, si en la cruz no se hubiera revelado una lógica nueva y que, desde entonces, fecunda el planeta a favor de las víctimas inocentes. Esta es, la lógica del amor que pone al descubierto que, lo que hace Caifás, arrastrando tras de sí a los demás, constituye el verdadero pecado. La resurrección de Jesús, experimentada como justicia por los testigos que pudieron sustraerse a la opinión sacrificialista predominante, constituye el juicio de Dios contra Satán, el “Acusador”. Pues el Espíritu del Resucitado, el “Paráclito” (= Abogado), da testimonio de Jesús en contra del Sanedrín, las veces que los discípulos recordaron el triunfo de Dios sobre la injusticia (cf., Hch 10, 34-43). Ellos comprobaron que la lógica revelada en la cruz era la misma de la del pastor que, por salvar a la oveja descarriada, es capaz de arriesgar a las noventa y nueve restantes (cf., Lc 15, 4-7).
De aquí que, si Dios es amor (cf., 1 Jn 4, 8), el cristianismo debe entender el sacrificio de Jesús, en primer lugar, como la entrega/asesinato de un inocente. Y, solo en cuanto esto no se olvida, debe también recordarse como entrega libre del mismo Jesús a la voluntad de salvación gratuita del Padre. Fuera de estos cauces, la versión litúrgica del sacrificio cristiano podría experimentar una “desconversión”[4]. En este caso, el mecanismo del “chivo expiatorio” (condena de inocentes para salvar a los culpables) adoptaría una articulación eucarística perversa (acción de gracias a Dios por el crimen de Jesús).
El sacrificio, ¿en mesa o en ara?
Normalmente la categoría de “sacrificio” refiere a un acto del hombre a favor de Dios. El sacrificio cristiano, en sentido estricto, se funda en el sacrificio de Dios a favor del hombre. En palabras de B. Sesboüé: “… hay que decir que el sacrificio de Jesús es ante todo y sobre todo un sacrificio que Dios hace al hombre, antes de y a fin de poder ser un sacrificio que el hombre hace a Dios”[5]. En consecuencia, la Eucaristía es acción de gracias por el amor gratuito de Dios manifestado en Cristo Jesús. Fuera de estos términos, la Eucaristía corre el riesgo aliar a Dios con Caifás, con Judas, con Pilatos y con los demás personajes de la tragedia de la cruz, como si juntos, y sin distinción alguna, se hubieran puesto de acuerdo para reconciliar a la humanidad mediante la entrega de Jesús. Y si, peor aun, y para cerrar el círculo, Jesús se hubiera auto-inmolado. Fuera de los términos mencionadas, la Eucaristía se convierte en su contrario.
El Concilio de Trento estableció que la Eucaristía es sacrificio (DH 1743). Pero no hace las distinciones necesarias para no malinterpretar su significado. En nuestra época, por ejemplo, “sacrificio” es el entregarse amoroso de una madre por sus hijos; pero también los costos sociales pagados por multitudes a favor de la concentración de la riqueza.
La equivocidad de este término puede hacernos creer que Jesús es el “chivo expiatorio” cuyo sacrificio la Eucaristía rememora para que Dios perdone los pecados, como si fuera un animal que se descuartiza sobre un ara. La Eucaristía no está en línea de continuidad con los sacrificios aztecas u otros parecidos.
Para la Iglesia la Eucaristía ciertamente es sacrificio, aunque Jesús no use este término para expresar el sentido de su propia muerte. Si nos atenemos a las palabras y gestos que Jesús usó a este efecto, hemos de considerar la Eucaristía, sobre todo, como la Cena del Señor. Esta clave de lectura de la Pasión del evangelista Juan es menos equívoca para enseñarnos en qué consiste el amor de Dios. También Trento radica el sacrificio en la Cena. Es en la Última Cena que Jesús revela, a través del lavado de pies, el significado de la cruz inminente. Ella será amor, porque es Jesús que se entrega hasta el final en servicio a sus discípulos. Pero ella será también recuerdo de un crimen. Su celebración inhibirá a los cristianos de pretender salvar la sociedad mediante la violencia. El evangelista Juan aterriza cristológicamente el mandamiento principal de Israel. Se ama a Dios, amándose los discípulos entre ellos como (Jesús) los ha amado (cf., Jn 15, 12).
Por otra parte, en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas de la Última Cena, Jesús asocia su entrega pascual al pan y al vino que él da a sus discípulos y que ellos han de partir y compartir en memoria suya. En este caso la cena ha de continuar la práctica de Jesús de comer con los excluidos (pobres, pecadores y fracasados) y de esta manera anticipar el banquete del Reino en el que triunfará definitivamente el amor de Dios. Nos parece que entonces se entenderán a cabalidad esas otras palabras proféticas de Jesús: “Id, pues, a aprended qué significa aquello de: Misericordia quiero y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9, 13). No es que los templos, los sacerdotes y el sacrificio eucarístico pierdan su importancia. Estos son los instrumentos sacramentales del amor secular de Dios manifestado puertas afuera de Jerusalén por Jesús y por aquellos que, como Jesús, aman a Dios toda vez que se aman y se perdonan como hermanos.
La Eucaristía, en consecuencia, tiene que ser memorial de la Cena y de las cenas que Jesús tuvo con aquellos que merecían misericordia, porque ellas recuerdan la causa ulterior del asesinato de Jesús: el advenimiento de la salvación gratuita para aquellos que creen que Dios es Padre. Las autoridades religiosas no pudieron tolerar que Jesús comiera con publicanos y pecadores, socavando su tinglado religioso de premios y castigos (cf. Lc 5,30).
La Eucaristía, en definitiva, debe recuperar la historia de Jesús. Debe ahondar en la figura histórica real del Cristo que anuncia el reino a los pobres y a los pecadores, y que por esto lo matan. Si olvida las vicisitudes históricas conflictivas de la salvación, la Eucaristía puede terminar significando su contrario. A saber, la acción parricida de un Dios capaz de sacrificar a su propio Hijo, inocente, para salvar a la humanidad pecadora. Este mito metafísico no suscitará jamás una glorificación auténtica de Dios, sino solo una fe y un amor interesados y llenos de miedo. La violencia no salva. La violencia se devora a sí misma. “Jesús es el único hombre que alcanza el fin asignado por Dios a la humanidad entera, el único hombre en esta tierra que no debe nada a la violencia y a sus obras”[6]. Sirvan las mismas palabras de Jesús para concluir la diferencia: “Si supierais qué significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, no condenaríais a los inocentes” (Mt 12, 7). La Euraristía, en resumen, ha de significar la misericordia de Dios con los pecadores y con los que son tenidos por tales, siendo inocentes.
[1] Bernard Sesboüé et al, Salvador del mundo. Historia y actualidad de Jesucristo. Cristología fundamental, Salamanca 1997, 115ss.
[2] Cf., René Girard, El chivo expiatorio, Barcelona 2002.
[3] Robert J. Daly Sacrifice unveiled, New York 2009, 179.
[4] Cf., Bernard Sesboüé et al, Salvador del mundo. 115ss.
[5] Bernard Sesboüé, Jesucristo el único mediador, Tomo II, Salamanca 1990, 233.
[6] René Girard, El misterio de nuestro mundo, Salamanca 1982, 245.
Muere monja de población
Ha muerto Elena Chain Curi, monja de población. Dudo que alguna vez haya salido su nombre en la prensa. Pudo haber sido noticia, de haberse cumplido contra ella el balazo con que la amenazaron durante la dictadura. No sé. Los diarios de la época “estaban en otra”. Este domingo sepultamos a una mujer que no fue una monja cualquiera. Fue una monja de población.
El año 1965 –puede ser que me equivoque en la fecha- el personal pastoral de la iglesia de Santiago puso en un gran papelógrafo el mapa de la ciudad. En él se destacaba con pinchos dónde se ubicaba el clero y las religiosas. La gran mayoría se concentraba en los sectores pudientes de Santiago. A impulsos del Concilio Vaticano II, tras constatarse esta injusta distribución de los consagrados, las religiosas iniciaron un éxodo masivo a las poblaciones más pobres. Dejaron los colegios de clase alta. Partieron a meter las botas en el barro.
Desde entonces hasta hoy, estas monjas lo han sido todo: enfermera, dirigenta poblacional, caudilla, educadora, jefa de la olla común, catequista, vendedora de bingos, profesora en tejidos en arpillera, rondín, confidente, sacerdote y mamá. Han ido donde nadie va. No han estado pendientes de que alguien diga de ellas son “santas” o algo así. Su concentración en el prójimo ha sido total. A los largo de estos años se corrió la bola. Los perseguidos, los hambrientos, los enfermos, los drogadictos, los alcohólicos, las embarazadas adolescentes, los inmigrantes, los sin techo, cualquiera, se ha refugiado en sus casas. Allí ha recibido una taza de té, un pan con margarina y cariño, mucho oído y amparo. ¿Cuántos niños han hecho las tareas en sus casas? ¿A cuántos ancianos estas mujeres les han comprado los bonos de Fonasa y acompañado en la cola del doctor? Las poblaciones que han contado con una Elena Chaín, han podido pasar el invierno protegidas.
Esta monja de la congregación del Amor Misericordioso las representa a todas. La recuerdan con lágrimas en El Montijo, Cerro Navia… Participó en la Toma de Peñalolén y fundó allí la comunidad Enrique Alvear. Con tenacidad y alegría, enseñó a los adultos a leer la Biblia. La desconocían. Apenas siquiera juntaban palabras. Ella no hizo distinción entre casados y re-casados. Tampoco entre los que tenían fe y los que no. Trató a los demás como a iguales. Todos aprendieron de ella a levantar la cabeza, a no anularse ante nadie, a vivir con dignidad. Su casa era un entrar y salir de gente. Los últimos años, ya vieja y enferma, sobrecargada de penas ajenas, llegaba a la misa envuelta en lanas. Poco después, a los ochenta años, partió sonriente de misionera a La Serena. Iba llena de entusiasmo. Desde hoy en adelante su comunidad de base de Peñalolén, en cada eucaristía, seguirá pidiéndole salud, calefacción, monedas para la locomoción y, más que nada, su sabiduría y su esperanza.
¿Por qué todo este recuerdo? Bien podría guardarme un reconocimiento que tiene mucho de personal. También podría ahorrarme estas palabras de elogio a una generación de religiosas con quienes re-comenzó el cristianismo. La Vicaría de la Solidaridad y las monjas de población, en mi opinión, son lo mejor de la Iglesia chilena del post-concilio. Esta es la Iglesia de los pobres conque soñaron Hurtado y Manuel Larraín, Medellín y la Teología de la liberación. Hago este recuerdo porque, aunque la historia nunca se repite, el país y la misma Iglesia necesitan faros que indiquen cómo, y cómo no, se crece en humanidad.
Nuestra propia teología
En 500 años de historia América Latina ha dependido intelectual y teológicamente de Europa. Esto, que por muchas razones es explicable, no tiene más razón de ser. Nuestro cristianismo latinoamericano debe pasar a la adultez. Hasta ahora nos hemos comportado como niños en la fe. Hemos dejado a nuestros antecesores la responsabilidad de pensar por nosotros. Hemos sido flojos para generar nuestros propios intelectuales y teólogos. Nos devora la inmediatez pastoral. Nos falta reciedumbre para aguantar el rigor de “pensar lo no pensado” (P. Trigo). La recepción que en América Latina vamos haciendo del Concilio es un paso firme hacia una nueva etapa. Sin embargo, la “opción preferencial por los pobres” -nombre del Concilio en nuestro continente- quedará en nada, si no somos capaz de sustentarla teóricamente. El cristianismo no se agota en la intuición ni en la práxis. Exige siempre descubrir la fe en la razón y la razón en la fe. Un catolicismo adulto, como el que necesitamos, requiere de una teología propia.
No podemos seguir dependiendo de la teología europea, además, porque la fuente se va agotando. La crisis de la Iglesia europea es demasiado grande como para que sigamos esperando que “piensen” por nosotros o nos envíen “pensadores”. Agradecemos a tantos misioneros que nos han ayudado en la tarea de “dar razón de nuestra fe”. Si no fuera por ellos, nuestro cristianismo sería aún más infantil. La mejor manera de agradecerles es tomar el relevo y desarrollar nuestra propia teología.
De la Teología de la liberación se ha dicho que murió; que se la eliminó; que hoy no tiene nada más que ofrecer; que es una herejía que la Iglesia condenó.
Algo de todo esto es cierto, aunque depende cómo se lo entienda. Pero siempre era posible que volviera a resurgir. Su fondo era cristianismo puro. Así pudo entreverlo el segundo documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1986) que reconoció su valor y el mismo Juan Pablo II declaró que, al menos bajo ciertas circunstancias, esta teología era incluso “necesaria”.
Lo que nunca nadie imaginó era que un “teólogo de la liberación” llegara al más alto puedo de la Congregación que vela por la ortodoxia en la Iglesia Católica: Gerhard Ludwig Müller. ¿Cuestión de decadencia en la Iglesia, dirán algunos? ¿O de infiltración demoníaca, pensarán otros? Puede también ser que la Teología de la Liberación sea teología católica tal como otras y que, en consecuencia, su aporte incrementa las aguas de la comprensión de Cristo. Así lo pienso yo al menos.
Lo más extraordinario es que esta teología que ha descubierto en el misterio de Cristo una Opción Preferencial de Dios por los Pobres, con innumerables consecuencias sociales y eclesiales, haya entrado a esta Congregación como en su propia casa.
No se puede decir que Gerhard Ludwig Müller sea un “teólogo de la liberación” tal cual los latinoamericanos. El es europeo y sus preocupaciones son también otras. Su experiencia pastoral y teológica en América Latina, sin embargo, le han hecho amigo de Gustavo Gutiérrez, el “padre de la Teología de la liberación”, y de varios otros teólogos de nuestra región.
Del libro Del lado de los pobres. Teología de la liberación (CEP, Lima 2005), escrito con Gutiérrez, extraigo algunas citas que vale la pena tener en cuenta. La interpretación que Müller hace de la teología de Gutiérrez, a mi juicio, tiene mucho futuro.
En mi opinión, el movimiento eclesial y teológico que bajo el nombre de “teología de la liberación” surgió en Latinoamérica luego del Concilio Vaticano II con repercusión en todo el mundo, debe contarse entre las más importantes corrientes de la teología católica del siglo XX (p. 29).
La teología de la liberación no es una sociología decorada con religiosidad ni un tipo de socioteología. La teología de la liberación es teología en sentido estricto (p. 37)
De ninguna manera puede hablarse aquí de la primacía de una praxis ortodoxa sobre la ortodoxia misma. Hablar de una primacía de la praxis sería poco más.o menos que reducir el cristianismo a una ética. Se trata más bien de participar en la praxis misma de Dios en el amor y esto se conoce cuando hay fe en la palabra por la que Dios se revela (p. 37).
La opción por los pobres no excluye a los ricos. Ellos son también objeto de la acción liberadora de Dios, en la medida en que son liberados de la angustia de tener que pensar que la vida sólo es posible a costa de arrancársela a otros. Frente a pobres y a ricos, la acción liberadora de Dios apunta a convertir a los seres humanos en verdaderos sujetos y, por tanto, personas libres de cualquier forma de opresión o de dependencia (p. 39).
Por la cruz y la muerte de Jesús, Dios señala al mundo como terreno de una nueva y transformadora creación. La cruz es así la revelación de la opción de Dios por los que sufren, los despojados de sus derechos, los torturados y asesinados. En la resurrección de Jesús de entre los muertos, Dios define de manera prístina y ejemplar qué es realmente la vida y de qué manera la libertad se convierte en la capacidad de existir para los demás y en luchar porque la vida se desarrolle en condiciones dignas (pp. 39-40).
Por eso, frente al quiebre del sistema capitalista convencional y de su mentalidad inhumana, la teología de la liberación mantiene toda su actualidad. Lo que diferencia a la teología de la liberación tanto del marxismo como del capitalismo es lo que en el fondo une a estos dos sistemas supuestamente enfrentados: una imagen del hombre y una concepción de la sociedad donde se elimina el papel que cumplen Dios, Jesucristo y el Evangelio para la humanización individual y social del hombre (p. 44).
La teología de la liberación no morirá en tanto haya seres humanos que se adhieran a la acción salvífica de Dios y que hagan de la solidaridad con sus semejantes, cuya dignidad ha sido enlodada, el criterio de su fe y la motivación para su vida en sociedad. teología de la liberación significa, dicho brevemente, creer en un Dios que es Dios de la vida y garantía de salvación para todos los hombres. Por eso lucha contra los ídolos que significan muerte precoz, pobreza, miseria y degradación (p. 45).
Gutiérrez se refiere con frecuencia a la equivocada interpretación que se escucha en simpatizantes y adversarios de la teología de la liberación. Se trata de la opinión de que esto es un trabajo para teólogos tan interesados en los problemas humanos que se sienten con fuerzas para incursionar en especialidades ajenas a ellos como la economía, la política y la sociología, pero perdiendo de vista que el tema propio de la teología es la relación del hombre con Dios. Todo lo contrario ocurre en la teología de la liberación. Quien tome en serio sus propuestas, admirará tanto sus aspectos estrictamente teocéntricos y cristocéntricos. Cuanto su compromiso con la comunidad viva de la Iglesia (p. 45)
En la propuesta de la concepción teológica que entiende la Revelación como síntesis de la liberación del hombre por Dios y como participación humana en esa acción salvífica y liberadora, es inseparable la unión entre creación y redención, fe y construcción del mundo, trascendencia e inmanencia, historia y escatología, la unión espiritual con Cristo y su seguimiento en el camino de la vida como discípulos suyos. La teología de la liberación supera el rígido dualismo del más acá y del más allá, que reduce la religiosidad a una experiencia mística del individuo y cuya función sería únicamente fomentar una moral personal o una ética social.
La “opción preferencial por los pobres”, nacida de la praxis y de la experiencia de las comunidades cristianas de Latinoamérica, ha impregnado fuertemente a la Iglesia con nuevas perspectivas. El servicio que representa la praxis liberadora se realiza a plenitud teniendo como horizonte una imagen geocéntrica del hombre y la participación de Dios en la redención que necesita el ser humano (pp. 46-47).
La teología de la liberación alienta con vigor este nuevo Nosotros universal de una Iglesia que mira a toda la humanidad cuando busca en Dios el sentido trascendente de lo finito y al mismo tiempo valora con responsabilidad la vida terrena (50).
Lo que es indiscutible a todas luces es la realidad catastrófica de la sociedad latinoamericana y de todo el Tercer Mundo. De ella, precisamente, surgió la teología de la liberación como un programa teológico que irrumpió no sólo para hacer algunos deslindes y cambios estratégicos. Fue toda una respuesta teológica que considerando las condiciones concretas, económicas e históricas de la sociedad, las analizó con profundo calor humano a la luz de la palabra de Dios (p. 79).
En este sentido declaró el Papa Juan Pablo II, en carta a la Conferencia Episcopal del Brasil (1986), “que la teología de la liberación no sólo es oportuna sino útil y necesaria”. En la nueva concepción de la Iglesia, alentada por el Vaticano II, especialmente en la Constitución sobre la Iglesia y en la de la Iglesia en el mundo actual (o sea, Lumen Gentium y Gaudium et spes), hay que dar por supuestos, también, los planteamientos de la teología de la liberación. La decisión de aplicar de hecho en la Iglesia latinoamericana las declaraciones conciliares se expresó en los documentos de las Conferencias Episcopales Latinoamericanas de Medellín y Puebla con amplio consenso jerárquico. Incluso en las dos Instrucciones de la Congregación Romana de la Fe (1984 y 1986), ciertamente distintas y que pueden ser objeto de diferente valoración, no se pone en duda en absoluto la posibilidad de una auténtica y original teología de la liberación; más bien, se reconoce justamente su necesidad (pp. 81-82).
La teología no tiene pues una relación abstracta y teórica con la realidad. El teólogo toma parte -entendiendo y obrando en el proceso de cambios de la historia, que es la historia de una liberación hecha por Dios. En un segundo paso -el de la reflexión-, avanza hacia una concepción integral de este proceso. Con su participación en el proceso de cambios y con su análisis crítico, da un tercer paso: cambiar la realidad entendiendo la dirección y las metas propuestas por Dios. La plena realización de la teología tiene, por tanto, ante sí tres instancias metodológicas. Primero, la participación del cristiano en la praxis de Dios que libera al hombre en la historia, una participación que implica acción, sufrimiento, conocimiento. Segundo, la reflexión crítica y racional sobre esa praxis a la luz del Evangelio. En un tercer paso, también crítico y reflexivo, la transformación de la realidad. Tiene siempre ante los ojos la liberación que da libertad a los hombres en el reino definitivo de Dios. Precisamente surge de aquí la opción por aquellos que deben ser liberados y que, siendo ya libres en la fe, participan activa y conscientemente en el proceso liberador mismo. Estos son los oprimidos, los pobres, los que viven en la miseria. La acción liberadora de Dios se dirige a hacer de los hombres verdaderos sujetos, es decir personas que actúan. El hombre no recibe pasivamente el don de la libertad. Se convierte él mismo en portador de liberación. De simple objeto atendido por el Estado se convierte en persona, sujeto activo, portador e impulsor del proceso de liberación. La Iglesia misma ya no es más Iglesia para el pueblo sino Iglesia del pueblo. El pueblo de Dios se convierte también en sujeto activo que lleva la historia a la meta de su total liberación. Por eso, en el sentido del Vaticano lI, la Iglesia no es ya simple institución que administra la salvación. La Iglesia en conjunto (con los laicos y la jerarquía, que son sus miembros internos) se convierte en signo e instrumento de la unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. La Iglesia actúa como sacramento del reino de Dios o de la salvación del mundo (pp. 88.89).
Y éste es también el sentido primigenio de las comunidades de base. Base no se entiende aquí por oposición a jerarquía. Hay que entender, más bien, que la toda la comunidad en conjunto (con sus miembros revestidos de una gran diversidad de carismas, tareas y cargos) se convierte en sujeto actuante de la acción liberadora y de la praxis histórica de la liberación. Nace así el poder histórico de los pobres, quienes al participar como sujetos en el proceso de la historia son al mismo tiempo sujetos y actores de una empresa de liberación (p. 89).
La cruz de Jesús revela escatológicamente la opción de Dios por los pobres. En el proceso de la historia, Dios se pone del lado de los oprimidos para conducirlos hasta la libertad y para hacer posible que también ellos participen en la empresa de salvación prometida a todos los hombres. En este sentido habla Gutiérrez, con razón, de la fuerza histórica de los pobres. Si los pobres participan en las tareas de la salvación, entonces intervienen en la historia, salen de su marginación, de su posición intrascendente. Pero Dios incorpora también a los explotadores, a los dominadores. Los libera de la angustia de tener que vivir destruyendo a los demás y hace posible que obtengan una libertad verdadera. Finalmente, en la resurrección de Jesús ha mostrado Dios cuál es el significado de la vida y, consecuentemente, cómo puede nuestra libertad convertirse en un ‘estar-ahí-para los demás’ en las estructuras sociales que conforman nuestra existencia humana. Dios se manifiesta como el padre de todos los hombres, como hermano de todos en Cristo y como su amigo en el Espíritu Santo. Hace posible, por tanto, una vida en libertad, hermandad e igualdad (p. 100).
Bien analizada, la teología de la liberación está en total continuidad con respecto a la teología clásica, pero saca a la luz aspectos fundamentales que hasta ahora habían pasado desapercibidos. Lo hace de cara a la situación social en que se encuentra Latinoamérica, fenómeno sin duda inseparable del dominio que ejercen los centros de la economía mundial (p. 103).
Quien trabaja para la liberación ya está del lado de Dios, sea o no consciente de eso. Con él puede trabajar el cristiano creyente, aunque no pueda orar ni celebrar con él la Eucaristía porque le falta la expresa confesión de fe y la relación personal con Dios que implica la liturgia. Al revés, con alguien que se confiesa cristiano pero que está contra la liberación, actuando, por tanto, contra el amor de Dios, no se podría trabajar con él ni celebrar la Eucaristía (p. 108).
Justamente por esto habría que ver en la teología de la liberación una alternativa radical a la concepción marxista del ser humano y a la utopía histórica que resulta de ahí. Lo sustancial de la metodología teológica de la liberación -comprometernos en una praxis para cambiar la realidad es una nueva formulación del evento original de toda la teología. Primero hay que seguir a Cristo. A partir de ahí se da la reflexión para decir adecuadamente quién es realmente Jesús.
Para la opinión pública contemporánea la teología de la liberación puede haber perdido interés, pero hay problemas que no han sido resueltos y en la misión de servicio, de reflexión y de transformación que le compete a la Iglesia con respecto a toda la humanidad, la teología de la liberación sigue prestando un servicio imprescindible. Ni en un contexto regional ni en el intercambio teológico mundial, puede hoy dejarse de lado a la teología de la liberación (pp. 109-110)
Agradezco de manera especial a mi amigo Gustavo Gutiérrez. Él se ha preocupado en las últimas décadas de aclarar la estructura, los fundamentos Y la coherencia de la teología de la liberación Y en innumerables publicaciones ha ofrecido de ella una visión de conjunto. Podríamos hacer un recuento de cómo se discutía hace años, y muy intensamente, sobre ella! Pero esto no significa que en la historia de la teología, el de la teología de la liberación sea ya un capítulo cerrado. Por el contrario, Gustavo Gutiérrez nos invita a ampliar nuestra visión europea Y nos aclara el significado de ser una Iglesia para el mundo. Gracias a la teología de la liberación la Iglesia católica ha enriquecido, al interior de sus propias fronteras, el sentido de lo plural. La teología de Latinoamérica le ha permitido a la teología completar y profundizar su trabajo, sacando a la luz temas que en Europa se estaban dejando de lado (p. 176).
El lento triunfo de la Teología de la liberación
La Teología de la liberación, como asegura G. L. Müller, es teología católica. El nuevo Prefecto de la Congregación para la Fe habla en términos generales, lo cual equivale a decir que es “católico” que una teología intente formular la fe y que, en el intento, unos ensayos resulten mejores que otros. Así se entiende que el Card. Ratzinger en 1984 haya publicado un documento muy crítico hacia ella (al menos a lo que él entendió por ella) y, acto seguido, haya publicado otro documento en el que acoge sustancialmente su aporte (1986). Este ir y venir en el pensamiento de la fe constituye a la teología cristiana en cuanto tal, y no debiera nunca dejar de ser característica suya. Por lo cual no se entiende el maltrato que han recibido los teólogos latinoamericanos del post-concilio. Pero este es ya otro tema.
Por ahora cabe destacar que es teología católica y, en consecuencia, un aporte a la teología de la Iglesia católica:
1) Debe celebrarse, por tanto, que Dios opta por los pobres, y que esta opción debe traducirse en una opción preferencial de la Iglesia por los pobres. En Aparecida Benedicto XVI aseguró que la opción por los pobres es inherente a la fe en Cristo. En breve, no se puede ser “cristiano” si no se toma partido por los pobres en contra de la injusta pobreza. ¿Están nuestras sociedades dispuestas a renunciar a llamarse “cristianas” ya que su opción real es el consumo, la competencia, la concentración de la riqueza, todo lo cual al menor costo posible: bajos salarios y desocupación?
2) La Teología de la liberación, en cuanto teología católica, urge a la Iglesia a convertirse en la Iglesia de los pobres. Esto no solo es legítimo afirmarlo. Ha de ser realizado. La Teología de la liberación, con pleno derecho, pide a los católicos no solo una conversión a un estilo austero a favor de los que no tienen. Los católicos deben compartir todo lo necesario para sacar de la miseria a los que viven en ella. ¡Cómo es posible que en Santiago de Chile haya gente que muera de frío en las calles, hoy que los medios sobran para evitarlo! Caridad, lucha contra la injusticia, olfato solidario… Todo esto está faltando. Pero falta lo más importante: una Iglesia que reciba de los pobres su mirada sobre el mundo, su modo de sufrir, su capacidad de lucha y de espera. Estamos, en realidad, a la espera de la Iglesia que la Teología de la liberación ha generado en los barrios populares: una iglesia alegre, participativa, compasiva, con apertura a la totalidad de la vida humana y exigente sociopolíticamente hablando. Una Iglesia con sentido común para interpretar la doctrina de la Iglesia universal y, por esto, una Iglesia que va abriendo un camino a un catolicismo entumido.
En suma, la revalorización de la Teología de la Liberación representada en la asunción al cargo de Prefecto de la Congregación de la Fe de Müller da fuego y autoridad a la Iglesia cuando esta más lo necesita.
La simpatía del nuevo prefecto por la Teología de América Latina
He revisado la obra más conocida de Gerhard L. Müller, el nuevo Prefecto de la Congregación para la Fe, y nuevamente me sorprende su concepto tan positivo de la Teología de la liberación. Tal vez los teólogos latinoamericanos querrían que se destacaran otros aspectos. Pero sin duda admitirán la descripción que Müller hace de ella y celebrarán la enorme simpatía que le despierta.
Cito a G.L. Müller:
La teología de la liberación latinoamericana ha desarrollado una forma específicamente moderna de la soteriología. Se fundamenta en el hecho de que Dios ha creado a los hombres a su imagen y semejanza y de que su Hijo ha sido entregado a la muerte en favor de los hombres para que se pueda experimentar a Dios como salvación y como vida en todas Las dimensiones de la vida humana. La teología de la liberación critica todos los dualismos y destaca que Dios no espera al hombre más allá del cosmos ni se encuentra con él en una interioridad desligada de las realidades exteriores. Es, por el contrario, el Dios que ha creado al mundo y al hombre en su modo de realización espiritual-material. Se acerca al hombre en la unidad de la creación, de la historia y de la consumación esperada. En la soteriología se refleja la participación activa, cambiante y práctica, en las actividades liberadoras globales abiertas por Dios. La soteriología es, pues, también, y a la vez, soteriopraxis. El creyente participa, comprendiendo y actuando, en el proceso de cambio de la historia que Dios ha abierto en la actividad salvífica de Jesús.
La teología se desarrolla a través de un triple paso metodológico: en primer lugar, en la fe participa activamente el cristiano en la praxis divina de la liberación del hombre para salvaguardar su dignidad y su salvación; en el segundo paso, llega, a la luz del evangelio, a una reflexión crítica y racional de la praxis; y, finalmente, en el tercer paso, acomete la modificación críticamente meditada de la realidad empírica. Cambia la realidad experimental para orientarla en dirección a una liberación del hombre que le lleve hasta su propia libertad. Ésta sería, en efecto, la meta del reino de Dios en tierra. De aquí se sigue una opción en favor de Los pobres y de todas aquellas personas a quienes les ha sido arrebatada su dignidad humana. La actividad liberadora de Dios se propone, según esta teología, convertir al hombre en sujeto. El hombre no sería mero receptor pasivo de la liberación. Su dignidad personal consiste en haber sido llamado a colaborar en el proceso divino de la liberación. La Iglesia en su conjunto debe convertirse en portadora, señal e instrumento de un proceso universal de liberación que incluye a la humanidad entera. Este proceso tiene en la acción liberadora de Dios en Jesucristo su primer origen y su referencia definitiva.
Se interpretan como liberación las acciones salvíficas de Dios, tal como están testificadas, por ejemplo, en la experiencia del éxodo. Estas acciones liberadoras habrían alcanzado su punto culminante en la historia en el acto de la liberación de Cristo. Jesús habría muerto en la cruz para manifestar el amor de Dios liberador y transformador del mundo frente a la resistencia de los pecadores. A través de la muerte en cruz de Jesús, Dios ha cualificado al mundo como el campo en el que debe implantarse e imponerse la nueva creación. Por tanto, esta cruz sería la revelación escatológica de la opción de Dios por Los pobres. Dios se comprometería en favor de los oprimidos, para llevarlos a la libertad y para permitirles participar en el proceso de implantación de la salvación prometida a todos los hombres. En la resurrección de Jesús habría demostrado Dios qué es, propiamente hablando, la vida y cómo puede trasladarse la libertad a las situaciones existenciales reales y concretas mediante un poder-estar-ahí por y para los otros. Dios se mostraría así como el Padre de todos los hombres, como su hermano en Cristo y como su amigo en el Espíritu Santo.
Es perfectamente legítimo entender la teología de la liberación como la traslación, adecuada a una época, de la soteriología al horizonte de la historia de la libertad contemporánea. Empalma estrechamente con la nueva definición de la Iglesia -de base cristológica y soteriológica- como sacramento de la salvación del mundo y como señal e instrumento del reino de Dios, formulada por el concilio Vaticano en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium y en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes (cf. LG 1; GS 1, 10,22 et passim).
Cita de Gerhard Ludwig Müller, Dogmática. Teoría y práctica de la teología, Herder, Barcelona, 1998, 383-384.
El dulce regreso de la Teología de la liberación
De la Teología de la liberación se ha dicho que murió; que se la eliminó; que hoy no tiene nada más que ofrecer; que es una herejía que la Iglesia condenó. Se dijo también que algún día regresaría porque su fondo era cristianismo puro
Lo que nunca nadie imaginó fue que un “teólogo de la liberación” llegara al más alto puesto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la institución que vela por la ortodoxia en la Iglesia Católica. Benedicto XVI ha nombrado en el cargo –silla que él ocupó hasta antes de ser Papa- a Gerhard Ludwig Müller. ¿Cuestión de decadencia en la Iglesia, dirán algunos? ¿El Anti-Cristo…?
No se puede decir que G. L. Müller sea un “teólogo de la liberación” tal cual los latinoamericanos. El es europeo y sus preocupaciones son también otras. Su experiencia pastoral y teológica en América Latina, sin embargo, le ha hecho amigo de Gustavo Gutiérrez, el “padre de la Teología de la liberación”, con quien es co-autor de la obra Del lado de los pobres. Teología de la liberación (Lima 2005), y de varios otros teólogos de nuestra región.
Según Mons. Müller la Teología de la liberación es teología católica. Afirma: “En mi opinión, el movimiento eclesial y teológico que bajo el nombre de ‘teología de la liberación’ surgió en Latinoamérica luego del Concilio Vaticano II con repercusión en todo el mundo, debe contarse entre las más importantes corrientes de la teología católica del siglo XX”. Más adelante en el mismo libro: “la teología de la liberación no es una sociología decorada con religiosidad ni un tipo de socioteología. La teología de la liberación es teología en sentido estricto”.
El nuevo Prefecto de la Congregación para la Fe habla en términos generales, lo cual equivale a decir que es “católico” que una teología intente formular la fe y que, en el intento, unos ensayos resulten mejores que otros. Así se entiende que el Cardenal Ratzinger en 1984 haya publicado un documento muy crítico hacia ella y, dos años después, en 1986, haya publicado otro documento en el que acoge sustancialmente su aporte. Así podría entenderse que después de haberse limitado drásticamente su desarrollo, ahora comience a vérselo con buenos ojos.
¿Qué está realmente en juego? Puesto que se reconoce a la Teología de la liberación como una teología que aporta a la comprensión cristiana de Dios, la Iglesia ha de sacar las consecuencias de su propia fe en el Dios de los pobres. A saber, teológicamente hablando, que este Dios exige a los cristianos “optar por los pobres”. Recientemente en Aparecida/ Brasil (2007), Benedicto XVI dio un martillazo sobre este mismo clavo. Aseguró que la “opción por los pobres” es inherente a la fe en Cristo. Dicho sub contrario, no se puede ser “cristiano” si no se toma partido por los pobres en contra de la pobreza.
Además, la Teología de la liberación, como teología católica que es, urge a la Iglesia a convertirse en la “Iglesia de los pobres”. Esto no solo es legítimo afirmarlo. Ya lo decía Hurtado, por lo demás. Igualmente su amigo el obispo de Talca Manuel Larraín. La Teología de la liberación, con pleno derecho, pide a los católicos una conversión a la austeridad en favor de los empobrecidos. Caridad, lucha contra la injusticia, olfato solidario… Y, sobre todo, esta teología demanda a la Iglesia que mire el mundo con los ojos de los pobres, que en ella se considere su modo de sufrir, su capacidad de lucha y de espera. Esta es la Iglesia que brotó en los barrios populares –Esteban Gumucio, Enrique Alvear, Elena Chain y las anónimas monjas de población…-, una Iglesia alegre, libre, participativa, compasiva, con apertura a la totalidad de la vida humana y exigente sociopolíticamente hablando. Cristianos y cristianas con sentido común para interpretar en conciencia las exigencias doctrinales del cristianismo. En suma, comunidades y personas creativas que, en tiempos revueltos, van abriendo a otros caminos de amor y de justicia.
¿No consistirá el nombramiento de Mons. Müller en una especie de “vuelta de carnero” del Vaticano para enfrentar el desprestigio que lo agobia? Lo dudo. No veo por qué haya que pensar mal. ¿O fallaron los controles de rigor como ocurrió con el lefebvrista William Richardson, negacionista del Holocausto, a quien por un reconocido error se le levantó la excomunión? No puedo creer que el Papa haya ignorado la enorme simpatía que Müller muestra en sus obras por la Teología de la liberación (cf. Dogmática. Teoría y práctica de la teología, 1998) como para nombrarle en un cargo tan importante.
No sé bien qué pensar. Talvez haya otros aspectos que desconozco y que, sumando/restando, hacían conveniente esta nominación. El hecho es que en estos momentos la Teología de la liberación navega con viento a favor.
La crisis del sacerdote
La actual crisis de la Iglesia afecta al sacerdote. El sacerdote está en crisis, puede estarlo y puede incluso ser conveniente que lo esté. Hay casos y casos. La crisis tiene que ver con la ruptura entre fe y cultura detectada por Pablo VI, con la crisis institucional que afecta a la Iglesia (como a otras instituciones de esta época) y con la desconfianza que despierta el sacerdote (por los escándalos de abuso espirituales, psicológicos y sexuales).
Todo esto, sin embargo, es ocasión de un crecimiento espiritual significativo para los mismos sacerdotes. Tengo las siguientes razones para pensarlo:
1) La investidura sobrenatural del sacerdote ha podido cubrirlo de un orgullo sacro que no corresponde a la humildad evangélica. En la medida que ya no cuente con este tipo de orgullo, podrá trasparentar mejor el Evangelio.
2) La investidura sobrenatural del sacerdote encandila a muchas personas, privándolas de la autonomía que caracteriza especialmente a los adultos. En tanto el sacerdote no enceguezca a nadie con su prestancia podrá cumplir mejor su misión de hacer crecer a las personas en conciencia y libertad.
3) El nuevo planteamiento crítico/adulto de los católicos ante la Iglesia recordará al sacerdote que su sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los fieles.
4) La exposición a la mirada cauta de las personas sobre él le obligará a reconocer límites entre ambos. Esto facilitará establecer entre ellos relaciones formales que encaucen debidamente la expresión ideas y la manifestación de afectos. El amor entre el sacerdote y las personas podrá ser más intenso y honesto, libre de confusiones y dependencias malsanas.
5) Las sospechas y aprensiones que despiertan en la gente su condición sacerdotal le harán participar de la suerte de tantas personas a las que se las desprecia siendo inocentes. El tiene culpas personales, pero la manera como se da hoy el sacerdocio y los graves abusos cometidos por otros sacerdotes no son responsabilidad suya. Por tanto, él debe tomar el maltrato como una injusticia, con lo cual se verá forzado a conectarse con la injusticia del mundo. Sin este contacto nadie está capacitado para ser sacerdote.
6) El sacerdote, al verse obligado a poner entre paréntesis su “rol oficial”, podrá asomarse a su propia humanidad y conectarse con la vida del común de las personas, siempre vulnerable y frágil, siempre necesitada de cura y de perdón. Así podrá aprender mejor de la vida y podrá predicar también más desde la vida que desde sus conocimientos estudiantiles.
7) La crisis obligará al sacerdote a recordar, reconocer o descubrir que su vocación al sacerdocio es cosa de Dios antes que suya propia. Tendrá que entender por fin que su vocación sacerdotal no es natural ni merecida.
8) El sacerdote, no pudiendo aferrarse a su sacralidad o a su prestigio social estará más obligado a depender de Dios. A Dios, por otra parte, le será más fácil hacerle comprender qué es realmente la vida, especialmente la de quienes son humillados en su dignidad y difamados; y podrá, en definitiva, ejercer con pertinencia su labor de conductor, de liturgo y de educador.
9) El sacerdote tendrá que ser culto. Habrá de estar al día en teología y atender de cerca los signos de los tiempos, lo cual se consigue estudiando y leyendo. El sacerdote ignorante desorienta. Puede ser incluso un peligro. Los laicos son hoy más cultos y más críticos que antes. No aceptarán de él cualquier respuesta o prédica. Ellos le preguntarán por lo que significa hoy el Evangelio para sus vidas. El, por su parte, tendrá que explicar cómo ha de entenderse la doctrina de la Iglesia de modo que traduzca el Evangelio en Buena noticia, en vez de ser ella una enseñanza rara o un factor de culpa.
10) En la medida que el sacerdote crezca en conciencia de que es Dios quien sostiene su vocación sacerdotal, tendrá que darse cuenta de que no es omnipotente y, por tanto, que no debe tratar de serlo ni de parecerlo. Liberado de ambos males, con su debilidad y su ignorancia estará en mejores condiciones de ser sacramento de la pasión de Cristo; como verdadero ser humano compartirá la impotencia de los crucificados de la vida, los entenderá “con el estómago” y los representará valientemente delante del Creador.
11) En la medida que el sacerdote pueda comprobar exactamente en qué estriba su vocación y en qué no; si vuelve a responder al llamado primero del Señor y termina con la rutina en que ha se ha convertido su vida; si pierde las falsas seguridades en que se había asentado su vida, triunfará sobre miedo y ganará libertad para jugarse por entero por los pobres (pobres materiales, pobres fieles y pobres infieles). Adquirirá libertad como para cumplir una función profética incluso ante las autoridades de su Iglesia.
12) Todo lo anterior debiera convertir al sacerdote un ser humano auténtico, lo cual no significa otra cosa que vivir el bautismo a un grado radical. Esto significa que ha de ser un hombre como lo fue Jesús, digno como cualquier hijo de Dios y hermano de cualquier persona que nace en este mundo. El sacerdote que actualice su bautismo en la muerte y resurrección de Cristo, no tendrá que pedir reconocimientos de autoridad ante nadie. Al ver su autenticidad, los demás reconocerán espontáneamente su autoridad.
13) Un sacerdote auténtico podrá amar a rienda suelta. Su autoridad, en definitiva, no le vendrá más que de amar. Podrá establecer relaciones de amistad con mujeres sin “cartas tapadas”. Sus amistades con mujeres le harán más humano, más hombre. Podrá, en general, establecer relaciones cariñosas simétricas y asimétricas según las distintas edades, las que le llenaran el corazón de ese amor del que nadie puede prescindir sin renunciar a Dios mismo.
Oráculo Cristosófico
El Cristo Cósmico
En Edén, el país de la felicidad, el Señor creó a un hombre y a una mujer. Nada satisfizo a Adán más que Eva. Cuando el Señor la presentó a sus ojos, abrió su boca, nunca antes lo había hecho, y con admiración exclamó: “esta
sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Adán despertó a la humanidad plena al reconocer que Eva era igual a él. Ambos vivieron desnudos en Edén porque no tenían miedo uno del otro, ni vergüenza ante Dios, ni aversión a ninguno de los animales En aquel país reinaba la armonía entre todas las criaturas. Todo era gozo. El padre y la madre de la humanidad se comportaban como criaturas. Vivían agradecidos del amor de Dios. Pero algo ocurrió, algo que ellos hicieron, que rompió el equilibrio cósmico. Inducidos por la serpiente, el más astuto de los animales del jardín, comieron del árbol prohibido. Su fruto supuestamente les permitiría conocer los secretos del universo que solo Dios puede conocer. Entonces, sobrevinieron al hombre y a la mujer, la fatiga del trabajo y del parto, pues Dios se decepcionó de ellos. Los expulsó de Edén. La tristeza se apoderó del corazón de Adán y Eva. Cubrieron sus cuerpos con las túnicas de piel que el Señor les dio por compasión y, llenos de desconfianza y de vergüenza, iniciaron un largo camino.
Miles y miles de años después, una de sus descendientes, una mujer pobre y clarividente de Nazaret llamada María, tuvo un hijo, al que José su esposo, un carpintero humilde y justo como ella, puso por nombre Jesús. Este fue el Cristo de Israel y la luz de las naciones. Fue un iluminado. Enseñó el camino de regreso al Dios de Edén, su Padre. Vino a los suyos como la luz del mundo, pero las tinieblas apagaron su sabiduría. No soportaron que enseñara que solo los humildes conocen a Dios y que el amor es el único mandamiento. Lo desnudaron y lo eliminaron. No imaginaron que allí, desnudo en una cruz, devolvería a Adán y a Eva la dignidad y el paraíso perdidos. Pues su sabiduría era inmortal. El Padre Dios, al resucitar a su Hijo de la muerte, le hizo justicia y reconcilió consigo a los padres del género humano e hizo primar su amor en toda la Creación.
Esta historia continúa en los varones y mujeres espirituales que, provenientes de los padres de la humanidad, se encaminan al Reino eterno comenzado con Cristo. Cristo vive, al modo del Espíritu, en el corazón de cada ser humano, sea este cristiano, budista, hindú, sintoísta o musulmán, sea que crea o que no. El, su Espíritu, nos comunica el verdadero conocimiento; la sabiduría que nos conduce a la felicidad auténtica. El mismo Espíritu que orientó a Jesús en su predicación del Reino de su Padre, es el Espíritu que inspiró a sus discípulos para que pusieran por escrito la Palabra de Dios, y también el Espíritu que habla hoy a las personas espirituales, cada vez que estas leen las Escrituras en sintonía con sus emociones edénicas y en solidaridad con la pasión del mundo. Hoy el Resucitado habita el cosmos. Allí donde la humanidad hace contacto con sus emociones, especialmente en quienes padecen un mundo que se les impone, el Crucificado es Sabiduría para esperar el nuevo Edén y para luchar contra las potencias del Mal; para soportar cuando es sabio soportar y para rebelarse cuando es sabio rebelarse. Porque el poder del Mal ha sido herido por Cristo, pero aún no completamente derrotado. Estamos en el tiempo de la lucha final. Lo que se ha cumplido en Cristo, la derrota de la muerte y del pecado, el Espíritu terminará de realizarlo el día del fin del mundo en quienes crean que él es la Sabiduría.
El Oráculo Cristosófico
La psicología moderna –sorprendentemente- nos enseña que las emociones básicas del ser humano son las mismas que predominaron en Edén. Un examen atento al libro del Génesis que cuenta la historia de los primeros padres, descubre que también entonces se dieron la alegría, la tristeza, el miedo, la aversión, la sorpresa y la ira. Por esto llamamos edénicas a estas emociones. Ellas se dieron y se dan en la humanidad desde sus orígenes como energías cósmicas que indican al ser humano el camino a la felicidad.
Indican, pero no siempre. Lo hacen, cuando se discierne su sentido. Pues no basta con sentirlas. Es necesario interpretarlas de acuerdo a la Palabra del último Adán, Cristo. La Sagrada Escritura es Cristo en cuanto Sabiduría (sofi,a = sabiduría) que permite reconocer que tal o cual sentimiento o experiencia, es consonante o desentona con las emociones y, en definitiva, con la pasión de Cristo.
El Oráculo Cristosófico es un instrumentum para desentrañar el sentido (sentimiento + orientación) de nuestro vivir. El Oráculo nos ayuda a reconocer la llamada del Señor a cada uno de nosotros, bajo el supuesto de que el Espíritu que inspiró las Escrituras, es también quien mueve interiormente a las personas hacia el Creador.
Instrucciones de lectura
1.- Crea un ambiente propicio para orar. Preocúpate del recinto, de la luz, del asiento y del silencio. Ponte de presencia del Padre del Cristo.
2.- Contáctate con tu interior. ¿Qué sientes? Reconoce las emociones que operan en tu corazón. ¿Qué ocupa tu mente? ¿Cuáles han sido los últimos episodios que producen en ti algún tipo de movimiento íntimo?
3.- Elige la emoción edénica que representa mejor tu estado anímico actual: alegría, tristeza, miedo, aversión, sorpresa, ira. Toma la tarjeta que corresponda.
4.- Busca en el Oráculo la descripción de la emoción
ALEGRÍA
TRISTEZA
MIEDO
AVERSIÓN
SORPRESA
IRA
5.- Formula a Cristo la pregunta que tenga que ver con la emoción que sientes en este momento.
6.- Toma la BIBLIA y elige uno de los evangelios correspondientes a esta emoción.
7.- ¿Qué te dice Cristo?
8.- Lee el comentario a la lectura elegida
9.- ¿Algo más te dice Cristo?
La Alegría
(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:
El placer, el gozo, la satisfacción y la alegría son expresiones de la felicidad. La alegría puede ser un rasgo de carácter. Si una persona no la tiene por temperamento, sí puede experimentarla muchas veces. Esta emoción le confirmará que la vida tiene sentido. Hay personas alegres, otras tienen alegrías de tanto en tanto. La alegría, a la vez, llama a la alegría. Es contagiosa. La alegría de alguien puede producirnos envidia. ¡Lamentable! Pues también puede iluminarnos y llenarnos de la esperanza de una felicidad compartida.
La alegría es un don espiritual por excelencia. San Ignacio de Loyola la identifica con la consolación propia del amor: “…llamo consolación quando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor, y consecuentemente, cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Criador de todas ellas.” (Ejercicios espirituales, 316). En otras palabras, la alegría espiritual tiene que ver con la libertad que Dios da para no aferrarnos a aquellas cosas con las cuales pretendemos asegurarnos la vida, pero que, a la larga, nos van haciendo avaros, opacos, desconfiados.
La alegría es una emoción edénica temprana en la biografía de cada ser humano. ¿Recuerdas las primeras alegrías de tu infancia? ¿Hubo gente alegre que te alegró la vida? ¿Has tenido alguna vez una alegría espiritual? Revive esos momentos…
Haz memoria, además, de esta última etapa de tu vida. ¿Qué es lo que hoy más te alegra? ¿Quiénes te hacen la vida feliz? Si pudieras elegir de acuerdo a lo que te da más alegría, ¿qué te gustaría hacer? ¿Qué alegría querrías que los demás te dieran?
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 13, 44
(c) Orientación del Oráculo:
En la vida se dan algunas oportunidades extraordinarias –normalmente pocas- de tomar una decisión fundamental. En estas ocasiones, hay que arriesgar mucho o todo. De esta decisión puede depender ni más ni menos que la felicidad. ¡Qué alegría se siente cuando se da el paso! La decisión puede causar miedo, inseguridad, pero nada debiera impedir que se concrete. Hay momentos en que lo que está en juego es muy grande: la mujer o el hombre soñado, el trabajo que se desea, la casa anhelada, la vocación sacerdotal o religiosa… Se trata de un tesoro escondido en un campo. El que compra el campo se queda con él. Pero si no lo hace, nunca más encontrará un tesoro semejante. Sería muy raro que se repitiera un hallazgo así. Como enseña el sabio Ribhu: “Renunciar a todo es felicidad eterna. Renunciar a todo es un gran gozo. Renunciar a todo es la Felicidad suprema.” (Ribhu Gita, capítulo 15).
Jesús, en otro pasaje del Nuevo Testamento, enseña: “El que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que la pierda, la ganará” (Lc 17, 33).
¿Has sentido alguna vez la alegría de tomar una decisión que cambiará para siempre tu destino? ¿Has averiguado qué es lo que quieres en lo más profundo de ti? Trabaja tu interior. El momento se puede presentar pronto. Si no conoces tus deseos se te puede pasar la oportunidad de la vida. Y si ya pasaste por la alegría de haber encontrado el tesoro del que habla Jesús, si compraste ya el campo para quedarte con él, ¿de qué te quejas? Gózalo como se merece. No vuelvas a lamentarte de nada. Lo tienes todo.
Trabaja tu interior. Reconoce tus deseos. Decídete por uno de ellos. ¡Decídete por ti mismo/a! Goza con tu elección y cuídala toda la vida.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 16, 20-22
(c) Orientación del Oráculo:
La alegría que inspira la fe es mucho más que jovialidad u optimismo. Para quienes creen en Cristo, es posible alegrarse incluso en medio de las persecuciones. Aún en el caso que no fuera posible alegrarse, porque lo que predomina es la adversidad, existe al menos el consuelo del triunfo futuro. La mujer que ha tenido un hijo lo sabe. Ella pasó por los dolores del parto. La esperanza de un niño le bastó para soportarlo. Jesús insta a sus discípulos a creer en la alegría. Esta se hará realidad infaliblemente. Es tan cierta la victoria que ya ahora es posible alegrarse. Los que viven del triunfo de la fe, pueden alegrarse anticipadamente en medio de las penurias del presente. Bien vale vivir para la alegría. De la alegría también se puede vivir.
¿Crees que esto vale para ti? Créelo, y verás cómo comienzan a disiparse tus tristezas. Cristo triunfó. Vamos ganando. Lávate la cara, cámbiate de ropa, busca una buena colonia… Llegará el día en que no llorarás más. Créelo, y alégrate ya, ahora. Mientras más te apures más pronto sucederá.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 19, 1-10
(c) Orientación del Oráculo:
Hay un cambio que espera en ti. Una revolución completa en tu modo de organizar tu vida está por ocurrir. O tal vez ya ocurrió. La señal para reconocer una mejoría general de la vida es la alegría que produce. Zaqueo, el cobrador de impuestos que sale al encuentro de Jesús, probablemente anhelaba en su corazón la conversión antes de experimentarla. El bienestar de sus riquezas no era comparable con la alegría que explotaría en él en algún momento. Jesús, con un solo gesto de amor, al recibir de Zaqueo la hospitalidad que este nunca había podido dar a alguien, desencadena en él un cambio total en su modo de relacionarse con los demás. De un brinco, el cobrador de impuestos se compromete a resarcir, con una enorme generosidad, los perjuicios que ha podido cometer contra su prójimo. La alegría se apodera de Zaqueo. No volverá a ser más el mismo.
Y a ti, ¿te llegó la alegría? Vive de acuerdo al giro que diste a tu vida el día que descubriste tu vocación. Si te muerde la tristeza, pon atención. No la dejes entrar. Dale un portazo. Si tienes sólo un gramo de alegría, sácale el máximo provecho. Todo lo que hagas, hazlo con Él. Como enseña Krishna en el Bhagavad Gita: “El hombre que, sea cual fuere su condición kármica, realiza su trabajo con gozo, con seguridad alcanza la perfección” (capítulo 18, 45). La alegría crece con los que la cultivan. Mantén a raya el desánimo, el pesimismo, la desesperanza. No aceptes nunca una alianza con ellos. La alianza con la amargura conspira en contra de una amistad con la alegría. Repudia las tinieblas. El sol cumple, ya verás.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 15, 8-10
(c) Orientación del Oráculo:
A veces la alegría está asociada a una pérdida. La recuperación de lo perdido produce una alegría muy especial. Podemos perder algo, el celular, los anteojos, dinero… Podemos perder un/a amigo/a. Podemos sufrir la pérdida de un pariente: el papá o la mamá. La alegría que produce recuperar a la persona o la cosa perdida, puede ser muy grande. En cambio, no recuperar a la pareja o al hijo muerto, por poner dos ejemplos, requiere un duelo complejo, que puede durar años.
El caso de la mujer que pierde la dracma es sencillo, pero muy expresivo. La mujer explota de gozo cuando encuentra la moneda perdida. Ella, como nosotros, tiene un afecto especial por el dinero. Una dracma, por lo demás, equivalía al salario diario de un trabajador. No era una monedita cualquiera. Por lo que la mujer llama a las amigas para celebrar. ¿Qué celebración hizo? No interesa mayormente. Este es un cuento de Jesús para hablarnos de otra “pérdida” y de otra “alegría”. La alegría de Dios consiste en que nadie se pierda. Si alguien se pierde, es Dios que fracasa. Es Dios que se pierde cuando uno peca contra su prójimo. Entonces Dios anhela y llora por la reconciliación. Cuando las personas se reencuentran –como si se encontrara una dracma perdida-, la alegría de Dios resplandece en el cielo.
Todos tenemos pérdidas, aunque a veces quisiéramos negarlo. ¿Cuáles son las tuyas? ¿Cuáles son tus asuntos pendientes? Da vuelta la casa hasta que encuentres la dracma perdida. Arregla pronto tus cuentas pendientes. No te dejes estar. Prepárale el camino a la alegría. Trabaja tus problemas. Reconcíliate, si es el caso. Tú sabes mejor que nadie qué es lo que realmente quieres. Si no lo sabes, esfuérzate por llegar a saberlo. Pero no te quedes a medio camino. Es el camino de tu felicidad. Cada paso que des hacia ella, cada alegría con que te alegres, cada pena que merezca ser sufrida y cada persona que recuperes, en todas y cada una de tus pérdidas está en juego tu felicidad cotidiana y la vida eterna.
La Tristeza
(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:
La tristeza es una emoción edénica que irrumpe en algunas personas al menos una vez al día, en otras, rara vez en el año y en otras, se instala para toda la vida. Los niños nacen llorando. La vejez suele ser muy triste. A lo largo de la existencia no faltan los padecimientos, choques, disgustos y pérdidas que nos producen tristeza. Es normal que así sea, aunque no es obligatorio.
Enseña Confucio: “Hay personas que lloran por saber que las rosas tienen espinas. Hay otras que sonríen por saber que donde hay una espina, hay una rosa”. Es difícil llegar a esta sabiduría. Por cierto, es muy común ahogarse en un vaso de agua. Suele ocurrir que amanece despejado. Al rato aparece una nubecita, y otra. Hasta que el cielo se cubre. Cunde así la tristeza hasta que, al acostarse, las personas habrían preferido no haberse levantado. En otras personas, la tristeza se ha vuelto un hábito. Se han convertido en melancólicas. La tristeza las ha enfermado. Cuando la tristeza se convierte en la “dueña de casa”, los demás les huyen. Las personas quejumbrosas espantan a los vecinos. Nada habrá peor que hacerse fama de llorón/a.
Hay también una pena moral. Cuando alguien se siente mal por haber causado daño a su prójimo, quiere decir que esta persona está moralmente sana. Los sicópatas no tienen empatía alguna con sus víctimas. No son capaces de sufrir por el mal que les causan. Pero sentir tristeza siendo inocente también puede ser una enfermedad. Hay gente escrupulosa que ve pecados donde no hay pecados, gente que se culpabiliza como por precaución. El miedo a equivocarse los cubre con su sombra y los encorva. Esto es lamentable. Otro adagio de Confucio reza: “Cuando uno examina su propia interioridad y comprueba que no hay en ella nada malo, ¿por qué habría de ser triste, qué tiene que temer?”.
¿Cuáles son los hechos más tristes de tu infancia? Revívelos.
¿Cuál es la última pena grande que has tenido en tu vida? Revive los hechos que te causaron tristeza. Procura descubrir la semejanza entre tus tristezas de infancia y las de este último tiempo.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 26, 36-46
(c) Orientación del Oráculo:
No somos de plástico. Jesús tampoco lo fue. Sufrimos. Podemos levantarnos tristes y acostarnos tristes. A lo largo de la jornada hemos podido pasar malos ratos tan grandes que nos arruinaron el genio. A Jesús la vida se le fue poniendo cada vez más difícil. Cuando iba ya a subir a Jerusalem, teniendo muy presente que lo podían matar, quiso concentrarse en oración y preguntarle por última vez a su Padre si tal era su voluntad. Jesús no quería morir, como ninguno de nosotros a su edad. La posibilidad cercana de la muerte lo obligó a juntar fuerzas y coraje. Llevó a Pedro y a dos hijos de Zebedeo a Getsemaní. Necesitaba compañía. Pero los amigos no fueron capaces de acompañarlo en el dolor. La soledad hizo su pena aún más angustiosa. En Getsemaní, Jesús libró un combate contra la tentación de abandonar su misión. Y venció. Se contactó en la oración con su Padre y recuperó las fuerzas para hacer su voluntad: proclamaría el Reino aunque le costara la vida. De allí en adelante, la tristeza importó poco. Jesús miró hacia adelante y avanzó confiado en Dios.
Nosotros también tenemos una vocación. Somos llamados por Dios a una misión. Pero somos frágiles, todavía más frágiles que Jesús. Tememos. Del temor solemos pasar a la tristeza. La tristeza, a la vez, suele contaminar nuestra vocación hasta hacernos creer que ella no es tal. ¿No será otro el llamado que Dios nos hace? ¿Cómo Dios va a querer que suframos? Pero no. Es inherente a la vocación sufrirla e incluso de vez en cuando dudar de ella. Pero, si la tristeza se hace frecuente, si se prolonga con los años, podemos volvernos personas amargadas. Entonces, solo entonces, Dios puede estarnos llamando a otra cosa.
Concéntrate en lo tuyo. Tu misión no es la misma que la de las personas que tienes a tu lado. Habrá muchos ingenieros, profesores, enfermeras, pero Dios te llama a ser ingeniero, profesor o enfermera de un modo único e insustituible. Lucha, ruega a Dios que te diga cómo, qué es exactamente lo que tú debes hacer. Talvez tienes una enfermedad y parece que no te queda más que sucumbir en la tristeza. Aún en estos casos, aunque te quede una neurona y una gota de oxígeno, obliga a Dios a que te diga qué quiere de ti. Cómo quiere que tú hagas tu aporte. Podrá ser doloroso hacer su voluntad, pero no triste. Pon atención: si los demás no se fijan en ti, si te huyen, puede ser que estés espantándolos con tu tristeza. No es que no tengas derecho a estar triste. Pero si te vives lamentándote, no te quejes después de que nadie quiere estar contigo.
En todo caso, lo que siempre es triste es haber venido a este mundo a hacer tiempo. A imitar a los demás. A eximirse de vivir con pasión. A quitarle el cuerpo a los sacrificios que exige la propia vocación.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 24,13-35
(c) Orientación del Oráculo:
Una de las señales de la falta de fe es la tristeza. Y una de las señales de la fe es la superación de la tristeza. La alegría y la fe van de la mano.
Los discípulos de Emaús volvían cabizbajos a su pueblo. Había muerto ese hombre “digno de fe” en quien ellos habían confiado. Pero el resucitado se les aparece por el camino y, poco a poco, les va revelando que Dios no decepciona. Ellos no habían podido creer a las mujeres que decían haberlo visto resucitado. Este testimonio no podía bastarles. La frustración de su muerte había sido muy profunda. Pero Jesús se les aparece y se les da a reconocer al partir el pan y al explicarles las Escrituras. Su corazón pasó de la pena al gozo. De ahí en adelante, la vida de los primeros discípulos consistió en comunicar a otros la alegría del Cristo resucitado.
Y tú, ¿crees que Dios puede sacarte de la pena? ¿Cuál es la pena recurrente que te impide ser feliz? Llegó la hora de desactivarla como a una bomba que, si no se la desarma, puede estallar. Considera que la alegría del resucitado está a punto de invadirte. Él vive, su Espíritu actúa. Mira bien. Observa a tu alrededor las señales del triunfo del amor. Ama. Ámate. No permitas que la tristeza te devore. No tienes derecho a hacerlo. Cristo vive. Tú, hoy, puedes alegrarte y reír.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 18, 18-25
(c) Orientación del Oráculo:
Seguir a Jesús equivale a la vocación. Todos tenemos vocación. Todas nuestras vocaciones coinciden en esto: somos llamados por Cristo a seguirlo por el camino de amor que conduce al Padre. Venimos del Padre y volveremos a él por medio de Jesús. Cristo nos ha abierto el camino.
La vocación de cada uno puede parecerse a la de los demás, pero cada una es única. El Espíritu de Cristo indica a cada uno un camino que tendrá que irse realizando de un modo completamente original. A esto invitó Jesús a un hombre bueno y rico; el hombre bueno y rico no quiso aceptar. Era muy rico. Prefirió no hacer caso a su vocación. La prueba del error fue la tristeza que experimentó. Debió saber que sus riquezas no le garantizarían la alegría. Pero no tuvo el valor para desprenderse de ellas.
El hombre rico no pudo renunciar a la comodidad. La avaricia se había apoderado de él. O le dio miedo el futuro. El hombre rico no dio el paso. Por tanto, no conoció la alegría de la verdadera religión. La religión de los que oyen la voz del Señor y la siguen sin retardo, tan distinta de la religión de los que pretenden ganarse a Dios con cumplimientos piadosos y timoratos.
Tú también tienes vocación. ¿A qué? Pregúntale a Cristo. Si te responde, hazle caso. Si no te responde, úrgelo para que lo haga. Mientras no aclares qué es lo tuyo, serás un “personaje secundario” de tu propia vida. La tristeza seguirá siendo tu “dios”. Aclara qué es aquello que solo tú tiene que saber y arriésgate, atrévete, ama y entra en la vida. La vida y la alegría, te están esperando.
(b) Léase este texto bíblico: Mt 11, 25-30
(c) Orientación del Oráculo:
Jesús llama a los cansados, a los fatigados, a los sobrecargados con la vida. ¿Quiénes? A todos la vida, en algún momento, se nos hace muy difícil de llevar. Pero a algunos se les hace simplemente insoportable. Muchos sobreviven a la carga. Logran estibarla mejor y siguen adelante. Pero no podemos olvidar que no pocos son aplastados por un trabajo agobiante o la desocupación, las enfermedades propias o las de de los familiares, la soledad, la falta de comida, de techo, de educación, así como la imposibilidad de acceder a las redes en las cuales se compra y se vende, o simplemente se conversa y se pasa bien; las peleas con los hermanos, los padres o los hijos, pueden hacerlos sucumbir en la tristeza. La depresión, hoy, cuesta cara. Mucho dinero se va en pastillas.
En tiempos de Jesús, pero también dos mil años después, una carga dolorosa es la mirada de los demás. Los otros nos juzgan y amargan la vida. A veces no son los otros, sino nuestro propio sentido de responsabilidad, la obligación que nos impone nuestra conciencia, la que no nos deja en paz. Y, por último, la misma conciencia del mal que hacemos puede oprimirnos. No darse cuenta que hacemos sufrir a las personas que nos rodean puede ser una enfermedad. Lo son la apatía y la sicopatía. Pero también puede serlo un sentido de culpa exacerbado. Pues bien, a todos los oprimidos, por las causas más diversas, Dios, a través de Jesús, viene a aliviarlos, sacándoles sus pesos de encima.
Jesús, por su parte, les llama a tomar su propio yugo. ¿Cómo se entiende? ¿No es su carga aún más pesada que la nuestra? En cierto sentido sí. Amar y perdonar puede ser muy sacrificado. Sin embargo, nada puede ser más liberador que ser amado y perdonado. La carga que Jesús quiere que sus seguidores lleven, es la de encargarnos unos de otros, como Dios se encarga de él y, a través de él, de todos nosotros. No hay peor tristeza que sufrir solos. Entrar en el ciclo de la misión liberadora de Jesús tiene muchas exigencias, incluso a ratos puede entristecernos, pero consiste en tomar parte en la pasión de Jesús. También nosotros, gracias a su amor, podemos sufrir con los otros para que se alegren con nuestra compañía. Lo peor es emprender solos la vida. Y lo mejor, dejarnos llevar por Cristo y aquellos a quienes él los libera de su opresión y les hace descansar en su amor.
Déjate llevar. Deja que otros se hagan cargo de ti. Considera en quiénes puedes descansar. Tú prójimo, ese que llevas, es también Cristo. Fíjate bien. Algo tiene que darte. Ocurre a veces que quienes son nuestro peso, cargan también con nuestros límites y nuestros pecados.
El Miedo
(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:
El miedo es tan antiguo como nuestra memoria. ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que sentiste esta emoción? Estabas solo/a. Estabas acompañado/a… Era de noche. Te faltó tu padre. Te aferraste al vestido de tu madre. Te sentiste amenazado/a. Un ruido… Algo desconocido te inquietó. Sentiste una inseguridad desconocida. ¿Recuerdas tus primeros miedos?
Transpórtate al presente. Han pasado muchos años. Los miedos de ahora no son los mismos de la niñez. La oscuridad no te asusta igual. No dependes ya de tu madre. Pero se han levantado nuevos temores. El futuro te parece amenazante: cambios en el trabajo, enfermedades nuevas, amores que podrían fracasar… Hay cosas que te dan miedo. Algo has aprendido sobre qué hacer cuándo te asalta el temor, ¿verdad?
Aun así, el miedo es en ti una emoción edénica inextirpable. Adán y Eva temieron a Dios en el paraíso. Mientras vivas tendrás la capacidad de temer. Cuando mueras nada te podrá asustar. El temor es una emoción indispensable que nos alerta de los peligros. Si el hombre primitivo no hubiera temido a los leones, nuestra especie no habría llegado tan lejos. Pero ese mismo hombre tuvo que vencer con lanzas y flechas para comer y criar a sus hijos. Hay riesgos que es necesario correr.
Pero hay también temores completamente injustificados que nos paralizan e impiden, por ejemplo, pedirle matrimonio al amor de nuestra vida o gozar simplemente con la creación. En la tradición budista de Siddhartha Gautama Buda, se enseña: “Conducidos por el miedo, los hombres acuden a muchos refugios, a montañas, bosques, grutas, árboles y templos. Tales, empero, no son refugios seguros. Acudiendo a estos refugios, uno no se libera del dolor” (Código Dhammapada, 188-189).
Un mito de Teotihuacán cuenta que los dioses se reunieron, antes que hubiera días, con el propósito de alumbrar el mundo. Tecuzitecatl, un dios rico, dijo “yo tomo el cargo de alumbrar el mundo”. Puesto que nadie más se ofrecía, los demás dioses determinaron que lo hiciera Nanahuatzin, un dios pobre. Ambos presentaron las ofrendas pedidas, pero cuando fue necesario que estos dioses se ofrecieran a sí mismos al fuego, el dios rico tuvo miedo y se echó atrás. El dios pobre, en cambio, entró en las llamas. Entonces el rico, al ver el coraje de Nanahuatzin, le siguió. Y a ellos los imitó un tigre. Los demás dioses esperaron. Se volvieron hacia el Oriente y vieron salir el sol y la luna.
Tómate un tiempo para responder estas preguntas: ¿Cuáles son hoy tus miedos? ¿Qué es lo que estos últimos meses te asusta, intimida o aterra? ¿Qué miedos te hacen arrancar? ¿Hay algo que actualmente te genera pánico?
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 4, 35-41
(c) Orientación del Oráculo:
El episodio de la tempestad calmada alude a las agitaciones que amenazan nuestra vida. El mar simboliza la muerte. Los discípulos creen que van a morir. Jesús triunfa sobre los vientos y el mar. Vuelve la serenidad. Pero no siempre podrán contar con Jesús. Un día él no estará. Es así que el Maestro transmite a los discípulos su capacidad de conjurar los peores peligros. Les contagia su fe y les enseña a creer, pues su fe les alcanza para muy poco. El miedo puede vencerlos. La fe, en cambio, puede lo imposible. Jesús, que cree en Dios, puede lo que nadie puede. Hacer que los vientos y el mar le obedezcan. Esto mismo debieran poder hacer los discípulos, y hoy nosotros, con fe.
La Palabra de Dios no falla. Hazle caso. Frente a los miedos que te acechan, ten fe. Los que confían en Dios son invencibles. Cree y triunfarás, mañana o pasado mañana.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 10, 32-34
(c) Orientación del Oráculo:
Los discípulos que seguían a Jesús en su subida a Jerusalén estaban asustados. Tenían razón para estarlo. Jesús les había anunciado que lo iban a matar. ¿Quién en su sano juicio podría poner su confianza en un líder que predice su propio fracaso?
A dos mil años de distancia puedes preguntarte: ¿quién es tu Maestro? ¿Quiénes te muestran un camino? Seguir a un Maestro te exigirá reconocer tu vocación y ser fiel a ella. Tú podrás compartir la misión del Maestro, pero él nunca conocerá a fondo tu vocación. La misión puede ser común, la vocación jamás, es siempre única y original. Los malos maestros hacen que sus discípulos acaten su voz. Los falsos maestros absorben su libertad y los obligan a hacer lo que ellos quieren como si tuvieran la verdad absoluta. Los buenos maestros, en cambio, ayudan a sus discípulos a reconocer la Voz entre las voces. Los buenos maestros transmiten a sus discípulos la gramática para reconocer la voluntad de Dios. Les enseñan, sobre todo, a ser valientes, a lanzarse a las llamas. A vencer el miedo a ser originales. Los buenos maestros educan a los iniciados a buscar y a perseverar, a rechazar las tentaciones y a inventar ese camino completamente original que es la vocación y del cual depende a la larga la felicidad de cada cual. A la larga, porque en lo inmediato ser fiel a la vocación da miedo, es riesgoso. Muchos arrancan de su vocación porque ven que seguirla les acarreará un sin fin de renuncias, problemas, incomprensiones o agresiones. Es más fácil hacer lo mismo que el “rebaño”. Pero, quien no se vence a sí mismo para llegar a ser uno/a mismo/a, puede pasar a la historia sin haber iluminado jamás a nadie.
Hazle caso a la Palabra. El camino no será fácil. Lo importante es creer que los que lo intentan triunfarán. ¿O prefieres ser un turista de tu propia vida? ¿Un personaje espectador de tu drama de existir?
(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 14, 26-29
(c) Orientación del Oráculo:
Al Padre de Jesús nadie lo ha visto nunca. Jesús resucitó y se ha vuelto invisible. ¿Quedaron entonces solos los discípulos? No, porque el Espíritu les hizo presente a Jesús y Jesús al Padre. Dios no los abandonó. El Espíritu de Cristo resucitado les insufló la paz de la fe. Desde entonces, los que creen en Dios triunfan sobre los temores y terrores de la vida.
¿Crees tú que Dios te ama? Créelo y vivirás en su amor. Ama, y otros creerán gracias a ti. Vencerás tú y los tuyos. Confía. Abandónate. Ningún miedo tiene derecho a impedirte vivir en paz. La paz es un regalo del cielo para quienes confían en las palabras de Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo”. Ten fe, cree en el amor, deja que la paz se instale en tu corazón y disipe tus miedos.
En cambio, si el temor te devora no conocerás nunca la dicha de ponerte en las manos del Padre. Jesús lo hizo. Si él lo hizo, también los hijos y las hijas de Dios pueden confiar en el Padre y vencer las tinieblas que te intimidan.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 25, 14-30
(c) Orientación del Oráculo:
Los miedos te pueden liquidar la vida. La vida es para cultivarla y gozarla. Hacer un hoyo en la tierra para no perder el talento que Dios te dio, equivale a perderlo para siempre. Hace dos mil años el talento era una moneda. Con el pasar de los años ha llegado a significar un don. No sacarle partido al don que se tiene por miedo a perderlo, por miedo al ridículo o por temor a equivocarte, equivale a enterrar el talento. El don es como la vida: se la vive o se sobrevive. La vida es un riesgo. Quien no arriesga no vive. Se pone a la orilla de la existencia y contempla cómo los demás son protagonistas del cielo y de la tierra.
No hagas del miedo un “dios”. No le pidas a este “dios” que te haga el favor de resolver los problemas. No le pidas que te levante el castigo. Dios no castiga. A Dios no se le teme. Él cree en ti. Cree tú en ti mismo/a. Dios te ha entregado la creación para que la goces. Lo único que Dios quiere es tu felicidad. Confía en él. Sácale partido a tu talento. Ponlo en juego. Si pierdes, Dios, que te quiere, te rescatará del modo menos pensado.
Tú tienes un talento escondido. Hay algo que solo tú puedes hacer en este mundo. Deja de imitar a los demás. Ellos, sin saberlo, esperan la revelación de tu misterio. Ni tú mismo lo conoces. Pon en juego tu talento. Apuesta a ti mismo/a. Sorprenderás a quienes te rodean y crecerás en humanidad. Esta oportunidad la tienes hoy. Hoy es tu día.
La Aversión
(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:
Hay cosas que nos dan asco. Hay personas que nos producen rechazo. Las rehuimos. Rechazamos a quienes nos incomodan como las llagas de una enfermedad, su mal olor o su aspecto indeseable. Para defendernos de ellas solemos echarles la culpa de algo. Las culpamos de atribularnos.. A los pobres, les echamos la culpa de su miseria. No creemos en su reclamo de misericordia. Podemos, a lo más, darles limosna para sacárnoslos de encima. Pero no estaríamos dispuestos a escuchar el relato de su infelicidad. El instinto nos dice que las desgracias acarrean desgracias. Mejor escapar de ellos. Por esto, nos alejamos o eludimos las situaciones o personas amenazantes.
En el lenguaje común de las religiones, Dios también rechaza. En el Corán esta idea está muy presente. Se dice: “Dirige, pues, tu rostro con firmeza hacia la fe verdadera y perenne, antes de que llegue de Dios un Día [de ajuste de cuentas, un Día] inevitable. Ese Día serán todos separados: quien haya negado la verdad tendrá que cargar con [el peso de] su rechazo, mientras que los que hicieron lo que es recto y justo habrán acumulado para sí una excelente provisión, para que Él recompense, de Su favor, a los que han llegado a creer y han hecho buenas obras” (Sura 30). En el cristianismo, el advenimiento del Reino de Dios implica un juicio. La salvación es gratuita, pero no barata. Habrá un Juicio Final. El Rey, Cristo, rechazará a quienes lo hayan rechazado en los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados (Mt 25, 31-46). Pero cuesta entender que Jesús vaya a castigar. ¿No es su Dios pura misericordia? Creer que Dios rechaza a los que lo rechazan, es un modo de afirmar el “auto-rechazo”. Dios indica el camino de la realización de la humanidad. Los que intentan caminos distintos del amor al prójimo, se pierden solos.
Haz memoria de los ascos de tu infancia. ¿Qué te daba repugnancia? ¿A quiénes rechazabas?
Conéctate ahora mismo con tus aversiones. ¿Qué cosas o personas te desagradan? ¿Qué te molesta y repruebas? ¿A quiénes no les darías un minuto de tu tiempo?
¿Te has sentido rechazado/a por Dios? ¿Por qué?
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 5, 12-16
(c) Orientación del Oráculo:
Hay gente que te produce rechazo. Pero talvez haya gente que también huye de ti. ¿Por qué te rechaza? Talvez no te des suficiente cuenta. Si tus heridas están a la vista, te darás cuenta fácilmente que los otros te evitan, te hacen un rodeo, se alejan o prefieren no encontrarte. ¿Te imaginas lo que pudo ser un/a leproso/a? Sus lamentos debieron espantar a los demás.
Pero si tienes éxito y ostentas tu triunfo, si eres un ganador/a y quieres que los demás te reconozcan, no será raro que no te valoren por ti mismo/a, sino porque a muchos les gusta hallarse cerca de los winners. Pero, apenas fracases, te dejarán. No te reconocerán. Dirán que mereces tu fracaso, porque, a fin de cuentas, nunca te fijaste en ellos. Los usaste, por lo que dejarán de utilizarte.
Cristo te llama a reconocer algo que ocultas. Hay algo en ti que inquieta a los demás. Suscita en ellos desconfianza, distancia o risa. Hay algo que tú no quieres en ti. Te amenaza. Este peligro, sin embargo, puede ser vencido. Jesús te llama a conjurarlo. En Cristo ni la muerte puede arruinarnos. Déjate cuidar y curar por él. Si él te integra, nada ni nadie podrá marginarte. Él sí se interesa por ti y no por tu utilidad. Déjate querer por Dios tal como eres. Todo lo demás se te dará fácilmente.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 7, 36-50
(c) Orientación del Oráculo:
Jesús rompe con el sentido común. Una prostituta normalmente era despreciada. En el mejor de los casos, se la habrá podido menospreciar con cierta indulgencia. A algunos les pudo dar vergüenza su cercanía: ¿los podía contagiar con su inmoralidad? No a Jesús.
La situación incomoda a Simón. Su invitado se comporta de un modo completamente extraño. Simón no dice nada, pero en su interior rechaza a la pecadora pública y juzga a Jesús. Los fariseos sólo se sentaban a la mesa entre los que se consideraban justos. Jesús adivina la mente de Simón. Este, se atiene a la norma. La mujer, fuera de la norma, se mueve por amor. Jesús, a su vez, deja que la prostituta le haga cariño. No le importa defraudar la religiosidad de los fariseos. Ha visto la miseria de la mujer que lo besa, y acoge el amor que ella le demuestra.
¿Y tú quién eres? ¿Simón o la prostituta? Ponte en el lugar de la mujer, deja que Jesús mire con amor tu miseria. Deja que reciba lo que tú tienes que ofrecer y que nadie más que tú sabría dar.
Ponte en el lugar de Simón. ¿Por qué miras mal a los demás? ¿Eres mejor que ellos?
Los que rechazas, te rechazan. Cristo acoge a la prostituta y perdona a Simón. Deja que en ti Cristo haga lo contrario de lo que tú normalmente haces con los demás.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 8, 2-11
(c) Orientación del Oráculo:
El adulterio es un pecado grave. Lo fue en tiempos de Jesús. Lo es en nuestra época. El adulterio es causa de rompimiento de muchos matrimonios y del fracaso de más de una familia.
Entre los israelitas la adúltera merecía la lapidación. En el episodio evangélico, quienes querían apedrear a la mujer adúltera no hacían nada incorrecto. Aplicaban la pena correspondiente a un delito. Pero no era esto solo lo que estaba en juego. No para Jesús. Jesús lleva las cosas al plano de la misericordia. No es que se salte la ley. El también considera grave un adulterio. Pero al liberar a la mujer del linchamiento, va al fondo del asunto: todos somos pecadores; todos, a los ojos de Dios, merecemos misericordia. Dios puede lo que normalmente los demás no podemos: perdonar. Dios acoge a los que los demás rechazan.
Si estuvieras en el caso de la mujer adúltera, ¿te gustaría que te perdonaran? Y de la culpa que te oprime, ¿no te gustaría ser liberado? Deja que el Señor te ame. Dios te perdona con un amor enorme. Ningún pecado tuyo le queda grande.
Perdona tú, y te será más fácil perdonar. Deja que Dios te perdone. Pronto comenzarás a liberar de culpa a los que te han ofendido.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 9, 22-26
(c) Orientación del Oráculo:
Jesús produjo rechazos. Fue reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas. Probablemente los discípulos, una vez crucificado su maestro, sintieron vergüenza de él. Más de alguno, se habrá reído de ellos. También ellos fueron víctimas de menosprecio.
El Maestro pidió demasiado. La cruz, a los discípulos y a los cristianos de todas las épocas, ha debido provocarles repugnancia. A decir verdad, el cristianismo tendría que producir repulsión. Lamentablemente, los cristianos le han quitado a la cruz todo su horror. Hoy sirve de amuleto. Pero no para recordar la historia del hombre crucificado que amó hasta el final. El hombre que, en nombre de Dios, se identificó con los miserables, los leprosos, los lunáticos, los endemoniados, las mujeres hemorrágicas, para sanarlos y exaltar su dignidad. ¿No debiera causar inquietud mirar a un condenado a muerte con la peor de las penas, colgado de unos troncos, sudando, escupiendo sangre, completamente desnudo y delirando?
Es bueno sentir aversión, rechazo, asco, deseos de vomitar. Estas son emociones edénicas que indican que se está vivo. El asunto está en reconocer qué nos desagrada, por qué y decidir qué hacer con estas emociones. El odio nos puede enfermar. Pero bien aprovechado es una pulsión sin la cual no se emprenden acciones indispensables. A Jesús, por ejemplo, lo irritaban los hipócritas. En vez de intoxicarse con esta emoción, hizo con ella una crítica demoledora contra los que oprimían a los demás. A los fariseos les gritó en su cara “sepulcros blanqueados”.
Y tú, ¿te molestas con quienes desprecian a los demás, o te acomodas a ellos? A ti, ¿quién te rechaza? ¿Alguien se avergüenza de ti? ¿Por qué razón? Elige tus amores. Elige tus repugnancias. Elige tus adversarios. No pretendas abuenarte con ellos sin antes haber removido los obstáculos que te separan de ellos.
La Sorpresa
(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:
Hay sorpresas buenas y sorpresas malas. Las sorpresas nos pillan desprevenidos. No estaban en nuestros planes. Ni siquiera imaginamos que podríamos prepararnos para recibirlas. Algunos hechos rompen nuestros esquemas. Teníamos un modo de pensar y ocurrió algo que nos obligó a entender las cosas de otra manera. Las sorpresas nos desconciertan, nos descolocan o nos deslumbran. Nos llenan de admiración o nos horrorizan. Los poetas y los místicos poseen una capacidad de sorprenderse extraordinaria. Para Rabindranath Tagore “la vida es la constante sorpresa de saber que existo”.
Haz memoria. ¿Recuerdas qué te maravilló en tu niñez? ¿Algo que te llamó mucho la atención? Revive por un momento las veces que fuiste sorprendido/a.
La capacidad de sorprenderse puede aumentar o disminuir con los años. Uno puede, incluso. no querer ser sorprendido por nada más en la vida. O bien, desear recuperar esta capacidad. Podemos desear una segunda ingenuidad. Volver a nacer. Contemplar por primera vez la Vía Láctea.
¿Qué ha sido lo último que te ha sorprendido? ¿Hay algo que te haya impactado como para cambiar tu modo de pensar o de actuar?
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 9, 27-33
(c) Orientación del Oráculo:
Jesús cura a los ciegos y expulsa a los demonios. La gente queda maravillada: “Jamás se ha visto cosa igual en Israel”. Jesús sorprende a todos con sus portentos, pero unos reaccionan de una forma y otros, de otra. Unos se abren al reino que él inaugura. Otros, ven en esta proclama una amenaza que es necesario sofocar.
Nos es fácil reconocer que el Señor puede hacer algo con nosotros. Le agradecemos “cosas”, “asuntos”, pero son pocas las ocasiones en las cuales nos consta que a nosotros mismos, en nuestro cuerpo, en el curso de nuestra vida o modo de ser, ha ocurrido algo que sólo podemos atribuir al Señor. Cuando esto ocurre, hablamos de una experiencia personal de Dios. Nos encomendamos al Señor en la enfermedad, y nos sanó. No teníamos cómo arreglar el matrimonio, y la relación se desenredó de una manera sorprendente. Pero podemos también cerrarnos, defendernos en contra de Dios. Esto sucede cuando tenemos una idea tan acabada de nuestra vida que preferimos no correr riesgos con sorpresas que nos exijan cambios personales importantes.
Pídele al Señor que te devuelva la vista. Crees ver, pero podrías ver mucho más. Crees oír, pero podrías oír mucho más. ¿No pudiera el Señor soltarte la lengua para que anuncies a los demás que te liberó de tus demonios? Ruégale que te devuelva la capacidad de maravillarte de tu propia existencia y asombrarte con lo que él hace a tu alrededor. ¿No te gustaría recuperar la ingenuidad de tu infancia? Clama al Señor para que te devuelva el perfume del mar.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Lc 1, 26-38
(c) Orientación del Oráculo:
Muchas cosas hermosas se han dicho de María. Muchas más tendrán que decirse todavía. Pero en ella no se agota el increíble poder de Dios. En todos nosotros Dios puede lo imposible. María sabía perfectamente qué era posible en ella misma y qué no. Sabía de qué era capaz su cuerpo. Conocía los límites de su relación con José. No era ninguna ingenua. El ángel Gabriel la sorprendió con el anuncio del embarazo. Jamás habría imaginado que Dios le pediría ser madre de un niño sin tener relaciones con un varón. Para colmo de su perplejidad, la situación la ponía en peligro. Si se hubiera sabido de su gravidez la pudieron haber apedreado. Con todo, creyó. Creyó, y Dios pudo en ella lo imposible. Pudo, pero no contra su voluntad.
También en ti Dios puede hacerte entrar y salir por las circunstancias más extrañas y peligrosas. ¿Recuerdas alguna? No es casualidad que tu vida, como las aguas, siempre ha ido encontrando cauces nuevos. Dios está contigo. Sorpréndete de ti mismo/a. Tú eres más que tus imposibilidades. Ten fe. Tú no eres imposible para Dios. Pero Dios no te forzará a nada. Requiere de tu colaboración, como del “sí” de María, para hacer el milagro.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 14, 26-33
(c) Orientación del Oráculo:
Los discípulos fueron sorprendidos una y otra vez por Jesús. Al verlo caminar sobre el mar, se estremecieron. Se aterraron, clamaron: “un fantasma”. Pero Jesús les quitó el miedo: “soy yo”. En él podían confiar por completo. Esto es lo más sorprendente de lo sorprendente. Que los discípulos hayan creído en él como sólo en Dios se puede creer. “Yo soy”, es el nombre israelita de Dios. Jesús, identificado por completo con Dios, hace lo que nadie sería capaz de hacer. Caminar y hacer que otros caminen sobre las aguas.
Pedro quiso hacer la prueba. Avanzó hacia Jesús caminando él también sobre el mar. Pero la violencia del viento, que representa las tempestades de la vida, le hicieron dudar. Le entró el miedo. Comenzó a hundirse. Jesús lo sacó de las aguas, “lo salvó”. Desde entonces, los discípulos entendieron que el Hijo de Dios salva a los que creen en él. A los que se hunden, pero gritan “Señor, sálvame”.
La vida, tu propia vida, ¿está o no está abierta a sorpresas? ¿Puede haber algo más triste que blindarse contra lo nuevo? La vida tiene dramas que, vivos en el inconsciente, nos bloquean, nos impiden explorar caminos desconocidos.
Ábrete a la vida tal cual se presente. No quieras controlarlo todo. Ponte en las manos de Dios y concédete la posibilidad de ser sorprendido/a por la existencia. Antes de convertirte en zombie, vive apasionadamente la vida. Conmuévete con lo que ocurre. Y, si el Señor te pide que camines sobre las aguas, arriésgate.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 12, 35-36
(c) Orientación del Oráculo:
Como dice una poetisa chilena: “La luz se hizo, porque Dios es luz”. La verdadera luz es Cristo que se hizo carne. “Yo soy la luz del mundo”. Pero hay otras luces. Lucifer es el ángel de luz que puede sorprender en el momento menos pensado. Lu-cifer o Luz-bel, o como quiera llamarse al mal, puede ser tan luminoso que encandila, enceguece y, cuando no se sospecha, puede cubrir con las tinieblas del engaño. En cambio, dice la poetisa: “La luz de Dios es la mirada de los ciegos que igual ven, aun en su propia oscuridad”. Antes de entrar en la noche de la muerte, Cristo advierte a sus discípulos que caminen en su luz, porque llegará el momento en que no lo tendrán más. Les advierte que, cuando esto suceda, el mal puede hacer presa fácil de ellos.
Y así ocurrió con muchos, talvez la mayoría de sus discípulos. Al morir Jesús crucificado, las tinieblas cubrieron la tierra. Los discípulos que todavía no habían aprendido a distinguir “las luces” de la Luz, cayeron en el desconcierto y arrancaron despavoridos.
Esto vale para ti hoy. Busca la Luz. Está en tu interior. Ámala. Accede al verdadero conocimiento. Esta es la clave: la Luz te hace ver que las personas son hijos e hijas de Dios, y que tú eres hermano o hermana de cada ser humano. Con esta Luz puedes observar en ti las nubecillas del mal que se van apoderando de tu corazón. En cualquier momento, estas nubecillas pueden convertirse en nubarrones y tempestades. Ama la Luz y camina con confianza. Las tinieblas están por llegar, llegaron o volverán. Siempre vuelven. Camina en la Luz que te ilumina en tu interior. Así podrás reconocer las trampas de Lucifer y soportar el combate.
La Ira
(a) Concentración. Léanse calmadamente estas líneas:
A veces algo nos saca de quicio. Sentimos una indignación fuera de lo común. Podríamos reaccionar contra alguien con violencia. O patear una puerta o echarle el auto encima a otro conductor. Esta es cólera, la rabia o la ira. Nuestras reacciones iracundas son rápidas, de un golpe suelen arruinar relaciones con personas que amamos o con gente con la que nos cuesta entendernos. Podemos sacarla hacia fuera de un modo furioso o dirigirla hacia adentro, concentrarla en el estómago, en el colon, provocándonos una úlcera. Podemos transformarla en resentimiento y ver la vida con odio. Para la intuición taoista de Clarissa Pinkola: “Una persona que crea a través de la cólera tiende a crear lo mismo una y otra vez y no consigue ofrecer ninguna novedad. La cólera no transformada puede convertirse en un mantra constante en torno al tema de nuestra opresión, sufrimiento y tortura”.
Pero la cólera puede transformarse. Podemos contar con la ira para volver a poner las cosas en su lugar. La rabia puede ser sanada y su fuerza, bien administrada, procesada racionalmente, expresada de un modo inteligible y dirigida hacia quien corresponda hacerlo, puede hacer bien a otros y a uno mismo. Por lo mismo, conviene reconocer cuándo se puede gatillar la ira, y ensayar las maneras de encausarla.
¿Recuerdas tus rabias de niño? ¿Qué las motivó? ¿Cómo solías reaccionar a tus frustraciones o a las injusticias que te infligieron?
Ten presente qué te ha enojado el último tiempo. ¿Alguien te ha enfurecido? ¿Estás sufriendo actualmente alguna injusticia? Revive este sentimiento como si lo estuvieras experimentando ahora mismo. Deja que emerja desde las profundidades de tu alma. No te sientas culpable de él. De los sentimientos nadie es responsable. Somos responsables de qué hacemos con ellos. Contáctate con tu ira. Tu ira, en este momento, es parte importante de tu verdad.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Jn 2, 13-22
(c) Orientación del Oráculo:
Jesús reacciona con ira. Nos cuesta aceptarlo. Nos hemos hecho una idea tan dulce de su persona que su reacción iracunda nos desconcierta. ¿Le pegó Jesús alguien o solo derribó las mesas? ¿Se dejó llevar por la furia o expresó su enojo con racionalidad? Los expertos dicen que este episodio colmó la paciencia de las autoridades religiosas contra Jesús, las que finalmente consiguieron que los romanos lo mataran. Dicen además, que es muy difícil reconstruir el hecho histórico. Lo que sí es claro, es que Jesús atacó la institución del Templo. Amenazó a las autoridades de una religiosidad que comerciaba con la fe del pueblo.
Sea lo que sea, puedes preguntarte qué haces con la ira. ¿Reaccionas a veces en contra de quienes te sacan de quicio? ¿Te sometes fácilmente a los más fuertes, o a las autoridades cuando abusan de su poder? Talvez confundes la humildad con la cobardía. ¿Hay alguna causa que tendrías que afrontar con valentía? Tal vez le quitas el cuerpo al conflicto. Puede ser bueno que te arriesgues un poco más, aunque puedas perder los estribos. Al contrario, sería mejor que evitaras los muchos conflictos en que te metes y, sobre todo, aprendieras a controlarte. Hay distintos caracteres. ¿Cuál es tu actitud ante la violencia?
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 3, 1-7
(c) Orientación del Oráculo:
Jesús mira con ira a sus adversarios fariseos. Un hombre con una mano paralizada se halla entre Jesús y los fariseos. El enfermo se convierte en campo de batalla entre dos visiones de la religión. Los fariseos creen que Dios bendice a quienes cumplen las normas dela Leyy exigen, por tanto, que no haya otro modo de buscar la bendición de Dios sino a través de estas normas. Jesús, por el contrario, cree que Dios bendice a las personas independientemente de su religiosidad. Él hace el milagro de curar al hombre de la mano seca en día sábado, el día que las normas dela Leyimpedían, según los fariseos, hacer algo así. Con su comportamiento da motivo a sus adversarios para acusarlo de violarla Ley. Losfariseos acuden a los herodianos para ver manera de eliminarlo. Jesús representa una amenaza a su modo de entender a Dios. Socava su religiosidad, la religiosidad que los tenía a ellos en una posición privilegiada.
Ponte en el lugar del hombre de la mano paralizada. Imagina la ira con que Jesús mira a los fariseos. ¿Qué te parece? Imagina también la ira con que los fariseos observan a Jesús. ¿Qué te parece?
Y tú, ¿por defender a quién sientes ira? O, ¿contra quiénes te enojas? Haz memoria. ¿Se parece tu ira a la de Jesús o a la de los fariseos? Revisa tus conflictos. Si nada te indigna, tendrías que fijarte un poco más en los sufrimientos de las personas que te rodean. ¿Cuál es tu emocionalidad edénica básica? ¿La empatía, la simpatía, la antipatía o la apatía? Participa en la pasión de Jesús, y métete en problemas si es necesario.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mt 5, 20-25
(c) Orientación del Oráculo:
La rabia se puede canalizar a favor de algo productivo, o desatarse irreflexivamente contra alguien o algo. A veces, un mal rato puede ser el punto de arranque de una reconciliación. Sucede entre las parejas que se comunican sus problemas. La indignación es el primer paso para solucionar una dificultad real. La solución del problema puede incluso mejorar la relación. Pero también ocurre que un arrebato de furia eche a perderlo todo. Peor aún, si sirve de venganza o se expresa con violencia.
Jesús insta a sus discípulos a buscar la reconciliación. De nada serviría cumplir los ritos del Templo, si se trata mal al hermano o no se hace nada por recuperarlo. Es normal que en la vida haya conflictos. Sería ideal que nadie nunca insultara a su hermano. Pero, si esto ocurriera, es imperativo que la relación sea salvada a toda costa. Según la mente de Jesús, las discordias deben resolverse. La reconciliación, a la larga, debe primar.
Y tú, ¿qué estás esperando? ¿Cuál de tus relaciones peligra? Haz todo lo posible por recomponerla. ¿Cuáles son las relaciones que das por perdidas? ¿Estás rezando por las personas que ya no puedes amar?
Pide a Dios justicia. Pídele, además, luz para comprender cómo opera en ti la rabia contra la injusticia o cualquier cosa que te saca de quicio. Y que te enseñe, por último, qué tienes que hacer con ella.
(b) Léase este episodio del Evangelio: Mc 14, 3-9
(c) Orientación del Oráculo:
Durante una comida en una casa en Betania, unos discípulos de Jesús armaron un escándalo contra una mujer que lo único que hizo fue derramar un perfume de nardo sobre la cabeza del maestro. Razón: lo consideraron un derroche inaceptable. Jesús y los suyos habían tomado partido por los pobres. Ellos mismos eran pobres y trataban de ser coherentes con su opción. Gastar dinero en un perfume caro para ungir al maestro, pudiendo ese mismo dinero servir para aliviar la miseria de los pobres, puso furiosos a algunos discípulos. Se indignaron contra la mujer. Jesús, en cambio, la defendió. Para Jesús, la mujer hizo algo hermoso.
A menudo, a nosotros nos ocurren cosas parecidas. Algo que no cabe en nuestros esquemas, nos da una rabia infinita. Nos enfurecen personas que actúan de un modo injustificado. Suele ocurrir que queremos que todo funcione de acuerdo a nuestra lógica. A las personas que no se ajustan a nuestra manera de pensar, las fulminamos con la mirada, les respondemos mal o hablamos de ellas por la espalda. La ira, en estos casos, nos lleva por el peor de los caminos.
Tú ya tienes experiencia. Los problemas no los arreglarás a patadas. Sin indignación, no tendrás la energía necesaria para buscar que se te haga justicia a ti, o a otras personas. Uno de los nutrientes del coraje, es la capacidad de enojarse. No desprecies tu ira. Pero piensa diez veces antes de usarla. Recíclala. Con ella podrás abordar las dificultades con diálogo y buena voluntad. Si no tienes el valor de entenderte con los demás de un modo razonable, espera. Procura desarrollarlo.
Novedad e impacto del Concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano II ha sido una de las reuniones episcopales más importantes en la historia de la Iglesia. Entre estas, destacan los concilios que tuvieron lugar en Nicea (325), Constantinopla (381), Éfeso (449), Calcedonia (451), Constantinopla (553) y Constantinopla (680); posteriormente Trento (1545) y Vaticano (1869). El Vaticano II (1962-1965) tiene la particularidad de reunir obispos de todos los continentes. Pero, sobre todo, es importante por los temas que abordó, y el modo y la actitud con que lo hizo. La Iglesia de esos años levantó la mirada y, en vez de defenderse ante un mundo moderno que le era hostil, entró en diálogo con él en vista de anunciarle el Evangelio en términos culturalmente actualizados.
Entre los cambios más notables que el Concilio Vaticano II impulsó, está el de haber exigido una reforma litúrgica cuya clave pasó a ser la participación en ella de los fieles (Constitución Sacramentum Concilium). Si hasta entonces se destacaba el carácter mistérico de la Eucaristía, que subrayaba la actividad del sacerdote y se basaba en una estricta separación entre lo profano y lo sagrado, la nueva liturgia pudo celebrarse en las lenguas que los participantes podían comprender. Desde entonces se abandonó progresivamente el latín. La presencia de Cristo en ella dejó de concentrarse en la hostia consagrada, reconociéndosele presente, además, en la misma Palabra de Dios y en la comunidad.
En estrecha relación con la liturgia, el Concilio facilitó el acceso del pueblo católico a la Biblia (Constitución Dei Verbum). Hasta entonces, tras la crisis de la Reforma de Lutero, la Iglesia Católica puso demasiadas cautelas a la posibilidad de leer la Sagrada Escritura sin intermediarios. El Vaticano II, en cambio, abrió esta posibilidad como si no tuviera ningún temor a que esta fuera mal interpretada. El Concilio levantó definitivamente las precauciones que habían inhibido a los teólogos católicos de investigar las Escrituras con los métodos modernos y despejó a la Iglesia la posibilidad de muchas lecturas. Así, la Sagrada Escritura recuperó en el suelo católico la preeminencia que nunca debió perder
En la Constitución Lumen Gentium la Iglesia se autodefinió en términos de “sacramento” y de “pueblo de Dios”. Por una parte, ella misma quiso ser un “sacramento”, es decir, “un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). Con lo cual su presencia en el mundo también habría de ser significativa para la justicia y la paz. Por otra parte, en cuanto “Pueblo de Dios”, se quiso enfatizar la igualdad fundamental entre todos los bautizados. En adelante, el sacerdocio ministerial ha debido ponerse al servicio de la actualización del sacerdocio común de los fieles. Asimismo, la Iglesia del Concilio ha querido mirar a las otras iglesias, credos y culturas en términos respetuosos y amistosos. No obstante las diferencias reales en cuanto a conocer o no conocer al Dios de Jesucristo, en última instancia, lo decisivo ha pasado a ser la caridad. Puesto que Dios ha amado a la humanidad en Cristo, el amor entre los seres humanos hace de “sacramento” de la misma salvación. Sin amor, aun los católicos se apartarían de la salvación. Con amor, por el contrario, incluso los no creyentes accederían a Dios. En lo inmediato, la Iglesia intensificó el trabajo ecuménico (con las otras iglesias cristianas) y el diálogo interreligioso (con las otras religiones).
Con esta batería de conceptos teológicos, el Concilio quiso comprender la relación de Iglesia con el mundo en términos de diálogo, y no de confrontación (como no lo había sido en el último siglo). Con la Constitución Gaudium et Spes, la Iglesia quiso responder a los signos de los tiempos, entre los cuales los cambios a todo nivel –cambios, por lo demás, acelerados-, parecían la principal característica de la época. El documento abordó los temas angustiosos y candentes, tratando siempre de ofrecer una respuesta humanamente razonable, haciendo discernimiento de ellos de acuerdo a su conocimiento de Cristo. La Iglesia, en este texto, no solo tuvo una relación cordial con el mundo, sino que ella misma se consideró parte de este mundo y, en consecuencia, tal discernimiento de lo humanizante y de lo deshumanizante tuvo que hacerlo consigo misma.
Este documento tuvo un impacto enorme en la Iglesia latinoamericana. Los obispos reunidos en Medellín (1968), de un modo semejante a como lo hicieron los obispos en Roma, observaron la realidad de nuestro continente y declararon que el signo de los tiempos era aquí una pobreza injusta y masiva. En las sucesivas conferencias de Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007), la Iglesia del continente insistió en el valor decisivo de su “opción preferencial por los pobres”. Este es el nombre, dicho en pocas letras, de la recepción del Vaticano II en América Latina.
Las demás constituciones y decretos, en muchos casos, han sido comprendidos en la perspectiva de esta opción, con lo cual ha comenzado a surgir en esta parte del planeta una Iglesia propiamente latinoamericana. Esta ha querido ser la “Iglesia de los pobres”, presente en comunidades de bases en los barrios populares, en las cuales la celebración eucarística ha cobrado una importancia decisiva para la participación de los fieles, pues en ellas ha sido posible comprender sus vidas a la luz de la lectura de la Palabra de Dios.
No se puede pasar por alto que la Iglesia universal, a poco del término del Concilio, puso freno a una serie de iniciativas que parecieron muy audaces. Se ha vuelto, a veces, a actitudes y planteamientos pre-conciliares. Karl Rahner, destacado teólogo alemán, llegó a hablar de un “invierno eclesial”. La Iglesia latinoamericana, como las iglesias de Africa y Asia, no ha podido realizar una auténtica inculturación del Evangelio. Ella continúa siendo muy occidental y, en particular, muy romana. Pero, a largo plazo, nuestra esperanza es que el futuro del cristianismo en América Latina consista en una inculturación del Evangelio realizada desde los pobres. En esta clave, pensamos, debieran abordarse los otros grandes asuntos: la secularización, la integración de la mujer, los cambios en la religiosidad, los reclamos ecológicos y las demandas de los pueblos originarios.
El Vaticano II en América Latina
Se cumplen 50 años del inicio Concilio Vaticano II. Los cambios que este concilio produjo en la Iglesia han sido muy grandes. Entre los más importantes de todos, está el haber despejado la posibilidad de iglesias regionales: asiáticas, africanas, latinoamericanas… Digo “despejado”, porque lo que ha brotado como real no siempre ha podido prosperar.
El Vaticano II impulsó grandes cambios en la Iglesia universal, uno de los cuales fue comprender que ella es una realidad histórica. Si en otros tiempos se había subrayado la distinción y separación entre la Iglesia y el mundo, el concilio entendió lo contrario: destacó que la Iglesia debe arraigar tan hondamente en la humanidad que todo lo que acontezca en el mundo debe importarle como cosa propia.
¿En qué ha consistido la novedad de una Iglesia “latinoamericana” propiciada por el Concilio? Los católicos latinoamericanos aparecieron entre las demás iglesias como adultos. Lo que ha despuntado en 50 años es una Iglesia que ha podido pensar por sí misma, sin tener ya que depender intelectual y teológicamente de Europa. La Iglesia latinoamericana puso a prueba la manera histórica de auto-comprenderse “en” el mundo en Medellín (1968). En esta conferencia episcopal, la Iglesia latinoamericana, más que aplicar el concilio, lo continuó. ¿Qué resultó? Una apertura a lo que estaba ocurriendo en el continente, cuyo resultado fue encontrar que en “sus” países la injusticia social constituía una “violencia institucionalizada”. La Iglesia entró en los conflictos de la época y, en vista a su resolución, tomó partido por los pobres. Si hubiera que poner un nombre a la recepción del concilio hecha por la Iglesia en América Latina éste sería sin lugar a dudas: OPCIÓN DE DIOS POR LOS POBRES. Pues bien, esta convicción teológica ha pasado a configurar la identidad de una Iglesia que se atrevió a amar al mundo como una dimensión de sí misma. La Iglesia latinoamericana se identificó con los pobres y tal vez llegue a ser un día “la Iglesia de los pobres” (como quiso Juan XXIII, Manuel Larraín y, aún antes, Alberto Hurtado). Tal vez, digo, porque las resistencias internas y externas han sido muy fuertes. Lo que ha estado en juego desde entonces, es que si esta Iglesia opta por los pobres, los pobres han de ser en ella protagonistas y no personajes secundarios; han de pesar, en consecuencia, en el modo de sentir, pensar y decidir en las cuestiones eclesiales.
Esta “Iglesia de los pobres”, en estos 50 años, ha sido a veces una realidad y en algunos lugares de América Latina lo sigue siendo. En las comunidades cristianas populares se ha dado un fenómeno rara vez visto en la historia eclesial: personas que, sabiendo apenas leer y escribir, con la Biblia en la mano, han comprendido su existencia personal, social y política. Entre ellos se ha dado una fervorosa conciencia de parecerse a los primeros cristianos que se reunían en casas, y no en grandes templos, para celebrar la eucaristía. Entre estas personas, en países centroamericanos, ha habido mártires como los hubo en los primeros tiempos del cristianismo.
¿Una Iglesia “desde abajo”, una ilusión…? Esto es lo que ha despuntado en la América Latina post-conciliar como lo más novedoso. Se ha asomado un Iglesia inspirada en aquellas palabras revolucionarias de Jesús: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (cf. Mt 20, 1-16). ¿No podría haber una liturgia, una enseñanza moral y un derecho canónico que extraigan su vitalidad de la experiencia de mundo de los postergados, los abandonados, los desamparados, los fracasados y, para colmo, frecuentemente tenidos por culpables siendo inocentes? Lo que la Iglesia no ha podido ser en los hechos, sí lo debe ser por vocación. La Iglesia latinoamericana, en la medida que ha configurado su identidad original optando por los pobres, no sólo asoma como adulta, sino que indica a las otras iglesias qué sentido tiene el cristianismo.
Esta Iglesia ha empezado a ser adulta por esta experiencia mística colectiva y única en la historia de haber descubierto que “Dios opta por los pobres” y, sobre todo, porque ha comenzado a pensar por sí misma. El Concilio, que animó a la Iglesia a comprometerse con las luchas históricas de sus contemporáneos, estimuló también el surgimiento de una teología propia. En 500 años de existencia prácticamente no había habido teología en América Latina. Desde Medellín hasta ahora, la producción teológica latinoamericana ha sido impresionante, y no cesa. La teología latinoamericana, y la Teología de la liberación en particular, ha favorecido en este sentido, el nacimiento de una Iglesia que, sin dejar de ser la que siempre ha sido, puede elevar a conciencia y a concepto una experiencia original de Dios.
La Iglesia necesita cambios. El Cardenal Martini, al momento de su muerte, ha señalado que la Iglesia está atrasada 200 años. ¿No sería la crisis actual la ocasión para que la Iglesia Latinoamericana pida que los cambios se hagan “desde los últimos”?
Ataque frontal contra el “Dios” Mercado
Jesús atacó sin contemplaciones a Mammon, el “dios” dinero, y confrontó a los ricos cara a cara (“Ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su recompensa”). Los obispos de Chile en su Carta Pastoral no han ido tan lejos, pero no han sido tibios para atacar frontalmente al más grande de los “ídolos” de nuestra época: el mercado.
Los ídolos son realidades creadas, es decir, no divinas, que cumplen una función, a veces indispensable, en la vida humana. Pero, cuando se les concede un valor absoluto, terminan por reclamar a las personas sacrificios inhumanos.
El Mercado, en nuestro tiempo, se ha convertido en “ídolo”. En el plano económico el mercado consiste en un mecanismo de intercambio muy práctico. Las personas, por medio del dinero, intercambian entre ellas bienes y servicios sin que haya un “tercero” que pudiera hacerlo en su lugar, lo cual podría complicar mucho las transacciones. Si las personas intercambian directamente lo pueden hacer con mayor agilidad y libertad. ¡Supuestamente…! En realidad, lo hacen con niveles bien disparejos de libertad. Porque, si una persona tiene a su familia hambrienta, se dejará contratar por un salario misérrimo. Porque, además, a través de la publicidad las grandes empresas dirigen las elecciones de las personas con mecanismos sofisticados de manipulación. Las personas creen que eligen. En realidad, compran, se endeudan para comprar. Eligen como ratoncitos de laboratorio. Y se convierten en esclavos de sus deudas.
El Mercado en Chile, dados los pocos controles estatales y legales con que funciona, es un “Dios” todopoderoso que rige la vida de las personas y, poco a poco, va infiltrando con su lógica intercambiaria otros ámbitos de nuestra vida: el profesor trabaja por plata, la farmacia fijas precios usureros, etc.; o la gratuidad va dejando espacio en las relaciones de amor al criterio del “pasando y pasando”. ¡Fatal!
A continuación cito algunos párrafos de la Carta Pastoral que no llaman a eliminar al Mercado, pero lo atacan despiadadamente en cuanto “ídolo” que nos está haciendo un daño enorme. ¿Quién y cómo se lo controlará? La pregunta queda planteada. Ella merece una respuesta personal y social, individual y política.
Chile ha sido uno de los países donde se ha aplicado con mayor rigidez y ortodoxia un modelo de desarrollo excesivamente centrado en los aspectos económicos y en el lucro. Se aceptaron ciertos criterios sin poner atención a consecuencias que hoy son rechazadas a lo ancho y largo del mundo, puesto que han sido causa de tensiones y desigualdades escandalosas entre ricos y pobres. Por promover casi exclusivamente el desarrollo económico, se han desatendido realidades y silenciado demandas que son esenciales para una vida humana feliz. La tarea central de los gobiernos parece ser el crecimiento financiero y productivo para llegar al tan anhelado desarrollo. Tal vez hemos tenido la ilusión de que del mero desarrollo económico se desprenderían en cascada por rebase todos los bienes sociales y humanos necesarios para la vida. Ese modelo ha privilegiado de manera descompensada la centralidad del mercado, extendiéndola a todos los niveles de la vida personal y social. La libertad económica ha sido más importante que la equidad y la igualdad. La competitividad ha sido más promovida que la solidaridad social y ha llegado a ser el eje de todos los éxitos. Se ha pretendido corregir el mercado con bonos y ayudas directas descuidando la justicia y equidad en los sueldos, que es el modo de dar reconocimiento adecuado al trabajo y dignidad a los más desposeídos. Hoy escandalosamente hay en nuestro país muchos que trabajan y, sin embargo, son pobres.
La economía ha ocupado una centralidad en desmedro de otras dimensiones humanas. Se han desarticulado muchas redes sociales, se ha acentuado la competitividad, se han descuidado los aspectos políticos de la realidad, se ha afectado el fondo de la vida familiar.
La participación en el consumo febril es más importante que la participación cívica o la solidaridad para la realización de las personas. Se presenta ese consumo como lo único capaz de dar reconocimiento público y felicidad. Todo se convierte en bien consumible y transable, incluida la educación. Es natural que en este cuadro los menos favorecidos en el presente se sobre endeuden hasta lo inhumano para participar del producto del desarrollo, destruyendo por ese camino el bienestar familiar e hipotecando su futuro. Se trata de una nueva forma de explotación que termina favoreciendo a los más poderosos y aislándonos.
En esta concepción del desarrollo tan fuertemente orientada por el mercado, es natural que el Estado vaya cediendo muchas de sus funciones y pierda sus instrumentos de intervención hasta convertirse sólo en un ente regulador. Incluso esta misma función reguladora se ve disminuida porque se considera finalmente que toda regulación imposibilita la eficiencia y la libertad del mercado. El Estado ha quedado con las manos atadas para la prosecución del bien común y sobre todo para la defensa de los más débiles.
Con eso, la subsidiariedad que puede focalizar adecuadamente la acción estatal se entiende mal y se desarticula así la correcta relación entre lo privado y lo público. En todas las esferas de la vida se ha privilegiado excesivamente lo privado por sobre lo público. Quienes están más desfavorecidos en el mercado quedan desamparados y padecen esta ausencia del ente que debe velar por el bien común. La carencia de adecuados controles en un mundo competitivo se ha prestado a fuertes abusos, tal como lo hemos podido experimentar en nuestro medio.
En un país marcado por profundas desigualdades resulta extremadamente injusto poner al mercado como centro de asignación de todos los recursos, porque de partida participamos en ese mercado con desigualdades flagrantes. El barrio en que vivimos, el colegio y la universidad en que estudiamos, la redes sociales que tenemos, el apellido que heredamos, distorsionan radicalmente lo que en teoría debería ser un escenario donde todos tengamos las mismas oportunidades. La partida desigual y la competencia descontrolada no hacen sino ampliar la brecha cuando se llega a la meta. El resultado final es que nos encontramos en un país marcado por la inequidad.
En este contexto social, el “lucro” desregulado, que adquiere connotaciones de usura, aparece como la raíz misma de la iniquidad, de la voracidad, del abuso, de la corrupción y en cierto modo del desgobierno (22).
A todo lo anterior habría que añadir que una avanzada tecnología manejada por el mercado y orientada primordialmente al crecimiento económico, puede tener efectos gravísimos para la conservación de la naturaleza que es nuestro hábitat. Esto no sólo es grave en sí mismo sino que destruye el futuro y es muy doloroso para las culturas ligadas a la tierra, como son las de los pueblos originarios de nuestro país, que consideran a la tierra como a una madre.
Catástrofe política en Chile
Un 60% de abstención en las elecciones municipales constituye una catástrofe política.
Es muestra de irresponsabilidad de la gran mayoría de los chilenos. Especialmente de las generaciones más jóvenes.
Es un triunfo de la lógica mercantil. Fuimos ciudadanos, ahora somos consumidores.
Es un fracaso rotundo de la izquierda, cuya principal misión es velar por el bien común. Por besar las manos al liberalismo, su enemigo, liberó la obligación de las urnas.
Liberada la obligación de votar promovida por los discípulos del Dios Mercado, la derecha no vería mal que se liberara la obligación de pagar impuestos. ¡Que tribute el que quiera! ¡Impuestos voluntarios!
Vamos derecho a constituirnos en un país de voluntarios. De consumidores y de voluntarios. Los ciudadanos irán a votar, pero ahora como voluntarios. Los consumidores estarán a la espera que alguien les compre su voto. No faltará quien les haga una oferta.
¡Arrasó el liberalismo económico! Perdió Chile. Ganó el Dios Mercado.
Gaudium et Spes: nueva relación Iglesia-mundo
El Concilio Vaticano II dio un giro en 180 grados a la relación Iglesia – mundo. Si hasta entonces, especialmente desde la Revolución Francesa en adelante, la Iglesia encaró al mundo moderno como una realidad distinta de sí, equivocada y amenazante, a partir del Concilio, en particular del documento Gaudium et Spes, ella reconoció, por una parte, su índole histórica y, por otra, su pertenencia a un mundo con creciente conciencia de su autonomía e historicidad. La novedad del nuevo status ha sido dicha en términos de Iglesia “en” el mundo, y no más de Iglesia “y” el mundo.
Esta novedad eclesiológica se nutrió, además, de la idea de Iglesia de Lumen Gentium, otro gran documento conciliar. Este concibió a la Iglesia como sacramento (signo e instrumento de la unión de los hombres entre sí y con Dios) y como Pueblo de Dios (un pueblo entre los otros pueblos peregrinantes de la tierra; un pueblo en el que el bautismo de sus miembros debería constituir el carácter predominante y no el sacerdocio ministerial).
Ambas visiones eclesiológicas –la de Gaudium et Spes y la de Lumen Gentium- tendrían un efecto revolucionario. Pues ellas han obligado a establecer, hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, vínculos de horizontalidad y de diálogo. Tan radical ha debido ser el giro, que resulta comprensible que los católicos y no pocos en la jerarquía y el clero, en 50 años, hayan tenido enormes dificultades para aceptarlo. Tras un primer impulso en la línea de la comunión con la humanidad, con los otros credos, con los demás cristianos, y entre los mismos los católicos, se acentuó la reacción contraria, más vertical, más doctrinaria, menos tolerante.
Este replanteo eclesiológico fue gatillado por el propósito pastoral del Concilio. Habiendo querido el Vaticano II llegar con el Evangelio a todos los seres humanos sin exclusión, el cambio en la concepción de la relación Iglesia – mundo fue condición indispensable. Juan XXIII planteó el desafío como “aggiornamento”. La Iglesia debía actualizar su enseñanza en orden a hacerla comprensible a las nuevas generaciones. El Concilio se hizo cargo de la petición del “Papa bueno”: no emitió condena alguna en contra del mundo moderno. Por el contrario, orientó sus trabajos en la dirección opuesta, la de abrirse a la época con simpatía, como quien quiere conocerla y aprender de ella.
En vista a cumplir con su misión pastoral, la Iglesia conciliar quiso hacer suyos “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de los contemporáneos (GS 1); valoró los esfuerzos de la modernidad por el progreso; apreció toda expresión religiosa auténtica; se hizo responsable, en lo que pudo corresponderle, del fenómeno del ateísmo; y puso a la caridad como única condición absoluta de salvación. Todo esto, procurando siempre discernir qué sí y qué no podría ser un verdadero avance en humanidad. Llegó incluso a relativizar la importancia del cristianismo como religión, con tal de empalmar con el único objetivo que consideró igualmente obligatorio para todos: la elevación de la humanidad. Así lo planteó Pablo VI. El hombre, no lo Iglesia, debía constituir la meta del Concilio. La convicción de fondo consistió en creer que el crecimiento del reino puede distinguirse, pero no separarse, el progreso temporal.
Este replanteo de la relación Iglesia – mundo en términos de Iglesia “en” el mundo, supuso el desarrollo en el siglo XX de algunas conclusiones teológicas muy significativas. Primero, creer que Dios ha querido y realizado en Cristo la salvación de todos los hombres (1 Tim 2, 4-6). El Concilio tuvo la audacia inaudita de reconocer una verdad de fe que relativizaría hasta sus raíces la, hasta entonces segura, superioridad del cristianismo. Así, obligó a la Iglesia a repensar por completo las vías de su misión a los no cristianos. El misterio del hombre, para Gaudium et Spes, se entiende a la luz del misterio de Cristo; sin embargo, el Concilio no identificó sin más a Cristo con el cristianismo. Subrayó, en cambio, que Dios salva a la humanidad por caminos que la Iglesia puede desconocer (GS 22). Segundo, y en virtud de lo anterior, el Vaticano II entendió que el Espíritu Santo actúa en la entera historia humana. Esta, en toda su profanidad, está preñada de Dios y, por tanto, debe reconocerse en los esfuerzos de la humanidad por superarse una fuente de conocimiento de quién es Dios y de cómo Dios va orientando la historia hacia Sí. El Concilio reconoció a la historia humana un estatuto teológico.
En Gaudium et Spes la Iglesia, para cumplir con su propósito, recurrió a un método teológico que hasta entonces no había sido suficientemente afinado ni reconocido pero que, dada la exigencia pastoral que el Concilio se daba a sí mismo, era inevitable desarrollar. En vez de ir directamente a juzgar la realidad histórica con su doctrina, la Iglesia conciliar asumió esta realidad histórica como propia, la dejó expresarse en ella misma y quiso discernirla con el acervo de la Tradición. Al primero se le ha llamado método deductivo. A este último, inductivo. Si en virtud del primero la Iglesia ha podido enseñar, gracias a este otro ha debido aprender. Gracias a este, la Iglesia emprendió el camino del “diálogo de la salvación” con todos quienes buscan sinceramente la verdad y, en particular, cuando lo hacen con el auxilio de las ciencias.
Ha sido esta nueva relación Iglesia – mundo y este nuevo modo de aproximarse a las realidades de las respectivas iglesias continentales, lo que está llevando al surgimiento de una Iglesia Católica verdaderamente universal. Hasta ahora se ha conocido un cristianismo judeo-cristiano, breve en su existencia, y un cristianismo greco-romano-germánico, vigente por varios siglos. Lo que despunta –según Karl Rahner- son varios cristianismos: asiático, africano, latinoamericano, etc., los cuales han de configurarse de acuerdo a las culturas locales y a sus propios acontecimientos.
Gaudium et Spes tuvo, a este respecto, una enorme importancia para América Latina. Nuestra Iglesia, gracias al método de Gaudium e Spes, no aplicó simplemente los resultados del Concilio a su realidad, sino que continuó en concilio. La Iglesia latinoamericana escrutó sus propios signos de los tiempos y procuró recibir el Vaticano II a su manera, de acuerdo a sus necesidades.
¿Qué resultó? En cincuenta años la Iglesia latinoamericana ha hecho una experiencia espiritual y colectiva extraordinaria de Dios, desconocida hasta ahora, consistente en la práctica de la opción de Dios por los pobres. La relación Dios-pobres en el cristianismo remonta, por cierto, al Antiguo Testamento y llega con Jesús a su máxima expresión (2 Cor 8, 9). Pero solo en América Latina ha alcanzado las dimensiones místicas y teológicas como para configurar su misión e identidad eclesial. En virtud de esta opción, nuestra Iglesia se encamina a su adultez. Hasta ahora los católicos latinoamericanos hemos dependido de la Iglesia europea prácticamente en todo: cultura, teología, clero y religiosos, nombramiento de autoridades y financiamiento. La Teología de la liberación latinoamericana, por su parte, representa bien la mayoría de edad de una Iglesia que comienza a pensar por sí misma.
¿En qué estamos? Estamos en crisis. Nuestra Iglesia, debilitada por los cambios epocales, las grietas estructurales y la distancia etaria con las nuevas generaciones, no logra transmitir la fe. ¿Hacia dónde vamos? Unos añoran una Iglesia que ofrezca seguridades. Otros prefieren continuar adelante con los cambios impulsados por el Vaticano II, interpretándolos en clave de “Iglesia de los pobres”.
Hermandad chileno – peruana
Ha sido dolorosa la relación con los peruanos. Nosotros chilenos preferimos no recordar, tal vez nunca siquiera hemos caído en la cuenta de lo tremendo que debe ser que hayamos invadido el territorio peruano.
Terminada la guerra quedaron en la memoria de los pueblos algunos hechos gloriosos. La mayoría, sin embargo, son hechos lamentables que aún duelen a nuestros vecinos cuando los recuerdan. Ellos, lo sabemos, nos quieren poco. Muchos no nos quieren, quizás la mayoría. No todos, también lo sabemos. Quienes tenemos amigos o amigas peruanas no los perderíamos por nada del mundo. Los peruanos son gente de primera. Las heridas siempre quedan, pasan de una generación a otra. Pero estas no tienen la fuerza de contaminar el cariño que ha nacido entre nosotros.
Los últimos años -hablemos ya de décadas- la inmigración peruana en Chile ha sido una ocasión para conocernos mejor y querernos. Los inmigrantes compiten con los nacionales por puestos de trabajo. Nada nuevo. Se da en todas partes del planeta. Por eso se dan fricciones. Palabras hirientes. Recelos. Pero esta cara triste de la realidad no oscurece lo positivo.
Muchas mujeres peruanas han cuidado con amor y han educado a niños chilenos. Estos han llegado a quererlas entrañablemente. Han aprendido de ellas a hablar, a expresarse bien; han memorizado historias de tierras lejanas y más de una rareza que alguna vez en la vida los niños recordarán con simpatía.
Hay niños peruanos que estudian en colegios chilenos. A veces son discriminados. Incluso en estos casos, a poco andar, se generan entre los compañeros de curso lazos de amistad notables. Ocurre también, y a menudo, que nacen niños chilenos de padres peruanos. Se dan familias en las cuales hay de todo. Y no faltan los matrimonios mixtos. Matrimonios felices y difíciles como en todas partes.
Incluso en el plano religioso los chilenos hemos recibido el influjo peruano. A los católicos chilenos nos impresiona la piedad de nuestros hermanos peruanos. El Señor de los Milagros, San Rosa de Lima, por no hablar de los místicos laicos como Vallejo. No me detengo en la literatura y en la comida. Sería largo considerar cómo los peruanos nos han alegrado la vida.
Es triste ver reducidas nuestras relaciones con Perú a una cuestión de guerras y fronteras. Esta es una realidad problemática que no podemos ocultar. El problema existe. Pero también existen otros aspectos de una relación que debiera fortalecerse aún más.
Tal vez ahora nos toque perder a los chilenos. Los debates en torno a la frontera marítima que tienen lugar en La Haya serán irritantes. Comienzan a serlo. Dudo que haya un ganador absoluto de la contiende jurídica. Espero, sí, que ambos países, puesto que han aceptado el tribunal, acepten también su fallo. Espero, sobre todo, que esta contienda remueva un obstáculo a la concordia y favorezca relaciones entre personas que, para los cristianos, han de ser relaciones fraternas.
Dios es gratis
En esta época nuestra dominada por el Mercado, no todo tiene precio. Los cristianos sabemos que hay una dimensión de la vida, la dimensión más profunda de la vida, que no se rige por el “yo te doy, tú me das”. Sabemos que la gratuidad existe. Lo hemos experimentado. Estamos convencidos de que esto es real. Tan real como que el perdón reconstruye parejas, familias y países; como que un enfermo revive cuando lo vienen a visitar.
Los cristianos sabemos que ninguno de nosotros se merece el mundo. Ni la naturaleza en todo su esplendor ni la pareja ni los hijos. Agradecemos a Dios porque de él proviene lo que somos y tenemos. Lo nuestro es recibir y agradecer. Es dar, sin esperar recompensa. Es dar mil cuando alguien nos da cien; y recibir diez a cambio de mil, cuando al prójimo no es posible más.
La alegría más profunda del cristianismo tiene que ver con vivir la vida en el registro de la gratuidad. Los cristianos no desconocemos el valor del registro mercantil. En el ámbito correspondiente de las relaciones comerciales y laborales, por ejemplo, es absolutamente necesario que rija la justicia. Las cosas y muchos servicios tienen precios. Y está bien que los tengan. Tienen que darse y respetarse las equivalencias. Sin estas la vida en sociedad podría ser un caos. Pero hay otro orden de realidad que no puede ser descuidado porque es clave para nuestra felicidad. El orden del amor y de la misericordia. ¿Quién puede impedir que un empresario pague a sus trabajadores el doble de los precios de mercado? Puede ser que no le convenga. Esto, sin embargo, no lo obliga a nada. Lo distintivo del cristiano es pagar más, aunque se salga perdiendo. Jesús lo dio todo y salió perdiendo.
En Navidad celebramos que Dios es gratis. Nadie lo merece. Nadie podría estar en condiciones de obligar el regalo de sí mismo. Pues Dios no tiene precio. Es gratis. No simplemente que nadie tenga algo que dar a cambio suyo. Dios, en Jesús, es incomparablemente libre. En el pesebre Dios se nos da en suma pobreza. Por tanto, no hay ilusión posible. Este regalo solo se lo puede recibir. Se lo recibe, cuando lo reciben los pobres, quienes nunca tienen cómo forzar una prestación. Dios es gratis. Los ricos, en cuanto ricos, no podrían jamás comprarlo o compensarlo adecuadamente. No vendría al caso. Dios es gratuito. Se le corresponda con mucho o con poco, solo se le corresponde gratuita y desinteresadamente.
Dios en el pesebre no se ofrece a precio alguno. Simplemente se ofrece. Se ofrece como quienes no tienen nada que ofrecer más que a sí mismos, y a modo de agradecimiento.
El Concilio en América Latina
Los cambios que el Vaticano II produjo en la Iglesia han sido muy grandes. Entre los más importantes de todos, está el haber ofrecido la posibilidad del surgimiento de iglesias regionales: asiáticas, africanas, latinoamericanas…
El Concilio impulsó grandes cambios en la Iglesia universal, uno de los cuales fue comprender que ella es una realidad histórica y, por tanto, las diversidades histórico-culturales son decisivas. Si en otros tiempos se había subrayado la distinción y separación entre la Iglesia y el mundo, el Concilio hizo lo contrario: destacó que la Iglesia debe arraigar tan hondamente en la humanidad que todo lo que acontezca en el mundo, todo cambio histórico, debe importarle como cosa propia.
¿En qué ha consistido la novedad de una Iglesia “latinoamericana” propiciada por el Concilio? Los católicos latinoamericanos aparecieron entre las demás iglesias como adultos. Lo que ha despuntado en 50 años es una Iglesia que ha podido pensar por sí misma, sin tener ya que depender intelectual y teológicamente de Europa.
La Iglesia latinoamericana puso a prueba la manera histórica de auto-comprenderse “en” el mundo en Medellín (1968). En esta conferencia episcopal, la Iglesia latinoamericana, más que aplicar el concilio, lo continuó. ¿Qué resultó? Una apertura a lo que estaba ocurriendo en el continente, cuyo resultado fue encontrar que en “sus” países la injusticia social constituía una “violencia institucionalizada”. La Iglesia entró en los conflictos de la época y, en vista a su resolución, tomó partido por los pobres. Si hubiera que poner un nombre a la recepción del concilio hecha por la Iglesia en América Latina éste sería sin lugar a dudas: Opción de Dios por los pobres. Pues bien, esta convicción teológica ha pasado a configurar la identidad de una Iglesia que se atrevió a amar al mundo como Dios lo mundo, mundo al margen del cual ella no podría amar a Dios como corresponde.
La Iglesia latinoamericana se identificó con los pobres y tal vez llegue a ser un día “la Iglesia de los pobres” (como quiso Juan XXIII, Manuel Larraín y, aún antes, Alberto Hurtado). Tal vez, digo, porque las resistencias internas y externas han sido muy fuertes. Lo que ha estado en juego desde entonces, es que si esta Iglesia opta por los pobres, los pobres han de ser en ella protagonistas y no personajes secundarios; han de pesar, en consecuencia, en el modo de sentir, pensar y decidir en las cuestiones eclesiales. Esta “Iglesia de los pobres”, en estos 50 años, ha sido a veces una realidad y en algunos lugares de América Latina lo sigue siendo. En las comunidades cristianas populares se ha dado un fenómeno rara vez visto en la historia eclesial: personas que, sabiendo apenas leer y escribir, con la Biblia en la mano, han comprendido su existencia personal, social y política. Entre ellos se ha dado una fervorosa conciencia de parecerse a los primeros cristianos que se reunían en casas, y no en grandes templos, para celebrar la eucaristía. Entre estas personas, en países centroamericanos, ha habido mártires como los hubo en los primeros tiempos del cristianismo.
¿Una Iglesia “desde abajo”, una ilusión…? Esto es lo que ha despuntado en la América Latina post-conciliar como lo más novedoso. Ha asomado un Iglesia inspirada en aquellas palabras revolucionarias de Jesús: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (cf. Mt 20, 1-16). La Iglesia del Cardenal, para defender a los perseguidos independientemente de sus ideas, hizo suyo el relato del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29-37). La Iglesia solidaria de Enrique Alvear si inspiró en la parábola del Rey que solo se lo reconoce en los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados… (cf. Mt 25, 31-45). Hoy nos preguntamos: ¿no podría haber una liturgia, una enseñanza moral y un derecho canónico que extraigan su vitalidad de la experiencia de mundo de los postergados, los abandonados, los desamparados, los fracasados y, para colmo, frecuentemente tenidos por culpables siendo inocentes? Lo que la Iglesia no ha podido ser en los hechos, sí lo debe ser por misión. La Iglesia latinoamericana, en la medida que ha configurado su identidad original optando por los pobres, no sólo asoma como adulta, sino que indica a las otras iglesias qué sentido tiene el cristianismo.
Esta Iglesia ha empezado a ser adulta por esta experiencia mística colectiva de haber descubierto que “Dios opta por los pobres” y, sobre todo, porque ha comenzado a pensar por sí misma. El Concilio, que animó a la Iglesia a comprometerse con las luchas históricas de sus contemporáneos, estimuló también el surgimiento de una teología propia. En 500 años de existencia prácticamente no había habido teología en América Latina. Desde Medellín hasta ahora, la producción teológica latinoamericana ha sido impresionante, y no cesa. La teología latinoamericana, y la Teología de la liberación en particular, ha favorecido en este sentido, el nacimiento de una Iglesia que, sin dejar de ser la que siempre ha sido, puede elevar a conciencia y a concepto una experiencia de Dios completamente original en la historia del cristianismo.
Jorge Costadoat
Publicado en Mensaje, diciembre 2012.
Carta a amigo y hermano sacerdote
Querido amigo y hermano sacerdote,
Quiero compartir contigo algunas reflexiones que hago urgido por los escándalos que estremecen al Pueblo de Dios. No lo hago porque tenga algo que enseñar, sino por la necesidad de reflexionar juntos, de cuestionarnos juntos, de apoyarnos y salir juntos de la crisis en que se halla sumida nuestra Iglesia. No invoco ninguna autoridad moral especial.
Estamos viviendo una situación de hondo dolor, desconcierto, indignación y a veces incluso de rebeldía o ánimo de revancha. La razón: los abusos sexuales, psicológicos y espirituales cometidos contra personas inocentes (menores y mayores) de parte de sacerdotes, y el retardo de las autoridades eclesiásticas para prevenir o corregir debidamente estos males. El Papa lo ha dicho con todas sus letras. El Papa ha forzado al episcopado y al clero mundial a cambiar por completo la mirada, y a comenzar a ver la realidad con los ojos de las víctimas. Es un giro de 180 grados. Nos pide terminar con todo tipo de ocultamientos, los cuales muchas veces se hicieron para salvar a la institución.
Los sacerdotes sentimos vergüenza de lo ocurrido y, sin embargo, no podemos dejar de tener una mirada respetuosa hacia nosotros mismos. Estamos pasando una de esas crisis grandes que ha tenido la Iglesia en su historia. Necesitamos hacer verdad sobre nosotros mismos, distinguiendo en qué sí y en qué no somos responsables, evitando generalizaciones y confusiones. Nuestro propio respeto y dignidad nos exige entereza para mirarnos a fondo.
En particular, se ha generado una desconfianza sobre nuestro celibato y nuestra vida en general, que puede interferir nuestras relaciones con los demás, y descorazonarnos a nosotros mismos. Nunca ha sido fácil ser sacerdotes y célibes, pero ahora último las dificultades que enfrentamos se han exacerbado. Al menos hasta hace poco gozábamos de cierta admiración. Esto ha cambiado. Para algunas personas, bajo el manto de “lo sacro” se esconde cierta perversión. A otras parecerá que el celibato nos desequilibra afectiva y psicológicamente, y hace que establezcamos relaciones inmoderadas con las personas. Es necesario reconocer que la mística del celibato está, al menos, aboyada.
Frente a esta situación de cuestionamiento me imagino que los sacerdotes reaccionamos o podríamos reaccionar de las siguiente maneras.
Una posibilidad es restarle importancia a la crítica y a la crisis. Cabe la posibilidad de blindarse mental y afectivamente. De defenderse en contra del ambiente adverso. Podemos parapetarnos en nuestra identidad, re-encantarnos con nuestra “elección” y echarle la culpa a quienes nos culpan: las víctimas, los medios de comunicación… Tarde o temprano la dificultad reaparecerá. Problema tapado, problema no solucionado… Si la crisis de la Iglesia no pasa por nosotros; si no nos afecta como afectaría a cualquier persona normal; si, indolentes, negamos la vulnerabilidad de nuestra humanidad, es seguro que seremos insensibles con las personas de nuestro entorno.
La otra posibilidad es acoger la crisis. Reconocer que no somos omnipotentes, sino frágiles. Talvez así Dios prevalezca en nosotros. No lo podemos ni lo sabemos todo. Acoger la crisis es hacer nuestra la crisis de la Iglesia; entrar en el desconcierto que afecta a tantos católicos; exponernos a las miradas agudas de quienes nunca nos han creído; creer que no siempre los medios de comunicación nos “tienen mala” sino que han hecho verdad sobre aquello que hubiéramos preferido que no se supiera. En caso de acoger la crisis de la Iglesia, la apertura puede acarrear una crisis personal. Si tal ocurre, sería muy normal. Tendríamos que dejar de pensar que la “consagración” inmuniza en contra de experiencias críticas. Toda experiencia es un riesgo. Toda, en cierto sentido, es un paso por la muerte. Dios puede, por esto mismo, sacarnos adelante por caminos inesperados. Acoger la crisis equivale a darnos la posibilidad de tener una experiencia espiritual a fondo. Nada impedirá que la crisis pueda terminar en “lisis” (la descomposición que acompaña a la muerte). Pero, si se entra en la crisis y no se la rehúye, probablemente se dará en nosotros un crecimiento en humanidad.
Entrar en la crisis, en nuestro caso, tiene sentido como posibilidad de profundizar en nuestra vocación. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de Jesús, nos llama a dar un salto a lo desconocido. Otra vez nos “llama”. Nos llamó a ser sacerdotes y nos sigue llamando a serlo. Quien nos llamó nos vuelve a llamar. No debiera extrañarnos que se repita la experiencia de que Dios venza en nosotros a pesar de nuestra ignorancia, incapacidad, miedo y pecado. ¡Cuántas veces hemos leído en misa la historia de profetas que nunca se imaginaron que iban a hablar en nombre de Dios! “Yo no nací profeta. Era solo un campesino”, dice Amós, “y Dios me llamó a profetizar”. Superaremos la crisis si Dios nos ayuda a atravesar el río. En la Escritura esto se hace ni más ni menos que con fe. Fue y sigue siendo “anormal” ser sacerdotes. Nunca debiéramos naturalizar un llamado que en el más estricto de los sentidos es un misterio. En cualquier circunstancia, nuestro sacerdocio es más problema de Dios que nuestro. El tendrá que arreglársela, si podemos decirlo así.
La posibilidad de profundizar en nuestra vocación depende de que reconozcamos honestamente nuestra situación actual. Caben varias posibilidades:
+ Puede que nos estemos diciendo a nosotros mismos algo así como “Me engañé”. Podemos tener la impresión que de que nos equivocamos al entrar al Seminario, al emitir los votos o al recibir la ordenación.
+ Puede ser que tengamos la impresión de que las circunstancias de la Iglesia han cambiado a tal grado que no estamos en condiciones de vivir la crisis en que estamos. “Nos cambiaron la Iglesia”, dicen algunos.
+ Hemos podido llegar a reconocer que la vulnerabilidad del clero en general y la sensación de culpa compartida, “me afecta, me hace muy frágil”. “Es más de lo que puedo soportar”.
+Tal vez, haciendo recuerdos, concluyamos que no recibimos la formación que se requiere para ser sacerdote hoy. “Me enseñaron una religión verbal: palabras y fórmulas que ya nadie entiende”. “Hablamos en nombre de ‘la verdad’, y no nos creen”. “O de ‘la salvación’, y les resbala”. Dirá alguno: “aprendí a tratar a las personas como niños”. Y otro: “me enseñaron a cuidarme de las mujeres y he evitado que se acerquen al altar”.
+ A algún sacerdote puede darle rabia tener que enseñar una doctrina moral sexual que no convence. “Si el clero tiene dificultades, ¿cómo puedo yo exigir castidad a los demás?”.
+ Puede ser que alguien tenga problemas serios con su afectividad-sexualidad. Ha tenido caídas. Lamenta el daño que ha hecho. “No sé a quién pedir consejo”.
+ Por último, cabe la posibilidad de la resignación. Pensar que esta vida es inviable y que, sin embargo, no queda otra que seguir “arrastrando el poncho”.
Todas estas posibilidades, sin embargo, es necesario ubicarlas en un campo de comprensión más amplio. La situación particular nuestra tiene mucho en común con las crisis de cualquier ser humano. Es raro el caso de alguien que haya llegado al fin de la vida como un turista puede hacerlo. Las personas en su vida pasan por momentos de descalabro en los cuales no saben si se las tragará el mal o tendrán la suerte de que las bote la ola. Mirar a nuestro alrededor es indispensable para ponderar qué dimensiones tiene la crisis. Así podremos afrontarla sin pánico.
En nuestro caso, especialmente, tendríamos que mirar al Crucificado y subir con él el Gólgota. Los sacerdotes estamos mejor entrenados que otros para entrar en las crisis en clave mística. Lo que nos toca hoy es participar en el misterio de Cristo, el Verbo que se hace carne y acaba en la cruz. Aprendamos, por fin, lo que solemos enseñar. ¿No era ya hora de hacerlo? ¿Cómo hemos podido nosotros imaginar que, en virtud de nuestra investidura, íbamos a ser eximidos de vivir pascualmente la vida? ¿Cómo hemos podido hablar de la cruz sin hablar de nosotros mismos, de lo que hay en lo más hondo de nuestra alma, de las zozobras pasadas o actuales? ¿No está cansada acaso la gente de sacerdotes que hablan como si hubieran aprendido qué es la vida en los libros del seminario, pero no por experiencias reales de fracaso y de recuperación? Bien podemos recordar al obispo que nos ordenó, entregándonos la patena y el cáliz: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.
Comenzar a vivir nuestra fe pascual y trinitariamente será el primer paso para alcanzar la autenticidad en la que descansa la autoridad. ¡No nos creen! No podemos continuar engañándonos a nosotros mismos.
Hagamos memoria de Jesús. Su perfil psicológico –lo afirman los mejores estudios- es el de su autoridad (ezousía). No hablaba como los fariseos, que repetían lo que habían aprendido en las escuelas rabínicas, sino habiéndolo pasado todo por su corazón. No enseñaba por saberse bien la Ley, sino porque la conocía como la conoce el legislador. Jesús fue un hombre conectado con su interioridad, con sus emociones y también, es indispensable suponerlo, con su sexualidad. Lo aprendió todo en su corazón. Fue auténtico.
Dentro de sí, en su conexión con Dios, conectó el mundo fragmentado en que nació, amó a los fracasados y se encolerizó contra los hipócritas. Fue un hombre convencido de haber sido llamado. Tan concentrado estuvo en su vocación que pudo ser célibe y sobrellevar tentaciones que lo mordieron a lo largo de la vida. Su pasión por amar a los pobres y los pecadores, como su Padre los ama, le hizo subir apasionadamente a Calvario. Temió la cruz inminente, pero el temor no le impidió seguir hasta el fin.
Los sacerdotes, si alguna vez tuvimos la convicción de que nuestra vocación es genuina, hallamos en Cristo el camino y la fuerza para recorrerlo sin marcha atrás. Solo nos queda avanzar.
Pienso que los sacerdotes somos sacramentos de la Pasión. Nuestra historia concreta, con nuestra fragilidad y pecado, nuestra soledad a cuestas, se nutre del misterio de la Pasión de Cristo. Es así que nuestra vida tiene un valor eucarístico. Nuestra investidura sacerdotal se justifica en orden a participar apasionadamente en el padecer del mundo. La pasión del mundo es la Pasión real de Cristo.
La Iglesia necesita sacerdotes buenos, pero no perfectos. La perfección cristiana estriba en la com-pasión. La Iglesia necesita sacerdotes misericordiosos, que conozcan la misericordia que Dios tiene con su miseria y que la practiquen pródigamente con los que más necesiten comprensión y aliento. Si pensamos que nuestro rango nos ubica en un lugar superior al de los demás, habremos entendido todo al revés. Tendríamos que estar alertas. El fariseísmo se replica y prolonga en el cristianismo como en su casa. No nos libraremos jamás de él. Seguiremos pensando que nuestra autoridad tiene más que ver con nuestra exención para vivir la vida sin tropiezos, que con una elección completamente gratuita e inexplicable. El Señor no nos ha llamado para ser mejores, sino para padecer con los que padecen, para cargar con ellos y, de tanto en tanto, dejarnos cargar por ellos. ¿O es indigno de un sacerdote reconocer alguna vez que no puede con su vida? El sacerdote es intérprete de la pasión del mundo. Negar su humanidad, su mundanidad, no lo hace mejor sacerdote, sino que lo incapacita absolutamente para serlo.
Hemos de ser conscientes del peligro que significa para nosotros y para los demás la mezcla de intentos morales de perfección, la tara psicológica de la omnipotencia y la autosacralización del clero. Con esta mezcla solemos negar nuestra realidad humana. Nos divinizamos en sentido herético. Lo cual se traduce en sobrecargar a las personas con exigencias que no son capaces se sobrellevar.
Lo “sacro” auténtico tiene que ver con el darse la trascendencia en la inmanencia. Dios en la Encarnación se da a sí mismo, y por entero, en un hombre como otros hombres. Jesús fue sacro en su humanidad, jamás a pesar de ella sino en ella. Frente a Jesús tuvieron que definirse sus contemporáneos. Ellos tuvieron que discernir frente a este hombre si su proyecto del reino era de Dios o no. No les fue evidente. Unos lo siguieron, otros no; algunos lo abandonaron. Dios se nos dio en Jesús de un modo “profano”. En sentido estricto Jesús fue un laico. Su sacerdocio se hizo patente solo después de su resurrección. Pero aún así, el Nuevo Testamento sostiene, en contra de la clase sacerdotal de ese tiempo, que el sacrificio de Cristo fue existencial. Consistió en amar. Y no en autoinmolarse.
Es este sacerdocio el que Cristo comparte con todos los bautizados. El sacerdocio ministerial se justifica en razón del sacerdocio real del Pueblo de Dios. ¡Cuánto nos ha costado entender esto! Esta es, sin embargo, una indicación principal del Concilio Vaticano II a propósito de nuestra identidad. Nuestro primer deber es concentrarnos en los otros, especialmente los más desamparados, y entregarnos a ellos apasionadamente, sin nunca tratar de salvar el “ego” o el “rango”.
Todo lo dicho queda corto para expresar lo que san Pablo escribe a los Corintos. Pablo va a lo más profundo del misterio de su ministerio. Dice así:
“Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca. Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 7-10).
En el desempeño de su ministerio Pablo ha experimentado adversidades que hubiera querido no tener, pero que finalmente ha aceptado porque descubre que le ayudan a no gloriarse de lo que no debe jactarse: las revelaciones con las cuales ha sido beneficiado. Una “espina en la carne”, además de hacerlo humilde, le ayuda a descubrir que la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad humana. Esto es exactamente lo que conviene que tengamos presente nosotros mismos. En orden a cumplir con nuestro ministerio, las espinas en la carne, cualquiera sean, no son solo trabas para anunciar el Evangelio sino también mediaciones para que signifiquemos que es Dios quien hace la obra. En tiempos de tanta dificultad hay algo que permanece inalterado, a saber, que Dios sostiene a Pablo, y a nosotros, en el ministerio que nos ha encomendado.
Ha sido el Señor quien te llamó para que dieras testimonio del Evangelio hasta el último ser humano que necesita que alguien le haga saber que es hijo e hija de Dios. Ni yo ni tú tenemos autoridad propia para el ministerio que desempeñamos. Lo que nos corresponde es confiar que quien empezó con nosotros la obra del Evangelio se encargará de terminarla no sin nosotros.
Un abrazo
Jorge Costadoat Carrasco
Origen y originalidad del cristianismo
Jesús fue víctima de una religión que administraba mezquinamente la relación entre Dios y las personas de la época. Fue asesinado por los expertos en Dios, quienes consiguieron de los romanos su ejecución: los fariseos (representantes de la Ley) y los sacerdotes (representantes del Templo). ¿Por qué estos grupos, tan distintos entre ellos, convinieron en su condena? Ambos compartían una manera de entender la religión de Israel contraria a la de Jesús.
Los fariseos eran laicos que querían ser “puros”, “perfectos” observantes de la Ley. Se apartaban, por tanto, de los pecadores. Juzgaban a los demás de “impuros”, se alejaban de ellos o los excluían.
Los sacerdotes, además de pertenecer a la clase aristocrática y rica, organizaban las actividades del Templo. Cobraban impuestos por los sacrificios que se ofrecían a Dios para el perdón de los pecados.
Fariseos y sacerdotes, rivales entre ellos por razones históricas y teológicas, a fin de cuentas, colaboraban en el edificio religioso que los privilegiaba por encima de los demás. Esta religiosidad mató a Jesús. Jesús la desenmascaró. Lo mataron.
¿Cuál fue el núcleo teológico de la confrontación total entre Jesús y los expertos en Dios? Dicho en breve: la separación de lo sagrado y lo profano que estos establecían y administraban.
Ellos separaban tajantemente cosas, ámbitos, tiempos y personas sacralizadas, produciendo necesariamente excluidos. No era extraño, sino también necesario, que una elite religiosa se apreciara a sí misma y menospreciara a los demás. Unos debían ser tenidos por profanos, para que otros se encargaran de su redención.
Jesús hizo todo lo contrario: ofreció la salvación a manos llenas. Desarmó a los pecadores al ofrecerles el perdón sin condiciones. Acogió a los pobres sin distinción. Optó por los pobres, profanos por excelencia; optó por las víctimas del desprecio de ricos y “buenos”. Para todo lo cual atacó el fuego en la base. Se estrelló frontalmente contra la torre religiosa de la exclusión, pues anunció el advenimiento de un reino fraterno. En Cristo resucitado, la Iglesia naciente descubrió cumplida la ley de la Encarnación: la irrupción en la historia de un Dios radicalmente secular, con la capacidad de ser aún más nuestro que nosotros con nosotros mismos.
Desde entonces el cristianismo, la nueva religión, la de Jesús, el judío según el corazón del Dios de la historia, superó la separación de lo sagrado y lo profano. Los cristianos fueron reconocidos, más que por sus ritos, por la fuerza espiritual y ética con que se desenvolvieron en el mundo antiguo.
Pero no siempre el cristianismo ha estado a la altura de esta originalidad suya. Las involuciones siempre lo han seducido. Han sido necesaria reformas y ajustes doctrinales y disciplinares para recuperar la senda perdida. A este efecto, el Concilio Vaticano II, hace 50 años, recordó que lo único infaltable para la “salvación” es la caridad. Sostuvo que Dios ama a todos los seres humanos, y que el amor es la única condición absoluta para alcanzarlo. La intuición antiquísima, aun judía, era que la fe en Dios se vive, en primer lugar, puertas afuera del templo, en actos de misericordia y justicia a secas.
¿Habría que revisar hoy la relación entre el rito y la vida corriente de los cristianos? Hoy y siempre. Porque una separación entre ambos tarde o temprano lleva matar a Jesús de nuevo.
El cristianismo es una religión extraña. Es secular. Es la religión que promete encontrar a Dios en el mundo sin más. El cristianismo, si algún lugar merece en la historia de la humanidad, es la de tener como misión derribar esas separaciones culturales y religiosas que generan exclusión. Es la religión que obliga a discernir a Dios en acontecimientos ambiguos grandes o pequeños, terrenales como un galileo entre otros galileos, sin más criterio para reconocerlo que el amor.
¿Se necesita hoy del cristianismo para saber algo así? Puede ser que a alguien no le importe Cristo ni nada que tenga que ver con él. Pero si le interesa, sobre todo si es cristiano, esta pregunta tendría que aproblemarlo. O esta: ¿es necesaria la Iglesia para que haya cristianismo? Personalmente pienso que sí. Por cierto, tendría que escribir otra columna para explicarlo. Pero reconozco que no me sería fácil hacerlo.
Renuncia de Benedicto XVI: agradecimientos y cambios pendientes
El Papa Benedicto XVI ha anunciado que renuncia a su cargo. La noticia ha sido sorprendente. Me detengo en tres asuntos: la declaración; los méritos de su mandato; los cambios pendientes.
Primero: la declaración. En ella se expresan con una franqueza conmovedora los mejores valores humanos y espirituales del Papa Ratzinger. Estremece oír a un hombre declarar sus límites. Esto, que pudiera ser impúdico, constituye en este caso un acto de suma responsabilidad. “Ya no tengo fuerzas…”, dice. “He de reconocer mi incapacidad para…”. Quien reconoce que le falta salud, fuerzas físicas y espirituales es un hombre que ocupa uno de los cargos más importantes del mundo. En virtud de su asidua conversación con Dios, estima que el destino de la Iglesia requiere un cambio mayor.
Estamos ante un acto de suprema responsabilidad. Por cierto, como él mismo Papa sostiene, es una decisión libre. Libre e impredecible. Hasta hoy ha sido predecible el agotamiento de una institución que, en palabras del Cardenal Martini, está atrasada “doscientos años”. Hoy, el Papa Ratzinger, con este acto de libertad, da una señal en contrario.
Segundo: los católicos agradecen al Papa el gobierno de la Iglesia. Cualquiera puede imaginar las enormes exigencias de un cargo como este. Benedicto XVI ha sido Papa en tiempos extremadamente difíciles para hacer avanzar una religión que tiene dos mil años de historia.
Es necesario agradecerle, además, su enseñanza. Me detengo en la encíclica Caritas in Veritate, por su enorme actualidad. Para Benedicto XVI el auténtico desarrollo de los pueblos depende de una caridad de alcance social y universal, una caridad que opera a través de la justicia y de la búsqueda del bien común. El centra su atención en la economía: “La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios”(36). El Papa, en este mismo documento, revaloriza la política y al Estado; promueve la reforma de la ONU y pide “gobernar la economía mundial” mediante una “Autoridad política mundial…”(67).
Debe agradecerse al Papa Benedicto, en fin, el coraje que ha tenido para asomarse a la vergonzosa realidad de los escándalos sexuales del clero y a los intentos jerárquicos por ocultarlos. En una entrevista dada hace dos años, afirma: “Lo importante es, en primer lugar, cuidar de las víctimas y hacer todo lo posible por ayudarles y por estar a su lado con ánimo de contribuir a su sanación”. El Papa sufre con el daño hecho: “Todo esto ha sido para nosotros un shock y a mí sigue conmoviéndome hoy como ayer hasta lo más hondo”. El Cardenal Ratzinger, en su momento, no pudo hacer más para terminar con abusos tan estremecedores. Ocupaba entonces un cargo dependiente. Hoy se sabe que casos impresionantes como el de Marcial Maciel fueron encubiertos por altas autoridades eclesiásticas. El Cardenal Ratzinger, una vez convertido en Benedicto XVI, enfrentó este y numerosos otros casos. En toda la Iglesia se han visto los cambios: sanciones a los culpables, asistencia y reparación para las víctimas, nuevos cuidados para la selección del clero y redacción de protocolos de procedimiento de prevención y de sanción.
Tercero: los cambios por delante. ¿Qué viene? La elección de un nuevo Papa. ¿Qué tendrá que hacer y cómo? No nos corresponde decirlo. Tampoco tendríamos cómo saberlo. Sin embargo, hay algunos asuntos que reclaman revisiones y modificaciones por doquier. Por razón de brevedad simplemente los enuncio:
* El Vaticano II abrió la posibilidad de un catolicismo de “varias iglesias”. En el Concilio pudieron participar obispos representantes de las culturas más diversas. Hoy está pendiente el surgimiento o el fortalecimiento de iglesias inculturadas locales. En nuestra propia América Latina ha despuntado la posibilidad de una iglesia adulta: hemos mantenido la convicción de que Dios opta por los pobres y hemos comenzado a desarrollar una teología propia. Pero falta mayor confianza en el episcopado continental.
* Bien debiera revisarse a fondo la situación de la mujer en la Iglesia y darle un espacio en el gobierno al más alto nivel. ¿Cómo puede ser que las mujeres no participen en ninguna de las decisiones importantes que toma la jerarquía eclesiástica?
* La enseñanza moral sexual requiere de ajustes. No puede ser normal que la inmensa mayoría de los católicos no la comprenda.
* ¿Se podrá revisar la práctica de excluir de la comunión eucarística a los separados vueltos a casar? Las voces que lo piden se hacen sentir en todas partes. Incluso el Cardenal Martini, ex papabile y recientemente muerto ha dicho: “Hay que darle la vuelta a la pregunta de si los divorciados pueden tomar la Comunión”.
* La Iglesia aún debe llegar a ser la Iglesia de los pobres. Estos debieran ser cada día más protagonistas en la gestión de sus comunidades y voces autorizadas en la comprensión de qué significa que un Pobre haya resucitado.
La extraordinaria libertad de Benedicto XVI para renunciar a su cargo constituye un precedente que debe ser continuado. ¿No debiera estipularse una edad tope de gobierno?
Este gesto del Papa, sobre todo, augura un tiempo en que, con una libertad semejante, la Iglesia se atreva a hacer los cambios que, a través de los católicos, Dios le está pidiendo.
Renuncia de Benedicto XVI: una decisión ejemplar
El impacto de la noticia de la renuncia del Papa nos puede hacer pasar por alto la alta calidad humana de los términos en que esta ha sido hecha. A continuación, sin ánimo de exhaustividad, detallo algunos aspectos de la decisión de Benedicto XVI.
Una decisión tomada con conciencia
El Papa decide renunciar porque Dios le ha pedido que renuncie. No parece que se lo haya dicho tal cual, sino que Benedicto lo ha oído en esa concavidad sagrada que todo ser humano tiene llamada conciencia en la cual solo caben dos: el Creador y su creatura. El hombre, en su máxima expresión, solo rinde cuentas a su conciencia. Esta no es un espejo de los propios deseos e intereses. Sino que, en la escucha del silencio absoluto, oye a Dios y no puede dejar de hacerle caso sin frustrar la propia razón de ser. La decisión del Papa no puede ser más libre, porque es la decisión de Dios.
¿No es esta una contradicción? Para nada. En la actuación del Papa se replica el misterio de la Encarnación. En Cristo el hombre nunca ha sido más hombre, porque en él Dios nunca ha sido más Amor (“Dios es amor”, 1 Jn 4, 8). En esta renuncia al ministerio de Pedro, la voluntad de Dios y la libertad de Benedicto coinciden. El Papa le ha consultado reiteradas veces. Según parece, Dios le ha confirmado su decisión; decisión que será tan suya como del mismo Benedicto. En este sentido el Papa no puede estar más lejos del “individualismo” contemporáneo. Su decisión es sumamente libre de todos los condicionamientos a su voluntad; de todo tipo de apegos al poder o a la fama; de querer, por ejemplo, que el futuro de la Iglesia pase por su personalidad. Si en la intimidad de la oración Dios le hubiera dicho “sigue, continúa”, probablemente él habría proseguido en el cargo. El mensaje trasmitido a los cardenales trasunta una disponibilidad total a la voluntad de Dios, así como la realización de la libertad de Benedicto.
Llama la atención en el mensaje que la decisión es libre y en conciencia. Benedicto es insistente. Quiere que quede muy en claro. Nadie lo presiona. Nada. Ni los otros ni sus propias pulsiones: miedos, intereses creados, etc. Repite: “Después de haber examinado reiteradamente mi conciencia…”; “he llegado a la certeza…”; “soy muy conciente de…”; “siendo muy conciente de la seriedad…”; “con plena libertad…”. Conclusión: “renuncio”.
¿Es acaso el recurso a la conciencia un privilegio papal? Por supuesto que no. El Papa, probablemente sin quererlo directamente, está dando un ejemplo de cristianismo. Todo cristiano, en las circunstancias cruciales de la vida, es decir, cuando no hay recetas para seguir adelante; cuando las leyes morales resultan estrechas e inhumanas; cuando da vértigo equivocarse, debe seguir su conciencia. Este es su privilegio y su deber. Su honor. Su dignidad.
Rendición de cuentas a una institucionalidad
Sin perjuicio de lo anterior, Benedicto XVI sabe perfectamente que su decisión debe ser comunicada y encausada en una institucionalidad que él no ha inventado para llegar al poder ni para conservarlo. Su decisión, tomada en conciencia, es comunicada a quienes se harán cargo de ella porque ellos, bajo otro respecto, están por encima de él. Los cardenales lo han elegido. Ellos tendrán que elegir otro Papa. Los cardenales no le pueden impedir que renuncie. Ellos también están obligados a acatar la voluntad de Dios que en estos momentos pasa por la conciencia de Benedicto. Pero no podrían permitir que Benedicto los sobrepase autoritariamente con esta y otras decisiones. Ellos no son “hotelería” vaticana dispuesta a escenificar las “performances” del Pontífice. Ambos, ellos y el Papa, cada cual en lo suyo, nos representan a todos los católicos. Ambos están al servicio de una Iglesia cuya institucionalidad debiera ser intolerante con los abusos del poder. En este caso, Benedicto humildemente, y a la vez con enorme dignidad, rinde cuenta de su acto a quienes él debe respecto y sometimiento.
El Papa Benedicto es consciente de que su cargo es un servicio a una institución que no se identifica con su persona, sino que es el Cuerpo de Cristo. La Iglesia toda es la esposa de un Cristo que se entregó por entero al advenimiento del Reino de Dios. El Papa y los cardenales son servidores del Siervo de Dios. Es así que Benedicto agradece a los cardenales el amor y la ayuda. Pide perdón, ¿a Dios o a ellos? ¿Ambos? Su gobierno es un “ministerio”. Su vida es un “ministerio”. La prueba de la sinceridad de sus palabras es que terminado el cargo no dejará de servir. Él no ha servido para gobernar. Él ha gobernado para servir. Su intención última es esta. Así lo dice: “Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”.
Por otra parte, como otra prueba de la rendición de cuentas del Papa, es la argumentación misma de su decisión. Su decisión no es un capricho. El se ve obligado a fundamentar cuidadosamente la razonabilidad de su acto. Benedicto explica con suma seriedad por qué el buen gobierno de la Iglesia hoy requiere de un cambio al más alto nivel.
¿Ha querido el Papa darnos un ejemplo de ejercicio cristiano del poder? Tal vez sí. Pero seguramente esta no es la intención primera. Estamos ante un ejercicio del poder que de hecho, talvez sin quererlo, trasunta una comprensión cristiana de las instituciones humanas. Nadie puede, en cristiano, pretender un poder absoluto. El poder es servicio del que se da cuenta a Dios y a los hombres. Solo en estos términos quien detente el poder cuenta con autoridad para ejercerlo. Quien no, se expone al desacato y a la rebelión.
Gobierno espiritual
En la decisión de Benedicto XVI hay una sabia relación práctica de fe y razón. El gobernante no se deja seducir por la tentación carismática. El Papa sabe, por cierto, que ha sido dotado del Espíritu a través de una consagración para un cargo de una institución que no puede ser juzgada por meros criterios mundanos. Pero, si las instituciones meramente mundanas a estas alturas de la historia impiden que una autoridad se eternice en el cargo con perjuicio del servicio que debe prestar, la Iglesia, precisamente porque está obligada a articular fe y razón (Concilio Vaticano I), debe operar con sensatez. Benedicto, enfermo y sin fuerzas, actúa con la razonabilidad de un cristiano que cree que la fe en el Creador le exige actuar conforme a razón que Él le ha dado para usarla sin miedo a equivocarse.
¿Constituye su renuncia una abdicación de la cruz? Para Juan Pablo II lo habría sido. No nos toca juzgarlo. Si en conciencia, como pensamos, Dios le ha pedido algo así como: “sigue hasta el final porque esta será la manera en la cual tú debes participar en el misterio pascual”, bien ha hecho en llegar hasta el final como llegó. Desecho. Sin decidir, sin gobernar. Quedando el mando de la Iglesia entregado a otras personas. Juan Pablo II pudo haberse equivocado en su discernimiento. Los papas también se equivocan. Pero tampoco podemos excluir que Dios, que supera con mucho nuestros planes, le haya pedido no renunciar.
El caso es que Benedicto, nos consta, sí ha querido obedecer a su conciencia y en ella Dios le ha pedido lo contrario. Probablemente le ha dicho: “para gobernar la Iglesia se necesitan actos y palabras, oración y sufrimiento. Tú has sufrido. Seguirás sufriendo. Seguirás sufriendo por la Iglesia, no solo por el deterioro de tu salud. No te relevo de continuar sirviendo a la Iglesia. Retírate, pero sigue rezando, sufriendo, pensando…Hazlo hasta que puedas. Pero la Iglesia necesita ser gobernada con la cruz y la razón. No solo con la cruz. En este momento histórico, en tú caso, que irás perdiendo poco a poco la mente, creo que es razonable que haya otro Papa. Renuncia”.
No podemos juzgar interioridades. Pero, a mi parecer, en este punto, Benedicto XVI ha sido superior a Juan Pablo II. Juan Pablo II identificó su cruz con la cruz de Cristo, dejando entregada la Iglesia al desorden, a los pillos y a las luchas por el poder; en suma, a la irracionalidad. Benedicto XVI, por el contrario, ha visto que la misión de la Iglesia no es otra que la misión de Cristo, el Siervo que ha proclamado la llegada de un reino cuya razonabilidad es la del amor, y no la del sacrificio por el sacrificio. El amor, que suele ser arduo, que no opera más que a través del discernimiento y el control de las fuerzas. El Papa Benedicto, talvez sin quererlo, simplemente practicándolo, nos ha recordado que el amor y la razón van de la mano.
Esta es mi opinión. Personalmente me inclino por Benedicto. Me es convincente su manera de tomar decisiones y la decisión tomada. Sin embargo, me veo obligado a ir aun más lejos. Si, como Benedicto, le doy suma importancia al respeto de la conciencia de las personas, no puedo excluir que otras personas, con otros esquemas mentales, con otras culturas y en otras circunstancias, lleguen a decisiones diferentes. Lo decía más arriba. Nadie puede impedir que Dios pida acciones distintas a personas distintas. A decir verdad, creo las respuestas al querer de Dios han de ser siempre únicas. Supongo que, mientras más difíciles, serán más originales, porque la originalidad del cristianismo es expresión de la originalidad de la relación que cada creatura tiene con su Creador.
En suma, celebro la decisión de Benedicto y el modo suyo de tomar decisiones en conciencia. Creo que el Pueblo de Dios anhela que la Iglesia establezca o sugiera los vínculos entre el amor y la razón. Por todas partes detecto el deseo de una Iglesia acogedora y acompañante; que no imponga, sino que ayude a las personas a decidir sobre sus vidas.
Por lo mismo, me parece sumamente rica la comparación entre los dos papas. ¿Por qué excluir que ambos hayan actuado bien? Independientemente de los resultados efectivos, toda persona que actúa con libertad responsable, esto es, con una libertad que “responde” a la propia conciencia, actúa correctamente
Este campo de posibilidades augura un hermoso futuro para los católicos. Celebro, una vez más, la decisión de Benedicto. El no se dejó llevar por un precedente de 600 años. Lo rompió. Nos sorprendió a todos. Los actos verdaderamente libres son sorprendentes. Aplaudo su libertad y su seriedad. La Iglesia espera de sus pastores, en este momento de profunda crisis, gestos y decisiones de gran responsabilidad.
Elección del Papa: ¿cuáles serán los factores decisivos?
Es difícil saber cuáles son los factores que incidirán en la elección del nuevo Papa y cuánto pesará cada uno de estos. Los cardenales electores deben estar pensándolo muy bien. El discernimiento no será fácil.
Me atrevo a mencionar algunos factores a considerar, cierto de que hay otros más.
Nacionalidad: El número de cardenales electores italianos es muy alto. Son proporcionalmente más que los de cualquier país. ¿Elegirán estos un Papa italiano? Por cierto, el argumento de nacionalidad no debiera pesar en una institución abierta, por mandato de su fundador, a todos los pueblos. Pero, al momento de decidir, los italianos pueden pensar que ellos tienen más habilidades de gobierno. Si creen que el mejor candidato es italiano, los italianos probablemente lo elegirán a él. Puede también ocurrir que el resto de los cardenales diga basta de italianos. Tienen demasiadas habilidades de gobierno, más de las necesarias.
Apertura al resto de mundo: En línea con lo anterior, pero por otros motivos, puede activarse la tensión que, desde el Vaticano II, atraviesa a la Iglesia. Esta es, la presión por abrirse espacio de un catolicismo plural. Este es el caso de la Iglesia de América Latina. ¿No pudieran los latinoamericanos, por ejemplo, elegir sus obispos? Algo parecido ocurre en otras partes del mundo donde Roma, en su tarea de velar por la unidad, frena iniciativas de inculturación de las iglesias locales y regionales. ¿Cuánta importancia tendrá en esta elección la necesidad de abrir la puerta al “resto del mundo”? ¿Querrá el “resto del mundo” sacar adelante un candidato propio? No lo sabemos.
Cultura: Para nadie es un misterio las graves dificultades que tiene la Iglesia para transmitir la fe cristiana en un contexto de grandes cambios culturales. Ya Pablo VI decía que la ruptura entre Evangelio y cultura era el drama de nuestro tiempo. La cultura occidental predominante es secular. El desgarro lo experimentan los católicos en sí mismos. Ellos son cristianos y seculares. A la mayoría de estos se les hace difícil comprender la enseñanza magisterial en materias importantes para sus vidas: sexualidad, bioética, lugar de la mujer en la Iglesia, valoración de la autonomía, segundos matrimonios, segundas familias… ¿Quién será el mejor candidato para los cardenales en estos temas?
Geopolítica: No puede descartarse que las grandes potencias vean modo de insinuar un candidato. Si uno atiende a la historia, desde Constantino hasta hace poco, desde hace exactamente 1.700 años, los emperadores y los principales reyes han sido influyentes o decisivos en la mayor cantidad de las elecciones. Juan Pablo II fue muy importante en la caída del Muro. Pío XII engañó a los espías de Hitler. ¿Qué fuerzas políticas internacionales ha puesto en juego la renuncia de Benedicto XVI? ¿Operan con hackers? Puede ser que en los salones de las embajadas corra la pregunta a acerca de la visión internacional de los probables candidatos. ¿Tomará el próximo Papa posición por Occidente u Oriente? ¿O será neutral?
Gobierno: El nuevo Papa tiene que tener dotes de gobierno. El lento desmoronarse del pontificado de Juan Pablo II heredó a Benedicto XVI una situación de gobernabilidad muy complicada. No por nada dos importantes cardenales han emitido opiniones inquietantes. No hace mucho, Walter Kasper, un hombre que tuvo máxima autoridad entre los colaboradores de la curia, ha dicho que en Roma no había gobierno. Carlo Maria Martini, poco antes de morir, dijo: “Aconsejo al Papa y los Obispos a buscar a doce personas ‘de fuera’ para ocupar los lugares de dirección. Hombres que estén cerca de los más pobres, que estén rodeados de jóvenes y que experimenten cosas nuevas”. Es esta evidentemente una metáfora. Pero, indica que Benedicto sí tuvo problemas para gobernar.
Ecumenismo y diálogo interreligioso: La Iglesia Católica tiene en su historia dos grandes quiebres: con la Iglesia Ortodoxa y con las iglesias de la Reforma. Todas juntas procuran actualmente avanzar a la unidad. Por esto, para cada cambio que un Papa quiera introducir debe mirar a ambos lados. Sucede a veces que las otras iglesias cristianas se encuentran en posiciones contrarias. Una institución con dos mil años de historia no puede ir muy rápido, pero las nuevas generaciones no están para pasos de paquidermo. En la otra frontera, los católicos se encuentran con otras religiones, filosofías o sabidurías. ¿Cuán abierto habrá de ser el próximo Papa a descubrir en el Islam, el Judaísmo, el Budismo y en las religiones étnicas interlocutores válidos?
Estatura espiritual: Siempre habrá quien pregunte, y con razón, por la salud de los candidatos. El cargo requiere fuerzas físicas. De estas, por lo demás, dependen también esas fuerzas espirituales sin las cuales, como ha dicho Benedicto en su renuncia, no se puede servir a la Iglesia. La estatura espiritual es condición sine qua non para discernir al nuevo Papa. Este será el asunto más importante de averiguar por los electores. Por esto, no será raro que quieran también testear si il papabile estaría dispuesto a renunciar, en caso de deteriorarse su salud o de envejecimiento, como lo hizo su predecesor. El gesto de Benedicto ha sido una señal neta de sensatez psíquica y espiritual. Pero esta es ya opinión mía.
Esperamos lo mejor.
¿Se necesita realmente un Papa?
No hay Papa. El mundo no se ha venido abajo.
No pasaría lo mismo si de un día para otro dejara de existir el amor. Sin amor, el cristianismo y el catolicismo no son nada. Sin amor el mismo mundo reventaría en discordias y guerras de todo tipo. El amor sostiene la existencia, une la historia, ofrece una esperanza a la humanidad. El amor es la red que sostiene el universo e impide que se caigan las galaxias. El día que deje de haber amor, dejará de existir la creación. Porque Dios es amor, y Dios hizo el cielo y la tierra.
No hay Papa, pero sí hay amor. ¿Para qué elegir un Papa si podemos vivir del amor? Es más, ¿acaso los papas, los sacerdotes y las religiones en general no son exactamente articulaciones rituales y simbólicas que complican la existencia? ¿No asfixian la posibilidad de amar a rienda suelta? ¿No mataron a Jesús? Ciertamente los católicos percibimos a veces que nuestra religión nos oprime. Ahora último estamos estremecidos por los escándalos de personas que, habiendo debido darnos testimonio de qué significa amar, han hecho daños incalculables a seres humanos que confiaron en ellas.
Esto es verdad, pero no es toda la verdad. Pues si el amor tiene un rostro profano y secular, también necesita de configuraciones rituales y simbólicas que expresen que su realidad tiene un valor eterno.
El amor es profano y secular: cualquier ser humano que ama, cumple su razón de ser. Una persona puede ser atea. Si ama, basta; dicho en cristiano, “se salva”. Porque a Dios, que es amor, solo se le honra cuando se ama.
Sí, pero las personas necesitamos de palabras y gestos, de expresiones artísticas que representen el amor. Un enamorado que no regala flores a su amada puede talvez escribirle poemas. Pero si no le regala flores, no le escribe poemas, no simboliza de ninguna manera sensible que la ama, arriesga perderla.
Exactamente por esto los católicos necesitamos un Papa. El representa –debiera representar- el Evangelio. Jesús hablaba en parábolas para exigir a las personas que se quisieran y perdonaran. El Evangelio hoy necesita de una Iglesia, y de un Papa, que nos hagan saber simbólica y sacramentalmente que el amor es lo más grande.
No solo los católicos. El mundo mismo necesita de varias religiones, varias sabidurías, varios poemas para entender qué es el amor y practicarlo. La humanidad, en este sentido, sí necesita un Papa; necesita machis, gurúes, lamas…
El pluralismo es uno de los grandes descubrimientos del Concilio Vaticano II. Concédasenos a los católicos creer que el planeta necesita, además de pluralismo, a un Papa que encarne el anhelo de ser amados como Jesús amó el mundo. No cualquier Papa, ¡cuidado! No un anti-papa que simbolice el oro y el poder. Solo el amor es absolutamente necesario. Por esto queremos un Papa que sea sacramento de la bondad, de la justicia y del perdón.
¿Un Papa para América Latina?
Todos los Papas han sido europeos u oriundos de la cuenca del Meditarráneo. Han tenido la cultura que fraguó en esa región del mundo gracias al entrecruce de culturas como la hebrea, la griega, la latina y la germánica. Benedicto XVI ha sido un Papa muy europeo con todas las virtudes y límites que esto tiene. Benedicto ha heredado un cristianismo de dos mil años en su máxima expresión cultural. Pero, ya que el Evangelio no se agota en las culturas en las que se verifica, pues inculturarse en otras culturas. Puede, en principio, haber un cristianismo asiático, africano, latinoamericano, etc. Lo que ha sido difícil para Benedicto es, en cuanto responsable de la unidad de la Iglesia, abrir la puerta a cristianismos no europeos. Si hasta ahora la Tradición del Evangelio ha sido europea cuesta entender que pueda haber una liturgia, una moral, un derecho canónico e incluso una teología dogmática que se configuren en otras gramáticas culturales.
Karl Rahner, uno de los principales teólogos del Concilio Vaticano II, ha sostenido una tesis de enorme importancia. Una de las tensiones principales que está experimentando la Iglesia hoy, es que en el Concilio, por primera vez en la historia la Iglesia, se ha actualizado como iglesia mundial. En el Vaticano II el Magisterio operó con representantes venidos de todas las partes de la tierra. Hasta entonces no se había tenido sino una versión occidental del cristianismo. Desde ahora, la Iglesia ha comenzado a sentir con fuerza la tensión de llegar a ser una Iglesia inculturada en las diversas regiones del planeta, sin dejar de ser la Iglesia judeo-cristiana y luego greco-latina y europea de siempre.
En palabras del mismo Rahner: “Bajo el respecto teológico existen en la historia de la Iglesia tres grandes épocas, la tercera de las cuales apenas ha comenzado y se ha manifestado a nivel oficial en el Vaticano II. El primer período, breve, fue el del judeocristianismo; el segundo, de la Iglesia existente en áreas culturales determinadas, a saber, en el área del helenismo y de la cultura y civilización europea. El tercer período es en el cual el espacio vital de la Iglesia, en principio, es todo el mundo”.
Rahner no es tan simple como para reducir solo a tres las grandes etapas de la historia de la Iglesia. Admite muchas subdivisiones de esta historia. Pero, su triple distinción nos sirve para ubicarnos en la tercera etapa y entender qué está realmente ocurriendo. Aquí y allá hay intentos de levantar una iglesia asiática, africana, etc. La presión mayor es a pasar a un catolicismo plural, policéntrico; un catolicismo en el cual haya varias versiones culturales de iglesias adultas. Este proceso claramente comenzó en América Latina. La recepción que Medellín comenzó a hacer del Vaticano II, fue sucesivamente desarrollada en las conferencias de Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007). Roma ha fomentado este proceso, pero a veces también lo frenado o intervenido.
Una de las preguntas que se hacen muchos católicos latinoamericanos ante la elección del próximo Papa, es si favorecerá o dificultará el despliegue de una Iglesia auténticamente latinoamericana. Digo, “una de las preguntas”, porque hay otras preguntas cuyas respuestas interesan tanto aquí como allá. Evidentemente que, en la medida que en América Latina la cultura predominante es secular, también en este continente interesa la postura del Papa ante temas como la sexualidad, homosexualidad, los matrimonios, la bioética, la mujer, la transparencia, la rendición de cuentas, la democracia y la justicia social.
En América Latina, con Monseñor Manuel Larraín y Helder Camera a la cabeza, grandes impulsores de la participación latinoamericana en el Concilio, la Iglesia ha hecho un camino extraordinario. En cincuenta años el Vaticano II ha sido ampliamente acogido. En la liturgia, por ejemplo, ha sido posible pasar del latín al español y al portugués; se ha dado enorme importancia a la lectura de la Palabra de Dios, a la cual ha llegado a tener acceso gente humilde que recién aprende a leer; y el canto litúrgico ha admitido instrumentos “profanos” como la guitarra; en suma, la participación de los fieles –el criterio clave de la reforma conciliar- se ha cumplido. A esto hay que sumar dos hechos extraordinarios y distintivos.
Primero, la convicción espiritual y teológica de la Iglesia latinoamericana de la Opción de Dios por los pobres. Este es sin duda el nombre de la recepción que ha hecho América Latina del Concilio. Las cuatro conferencias mencionadas insisten en ella. Benedicto XVI la confirma en Aparecida en términos rotundos: esta opción es inherente a la fe en Cristo. No se puede ser cristiano si no se opta por los pobres. Esta opción explica el apoyo de las iglesias locales a los movimientos sociales, las iglesias mártires como la de El Salvador y la Iglesia chilena enfrentada a la Dictadura.
Segundo, e indisociablemente vinculado a lo anterior, la Iglesia latinoamericana ha desarrollado una teología propia, es decir, un pensar la propia experiencia histórica y creyente con autonomía. La Teología de la liberación latinoamericana le ha dado a la Iglesia adultez, pues le ha ayudado a reflexionar su amor a los pobres. Si América Latina ha dependido intelectual y teológicamente por quinientos años, los teólogos latinoamericanos han procurado acabar con esta minoría de edad.
Las resistencias de Roma -en el horizonte de la tesis de Rahner- son explicables. La postura del Papa Benedicto frente a la Teología de la liberación fue oscilante. Se opuso a ella con vigor en sendos documentos los años 1984 y 1986. En más de una ocasión sancionó a alguno de sus teólogos y prácticamente todos tienen carpeta en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sin embargo, recién el año pasado, nombró Prefecto de esta Congregación a Gerhard Müller, gran amigo de Gustavo Gutiérrez (el “padre” de esta teología), con quien en 2005 escribió la obra Del lado de los pobres. Teología de la liberación.
Muchos, no todos, los católicos latinoamericanos quisiéramos que el nuevo Papa nos ayude a alcanzar la mayoría de edad.
¿Juan 24 o el nombre del bautismo así no más?
No percibo preocupación alguna sobre el nombre que adoptará el próximo Papa. Evidente. Si aún no se lo ha elegido, todavía no es tema. Pero lo será. Y no será inocuo qué nombre quiera ocupar. Puesto que este periodo de espera es también un tiempo de alegría y de libertad, me doy la posibilidad de imaginar posibilidades.
Juan Pablo I tomó el nombre de los papas inmediatamente anteriores. Juan Pablo II siguió la intención de su predecesor, quien desempeñó el cargo solo por un mes. Benedicto XVI marcó una diferencia. Tomó un nombre de larga tradición. No recuerdo bien cuál fue entonces su motivación. ¿Quién será ahora el sucesor del obispo de Roma emérito?
Confieso que siempre me ha gustado la idea de Juan XXIV o 24, para ponerlo en términos modernos. Juan XXIII, “el Papa bueno”, además de bueno tuvo una sintonía y simpatía tal con su época que logró interpretarla. Un gran músico interpreta con creatividad a un gran autor. Juan XXIII interpretó la partitura de sus contemporáneos. Pero, además de intérprete, fue un compositor. Su gran obra fue el Concilio Vaticano II. Lo que más quiero es un papa profundamente conectado con los tiempos que vivimos; que no le tenga miedo a los cambios; que cambie la Iglesia conforme a la acción de Dios en la historia. ¡Dios sí está actuando en la historia! No me gustaría un papa asustado con la modernidad, la postmodernidad o lo que sea. Prefiero uno que tenga una predisposición positiva ante las culturas y las nuevas síntesis culturales. Me gusta el nombre de Juan 24. Los católicos, ¡el mundo!, necesita líderes espirituales de honda bondad, libres, visionarios, audaces y sobre todo pobres. El “Papa bueno” legó a América Latina su deseo de una “Iglesia de los pobres”. Aborrezco el oro.
Un amigo mío tiene una idea mejor que la mía. En vez de llamarse Juan XXIV o 24 podría usar simplemente el nombre de bautismo. Si se llama Alberto, Alberto. Si se llama Daniel, Daniel. Y sin número. Nada. Solo el nombre que le dio la Iglesia el día que lo bautizaron. ¿No sería quitarle gracia al Papado? Después de todo, esto de dar otro nombre al Papa es una tradición bonita que no le hace mal a nadie. Sí, es verdad. Pero si se trata de ir a fondo, creo que al mismo “Papa bueno” le gustaría que el nuevo obispo de Roma subrayara la importancia que “su” Concilio quiso dar a la igual condición de los cristianos en virtud del bautismo. Me convence mi amigo.
Uno de los cambios más impresionantes indicados por el Vaticano II es haber llamado a la Iglesia “Pueblo de Dios”. La Iglesia en la Tradición tiene muchas denominaciones y el Concilio no le quita ninguna. Pero destaca esta de “Pueblo de Dios”. Con ello, recuerda que en la Iglesia lo determinante es que todos somos hermanos y hermanas porque, en virtud del bautismo, somos hechos “hijos” e “hijas” de Dios. Al ser bautizados en Cristo, el Hijo, somos hemanados. Las relaciones principales que hemos de establecer entre nosotros los cristianos han de ser fraternales/horizontales. Con este énfasis, el Vaticano II relativizó la distinción entre lo sagrado y lo profano y, por de pronto, subordinó el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común de los fieles. El Vaticano II no “dio vuelta la tortilla”, como si ahora los laicos pasaran a ser más importantes que los sacerdotes; sino que distinguió a estos de aquellos de acuerdo a un servicio específico, pero exigiendo entre ellos, sobre todas las cosas, el respeto de la igualdad bautismal fundamental.
¿Cuánto queda por recorrer en esta materia? ¿Hemos avanzado? Hacia allá va el camino. Nos llevamos juntos todos los cristianos, unas veces cargando los sacerdotes con los laicos y otras, los laicos con los sacerdotes; además, entre otros pueblos de la tierra que también consideramos hermanos por compartir la misma vocación al Padre de Jesús.
Más que Juan 24, preferiría que el nuevo Papa conserve el nombre de pila. Conservándolo, será progresista. Progresista en la línea señalada por el Gran Concilio. Progresista, porque en un mundo tan desigual y estratificado, el bautismo cristiano tendría que ser una fuerza revolucionaria.
Por fin nuevo Papa, un Papa latinoamericano. ¿Habrá cambios en el gobierno de la Iglesia Católica?
Los cardenales han elegido Papa a Jorge Mario Bergoglio. El hecho es significativo no porque sea jesuita o argentino, aunque esperamos que estos dos aspectos sean una contribución. Es significativo y puede ser decisivo que sea el primer Papa no europeo y que haya querido llamarse Francisco. ¿Será para la Iglesia de América Latina una confirmación su ”opción por los pobres”? Lo espero. Para que algo así suceda, la Iglesia tendrá que avanzar en dos asuntos de gobierno.
Ya los años de la realización del Concilio Vaticano II se planteó la necesidad de reformar la Curia romana. Pablo VI se reservó esta tarea. Juan Pablo II pidió a los obispos ideas para ejecutarla. Lamentablemente Benedicto XVI tuvo que gastar buena parte de sus fuerzas físicas y espirituales en lidiar con los problemas de gobierno que le dejó la larga agonía de su predecesor y la reforma inacabada de la Curia. No se entiende cómo en nuestro medio haya personas que se empeñen en negar estos problemas. No hace mucho, el Cardenal Walter Kasper, había comentado que en Roma no había gobierno. El Cardenal Martini, poco antes de morir, recomendaba a Benedicto: “Aconsejo al Papa y los Obispos a buscar a doce personas ‘de fuera’ para ocupar los lugares de dirección. Hombres que estén cerca de los más pobres, que estén rodeados de jóvenes y que experimenten cosas nuevas”.
Ciertamente se necesita un Papa que haga cambios profundos en el gobierno de la Iglesia. Benedicto XVI, con su renuncia, ha creado una situación muy favorable. Quizás por primera vez en la historia de la Iglesia un Papa podrá requerir a un emérito toda la información necesaria para introducir reformas de gobierno estructurales. Estoy convencido de que Benedicto será discreto y no querrá continuar gobernando en las sombras. Su permanencia dentro de las murallas vaticanas –riesgosa bajo este respecto- le hará disponible, con su experiencia e información, a las consultas del nuevo Papa.
El otro gran asunto, todavía más complejo y, por cierto, más importante, es que las iglesias regionales y locales puedan desarrollarse con autonomía y creatividad. La tensión principal que atraviesa a la Iglesia actual es la de convertirse en una Iglesia inculturada en las más distintas culturas. Pensemos en conferencias episcopales nacionales y regionales con atribuciones para elegir obispos por sí mismas, para crear nuevas formas litúrgicas y para actualizar asuntos de doctrina en materias morales, dogmáticas y jurídicas. Un cambio de tal envergadura tiene sustento teológico: si Dios se relaciona personalmente con cada ser humano, ¿es necesario hacerse europeo para ser cristiano? No lo es. En la Antigüedad hubo un cristianismo policéntrico. En algún momento se dieron cinco patriarcados: Roma, Alejandría, Antioquía, Constantinopla y Jerusalén ¿No sería posible en nuestra época, por lo mismo, algo así como una pluralidad de iglesias: un patriarcado de Africa francesa, de Africa inglesa, de Brasil, de América Latina, de Oceanía, de Filipinas, de Europa… Podrían ser doce. A Roma correspondería velar por la unidad y la comunión. Siempre ha sido esta su misión específica.
Bien parece que la reforma de la Curia es la tarea inmediata. ¿Saldrá de esta reforma la posibilidad de contar con once curias más? ¿Doce, culturalmente distintas?
Un papa de América Latina
La elección Jorge Mario Bergoglio tiene un altísimo significado simbólico. Es latinoamericano y ha escogido el nombre de Francisco. ¿Hacia dónde llevará a la Iglesia? Puedo equivocarme en el pronóstico. Levanto una hipótesis. El nuevo Papa tal vez no quiera lo que yo quiero; y, si lo quisiera, puede ser que no lo logre. Independiente de esto y aquello, el elegido es representante del Tercer Mundo, si aún podemos hablar en estos términos, y, tendencialmente, de una Iglesia policéntrica.
Bergoglio ha querido llamarse Francisco. Este nombre retumba en la Iglesia. Se estremece la pompa, el oro y el oropel. ¿Augura una liturgia más cercana y menos cortesana? Francisco de Asís, con su sola pobreza, impactó eficazmente en la Iglesia de su tiempo. Al aparecer al balcón, el nuevo papa hizo gestos nítidos de humildad. Vestidura blanca, petición de bendición a los fieles…
Por otra parte, Francisco es jesuita. El sabe que San Ignacio quiso parecerse a San Francisco y en cuanto a la pobreza el primer jesuita llegó a ser extremo. Como jesuita del postconcilio, además, ha asimilado la definición de la misión de la Compañía de Jesús en términos de “Servicio de la fe y promoción de la justicia”. El voto de pobreza de los jesuitas, a partir de la Congregación General XXXII (1975), amplió su significado, involucrando a los jesuitas en todas las luchas sociales contemporáneas a favor de los pobres y los movimientos de reconocimiento de los excluidos.
El nuevo Papa es, en fin, latinoamericano. Un argentino que conoce la miseria de los barrios de Buenos Aires y del resto del continente. Es un obispo de América Latina que ha participado en la formulación de la “opción preferencial por los pobres”, la convicción mística colectiva y teológica que ha pasado a distinguir nuestro catolicismo. El fue redactor del documento de Aparecida (2007) en el que nuevamente se confirmó esta opción. El sabe, por lo mismo, que Roma alteró el texto final, justamente en los temas sociales. En suma, Francisco es un Papa para el Tercer Mundo. De su elección deben alegrarse no solo los católicos, sino los pobres del mundo entero.
Además de simbolizar al Tercer Mundo, Francisco representa un giro extraordinario hacia fuera de Europa. Todos los papas han sido europeos u oriundos de la cuenca del Mediterráneo. Occidentales. Bergoglio también es occidental, pero con él se abre la posibilidad de cristianismos africanos, asiáticos, etc. El asunto es que la Iglesia Católica experimenta la tensión mayor de un pluralismo geográfico y cultural. Lo decía Karl Rahner a propósito de los que se dejó ver en el Vaticano II. Por primera vez, sostenía Rahner, la Iglesia se constituyó al más alto nivel y en términos de enseñanza de la fe, con representantes de todos los lugares de la tierra. Lo que está en juego con un Papa de América Latina, además de una retorno a la pobreza evangélica, es la posibilidad del despliegue de una Iglesia policéntrica.
Esto no es del todo nuevo. En la Antigüedad hubo cinco patriarcados: Roma (Occidente), Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría (cuyo patriarca también era llamado papa). Entre ellos, el papa de Roma velaba especialmente por la unidad y la comunión entre las iglesias, para lo cual muchas veces tuvo que zanjar cuestiones teológicas. En la actualidad, el pluralismo que se insinúa es mucho mayor. Hace rato que Roma hace enormes esfuerzos por contener a los católicos en la unidad. No ha habido cismas, salvo el de Lefebvre. Insignificante. Pero sí ha habido “cisma blanco”: el descuelgue masivo de católicos que no comparten ya la cultura en la cual la Iglesia continúa operando, tanto en el plano del mando como de la doctrina; una generación completa de jóvenes perplejos con una enseñanza sexual que no comprenden; y con los abusos sexuales del clero.
Lo que despunta, y que no sabemos por cuanto más Roma puede impedir, es el surgimiento de un catolicismo de iglesias regionales y locales culturalmente distintas. Por tanto, con propios modos de elegir a sus autoridades y con formulaciones originales de los contenidos de fe del Evangelio. ¿Llevará Francisco la Iglesia a un policentrismo? No lo sabemos, pero lo representa. ¿Volveremos a los antiguos patriarcados o algo equivalente? Es muy probable que si no se avance en esta dirección la Iglesia dejará de ser “católica”, esto es, “universal”, para quedar reducida a un grupo pequeño de fieles refractarios de la cultura moderna e inmunes a inculturaciones plurales del Evangelio.
Un último asunto –siempre en términos hipotéticos- es qué teología pudiera sostener un despliegue policéntrico de la Iglesia y un compromiso de esta Iglesia con los pueblos víctimas de la globalización del Mercado y de todo tipo de esclavitudes. El Papa Francisco representa una ruptura. Se nos dice que es conservador. Pero ha quedado puesto en un lugar en que no puede serlo. Por una parte necesitará el aporte de las teologías de la liberación y, por otra, de las teologías inculturacionistas y contextuales. Sin estas, difícilmente el nuevo Papa podrá emprender los cambios que él mismo simboliza.
La Iglesia de los pobres podría dejar las edificaciones vaticanas
“Ah, cuánto querría una Iglesia pobre y para los pobres”, ha dicho el Papa Francisco. Sus palabras nos estremecen.
Pero, ¿qué ha querido decir con ellas? Las personas entenderán cosas muy distintas. Conceptos de pobreza y de riqueza puede haber muchos.
Lo normal es que nadie quiera ser pobre. ¿A quién pudiera gustarle pertenecer a la “Iglesia de los pobres”? Sería raro. Sería extraño, a no ser que alguien haya descubierto la pobreza del reino de Dios y conozca en carne propia la maravilla de seguir a Jesús pobre. No sería extraño, en este caso, que uno quisiera echar a los ricos fuera de la Iglesia. Jesús sostenía que lo normal sería que los ricos se fueran al infierno y que solo Dios podría lo imposible: que algún rico se salve. Pero las palabras de Jesús, como todas sus metáforas, han sido un aguijón para provocar la conversión. No hemos de creer que Jesús quería realmente que los ricos se fueran al infierno. Quería que se convirtieran; que renunciaran a sus riquezas y las dieran a los pobres.
Hay muchas maneras de ser pobre y no es normal que alguien quiera ser un hambriento, un sediento, no tener con qué vestirse ni dónde dormir, vivir bajo rejas, ser víctima del alcohol, la droga, de una enfermedad maldita o de pelambres ajenos. ¡Quién querría! Solo puede quererlo alguien que acoge con gozo las palabras de Jesús: “bienaventurados ustedes los pobres porque de ustedes es el reino de Dios”. Nadie más.
¿Una Iglesia pobre y para los pobres? ¿Qué quiere el Papa? ¿Querrá lo que Jesús querría? Supongamos que sí. Recemos para que Jesús ilumine al Papa y le ayude a descubrir exactamente qué significa hoy, en este siglo XXI, en esta Iglesia en crisis, la bienaventuranza franciscana de Jesús.
Yo quisiera muchas cosas. Pero, si me dieran la oportunidad de pedir al Papa Francisco una sola, esta sería: que abandone la ciudad del Vaticano e instale la sede del obispo de Roma en alguna de las parroquias de la periferia de esta misma ciudad. Pudiera ser la parroquia de Prima Porta. Son barrios de clase media emergente, antes familias obreras y de gran esfuerzo. Los conozco bien.
Le pido al Papa que deje la basílica de San Pedro, y todas las riquezas que contiene el Estado pontificio. Me escandalizó cuando adolescente y me escandaliza ahora que soy adulto. Como sacerdote no lo puedo entender, pero el resto del Pueblo de Dios, en su gran mayoría, tampoco lo entiende. ¡Qué tiene que ver esta fastuosidad con Jesús de Nazaret! La Iglesia rica es sacramento que reproduce simbólicamente un cristianismo para los ricos. El oro sacro canoniza el oro profano.
La inmensa mayoría del Pueblo de Dios que hoy reboza de esperanza con un Papa que se llama Francisco y da señales de humildad; que quiere que la Iglesia efectivamente sea la Iglesia de los pobres, vería en el abandono de la ciudad del Vaticano un símbolo de un cristianismo auténtico. Los cristianos, por muchas razones, son pobres. La inmensa mayoría son pobres. Todos, por alguna razón, son pobres. Las edificaciones vaticanas les son chocantes, a no ser cuando se dejan embrujar por la magia de la riqueza, del poder, en una palabra, del ídolo, el falso dios que promete salvación pero no a través de la cruz.
Se nos dirá, ¿y qué hacemos con los museos, las bibliotecas, las joyas y, sobre todo, con los restos de Pedro y de los demás santos y papas?
No sé. Pero el Evangelio es lo primero. Todo lo demás se arregla.
Semana Santa: ¿marcará Francisco la diferencia?
Con ocasión de Semana Santa auguramos al Papa un feliz pontificado. Puesto que existe una relación entre el modo de gobernar la Iglesia y la crucifixión del inocente Jesús, esperamos que el Papa Francisco relacione el gobierno con la cruz en línea como ha comenzado a hacerlo con sus gestos de humildad.
Jesús fue víctima de una religión que administraba mezquinamente la relación entre Dios y las personas de la época. Fue asesinado por los expertos en Dios, quienes consiguieron de los romanos su ejecución: los fariseos (representantes de la Ley) y los sacerdotes (representantes del Templo). ¿Por qué estos grupos, tan distintos entre ellos, convinieron en su condena? Ambos compartían una manera de entender la religión de Israel contraria a la de Jesús.
Los fariseos eran laicos que querían ser “puros”, “perfectos”, observantes “impecables” de la Ley. Se apartaban, por tanto, de los pecadores. Juzgaban a los demás de “impuros”, se alejaban de ellos o los excluían. Los sacerdotes, además de pertenecer a la clase aristocrática, organizaban las actividades del Templo. Cobraban impuestos por los sacrificios que se ofrecían a Dios para el perdón de los pecados. Fariseos y sacerdotes, rivales entre ellos por razones históricas y teológicas, sin embargo colaboraban en el edificio religioso que los privilegiaba a ellos por encima de los demás. Esta religiosidad mató a Jesús. Jesús la desenmascaró. Lo mataron.
¿Cuál fue el núcleo teológico de la confrontación total entre Jesús y los expertos en Dios? Dicho en breve: la separación de lo sagrado y lo profano que estos establecían y administraban.
Ellos separaban tajantemente cosas, ámbitos, tiempos y personas sacralizadas, produciendo necesariamente excluidos. No era extraño, sino también necesario, que una elite religiosa se apreciara a sí misma y menospreciara a los demás. Unos debían ser tenidos por profanos, para que otros se encargaran de su redención.
Jesús hizo todo lo contrario: ofreció la salvación a manos llenas. Marcó la diferencia. Desarmó a los pecadores al ofrecerles el perdón sin condiciones. Optó por los pobres, profanos y sospechosos por excelencia. Para lo cual atacó el fuego en la base. Se estrelló frontalmente contra la torre religiosa de la exclusión, pues anunció el advenimiento de un reino fraterno. En Cristo resucitado, la Iglesia naciente descubrió la irrupción en la historia de un Dios secular, un Dios radicalmente humano. También ella marcó la diferencia.
Desde entonces el cristianismo, la nueva religión, la del judío Jesús, superó la separación de lo sagrado y lo profano. En Israel los profetas habían ya anticipado esta superación. Los cristianos, en adelante, fueron reconocidos, más que por sus ritos, por la fuerza espiritual y ética con que se desenvolvieron en el mundo antiguo.
Pero no siempre el cristianismo ha estado a la altura de esta originalidad suya. Las involuciones siempre lo han seducido. Ha ocurrido que el cristianismo ha traicionado su diferencia. Por ello han sido necesarias reformas y ajustes doctrinales y disciplinares que recuperen la senda perdida. A este efecto, el Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, recordó que lo único infaltable para la “salvación” es la caridad. Sostuvo que Dios ama a todos los seres humanos, y que el amor es la única condición absoluta para alcanzarlo. La intuición antiquísima, también judía, es que la fe en Dios se vive, en primer lugar, puertas afuera del templo, en actos de misericordia y justicia a secas.
¿Habría que revisar hoy la relación entre el rito y la vida corriente de los cristianos? Hoy y siempre. Porque una separación entre ambos tarde o temprano lleva matar a Jesús de nuevo.
El cristianismo es una religión extraña. Es secular. Es religión. Es la religión que promete encontrar a Dios en el seculo (mundo) sin más. El cristianismo, si algún lugar merece en la historia de las religiones, es la de tener como misión anunciar y practicar sacramental y efectivamente la implicación de Dios con los crucificados, los excluidos, los difamados y los desamparados.
Esta Semana Santa, cuando los católicos miran con esperanza a Francisco, los católicos, y cualquier ser humano, puede pedirle al Papa estructuras y modos de gobierno en la Iglesia que cuiden a las personas, sobre todo si estas se encuentran marginadas o avergonzadas, si han fracasado en su matrimonio, en el trabajo, la escuela, tengan fe o no la tengan. Francisco ha ofrecido cuidado. La recuperación de la confianza en la Iglesia pasa hoy por confiar en la palabra del Papa, pero también por poder cobrarle la palabra.
La institución eclesiástica en las últimas décadas se ha alejado considerablemente de sus contemporáneos. Una callada re-sacralización institucional primero y escándalos de abusos innombrables después, han creado una penosa distancia entre las autoridades y los fieles. Que el nuevo Papa haya querido llamarse Francisco –el santo más parecido a Jesús- augura para los cristianos un retorno a los tiempos de la primera Iglesia; aquella Iglesia que creció explosivamente porque en ella los huérfanos, los extranjeros y las mujeres fueron cuidados y dignificados, pues pudieron participar, ser protagonistas de sus vidas y de sus comunidades, como no lo habían hecho nunca.
Jesús vs Caifás
El encuentro de Jesús y Caifás, uno de los episodios en el camino de la pasión, ha podido ocurrir en los siguientes términos
Caifás: “Has llevado las cosas muy lejos. Los romanos están alarmados. Pilatos no quiere tener problemas con Roma. Una revuelta en Palestina le puede costar el puesto”.
Jesús: “Y a ti la deportación…”.
Caifás: “Mira las cosas de otro modo. Roma no ha sido tan dura con nosotros. No nos han impedido practicar nuestra creencias”.
Jesús: “Tú, ¿en qué crees?”.
Caifás: “En lo mismo que tú. Los dos somos israelitas”.
Jesús: “Creemos exactamente lo contrario”.
Caifás: “¿No crees en el Templo? ¿No ofreces sacrificios por los pecados?”.
Jesús: “Ya sabes lo que pienso del Templo. Si no hubiera atacado el aprovechamiento que ustedes hacen de él, no estaría delante de ti. Ustedes han pervertido la religiosidad de la gente. La salvación es gratuita. Pero ustedes han hecho de ella puro comercio”.
Caifás: “¿Quién te crees?”.
Jesús: “Dice el Señor: quiero amor y no sacrificios. Si ustedes entendieran esto no condenarían a los inocentes”.
Caifás: “La religión no funciona sin sacrificios…”.
Jesús: “Tú y los principales quieren matarme como a un animal de sacrificio. Dios aborrecerá este crimen, como aborrece los sacrificios rituales que suplantan la misericordia. Ustedes continuarán en sus puestos de privilegio. Me entregarán a los romanos. Pero nuestro pueblo seguirá pagando impuestos al César y a ti”.
Caifás: “Es mejor que muera uno a que perezca toda la nación. Tal vez a Dios no desagrade tanto que tu muerte sirva para salvar a Israel”.
Jesús se mantiene en silencio. Mira a Caifás a los ojos. El Sumo Sacerdote también lo mira de frente. Está convencido de lo que dice. No se tiene a sí mismo por una mala persona. Solamente cumple con pragmatismo su oficio religioso y político.
Caifás: “¿No te das cuenta del problema que has generado? Velo de otra manera. Has sobrepasado el punto de no retorno. Alguien debe pagar las consecuencias. Quien más que tú, que eres el responsable. Te has atribuido un poder que no te corresponde. No tienes autoridad para hablar de Dios y tapar la boca a escribas y sacerdotes. Si solo hablaras de Dios, te lo concedo. Estás en tu derecho. Pero tú hablas en nombre de Dios, con una autoridad que no te podemos reconocer porque, además, lo haces en contra nuestra”.
Jesús: “No soy yo, son ustedes los que han puesto en peligro a la nación”.
Caifás: “A estas alturas, tú tendrás que salvarla. ¡Qué tanto drama! Así quedaremos bien tú y nosotros. Ambos habremos colaborado con la nación. ¿No ves que creemos en el mismo Dios? Lo que importa ahora es proteger al pueblo”.
Jesús: “Soy inocente”.
Caifás: “Date a la razón. Si hubieras sido un buen profeta habría bastado. Nos has puesto a todos en peligro. Ahora lo único que queda es “sacrificarte””.
Jesús: “El único sacrificio válido es el del amor”.
Caifás: “¿No amas a Israel?”.
Jesús: “Ustedes me “sacrificarán” fuera del Templo. No tienen el coraje de hacerlo dentro. Pero igual lo hacen en nombre de Dios. El Señor está con Israel, no contigo”.
Caifás: “Tu inocencia no cuenta”.
Jesús: “Si tú creyeras en Dios sabrías que el Señor no necesita derramamiento de sangre para salvar a su pueblo”.
Caifás: “Tú harás de chivo expiatorio aunque no lo quieras. Dices bien: ‘creemos exactamente lo contrario’. Ahora entiendo. Tu “dios” divide y acarrea la guerra, el nuestro pacifica y une”.
Jesús: “Tu “dios” es sanguinario. Sin sacrificar a los inocentes, él no reconcilia. Mi Señor no divide, une. Pero lo hace con justicia y misericordia”.
Caifás: “Tú no eres inocente. Has sido causa de discordias entre padres e hijos, tienes enemistados a los miembros del Sanedrín, los romanos están a punto de pasarnos por la espada. No quieren un levantamiento en Palestina… ¡Carga con tu pecado!”.
Jesús: “No sabes qué es la inocencia. ¿Cómo vas a saber lo que es el pecado? No distingues entre los sacrificios del Templo y los crímenes con que haces las paces con Roma. No se puede servir a dos señores”.
Caifás: “No entiendes nada”.
Jesús: “El único sacrificio que cuenta es el del amor. El Señor no necesitará mi sangre para perdonarte. Tú “dios” no es mi Dios. El mío es capaz de abandonar el rebaño con tal de encontrar a la oveja perdida. No sabes lo que haces. ¡Bellaco!, date cuenta, abre los ojos, para que el Señor tenga compasión de tu miseria”.
Caifás: “No me digas bellaco”.
Jesús: “El fin de los sacrificios humanos está cerca. Dentro de poco también los ritos sacrificiales dejarán de ser eficaces. Estos despejan la vía a los otros”.
Caifás: “En esto algo de razón tienes. También la violencia puede ser sagrada. Si a veces es necesaria, ¿por qué no puede tener una liturgia? El poder merece veneración, incluso cuando recurre a la espada. Míralo así, no insistiré más: te crucificarán, pero tus discípulos recordarán que, aunque pusiste a tu pueblo en peligro, a fin de cuentas pagaste con tu vida. Tu muerte habrá calmado al Imperio”.
Jesús: “No quisiera que hicieran de mi asesinato un culto. Lo único que me interesa es que mis discípulos recuerden el amor que el Señor me tuvo a mí y a Israel. Ellos sabrán qué hacer. Compartirán el pan en sus casas y recordarán mis palabras. Cuando yo muera ellos enseñarán que lo único que une a la humanidad es la misericordia y la justicia. Para entonces habrán aprendido que Dios estuvo en un hombre que no se desquitó en contra sus enemigos. Asumió las consecuencias de su maldad en su carne. Impidió así que el abuso del poder dañara a los demás”.
Caifás: “No eres inocente, sino ingenuo. El amor sin algo de violencia no opera. Misericordia sí, pero castigo también. Sin expiación por los pecados no hay salvación”.
Jesús: “Aborrezco la sangre”.
Caifás: “Como todos los ingenuos…”.
Jesús: “Aborrezco a tu ‘dios’ y las víctimas sangrientas que se le ofrecen dentro y fuera del templo”.
Caifás: “Y yo al tuyo”.
Jesús: “Llegará el día en que del Templo no quede piedra sobre piedra”.
Caifás: “¡No me amenaces!”.
Jesús lo mira de nuevo. Caifás vacila.
Jesús: “No seré yo ni el Señor quien derrumbe el Templo. El Reino lo socava día a día. En la nueva era los verdaderos adoradores adorarán en Espíritu y en la verdad”.
Caifás titubea.
Jesús: “Un día tus aliados se volverán contra ti y te traicionarán. Yo, en cambio, doy mi vida por mis amigos. ¿Conoces la diferencia entre los aliados y los amigos? Mis discípulos no necesitarán víctimas ni victimizaciones. No pasarán por la vida culpabilizándose de pecados ajenos. A nadie pedirán permiso para existir. Con su amor revelarán que la inocencia existe. Enseñarán que Dios no necesita derramamientos de sangre para mantener la paz”.
Caifás da vuelta la cara. Comprende que el “dios” de los aliados no es el Dios de los amigos. Siente miedo. Entra en el Templo y ofrece en sacrificio un macho cabrío por la paz en Palestina. Acto seguido, él y los saduceos entregan a Jesús. Una sola cosa piden a los romanos: que lo lleven fuera de los muros de Jerusalén.
Memoria pascual
Los cristianos recuerdan en Semana Santa el camino de Jesús a la cruz y luego su resurrección. ¿Por qué?
No lo hacen porque les guste la historia y gocen con los relatos heroicos. Tampoco porque se deleiten con el sufrimiento de Jesús o porque viéndolo así sufriente les sirva de consuelo. La diferencia de esta historia con cualquier otra historia, es que lo que sucedió con Jesús en el pasado de algún modo continúa sucediendo en el presente. No es lo mismo el recuerdo que los cristianos hacen de Jesús que el recuerdo que cualquier persona puede hacer de Gandhi, Sócrates o Arturo Prat. Los cristianos recuerdan el camino de la cruz porque creen que el crucificado resucitó y vive.
Los cristianos siguen a Jesús en su pasión para participar de su resurrección. ¿Cómo se entiende algo así? Ellos esperan la vida eterna más allá de su muerte, viviendo ya ahora de acuerdo al mismo amor que ha vencido a la muerte. Si en la cruz Jesús llevó al extremo el amor de Dios por cada uno de nosotros, incluidos nuestros enemigos, los cristianos vencen la muerte en tanto se dejan amar por Dios, perdonan a los que los ofenden y trabajan por la superación de toda enemistad. La salvación cristiana origina una vida nueva ya en esta historia nuestra, en la que normalmente predomina la desconfianza y el temor a los demás, la defensa en contra de los otros y el egoísmo. La resurrección de Jesús es reconocible allí donde surge una nueva forma de vivir caracterizada por la confianza entre los hombres, la esperanza en el futuro a pesar de cualquier dificultad y el amor por los que no parece que merezcan ser amados: los despreciables y los que más nos han ofendido. Esta es la novedad de Jesús que los cristianos recuerdan y reviven en Semana Santa, novedad que rompe con la historia tan conocida del “ojo por ojo, diente por diente”, la historia del resentimiento y la venganza.
Pero la pasión y la resurrección de Cristo no atañen sólo a los cristianos. El llamado Misterio Pascual de Jesús, la Iglesia cree, tiene alcance cósmico. Si por la Encarnación del Hijo de Dios sabemos que nada humano es ajeno a Dios, que Dios se hace solidario con la humanidad hasta las últimas consecuencias, por el Misterio Pascual de Jesucristo sabemos que allí donde hay un hombre, una mujer que sufre, es Cristo que sufre; que donde una mujer, un hombre pide perdón, es Cristo que impulsa la reconciliación. Todo el cosmos está cristificado. También en los budistas, musulmanes, ateos y los que nunca han oído hablar de Nazaret o Jerusalén, es Cristo que padece en cruz cuando cualquiera de ellos tiene hambre y es Cristo que resucita cuando un prójimo les da de comer. Atentos a las necesidades de los pobres, los obispos nos remecen con su campaña en favor de la mujer jefa de hogar que con enormes sacrificios “para la olla” a diario. No hay que averiguar si esa mujer ha cometido errores en su vida, si es católica o evangélica. Si el crucificado es el Cristo, la propaganda dice: “ella también”.
Los cristianos en Semana Santa hacen suyo el dolor de Cristo por el mundo que sufre y preguntan a Cristo mismo qué pueden ellos hacer para bajarlo de la cruz. En cada una de las misas los cristianos agradecen a Dios porque Jesús continúa luchando por la justicia y la paz del mundo, y con su oración y su acción se suman a su causa.
Fe en Cristo resucitado en América Latina
¿Qué importancia puede tener hoy creer en Cristo resucitado? Planteo una pregunta que debieran hacerse los cristianos en todas las épocas. Los cristianos creemos que la resurrección de Cristo no es un hecho que ocurrió simplemente en el pasado. El resucitado, para nosotros, continúa actuando a lo largo de la historia a través de su Espíritu. Podríamos, incluso, decir que aún está resucitando, las veces que el reino del amor de Dios prevalece en nuestro tiempo. Pero esta presencia del resucitado a lo largo de la historia ha podido tener una eficacia distinta entre las diferentes épocas. Nuestro propio contexto latinoamericano tiende a cambiar significativamente. Por esto, también hoy tiene relevancia preguntarse cómo el hecho central de nuestra fe puede incidir en nuestras vidas y sociedades, y avivar nuestra esperanza en la vida eterna.
El contexto ha cambiado. No estamos en los años de Medellín. Hace 43 años, ese 1968 que aquí y allá marcó a Europa y también a América Latina, ha ido quedando atrás en el tiempo. Los cambios han sido enormes. La pobreza, la injusticia y la violencia persisten en nuestro continente, pero tienen nuevas causas, operan de otros modos y generan víctimas antes desconocidas. Esos años, la fe en la resurrección pudo levantar sospechas de alienación. Pudo primar la opinión de Marx, de la religión como opio del pueblo. O bien, pudo querer vérsela traducida en cambios sociales revolucionarios. Hoy, por razones pastorales, no podemos desentendernos de esto y de aquello, pero el escenario social y cultural es distinto.
El replanteo actual del tema de la resurrección debe seguir siendo pastoral. La Iglesia necesita anunciar a Cristo resucitado de un modo razonable, es decir, debe hacerlo con un discurso pertinente. Si el anuncio de la resurrección de Cristo no tuviera ningún punto de enganche con nuestras vidas, si no nos afectara o nos cambiara por dentro, habría que considerarlo una fábula entre tantos otros mitos simpáticos que los seres humanos generamos para aprender algo sabio y nada más. La Iglesia necesita desentrañar algún tipo de inteligibilidad de la resurrección para nosotros hoy, no al modo de una prueba científica o metafísica de su realidad, como un argumento rotundo que se imponga a nuestras mentes y voluntades de un modo infalible. Lo que la Iglesia diga de la resurrección debiera tener la comprensibilidad necesaria para corregir y perfeccionar los nuevos tiempos.
Este desafío enfrenta situaciones nuevas. La cultura predominante cada vez necesita menos la fe en la resurrección para autocomprenderse. En otras épocas, la gente podía vivir para la vida eterna y, por cierto, con temor al infierno. En esta época, vivimos menos pendientes del más allá. Tenemos, más bien, la mirada puesta en el más acá. Los productos de la cultura nos fascinan. Pensemos en los más diversos campos: la biología, la neurociencia, la cibernética, etc. Por otra parte, sin embargo, la fe en Dios persiste en nuestro pueblo cristiano tradicional. La pastoral encara enormes desafíos, pero tampoco parte de cero. La fe en la resurrección de Cristo de nuestro pueblo, mucha o poca, debe ser reevangelizada para incidir en una época embrujada por productos que, en realidad, no satisfacen las necesidades más profundas del ser humano.
¿Qué importancia tiene hoy creer en la resurrección de Cristo? Me parece que la proclamación de Cristo resucitado tendría que enganchar con dos asuntos que tienen mucha realidad entre nosotros: la lucha de los pobres por la vida buena y digna, y la comprobación personal de la maravilla del Evangelio.
La lucha de los pobres por una vida buena y digna
La fe en la resurrección es fe en una realidad que afecta ya ahora a todos los seres humanos. Todos hemos sido salvados en Cristo; a cada uno, su Espíritu lo está moviendo a creer en él, a amar y a esperar, incluso a quienes no han oído nunca hablar de Jesús de Nazaret.
Dada esta universalidad de la salvación, podemos preguntarnos cómo la resurrección de Cristo puede influir aún más en nuestra historia, cómo puede traducirse en un triunfo actual sobre la muerte para nuestro mundo afectado por la precariedad y la maldad.
Mi opinión es que, si la resurrección de Cristo es una buena noticia para los pobres, podrá serlo también para los demás. Si la fe en el resucitado impulsa un mundo sin pobreza, todos se beneficiarán. La universalidad de la salvación depende de que la vida de los pobres mejore. Esta vida, por su parte, nos conecta más fácilmente con el misterio pascual. Si la fe en el resucitado impulsa un mundo sin pobreza, la fe en el crucificado nos mueve a reconocer en los pobres que este mundo solo se goza cuando se comparte, tal como se comparte el pan eucarístico.
Otro aspecto de lo mismo es este: la lucha de los pobres por la vida buena y digna representa un lugar muy adecuado para comprobar que Cristo resucitó. Los pobres nos conducen a lo fundamental. Lo que a los pobres les falta, también podría faltar a los demás. Si ellos luchan por una vida mejor, luchan por aquello sin lo cual la vida de cualquier ser humano se deshumaniza. La resurrección de Cristo tiene que ver con aquello que para unos y otros es fundamental; por lo mismo, tiene que ver con los pobres antes que con nadie. Si para Jesús fue fundamental resucitar de una muerte indigna, nadie representa mejor a Cristo que aquellos que viven de un modo indignante. Nadie, en consecuencia, está en mejores condiciones que ellos de comprobar en esta vida qué puede significar aquello de que “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos” (1 Tes 1,10, Gál 1,1).
Por cierto, hay muchas maneras de ser pobre. La Conferencia de Aparecida nos habla de un sinfín de pobres. Pero los más pobres de los pobres indican mejor a Cristo. Aparecida pide que prestemos mayor atención al excluido: al sobrante y al desechable (DA 65). En esta oportunidad, tendremos especialmente en cuenta al pobre que lucha por ser incluido en sociedades que se aprovechan de él. Sociedades que no lo valoran como persona.
El conato agónico
En América Latina, podemos decir que la lucha de los pobres por la vida buena y digna equivale a la fe en Cristo crucificado y resucitado. Podemos decir que, en cierto sentido, quien lucha por una vida mejor es una especie de crucificado que vive de la esperanza en la resurrección. Pero es necesario hacer algunas distinciones. La primera, es que esta lucha equivale a la fe en Cristo cuando, para ser digna, se realiza éticamente y no de cualquier manera. La segunda, es que la expresión de esta lucha en las categorías típicas de la religiosidad, por importante que sea, no es lo fundamental. La vida espiritual se expresa a veces en categorías no religiosas. La lucha de los pobres por la vida buena y digna puede ser expresión de una espiritualidad profunda, aun cuando se dé en categorías seculares.
Los pobres latinoamericanos son creyentes en su inmensa mayoría. Su catolicismo nutre su empeño cotidiano por salir adelante, pero, independientemente de las categorías sapienciales y simbólicas que les ofrece la religiosidad popular, ellos se esfuerzan por salir adelante con la sola gracia de Dios. En su pura lucha, los demás hemos de constatar al Cristo resucitado presente, de un modo semejante a como está presente en quienes nunca han oído hablar de Jesús de Nazaret y, sin embargo, viven en el amor, se conmueven con la belleza y deploran la mentira. Es el caso de miles de millones de asiáticos.
En América Latina, probablemente, quien mejor ha observado este fenómeno es Pedro Trigo. Este teólogo español-venezolano nos habla de una “obsesión” de los pobres por vivir, de un “conato agónico”.
Definimos la obsesión como el conato agónico que tiene por objetivo y contenido la vida digna, afirmada como posible y realizada frente al orden establecido que desde su lógica decreta su imposibilidad y que la distribución concreta de sus recursos la desconoce y niega.
Pero Trigo precisa que no se trata de una característica de los pobres, aunque se dé en ellos muchas veces:
Insistimos en que la obsesión no es un rasgo de carácter, no es una mera reacción instintiva de supervivencia, tampoco pertenece a la idiosincrasia de un grupo humano ni es sin más un elemento cultural. Como conato incesantemente reiterado logra convertirse en hábito, pero no llega a automatizarse por su carácter agónico: al mantenerse la negación del orden establecido, el acto de afirmación que la vence es estrictamente creación histórica y se sitúa así en la cúspide de la libertad[1].
Se trata, según Trigo, de una lucha irreductiblemente “personal”, es decir, libre y espiritual, no reductible a lo colectivo o común. Los pobres que se abren al Espíritu viven su fe en solidaridad y fraternidad. Se trata de una “obsesión”, pero de una vida “digna” para sí y para los demás. Y, en consecuencia, no consiste en salir adelante de cualquier modo. Es una lucha ética por una vida mejor para todos.
Es aquí que vemos la acción del Resucitado. Es en esta superación incesante de los obstáculos de la existencia, de las injusticias y de la muerte de los pobres, que hemos de reconocer al Cristo resucitado. La resurrección de Jesús no consistió en la reanimación del cadáver de un hombre cualquiera. Es el triunfo de un crucificado que representa a quienes podrán identificarse con él, porque él se identificó con ellos. Este es el punto de arraigo preciso: si al resucitado llegamos por el crucificado, al crucificado llegamos por los que hoy viven “crucificados”. Si, como creemos los cristianos, la resurrección es real, los que mejor nos pueden decir en qué pudiera consistir, son los que necesitan ser “resucitados”. Los pobres, que viven la vida a su nivel más básico, son quienes mejor intuyen qué es la vida eterna y nos pueden hablar de ella.
Esto, sin embargo, no impide el acceso al Resucitado a los que no son pobres. El don de la resurrección es para todos. Pero, ya que esta atañe a lo fundamental de la vida, su experiencia no es una exquisitez espiritual para almas selectas. Hoy, cuando el “mercado de la religiosidad” abunda en ofertas de sucedáneos de fe auténtica, la fe de los pobres constituye un test decisivo. Ellos, mejor que cualquiera, conocen en carne propia qué es vivir y sobrevivir; ellos tienen una palabra autorizada sobre qué significa creer que Dios resucitó a su Hijo.
La devoción al crucificado
En lo más hondo de la experiencia espiritual de los pobres, en su lucha por una vida mejor, constatamos la fuerza del resucitado. Esta lucha equivale a la fe explícita en el Cristo que superó la injusticia y la muerte, y que anima a los fieles a seguir sus pasos. Esta lucha muchas veces va de la mano, o se expresa, en una fe popular en Cristo, aunque, como se ha dicho, no se agote en el plano de la religiosidad del pueblo. Pero es tal la fusión entre ambas, que conviene observar cómo opera la fe de los pobres en Cristo, porque no siempre la relación de esa lucha y la religiosidad parece ser virtuosa.
Es así que, lo primero que salta a la vista, es que la devoción a Cristo en América Latina se centra en su crucifixión. Pero, simultáneamente, también llama la atención la ignorancia que el pueblo católico tiene de la vida de Jesús de Nazaret. Solo en las últimas décadas nuestro pueblo ha comenzado a conocer los evangelios y la vida de Jesús. Esto se debe a la alfabetización de los pobres a lo largo del siglo XX, pero sobre todo al Concilio Vaticano II, que puso la Biblia en las manos de los pobres. La nueva catequesis ha tenido la enorme virtud de ilustrar acerca de quién fue Jesús y qué reino efectivamente predicó. Aun así, muchas veces la religiosidad popular nos deja la impresión de ser dudosamente cristiana. A veces, algunas de sus manifestaciones nos resultaron extrañas y chocantes.
La devoción a Cristo crucificado es típica nuestra, pero los latinoamericanos en general no sabemos por qué mataron a Jesús y qué pudieran tener que ver las razones históricas de su muerte con nuestra propia historia. ¿Es esta mera ignorancia? ¿O ha parecido peligroso seguir a un condenado a muerte? Sea lo que sea, la cruz debiera recordarnos a Cristo, las razones de su vida y de su muerte, y llevarnos a creer que Dios le hizo justicia resucitándolo. ¿Será, talvez, que se ha usado la devoción a la cruz para impermeabilizarnos contra el dolor o para sufrir sin alegar? Los teólogos latinoamericanos han dado la voz de alerta en contra de una devoción al crucificado que pudiera mover a la resignación ante la injusticia. La posibilidad ha estado a la mano. Desde Anselmo de Canterbery en adelante, se ha podido pensar que la muerte de Cristo en cruz, y, por extensión, los dolores de la humanidad, satisfacen el honor de Dios herido a causa del pecado. Por esta vía, los pobres han podido incluso pensar que merecen lo que padecen. Talvez, han creído que lo que sufren sirve de expiación por sus pecados ante un Dios que necesita oler la sangre para perdonar. También los contemporáneos de Jesús vieron al crucificado y pensaron que fue un pecador. Lo creyeron culpable como parece que lo son los pobres de nuestras ciudades, los inmigrantes, los enfermos y los desgraciados de diversos tipos.
La devoción a la cruz en América Latina ofrece a la fe en la resurrección de Cristo una plataforma extraordinaria de contacto con la realidad. Pero merece ser discernida. Ella se presta a significar exactamente lo contrario de lo que significa para la fe dela Iglesia. Enla cruz, Dios no canonizó el sufrimiento humano. Dios, lo único que ha querido, es la vida de Jesús y la nuestra. A lo más se puede decir que Dios ha querido que Jesús nos amase hasta el extremo, para lo cual debió absorber en su carne el mal del mundo. Dios nunca ha necesitado que se le sacrifique a un ser humano para salvar. El crimen de Cristo no fue el mejor de los sacrificios. Dios no necesita sacrificios. Solo agradece el amor. No castiga. En la cruz se hizo patente que es Dios mismo que se nos da gratuitamente
Pero también podemos pensar que la devoción a la cruz de los latinoamericanos no es mera evasión, masoquismo o expiación por los pecados. El impacto del Cristo colgado en una cruz, su mirada perdida, sus llagas y su desamparo, tienen mucho que ver con el sufrimiento ajeno que nos conecta con nuestros propios sentimientos y moviliza nuestra solidaridad. En la devoción al crucificado, hay un ir y venir entre Cristo y los devotos que incluye a todos los que sufren y, por lo mismo, a toda la humanidad. El Cristo crucificado nos comunica subterráneamente con un mundo que sufre y que espera una resurrección.
Es más, la devoción a Cristo nos da a los latinoamericanos la capacidad de mirar descarnadamente nuestro dolor. Nos quita la vergüenza de sufrir. Otros hombres preferirán ocultar sus fracasos, sus lágrimas, su impotencia contra la injusticia. Al mirar al que crucificaron, los cristianos nos sentimos autorizados a reconocer nuestra humillación como indigna de nosotros mismos. Sabemos que Dios no la ignora y no la quiere.
Es más, en la devoción a la cruz hay que descubrir también fe en la resurrección. Algunos teólogos latinoamericanos la constatan escondida. Cuando los fieles tocan la cruz y besan los pies del Cristo sangrante, creen en él. Tocándolo con sus manos y sus labios, tocan a un vivo y no a un muerto. Con este gesto pueden resignarse ante la injusticia que padecen, lo cual es lamentable. La fe en el resucitado debiera activar una lucha en contra del sufrimiento inocente. Pero incluso allí donde se da resignación, se da también un consuelo que no puede ser despreciado. A veces, las fuerzas no dan para más. La fe en el resucitado, presente en la devoción a un Cristo muerto y vivo a la vez, da esperanza a los desesperados y les permite al menos descubrir que son inocentes.
Comprobación personal de la resurrección
Reconocimiento del pobre que “soy”
Lo dicho de los pobres debe ser experimentado personalmente. Incluso los que no somos pobres, hemos de poder decir, bajo respectos no socio-económicos, el pobre “soy yo”, “yo también lucho por una vida digna”. Así podremos participar en el misterio de Jesús, quien “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9).
La pobreza, en los evangelios y en la mejor tradición dela Iglesia, constituye un criterio decisivo para comprobar el cristianismo auténtico. Si queremos ir a la raíz de la posibilidad de hablar de la resurrección con sentido hoy, debemos entrar en contacto con la cruz de quienes carecen de lo indispensable, padecen la injusticia y son tratados como culpables siendo inocentes. ¿Es posible, para quienes no somos pobres, acceder a estas situaciones vitales? En principio, sí. Pues, si no fuera posible de ninguna manera, tampoco lo sería entender qué significan las palabras de Pablo: “Dios, nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Podemos, incluso, adivinar que la medida de nuestra convicción en la vida eterna dependerá de la hondura de nuestra experiencia de ser creaturas impotentes y expuestas a la maldad. Mientras no pasemos por esta experiencia, no entenderemos de qué se trata esa lucha de los pobres por la vida, pero tampoco hallaremos el lugar preciso en el cual enraizar una fe genuina en la resurrección.
A fin de cuentas, los pobres nos conectan con nuestra propia pobreza. No es indispensable ser pobre, en el sentido restringido del término, para creer en Cristo resucitado. Pobrezas hay de todo tipo. De lo que no ha podido hablar, ni nadie podría hacerlo con propiedad y, sin embargo, resulta decisivo, es de aquella pobreza personal, única, irrepetible, de cada uno de nosotros. Esa que tiene una historia personalísima. “Mi” pobreza: mi enfermedad, mi soledad, mi orfandad, mi fracaso matrimonial… Esa pobreza sin la cual no seríamos los mismos, que nos pesa y, de tal modo nos avergüenza, que no nos atrevemos siquiera a mirarla. Ese pobre que somos y que tantas veces nos esforzamos en esconder; ese pobre que negamos para ser tenidos en cuenta entre quienes ríen y parecen felices. Ese pobre es, precisamente, quien puede decir, en palabras de San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo. Es Cristo que vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gál 2, 20). Ese pobre, por lo mismo, puede relacionar la resurrección consigo mismo. Y decir: Cristo resucitó “por mí”.
Nos acercamos aún más al misterio salvador de Jesús, el más pobre de los pobres, cuando sufrimos la injusticia. También nosotros podemos ser atropellados en nuestra dignidad, en nuestros derechos, en nuestras aspiraciones más sencillas. Hay muchos modos de injusticia. Estas también tienen un aspecto inédito, inintercambiable. Injusticias muy únicas pudieron tallar nuestro carácter. Incidieron, a la larga, en nuestra manera de pararnos y de caminar. En la familia, en la escuela, durante la niñez o en la adolescencia, alguien nos hizo un daño que nunca entenderemos bien por qué. Por qué a nosotros. Éramos frágiles, nos pasaron a llevar, y, desde entonces, el miedo nos entró a los huesos. Somatizamos la rabia. La descargamos en el estómago. Hubo personas que hicieron un cáncer. Éramos vulnerables y los golpes nos hicieron aún más vulnerables. ¿Cómo lucharemos por la vida después del pánico que, en algún momento, nos provocó quien, con o sin querer, nos humilló? Hay un sufrimiento injusto que nadie más que nosotros puede entender.
Todavía más. En materia de injusticia, no hay nada peor que ser tratado como culpable siendo inocente. Esta es ley para el pobre. Se lo culpa, pero es víctima: se lo considera sospechoso a priori y se lo trata como si fuera peligroso, siendo que es la misma sociedad la que lo tiene en harapos. Esto mismo ocurre en muchas familias con el chivo expiatorio. Uno, el más débil, es culpado y recibe las descargas de violencia que los demás evitan descargar unos con otros. De esta manera se salva el clan. Lo mismo en la escuela. Cuántos niños preferirían no salir a recreo para no ser objeto de burlas, maltratos, golpes… Las víctimas inocentes, por lo demás, se dan en todos los sectores sociales.
Los que no somos pobres también nos preguntamos cómo luchar por la vida. La inmensa mayoría de la humanidad debe esforzarse por salir adelante. Obstáculos encontramos de todo tipo. A cada rato se nos imponen dificultades que interrumpen nuestros planes de felicidad. Es cosa de oír atentamente las peticiones en las misas. Gran parte de ellas es por gente enferma. Se reza, además, para encontrar un trabajo. O por la paz del mundo. La vida es agónica, sufrida. La agonía es natural, como es natural resistirse a morir. Es normal, también, la tentación de responder al mal con mal. A menudo, somos víctimas de violencias que acrecientan nuestro resentimiento y nuestra necesidad de liberación.
En el revés de la trama, la otra condición humana para esperar la resurrección, es lo injustos que nosotros mismos hemos podido ser con los demás. Somos pecadores. Necesitamos ser perdonados. La maldad se padece, pero también se ejerce. La culpa inocente hace clamar a Dios a todo tipo de personas, dejada aparte su condición social o cultural. Pero la culpa del propio pecado también puede ser un laberinto de desesperación. Recordemos a Zaqueo. Este publicano no parece desperado con su forma de vida. Pero está inquieto consigo mismo. Lo acosa la culpa. Busca a Jesús. Sale a buscarlo. Cuando Zaqueo acoge al que lo acoge, “resucita” a una nueva vida. La experiencia del perdón y de la reconciliación lo convierten. Desde entonces, su lucha por la vida variará en 180 grados. Judas, en cambio, desesperó y se suicidó.
Participación en el misterio pascual
Nuestra condición de “pobres” y de “pecadores” es el punto de arraigo de una reflexión sobre la resurrección. El crucificado-resucitado representa anticipadamente a los seres humanos que, con toda su precariedad, podrán, sin embargo, superar el pecado y la muerte. En Cristo entrado en la gloria, la creación misma alcanza la plenitud que Dios quiso darle desde un comienzo. La muerte de este hombre que soy, el varón o la mujer pobre y pecador que muere y se pudre, asumida por el Verbo, es superada en el Misterio Pascual. Desde entonces, las criaturas no solo son restauradas, sino que adquieren una plenitud inaudita. “Cuánto más”, dirá San Pablo (Rom 11,12). La resurrección y la vida eterna nos son imposibles de comprender porque exceden nuestras posibilidades de experiencia. Sin embargo, son una realidad que los pobres y los pecadores -y nosotros en cuanto pobres y pecadores-, ya ahora podemos experimentar, intuir y vivenciar por anticipado, aunque todavía de un modo provisional.
Lo dicho arriba acerca de la devoción al Cristo crucificado del pueblo latinoamericano, vale aquí para los cristianos en general. Todos podemos experimentar la tentación de cultivar el dolor por el dolor. Si el acceso a la realidad de la resurrección, y por ende a la de la salvación, arraiga en contactarse con la propia cruz, habrá modos mejores y peores de vivir las enfermedades, el trabajo, las injusticias, y diversas maneras de interrelacionarse con el prójimo y de organizar la sociedad. La compenetración de la cruz de Cristo con nuestra propia cruz, esta de nuestra experiencia espiritual cotidiana, es fácil de conseguir, pero difícil de discernir. Tomemos, por ejemplo, el dolor. Cuando sufrimos, nos identificamos con el crucificado que se identifica con nuestro sufrimiento. Pero el dolor puede vivirse como una fatalidad contra la que no se puede hacer nada. La tentación, en este caso, será no hacer nada para extirpar sus causas o controlarlo. De aquí hay un paso a pensar que a Dios le gustan las caras tristes, los zapatos rotos y la falta de aseo. Observemos esto mismo en el plano de las relaciones humanas: una persona que mantiene con Dios una relación centrada en el dolor puede hacer lo mismo en su relación con los demás. Hay casos de personas que pasan por la vida reclamando amor. Su tristeza pide tristeza. Lamentable. Lo que puede ser biográficamente muy justificado, el aspecto triste y una emocionalidad depresiva, se convierte a veces en un instrumento para hacerse compadecer. Si una persona así logra la atención que busca, la relación que establecerá con los demás será “tristona”. Si dos personas “tristonas” y cristianas se enamoran y se casan, se atraerán con sus penas, pero también pueden terminar hundiéndose juntas. El centrarse en el propio dolor puede ser agresivo para los otros, o reclamar de ellos vínculos de dependencia sumamente mal sanos.
La condición de pecadores también se presta a ser mal vivida. El arrepentimiento, la petición de perdón y la experiencia de ser perdonados, permiten avizorar, como nada, la vida eterna. El pecador perdonado entrevé la resurrección. Pero esta misma condición, en un régimen de espiritualidad penitencial, puede dar pie a una serie de escrúpulos enfermizos y a una necesidad insaciable del sacramento de la confesión. ¡Cuánto llaman la atención de personas socialmente privilegiadas que se confiesan frecuentemente de nimiedades y, por otra parte, son insensibles a las luchas políticas de los pobres!
En el otro extremo de las posibilidades, también es posible vivir mal la resurrección. En la medida que el cristiano anticipa ya ahora la resurrección, viviendo como si hubiera ya resucitado, la negación lisa y llana de toda dificultad y de todo dolor, conduce a una vida inauténtica y, en lo inmediato, suele insensibilizar a la cruz de los demás. En los movimientos carismáticos puede darse este fenómeno. Estas agrupaciones espirituales tienen la virtud de acoger personas con grandes sufrimientos. Pero pueden a veces ofrecer una liberación de los mismos muy superficial. Sus participantes pueden ilusionarse hasta el entusiasmo con una salida que, a poco andar, se comprobará evanescente o falsa.
Participación en el triunfo escatológico
La fe en la resurrección de Cristo, por último, debiera ayudar a los cristianos a vivir en el tiempo de otro modo, de un modo original e incluso extraordinario. Hace ya mucho que en nuestra cultura entró la idea de derrotar la pobreza. Probablemente, ningún programa político latinoamericano olvida este punto. El propósito de superación de la pobreza es, por cierto, una meta formidable del progreso moderno. Nuestra cultura está poseída por la idea de un futuro de estándares siempre mayores de igualdad y de prosperidad. Esta ideal de la temporalidad, sin embargo, calza solo en parte con la concepción cristiana de la historia.
El cristianismo tiene un concepto positivo de la historia, pues sostiene que el mundo avanza a algo mejor. En esto coincide con la modernidad. Pero, a diferencia de esta, la escatología cristiana recuerda el pasado, pues en la medida que tiene en cuenta su esperanza, hace suya la pasión de los olvidados. El cristianismo espera un fin/cumplimiento del reino de Cristo, pero también afirma, ya ahora, la virtud liberadora de la resurrección. Ahora, no solo en el futuro, pueden resucitar con Cristo aquellos que el progreso ha dejado atrás.
Es así que, para los cristianos, no sirve derrotar la pobreza y olvidarse de las injusticias que la produjeron; no sirve postular un futuro esplendoroso de una humanidad omnipotente; ni exaltar un presente en el cual los modelos de humanidad son los exitosos. Los cristianos esperan un mundo sin pobreza, sí. Pero, sobre todo, esperan un mundo de pobres. Me explico: en el reino de Cristo no habrá ricos, sino solo hombres y mujeres desposeídos de todo. Habrá personas agradecidas de haber recibido de Dios la vida por la que tanto lucharon. No habrá ricos, pero sí pobres. Esta paradoja del cristianismo es ininteligible para el pensamiento moderno que se caracteriza por la autonomía del sujeto o para la mentalidad mercantilista, individualista y competitiva que nos está haciendo tanto daño. Para los cristianos, cuenta mucho el esfuerzo por la vida, pero en la medida que el éxito de esta lucha, como la de la resurrección de Jesús, se lo hace depender de Dios y se lo consigue con sociedades fraternas.
Este modo tan único de vivir en el tiempo debiera encontrar una formulación política. “Con los pobres, contra la pobreza”, repite Gustavo Gutiérrez. ¿Qué programa político pudiera hacerse cargo de una fórmula así? No hay recetas. El cristianismo nos obliga a concatenar lo personal y lo social, pero la edificación de una sociedad justa queda entregada a la inventiva de los hombres, cristianos o no, lo cual también debe considerarse una tarea espiritual.
Conclusión
Ubiquémonos en el plano de la espiritualidad. ¿Qué importancia puede tener para los carismas y las espiritualidades creer en Cristo resucitado? La máxima de las importancias. La mayor de todas. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe”, dice San Pablo (1 Cor 15, 14). Vana sería la espiritualidad ignaciana, diría San Ignacio. Vana la franciscana, diría San Francisco.
Menciono a estos dos grandes santos porque, en ellos, empobrecer con los pobres fue decisivo en su experiencia espiritual. Ambos buscaron la pobreza de los pobres, solidarizaron con ellos y, por esta vía, revivieron el Misterio Pascual que les hizo cristianos y maestros espirituales de un cristianismo auténtico. Decía San Ignacio: “La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno”.
La fe en la resurrección debe morder en la realidad. Debe asumir el lado oscuro de la creación y de la vida, el pecado y la muerte, el pecado personal y el social; de lo contrario, será una creencia superficial, una ilusión pasajera, un entusiasmo fugaz. La fe en la resurrección solo puede darse al nivel de lo fundamental y, por tanto, de la espiritualidad de los pobres, aquellos para quienes vivir, y vivir con dignidad, es decisivo. Este, su modo de vivir, hace presente al Cristo crucificado y resucitado, porque extrae de su existencia actual y escatológica la fuerza de los pobres para salir adelante contra viento y marea. Los cristianos humildes, ante los Cristos crucificados de América Latina, con su esfuerzo, su clamor de inocencia y también su petición de perdón, nos llevan la delantera en el reino de Dios, pero también nos ofrecen el contacto preciso con la experiencia pascual de la cual depende la índole cristiana de toda espiritualidad.
La fe de los pobres nos representa a todos. Si hemos de creer en la resurrección de Cristo, y no en otra cosa, hemos de “ser pobres” o “pobres de espíritu”. ¿Qué significa esto en los casos de personas tan distintas? Será materia de discernimiento. Cada cual tiene que pedirle al Señor que le haga ver, con valentía, su propia pobreza, y le indique cómo relacionarse con los demás a este nivel de la existencia. Nadie puede responderles esta pregunta a los demás. En todo caso, en un mundo de pobres, cualquiera de las espiritualidades cristianas tendrá que habérselas con la necesidad de solidarizar con ellos y con su esperanza.
Una espiritualidad que sortee la lucha por la vida buena y digna de los pobres, no es cristiana. Así lo indicó Jesús con la parábola del Buen Samaritano. Por el contrario, mientras la espiritualidad se comprometa y compenetre con la experiencia de Dios de quienes saben hondamente que son solo creaturas, más posibilidades habrá de que la resurrección dé en ella todos sus frutos.
[1] Pedro Trigo, “Evangelización del cristianismo en los barrios de América Latina”, Revista Latinoamericana de Teología, 16 (en-ab, 1989) 106-107; cf. G. Gutiérrez, o.c., 12.
Credibilidad de las universidades católicas
La Iglesia Católica celebra el Año de la Fe. Invita a los católicos a que cada uno, de acuerdo a su realidad y a su nivel, crezca en conciencia de la importancia de Jesucristo para ellos y para el mundo. Cabe entonces preguntarse: ¿cómo pueden las universidades católicas contribuir con lo suyo? Ellas son sujetos colectivos de fe: ¿tienen algo específico que aportar? ¿Pueden ser “creíbles” en una sociedad secular como la nuestra?
A nuestro juicio, es el Concilio Vaticano (1962-1965) el que da a las universidades católicas las orientaciones necesarias que facilitar a la Iglesia creer a esta altura de la historia y de la cultura. ¿Qué ocurriría si las universidades católicas celebraran el Año de la Fe como un evento que solo atañe a la piedad de sus integrantes? Dejarían de cumplir su misión. Por de pronto, no ayudarían a superar la brecha entre “fe y cultura” detectada por Pablo VI como el drama de nuestro tiempo (1975). Benedicto XVI, no por casualidad, ha vinculado ambas celebraciones: la del Año de la Fe con la de la inauguración del gran Concilio (2012).
El Vaticano II ha establecido que la articulación de la fe y de la razón constituye el quicio de la actividad universitaria. La Iglesia debe velar para que en las universidades “cada disciplina se cultive según sus propios principios, sus propios métodos y la propia libertad de investigación científica, de manera que cada día sea más profunda la comprensión de las mismas disciplinas, y considerando con toda atención los problemas y las investigaciones de los últimos tiempos se vea con más profundidad cómo la fe y la razón tienden armónicamente hacia la única verdad” (Gravissimum educationis, 10).
Pero la “cancha de juego” para el Concilio es mucho más grande. La actitud del Vaticano II ante el mundo actual fue extraordinariamente tolerante. La asamblea de los 2500 obispos lanzó puentes a todas las orillas: hacia las otras iglesias cristianas, las otras religiones, el judaísmo en particular, a los ateos, a todas las culturas y a todos los hombres. La intención pastoral, el querer llegar a “todos” y comprender lo que cada uno tiene para aportar, fue la nota característica. La convicción teológica a la base de este nuevo planteamiento fue la convicción de que Dios quiere y puede la salvación de “todos” sin exclusión (Gaudium et spes, 22). Si esos “otros” también son capaces de buscar y alcanzar la verdad, el diálogo, en cuanto convicción católica, se impone como el método universitario por excelencia.
Tan revolucionaria ha sido esta actitud de buena voluntad del Concilio hacia la humanidad diferente, que exigió replantear por completo la relación Iglesia-mundo. Desde el Vaticano II en adelante, ha sido posible, y necesario, entender que la Iglesia existe “en” el mundo. Ni delante del mundo ni menos en contra del mundo, sino “en” él, como una institución “mundana”, tal como otras necesitadas de los demás y, en su caso, obligada a discernir la Palabra viva de Dios en las palabras humanas históricas. La predilección que la Iglesia experimenta de parte de Dios, en ningún caso ha podido entenderse como un privilegio en el acceso a la verdad, pues esta siempre se busca con otros, especialmente cuando de ella depende la edificación progresiva de la sociedad en justicia y paz. Por esta vía la Iglesia del Vaticano II conjuró teóricamente las críticas a su intolerancia doctrinal y práctica. Sepultó, por lo mismo, las aspiraciones integristas de Cristiandad.
¿Cómo pueden entonces las universidades católicas celebrar el Año de la Fe en la era del Vaticano II? ¿Cómo debieran hacerlo cuando el nombre del Concilio en América Latina ha sido –por decirlo en breve- la opción preferencial por los pobres? Los católicos latinoamericanos –no sin enormes reacciones en contra- hemos comenzado a entender que la Iglesia de Cristo es la “Iglesia de los pobres”. Una Iglesia cuya misión es que los últimos, a saber, las víctimas de la injusticia y de la exclusión, sean los primeros.
En este escenario resulta distractivo pensar que la catolicidad de las universidades católicas se juega en las pastorales y en la fe personal de académicos y estudiantes. Esto es muy importante, pero secundario. Evidentemente que universidades católicas sin católicos son imposibles. Personas con la motivación de querer construir sociedades compartidas, de combatir injusticias y exclusiones, son indispensables y los cristianos son los primeros que, en razón de su fe religiosa, tienen la obligación de procurarlo. Pero “lo católico” en estas universidades no debiera depender primeramente de estas personas, sino de la búsqueda de la verdad entre todos los miembros de la comunidad universitaria a través del diálogo.
A mi entender, la celebración del Año de la Fe en las universidades católicas solo tiene sentido en las sociedades seculares como las nuestras, si ellas entienden que las coordenadas mayores de su misión las pone el Concilio Vaticano II, cuya recepción intelectual debe hacerse de acuerdo a la intuición mística y teológica de opción por los pobres de la Iglesia latinoamericana. Si la celebración universitaria olvida esta referencia, se apartará de lo que la Iglesia entiende por “fe” a esta altura de la historia. Si la Iglesia universal exige articular fe y razón, y fe y cultura, la Iglesia latinoamericana reclama como exigencia de credibilidad fundamental que estas articulaciones en las universidades se pongan al servicio de la articulación de fe y justicia.




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